V.- Jardín de los sentidos: Acuarelas (1987)
Me acuerdo de mí mismo leyendo las galeradas de este otro libro que fue Acuarelas, la nueva sorpresa de Fernando. Me recuerdo leyendo aquellos breves e intensísimos poemas que lo integran, en la Casa de Vinos, punto de encuentro para nuestros posteriores paseos y aventuras por la ciudad nocturna: Plaza Nueva, orillas del Dauro sacro, el Albaicín... Pero no se corresponden con este paisaje urbano los paisajes de estas Acuarelas, sino con los entornos de "una de las más bellas y salvajes regiones del mundo": las Alpujarras.
Así lo refiere el propio autor en el capítulo inicial de su novela Atlántida interior, que se ha citado antes. Ahora no es urbano el paisaje, pero es nuevamente el paisaje el que sigue siendo núcleo inherente a su decir, a su poética, y en este libro con mayor profusión que en otros, de una manera más frontal, más esencial. Así evoca el poeta la atmósfera en la que surgen los primeros versos que lo integran, al hablar de algunas salidas hacia las Alpujarras y la costa en su novela: "Tomábamos siempre como centro de nuestras andanzas la hermosa casa antigua que Fernan poseía en Órgiva. Allá entre los naranjos del huerto o sentado en el columpio, comencé a escribir mi libro Acuarelas que aún hoy, a las puertas de 1987 no ha visto la luz. Desde el balconcito de la alcoba que me fue asignada veía las grandes montañas que cercaban el pueblo y los viejos tejados donde crecían a su antojo las hierbas, al tiempo que escuchaba la serena llamada de las campanas o los melancólicos sones que iba Fernan arrancando al piano allá en la sala baja" (pág. 20).
Cito también estas palabras por comentar la queja del autor sobre la tardanza en la aparición de su libro, que se demoró casi cuatro años desde que ultimara el manuscrito en 1983. Y es cierta esta tardanza porque Acuarelas debía inaugurar una nueva serie (primero "Campo del Príncipe" y luego, finalmente, "Doralice"), que iba a ser una colección más sencilla aún que la de "Ánade" y más modesta en su presupuesto. No hace falta insistir con muchos detalles en la imposibilidad de llevar a cabo este proyecto que se quedó en otro de nuestros sueños aplazados. No obstante, ahí pervive la realidad de este título singular y ambicioso, a pesar de la austeridad de
medios empleados para su edición.

LA PRESENCIA DE LA NATURALEZA |
Esta entrega aparece precedida por un pequeño pórtico que es a su vez manifiesto estético: "De lo imposible en arte". Se percibe a través de sus palabras la voluntad de escribir poemas en el estado de emoción primera que experimenta la sensibilidad ante los hechos, las cosas, los entornos que la conmueven. Quería el poeta trazar un libro sin premeditación, transcribiendo lo que su espíritu le dictaba en el instante mismo en el que se quedaba prendido por la belleza, la oscuridad, la intensidad del mundo. Un Andrenio de cualquier edad que toma sus líricas notas de campo ante la magnitud de los universos -he aquí al poeta- en ese instante mismo en el que éstos le pasman el ánimo.
Hay que añadir también que esta entrega se caracteriza, frente a las anteriores, por un mayor impresionismo lírico. Se trata de captar en su grandeza milagrosa y efímera los perfiles cambiantes de la realidad, por ello sería lícito afirmar que nos hallamos ante un libro pictórico, en donde se comprueban los raptos emotivos como si se tratara de apuntes rápidos, fugaces; pinceladas, en fin, formas, colores, sobre el imaginario lienzo. La extrema facilidad de resolución que para este tipo de poesía evidencia Fernando de Villena hace de la muestra un conjunto que fluye con un tono mantenido de
intensidad sensitiva, sin caídas ni concesiones.

CUATRO ELEMENTOS (BRUEGEL DE VELOURS) |
Pero esa fugacidad de los instantes, recogida en versos y composiciones breves, se aviene a otra encomienda superior: la de la armonía. Por esta razón cuida mucho el poeta la arquitectura de su obra y por ello la ordena en cuatro series que se acogen bajo el lema global de los cuatro elementos: la experiencia del mar, de las tierras, del fuego y de los vientos. Así estructurados los poemas, abundan en estas realidades cambiantes, sin que se perciban rupturas esenciales en el estilo, puesto que se mantienen (adaptadas a este nuevo propósito) sus claves expresivas que vimos en textos precedentes. Los versos del poema "Instante", que abre la segunda sala del libro -"La Tierra"- podrían ilustrar cuanto se afirma:
Devorado ya el sol en lontananza,
se agitaron los campos:
pasaba el muerto arcángel de la noche.
Temor fueron las aves, frío el alma;
su curso los cristales
y las ramas su savia detuvieron.
Mas, pronto las estrellas
-amadas de otros días
en el jardín azul de la memoria-
desde la intensa paz de sus balcones
a la tierra ofrecieron gozos nuevos.
