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JESUS CABEZAS EN EL TEATRO CALDERON


        Siempre me ha fascinado comprobar en quién y cómo fructifica la semilla imprevista de la poesía: esa tentación, esa turbación, ese tormento que, a veces, nos redime del infierno y del vacío. El caso de Jesús Cabezas (Motril, 1955) es singular a este respecto. Habituado, por su trabajo de médico, a enfrentar el dolor, a ver desde su atalaya hombres y mujeres tocados por la enfermedad, vencidos por el sufrimiento, o amenazados por la muerte, su discurso se ha ido conformando con ese inquietante trasfondo de desgarro, de intensidad y de verdad insoslayables. Esta cercanía, esta implicación en un universo emocional


CAMINO DE LAS CAÑAS

permanente le ha condicionado, sin lugar a dudas, y ha marcado, en gran manera, el tono de su canto. Porque Jesús Cabezas ha elegido el camino del verso para objetivar sus más íntimas contradicciones, para explicarse el mundo, para comunicarlo y compartirlo con los otros, con los suyos, a quienes se dirige sintiéndolos muy cerca, como si estuvieran a su lado, formando corro imaginario, pero sobre todo ha elegido el verso, la poesía, para soñar de nuevo su pasado, siguiendo la consigna machadiana.
        A Jesús Cabezas le interesa actualizar permanentemente sus recuerdos, evocarlos, añorarlos, apresarlos, repensarlos, para que no se pierda la memoria del hombre que es, desde que tiene conciencia de su condición; es decir, desde la infancia, desde la edad dorada... De ahí que el desarrollo de su poética justifique el protagonismo de la nostalgia como fuerza generadora de sus mejores hallazgos. Rememorar, resoñar lo vivido, como quería Machado. En los sueños se esconden las razones profundas de lo que somos. Vigilia soñadora para recuperar el tiempo emocional, el tiempo vital, el tiempo existencial, no el tiempo que señalan las manecillas del reloj, sino el que se cumple con los latidos del corazón, y todo corazón -bien lo sabemos- lleva consigo siempre las marcas de la vida... Sí, Machado lo recomendaba a los jóvenes: "Os aconsejo -decía el maestro- una incursión por vuestro pasado vivo, que por sí mismo se modifica y que vosotros debéis con plena conciencia corregir, aumentar, depurar, someter a nuestra estructura, hasta convertirlo en una verdadera creación nuestra". Este es el camino que elige Jesús Cabezas, este me parece que es, en síntesis, el espíritu de su propuesta poética.
        No he visto nunca en él mayores reclamos, ni arribismo de ningún tipo, ni pretensión de reconocimientos que vayan más allá de esta noble confidencia del hombre sensitivo que nos devuelve en versos la experiencia asumida y el rescoldo de lo que fue su biografía. Su palabra es sencilla. Su estética tiende a despojar de todo adorno los mensajes. Voluntariamente austera, su palabra, digo, comunica el temblor sincero de cuanto vio y sintió, sin que su meta persiga el virtuosismo estilista o la exhibición