(pág. 181)
El título Acuarelas, decía antes, declara sin ambages su proximidad, su parentesco con las fórmulas del artista plástico. No valen correcciones. El húmedo papel de la escritura quiere esas manchas de color para definitivas. En ese juego entra el creador y acaso lo hace movido por un afán de belleza, de armonía, que no es otra cosa que ansia de absoluto. El imposible es la meta, el más allá, el otro lado de este horizonte que nos aleja de las banalidades. Su mirada idealizadora transfigura el paisaje convirtiéndolo en paraíso. El material que elige es la naturaleza toda, de ahí la caudalosa riqueza de matices. De nuevo asistimos aquí a la vivificación de los elementos del paisaje, a su humanización por medio de delirantes imágenes.
Lo más evidente, sin embargo, en este libro -y también viene siendo constante en obras anteriores- es el papel tan prioritario que concede el autor a la alegoría en su concepción del poema. Un gran número de sus trabajos encierran esa endiablada correspondencia entre dos planos que discurren paralelos y que, no obstante, se ajustan íntimamente entre sí. Los referentes, tratándose de este autor lo serán en unas ocasiones la mitología y la herencia áurica, en otras la escena bíblica o una ciudad precisa y con nombre: Granada, Segovia, etc., o sencillamente el paisaje, la naturaleza, como ocurre en este caso de Acuarelas. La consecuencia es que se genera un clima de tal intensidad lírica, que el lector no puede permanecer ajeno a su influencia. Lo difícil del reto es mantener esa intensidad de los mundos en parangón, mantener esa sabia hilazón emotiva que es, justamente, donde Fernando de Villena resulta inalcanzable. Veamos este ejemplo de la serie del fuego que es el poema "Anochece", en donde la metáfora taurina mantenida trae hasta cierto aire novelesco, y ello para hablarnos de la puesta del sol desde una vega granadina:
Con su traje de luces -sangre y oro-
a la intensa barrera del poniente
se encamina la tarde.
Como toro vencido
sobre arena de fuego,
en la paz insondable de la vega
se arrodilla la noche
y derrama su vida
por estrellas nacientes, por la luna
y por vagas hogueras.
(pág. 190)
Estas son sus Acuarelas, en fin, pensadas con los matices del espíritu. El mundo idealizado, la naturaleza enaltecida, transfigurada, no esconden aquí tampoco la nota inquietante, el presentimiento sombrío. Este mosaico de sensaciones varias, estos destellos independizados, forman uno de los libros más logrados del autor, que ha recogido en insólito censo el paisaje final de su desvelo alerta; sus frutos, sus logros, al ser humano los entrega en el hermosísimo cierre del poemario, en un acto de desprendimiento y generosidad:
en las noches sin límite de invierno
pido al céfiro dulce de este instante
lleve mis versos a los hombres todos.
(pág. 197)
VI.- Acta de crisis: Delfín de ausencias (1982-1985)
Al llegar a este punto hemos de recordar que los libros que siguen en este primer apartado de Fuegos y Sendas son todos inéditos, a excepción del que cierra esta serie: Vos o la muerte, editado en abril del pasado año, también dentro de la colección "Ánade", con el número 39. Por consiguiente, los poemas que pertenecen a la nueva entrega, Delfín de ausencias, son todos iné-ditos y tienen el valor de la primicia, salvo algún caso aislado que se publicara en revistas.
Se corresponde la etapa de gestación de esta obra con un período de crisis para el poeta. En efecto, los años que van de 1982 a 1985 son años de viajes y de nomadismo, marcados por las sucesivas ausencias de Granada. Se incluyen además aquí textos diferentes que originariamente formaron poemarios completos. En este caso la ordenación definitiva de materiales poéticos determina esta última conformación por la que se
organizan tres núcleos significativos.

DESPERTAR DE ADONIS (WATHERHOUSE) |
El primero de ellos -"El corazón aterido"- ostenta un subtítulo no menos revelador: "Presente ausencia de la amada". Se trata de un conjunto de poemas muy en la línea de En el orbe de un claro desengaño, en donde ese tema que es, en realidad, una de las variantes de la clave amorosa en su poesía vuelve a aparecer. Esa fiera nostalgia de la amada perdida que ya comenté antes, irrumpe aquí de nuevo desde la primera composición -"Selva del sentido"- que es un largo e intenso lamento por la amada ausente, por el amor, que en definitiva, se demora en llegar a su vida. Los recuerdos de la hermosura de la mujer que se ama, su perfil, sus miradas, sus gestos, se evocan sentidamente, en una gradual ascensión hasta la confesión amorosa declarada en las últimas estrofas. Todo el texto es un diálogo con ese tú que es el amor lejano, al que a veces se injuria -"Amor, altivo amor de las traiciones"- y al que finalmente se le recrimina por su huida. Entre el recuerdo y la invocación siguen las restantes muestras en las que sabe el poeta persistir en un estilo ya consolidado y en un tema que ofrece aquí sus ricas variantes.
Con veintiocho años viajaba el escritor a Ceuta, para ocupar una plaza de profesor de Literatura española en la Escuela Universitaria de Formación del Profesorado de aquella ciudad. A este período de su estancia norteafricana corresponden estos poemas. Las dificultades para encontrar alojamiento cómodo, la sensación de provisionalidad, la añoranza de Granada, los oscuros restaurantes, las tabernas, los cafetines, los paseos solitarios al atardecer, los crepúsculos desde la playa del balneario... todos estos extremos aparecen reflejados en su escritura. En su Atlántida interior se reviven aquellos días en páginas de una nostalgia inolvidable. No puedo resistirme a traer aquí dos párrafos a modo de muestra, que evocan aquel tiempo mejor de lo que yo pudiera hacerlo: "Algunas mañanas de cenizosas nubes, el puerto con sus coloreadas barcas me hacía recordar las acuarelas de Constable. Sus dedos de metal en los muelles apresuraba el mar. Destrozaba al fin el undoso vidrio el gran barco níveo que iba -sin mí-, espumas convocando, hacia España, y las palmeras polvorientas me veían caminar Fernando y encorvado hacia los sitios repetidos.
"Desde la humilde alcoba de la pensión donde -en larguísima interinidad- me alojaba, oía los toques de retreta y diana de los vecinos cuarteles, con lo que no dejaba de tener presentes los tiempos igualmente oscuros de mi servicio militar" (pág. 30). Esta es la estampa impagable que el propio autor nos brinda de aquella etapa de dispersión, de soledad, de crisis espiritual.
Persiste el recuerdo de Rosalba, amor que evocara ya en su primera novela El desvelo de Ícaro, y a pesar de la fugaz Luisa, es Rosalba la causa mayor de estos poemas. A ella y no a otra le pide: "Abandona, te ruego / esa Thule de olvidos donde habitas", en el titulado "Inminencia vernal". La reflexión sobre la lejanía de la amada se convierte así en el numen primero de este Delfín de ausencias, llegándose a constituir en tentación obsesiva, en fijación que la invoca permanentemente. Los ecos de este amor turbulento aún perduran y repercuten en muchas otras páginas de su obra.
El siguiente tramo de este conjunto, "Alma de Segovia", canta una segunda ausencia, la "ausencia del Sur". Anterior en factura a los poemas precedentes, se evocan "los tiempos oscuros" que se corresponden con su servicio militar. En esa etapa es Segovia, la ciudad, y son los pueblos de sus alrededores el objeto poético por excelencia. Captar la esencia, el alma de Segovia, es el propósito de esta serie. Pasea el poeta en un invierno interminable por sus calles y se admira de sus plazas, de sus alamedas, de las primeras nieves, de la Catedral, del Alcázar, o recorre los pueblos de su provincia: Turégano, Pedraza de la Sierra, Sepúlveda, a los que también dedica composiciones. Late en todas ellas la añoranza del sur, del paraíso lejano que se configura como ideal en la distancia. De nuevo el intimismo, la soledad, las pesadillas nocturnas, en las que toman parte calles o edificios, y todas sus viejas obsesiones al cabo reaparecen, encarnadas en un paseante que es el poeta por esta nueva geografía austera. Un paisaje que toma la apariencia invernal para oponerse simbólicamente al sur añorado, cálido, primaveral, con ecos del recuerdo machadiano, pero a la inversa.
"Alhajas del Palacio de la muerte" -el tercer y último apartado de Delfín de ausencias- ofrece un tema nuevo que se trata con suficiente amplitud y que viene a justificar otro lado de la crisis que marcan estos años: me refiero al tema de Dios, al tema de la Fe. El subtítulo que acompaña es bien determinante: "Cuando Dios se ausenta". Son progresivamente las ausencias del amor, de la patria natal y de lo divino, las que perfilan estos años de encrucijada, que tanto y tanto se deslizan hacia la protesta espiritual y existencial. En estas "Alhajas" quedan las huellas de la lucha interior del poeta que dialoga en muchos de sus poemas con la Divinidad para pedir explicaciones, para expresarle arrepentimientos y propósitos de enmienda tras la rebeldía o para suplicar su ayuda en el camino. El Dios deseado está lejos y la muerte de nuevo acude como la única verdad constatable del existir, lo demás son efímeras galas de un mundo que sabe de camuflajes, de brillos fugaces, de luces pasajeras.
La referencia histórico-literaria la encarnan dos nombres: Francisco de Aldana en sus meditaciones antes de morir y Luis Carrillo y Sotomayor, de quien también se evocan sus últimos y sombríos pensamientos. El primero en el paisaje norteafricano de Asilah contempla el mar, trasunto de su propia vida, en el momento en el que bajan sus aguas y quedan libres las crestas de un anfiteatro hundido en donde flotan barcas misteriosas, como las propias interrogantes del poeta. Al segundo, lo vemos desear definitivamente la muerte como liberación tras el desengaño de la existencia:
Si fue vida alejarse
de tierras y sonrisas, de montes y de besos,
si no fue muerte ya
tanta espuma con ecos de mejillas,
tanta verde constancia de oleaje
con brillo de pupilas perdidas para siempre,
venga al fin esa muerte verdadera
que la fiebre al presente me propone.
(pág. 229)

EL CAMBIANTE MAR |
Alguna vez me comentó Fernando cómo surgió el título de este libro, y me refirió, no sin cierta nostalgia, que en sus travesías desde Algeciras a Ceuta, siempre desde la popa del ferry en el que navegaba, solía quedarse absorto en el cambiante mar que es el origen de la vida y los signos. En ese mar (al que ha dedicado hipérboles gigantes y metáforas sobrecogedoras) es frecuente que hagan su aparición los delfines, en sus juegos ajenos, con sus saltos jabonados. Fue contemplándolos cómo le vino el nombre de este libro: Delfín de ausencias. Con él deja constancia de esa otra travesía del desierto, de ese otro tiempo en el que le fue tan arduo vivir lejos de su ciudad, en un destierro prematuro que le obligaba a observar normas, ritos y conductas que tanto le impacientaron y que son tan contrarios a su anárquico y espontáneo entendimiento del mundo. Ese choque sordo se observa en su trama y no es otro que ése el desasosiego interior que recorre los versos. Habrá que esperar un tiempo para que estos nos ofrezcan otro paisaje espiritual más asentado, de mayor equilibrio, mejor asumido por el propio poeta.
A título de recordatorio conviene precisar que en la trayectoria del autor estos versos se corresponden cronológicamente con la etapa inmediatamente anterior a la que fija En el orbe de un claro desengaño y son de especial interés por cuanto ilustran el periodo en el que el poeta comienza a cultivar el verso libre y a ir alejándose parcialmente del formalismo barroco. Por consiguiente se impone dejar sentado que gracias a la experiencia de este libro termina por consolidarse definitivamente su estilo, que se ofrece ya acabado con un texto tan capital como En el orbe... y que habrá de marcar el rumbo estético, temático y emocional de los que le siguen inmediatamente después.
VII.- De viajes y de noches: Amar lo efímero (1985-1986)
Amar lo efímero es también libro inédito. Su hermoso lema evoca, desde la conciencia barroca del paso del tiempo, desde la asunción de la fugacidad de la vida, una posición de rebeldía, que quisiera prolongar, perpetuar la existencia de las cosas. Estamos condenados a amar lo efímero, porque todo lo es esencialmente, nada hay perdurable: ni ciudades, ni seres, ni pensamientos, por más que reten al devenir, por más que traten de contrarrestar la irreprimible fuerza de un destino que convierte en
suspiro todo cuanto se soñó eterno.
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ASILAH (MARRUECOS) |
Sobre estas bases, dos son los apartados de la nueva entrega: el primero de ellos reproduce el título general de la obra y recoge poemas dedicados a ciudades distintas. El libro se abre con una evocación de África, del norte africano, en la que se dan cita textos que resumen recuerdos de Marruecos, país bien conocido por el poeta. África franquea de par en par sus puertas y son Fez, Xauen, Marrakech o Volúbilis los enclaves elegidos para recuperar un mundo sensorial tan caro al escritor. Los ecos de la tradición de Al-Ándalus resuenan en estos versos iniciales en los que abundan comparaciones de un preciosismo arábigo, que son los fundamentos, junto con las poderosas metáforas
sobre los que se sostienen las descripciones poéticas.
¡Qué próximos siento estos versos y cuántos recuerdos me devuelven también de viajes en común por esas tierras inquietantes! Yo asistí de cerca a muchos de los deslumbramientos del poeta y a sus primeros comentarios por los laberintos de las medinas, en mitad de los caminos angostos que llevan a Volúbilis, donde algunos vestigios del pasado romano permanecen en medio de un paraíso de campánulas... Juntos comentábamos los misterios y los contrastes, a veces dolorosísimos, de este país que obliga al viajero a un éxtasis permanente. No en vano el poeta Rafael
Guillén le ha llamado: El país de los sentidos (Granada, 1990).

ANTONIO ENRIQUE, FERNANDO DE VILLENA Y JOSÉ
LUPIÁÑEZ EN MARRUECOS |
Vuelve a insistir aquí Fernando de Villena en los poemas del viajero que ha sido hasta hoy. Un cierto ritualismo convocador asoma ahora en su voz, que convida al lector a una escritura de relumbre sagrado. También se observa en el fondo de la trama poética esa lucha entre la luz del bien, de la Unidad, del Todopoderoso y las tinieblas malignas que la serpiente encarna. De este grupo de poemas escogió tres Jacinto López Gorgé para su interesante selección Marruecos en la poesía española contemporánea (Ibermagrib, Granada, 1990), en concreto: "Medina de Fez", "Xauen" y "Marrakech", buenos ejemplos de cuanto he traído a estas notas.
Las composiciones iniciales que evocan valores norteafricanos se culminan con una fantástica alegoría: "Poema de la presencia española en África", en la que la fiesta militar en el salón, contrasta con la soledad de la dama que se asoma al jardín de la nostalgia (un jardín que ahora perfuman los aromas bravíos de mentas y de especias), y que no es otra que la encarnación simbólica
de la verdadera España.
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ROMA |
Prosigue el escritor por otras geografías y ya en el viejo continente,
la intimidad de Córdoba, el azahar y las fuentes de Sevilla, darán paso también a
las añoranzas de Italia y de Portugal, porque es ésta la suite del viaje,
que ofrece sus estampas vividas en sucesión: la soledad en Roma, el recuerdo de las rosas de Fiésole
o de las murallas de Sintra, como otras tantas invocaciones de aquel peregrinaje anímico que
al fin acaba encontrando idéntica lección, la que se repite desde el origen de su poética y se marca
al ritmo de sus versos todos, la que define acaso la médula de su cosmovisión: el desengaño.
Sin esta obsesiva certidumbre no podría entenderse la propuesta de una obra que, lejos de quebrarse
en ciclos diferenciados con rupturas violentas, se expande en espiral movida por el vértigo urgente que
produce su epicentro. De ahí también que sean continuos los retratos espirituales del propio autor que,
enfrentado a sí mismo, recuenta las verdades en la soledad de su alcoba, escindido por la lucha interior y
la certeza que no le abandona.
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FLORENCIA |
Este será, por tanto, el eje sobre el que giren también los versos del segundo apartado del libro, que ha recogido el poeta bajo el título de "La noche triste". Lo integran textos más diversos que recorren los temas primordiales de su poética: el amor, la soledad, la reflexión íntima, el desamparo espiritual, etc., pero que tienen en común el territorio de la noche como marco de referencia. La noche impone su realidad diferenciada, se constituye en el dominio de los sueños y es su oscuridad maligna la que nos atrae por su cercanía con lo misterioso. No es nuevo el espacio de la noche como escenografía
simbólica en la poesía de Fernando de Villena. En otros libros anteriores
me he referido a esta presencia recurrente.
La noche es aquí, de nuevo, la encrucijada del amor imposible, el balcón desde donde se observa alejarse indiferente el cascabel de la juventud. Por ello se recurre a la escritura, por eso la Literatura se convertirá en la "fiel amada" con la que defenderse de la melancolía y desmentir la soledad cruel:
cuando fenecen del amor celeste
las frágiles ficciones
y el torvo mapa de los días tristes
ábrese a nuestra angustia,
vuelvo a ti, fiel amada, gentil Literatura.
(pág. 248)
La noche enciende la nostalgia del absoluto, el ansia de imposibles e invita al desprendimiento, a la huida:
Mi sentir esta noche ilimitada
en que vestido duermo
como cauto viajero y de presagios,
es la muda distancia entre el anhelo
y las verdes estrellas titilantes.
(pág. 256)
Y es ocasión la noche para la confidencia y el balance pesimistas que vienen siendo pautas en tantas de sus muestras:
Gaviotas esa historia que nos contamos siempre
de un acaso mejor que devoraron
las hormigas sin ojos de las horas.
Volver a nuestro lecho,
saber que sólo es fiel y apasionada
la solitaria muerte.
(págs. 257-258)
Los ejemplos podrían ser otros muchos. Las variantes ofrecen sus matices. Y así la noche urbana nos muestra cuerpos jóvenes que pasan y que son contemplados con deseo doloroso... En la noche constelada los ojos admiran la inmensitud del cielo como Fray Luis, y las lágrimas dialogan con las estrellas remotas. En la noche rural el corazón canta los solitarios parques, las plazas abandonadas, las calles vacías donde resuenan los pasos del caminante... Las noches en las estaciones de ferrocarriles solitarias, cuando cae la lluvia sobre los vagones herrumbrosos; las noches de final del verano junto al mar, frente al mar, y otras tantas subrayan la tristeza con la que ha querido el poeta definirlas. Porque la noche exterior guarda su correspondencia con la noche del alma que es, en definitiva, la que extiende su oscuridad y su pesimismo por todos estos versos.
VIII.- Intermedio dramático: Palacio en sombras (1987)
Entre los libros inéditos de los que tengo menos referencias directas se encuentra este Palacio en sombras, que escribía Fernando de Villena hacia finales de los ochenta. Recuerdo algún comentario fugaz en la casa del poeta en Granada cuando nos despedíamos tras una velada, y hasta haber ojeado el manuscrito con la promesa de leerlo tan pronto como dispusiera de copia. Finalmente no llegó a mis manos esa copia hasta hoy que la tengo delante, formando parte
ya de esta poesía reunida.

FRAGMENTO DE UN RETRATO DEL
AUTOR (RODRÍGUEZ DE LA TORRE) |
En la memoria quedan, no obstante, las imágenes de un palacete a las afueras de Granada, que frecuentábamos en otro tiempo por las tardes y que nos gustaba, especialmente, porque nos parecía ejemplo de una edad menos apresurada en la que aún había ocasión para el rito inquietante de la belleza. Recuerdo que se trataba de un edificio del siglo pasado, con dos plantas: desde la superior ostentaba su privilegio un balcón-mirador que servía de corona a la entrada principal. Externamente era rojo el tono, algo desvaído, que cubría sus fachadas. Se trataba de un delicioso hotelito de recreo con jardines en los que el arrayán imponía sus laberintos de verdor arisco. Frente a la casa el estanque en el que siempre flotan las hojas del otoño y en cuyos espejos nos parecía que se ocultaba un temblor de tragedias antiguas.
Situado en una falda elevada, constituía un lugar envidiable para contemplar el ocaso del sol, esa hora de recogimiento que deja su paisaje cambiante en nuestros corazones. Por entonces compartíamos con nuestras amigas aquellos jardines hasta que el palacio quedaba en sombras... Si evoco este lugar es porque aseguraría que tiene mucho que ver con el escenario del libro poético. Era inevitable que un entorno como éste al que he aludido, no estuviera presente y aún habitado por espectros en la imaginación del poeta. Por ello en la composición de su relato lírico, los puntos de vista diferentes, las edades todas, representadas en el entorno ideal confrontarán sus vidas pasadas y enredadas en una tragedia amorosa.
Tal y como dejé indicado más arriba, la trayectoria fundamental en cuanto a contenidos y preocupaciones temáticas no varía radicalmente desde la aparición de En el orbe de un claro desengaño y en este otro nuevo título sigue siendo verdad esta premisa, sólo que ahora se utiliza una fórmula más literaria para emprender otro acercamiento a las viejas constantes. Una cierta trama romántica da unidad a este poemario, cuyos textos vienen referidos a cuatro presencias que habitan un palacio: el marqués, "caballero de hasta cincuenta años"; Elsinore, su esposa, de veinticinco; Doralice, que acaba de cumplir los siete años, hija de la pareja y Conrado, hijo natural del Marqués y abate de veintitrés años. Estos personajes servirán para que adopte el poeta cierto perspectivismo que le permitirá construir un discurso en progresión en donde se parte, con plena conciencia, de la escenografía romántica (otras veces más próxima a lo decadente o modernista) para inscribir en ella la idéntica reflexión barroca que figura en tantos ejemplos anteriores.
El lector tiene ante sí la sucesión de escenas que en unas ocasiones son transmitidas por el propio poeta y en otras nos las ofrecen los referidos personajes, en una suerte de monólogo dramático en el que tienen, nuevamente, un valor primordial lo sensitivo y lo simbólico. Es más palpable aquí el contenido narrativo de los textos ceñidos a momentos de intensidad que tienen lugar en los entornos del palacio: jardines, glorietas, paseos, claustros por los que discurren las presencias como si fueran seres vivos que integraran la trama de un relato fantástico. Los títulos se tornan a veces más extensos y descriptivos y se valen de verbos como: contemplar, espiar, observar, mirar, etc., que remarcan el desdoblamiento de planos, lo que es más evidente en los poemas en los que interviene Conrado, el abate, que ofrece su lucha interior como contrapunto y así pugnan sus deseos con la condición de religioso que ostenta. Conrado, el joven enamorado de Elsinore, su madrastra, que paladea con temor el hechizo prohibido de su pecado, de su transgresión, al disputar la mujer a su padre.
Hay en este libro un renovado homenaje a la Literatura. Desde las resonancias literarias de los héroes que encarnan estos versos hasta la atmósfera lánguida y nostálgica en donde se recuperan pretendidamente claves románticas: sobre todo un sentimiento que impregna el paisaje, verdadera prolongación del alma del poeta, nos ofrece estampas, viejos grabados que recuerdan crepúsculos campestres, jardines con estatuas ocultas, balaustradas, estanques, en los que se revive la existencia pasada de los protagonistas.
Es absolutamente insólito un libro como este en nuestro amortecido panorama lírico. La hilazón de sus poemas ofrece un ejemplo de sabiduría constructiva infrecuente. La evocación no es estrictamente culturalista, ni puede reducirse a lo evasivo, sino que sirve de marco, una vez más, para esa perpetua meditación sobre la vida y la muerte que es el numen de su obra. Ahora son difuntos, como acontece en célebres relatos que tiene el lector en la mente, los que narran los altibajos de unas vidas a las que cupo un tiempo más hermoso que, a pesar de nuestra incredulidad, consigue penetrar con sus convincentes claroscuros en el hoy del lector y conmoverle.
La tragedia flota en la acción y es su propia tragedia la que recuerdan aquí los personajes. Así, Doralice "recuerda el revuelo del día de su muerte" cuando jugaba a volar una cometa cerca de la alberca en la que perece, o las otras muertes de Conrado y el marqués, que refiere la propia niña solitaria en el poema final: "Doralice en la noche de San Juan", la noche mágica:
Noche de San Juan.
La luna es una muñeca de porcelana degollada.
Sobre el banco de piedra, bajo el nogal antiguo
he visto a mi padre muerto.
Ladraban los canes y lamían sus manos.
(pág. 281)
Es ya una evidencia innegable la soltura estilística del autor y su cuidada policía de lenguaje, como a él mismo le gustaría decir. En este libro puede apreciarse el uso del artificio narrativo para volcar contenidos líricos e intimistas. No es nuevo en su trayectoria este recurso que no puede considerarse como una vuelta fácil al pasado, ni el resultado de un deslumbramiento tardío o escapista que pretende rehuir el presente. El romanticismo que he venido comentando en la obra de Fernando de Villena es un verdadero ejercicio de modernidad, a través del cual consigue el poeta imponer la contundencia de su estética. Siempre he considerado que su obra (y Palacio en sombras es un magnífico ejemplo) tiene mucho que ver con el concepto de romanticismo que defendía Baudelaire en sus críticas de arte; en una de sus páginas afirma, refiriéndose al campo de la plástica, pero acertando en lo profundo con mayor alcance: "El Romanticismo no reside precisamente en la elección de temas ni en la verdad exacta, sino en la manera de sentir". Y más adelante: "Quien dice Romanticismo dice arte moderno -esto es, intimidad, espiritualidad, color, aspiración al infinito, y todo ello expresado por los medios artísticos". Pues bien, es justamente esta nueva manera de sentir la que se impone en su obra, confiriéndole especial intensidad a las constantes que Baudelaire pondera y que en Fernando de Villena adquieren la dimensión de la propuesta deslumbrante, la que nos deja desconcierto en el alma, desazón, inquietud indecible, pero también la emoción de palpar la belleza que un poeta de hoy puede ofrecernos, por su voluntad de estilo.
IX.- El triunfo del amor: Vos o la muerte (1991)
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MARIA TERESA, LA ESPOSA DEL POETA |
Aunque publicado en el comienzo de la presente década, Vos o la muerte (Ánade, núm. 39) es un libro contemporáneo en su escritura al anterior Palacio en sombras. Ambos estaban ultimados cuando finalizaban los ochenta y se corresponden con ese otro tramo vital del poeta recién casado y padre de familia. Hasta aquí la poesía de Fernando de Villena había sido el resultado de su inquietud, de su desasosiego, y una búsqueda incesante del amor y de la paz espiritual. Si tenemos en cuenta lo que ha marcado hasta este momento su obra toda, podrá constatarse en ella la tormentosa persecución de unos valores que pudieran dar sentido a su vida y acallar las sospechas
sobre la vanidad del mundo y sus efímeros regalos, que dejan finalmente más espacio al dolor y más lugar al desengaño. En efecto, el desencanto, que se ha enseñoreado en títulos anteriores, la soledad, la incertidumbre y el dolor son vencidos ahora porque es su vida la que da un giro radical desde el instante en que el poeta encuentra el amor verdadero en María Teresa, su esposa y la madre de sus hijos. Todo cambia, pues, de forma sorprendente, por eso este título constituye la clausura definitiva del ciclo anterior y la apertura de una nueva etapa, en la que su discurso ofrece novedades suficientes que nos autorizan a considerar esta entrega como el punto de arranque de otro período caracterizado por el alejamiento de sus obsesiones permanentes. Tal vez se abre otra década y con ella otro tiempo para la aceptación en la que se ha convertido ahora la antigua rebeldía.
Dicho todo esto, importa apresurarse y afirmar también que volvemos a encontrarnos con otro libro provocador y desconcertante desde cualquiera de los puntos de vista que adoptemos para su análisis. El retorno al espíritu, la reivindicación del amor conyugal, la vuelta a los valores de la fe, la exaltación de la familia, acaban convirtiéndose en los resortes de los que se sirve el poeta para espantar las sombras del pasado y para desorientar, de paso, a no pocos filisteos que apenas si dan crédito a una propuesta que otra vez vuelve a ser, con todas las de la ley, piedra de escándalo por su platonismo. Esta realidad que comento fue destacada oportunamente por los críticos que con más seriedad se ocuparon de reseñar la entrega. Así, por ejemplo, el poeta Domingo F. Faílde en un artículo titulado "Páginas para el amor", publicado en el suplemento cultural "La Isla" del diario gaditano Europa Sur (6 de julio de 1991, pág. 32) insistía en el "cúmulo de razones" que hacían de éste un libro "sorprendente". Entre otras afirmaciones conviene recordar las que siguen: "Fernando de Villena se nos muestra y comporta, deliberadamente, como un transgresor: no estamos ante un trasnochado nostálgico del pretérito, sino, por más que parezca lo contrario, ante un innovador, que ha recogido el guante de la historia y va a enfrentarse con ella, portadores ambos de todas las armas, de todo el legado cultural del tiempo, blandiendo, de una parte, la lógica, y, de otra, la dialéctica, lo cual permite a Villena asumir una cierta atemporalidad y, paralelamente, proponer a su época unos valores que se tienen por periclitados, y que él va a rescatar y restaurar, imprimiéndoles (que no devolviéndoles) una nueva vigencia".
Por otra parte, Antonio Garrido Moraga en Sur de Málaga (Suplemento Cultural, 31 de agosto de 1991, pág. 3) venía a insistir en claves parecidas cuando asegura: "Este poemario se puede calificar de desvergonzado porque el poeta se recrea en un amor tan real y tan absoluto, tan fuera de nuestro tiempo que su itinerario nos sorprende". Y más adelante: "Con independencia de los valores literarios, el mensaje de este libro es hermosamente anacrónico en su visión tradicional del amor y de la familia. Nos encontramos ante un canto de plenitud, de felicidad que, por la sinceridad de su tono y por la elevación de sus registros, produce esa sorpresa a la que me he referido antes". Las dos citas son suficientemente reveladoras y subrayan el aspecto sorpresivo de la nueva obra. Este carácter pone de manifiesto, también a estas alturas, la vigencia de su sentido provocador, su voluntad de abrirse paso defendiendo posiciones que desorientan a la mayoría. Ese verdor -¿quién lo duda?- se mantiene en su poética como en los primeros libros.
La disyuntiva entre el vos o la muerte es la que debe resolver el poeta, quien al elegir el vos (la amada), en un lance de amor cortesano, está jugando su nueva baza para ahuyentar la muerte, para espantarla lejos. Hasta ahora su trayectoria literaria había sido una obsesiva búsqueda, una permanente interrogación, urgida por la infelicidad, el cansancio anímico, la inadaptación a la época de materialismo y prevaricación que le toca vivir. Sin embargo, el dilema se resuelve cuando el poeta descubre un nuevo sentido a su existencia, que fundamenta en la familia y en una vuelta a cierto conservadurismo ideológico que a mí me parece, más que nada, reivindicación estética o postura retadora.
La nueva vida que ahora se inicia junto a la esposa servirá de ejemplo ideal para poner como ofrenda ante la Divinidad y como justificación, ahora sí, del vivir cumplido. Por estos motivos decía más arriba que este libro parece inaugurar una nueva etapa en su devenir, una etapa de reencuentro con otros valores del pasado, una etapa de acatamiento y estabilidad, frente a la que estuvo marcada por los vaivenes del desvelo, la inseguridad y el desamor. La fotografía que acompaña a la edición es, en este caso, un subrayado más y tiene, por consiguiente, un valor que sobrepasa el puramente ilustrativo. En ella posa el poeta junto a su familia reunida, en arrogante postura mezcla de satisfacción y desafío, y al hacerlo dibuja teatralmente el ideal que corroboran los versos.
Como cargado de intención está el "Prólogo" a la edición
-otro alegato cómplice- en donde explica el propio autor el significado de ese lema que hace suyo y que descubrió, durante su viaje de novios en una visita al Museo Británico, al detenerse frente a un "prodigioso escudo provenzal de la Alta Edad Media". Así comenta el hallazgo: "Sobre el mismo, quedaba representada una escena fascinante: un caballero amador ofrece su corazón con la derecha mano a una dama que todo lo contempla desde su castillo; la izquierda, sin embargo, aunque no mira hacia allá, la tiende a un espantoso esqueleto. Debajo, en una cartela, reza el lema Vos o la muerte. Desde aquel instante hice mío aquel lema para con la dama que pocos días antes llevé hasta el altar" (pág. 287).
La vida toma ahora ese significado como de historia de caballería, y son sus valores literarios los que se superponen a la cotidianeidad, pero sin que ésta desaparezca. Porque Vos o la muerte tiene mucho de contemplación de la obra y señala al tiempo -en tanto que vida, vivida- un estadio de plenitud espiritual, que exalta gozosamente la existencia junto a los seres queridos a quienes, en definitiva, va dedicado el texto.
Por otra parte, este libro supone una apuesta tan convencida por el idealismo que de inmediato se percibe cómo es por este flanco por donde vienen sus mejores logros. Así, del pasar de los días y de los años, en la armonía del hogar, se han ido rescatando instantes para la eternidad, momentos fugaces pero plenos de intenso significado, que corroboran la elección de la amada, ese vos que a través de los versos y los recuerdos trata de presentarnos el poeta. Vos o la muerte se constituye así en uno de los más novedosos libros de amor de la última poesía española. Estilísticamente es un texto diáfano, con poemas breves y emotivos de estructura paralelística, que declaran el sentimiento nunca falso del caballero por su dama. La elección se reafirma en el homenaje continuado a la esposa, colaboradora de su destino a quien el poeta se entrega sin vacilar: "Me cansa el mundo con su vértigo / te quiero sólo a ti para crear un mundo" (pág. 295).
Para nada se oculta que desde el primer poema es María Teresa (su nombre bien al frente) la heroína de la que habla el autor; todo lo contrario: se seguirán sus pasos hasta ese ayer de las fotografías (del colegio, de una boda en Barcelona, con unos amigos en el Campo del Príncipe...) que establece su puente en el tiempo hasta llegar al hoy de la escritura que lo es también de la vida. La esposa y los hijos justifican la vita nuova del artista:
Es hora de volver a casa:
me aguardan los hijos
y las limpias sábanas del amor.
(pág. 307)
En otro orden de cosas, esta obra aporta novedades importantes entre las que conviene recordar el uso de la estructura paralelística (ya lo había apuntado antes) en casi la mayoría de los poemas, por lo que éstos se producen por amplificación y reiteración de un verso o de un módulo expresivo, que se mantiene. La permanencia, también, de dos planos: el del ayer de la amada, que se evoca, y el del hoy compartido. La invitación al amor, que corrobora con frecuencia la misma naturaleza, porque se defiende la convicción de que sólo a través del amor se alcanza la eternidad, se supera la muerte. La renuncia a todo lo que no sea vivir en la nueva magia del hogar junto a la mujer escogida y presentida desde tan lejos, lo que supone la conformidad con el universo íntimo de la familia como única solución, próxima a aquella aurea mediocritas de Boscán:
Busca sólo un lugar para el olvido
con quienes amas tanto;
sólo papel y tinta, pan y vino precisas,
y de cada estación el propio aroma.
Busca un lugar para esperar la muerte.
(pág. 302)
También hacen aquí su aparición rasgos de humor que nunca antes se detectaban en sus versos, más preocupados por otras gravedades. El humor sí ha venido ocupando su lugar en la prosa de sus novelas, pero no así en sus poemas. Buen ejemplo de ello serían su "Autorretrato en día celeste" o "Navidad", el último texto del conjunto. Todos estos elementos que he referido subrayan esa conversión del poeta, que por si fuera poco y quedara lugar para la duda, se encarga de rubricar con el envío final: "En vos, amada mía, y en Dios mi nuevo nacimiento. En Dios y en vos mi fin".in".
Por eso digo que este libro señala el triunfo del amor y ofrece perspectivas distintas a las que hemos tenido en cuenta hasta ahora. La fe, el retorno a las creencias religiosas dejan también su hermoso anacronismo en estos tiempos de desilusión e incertidumbre. El poeta ha resuelto. El poeta ha elegido, y con ello nos dice, al transmitirnos su universo más íntimo, que ha optado por una solución que se fundamenta en la autoafirmación y en la sinceridad. En ese acto de autoafirmación también se incluyen los seres queridos para los que guarda su ternura mejor, porque es a través de ellos cómo únicamente puede tener sentido
cualquier esperanza.
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Prólogo en tres capítulos
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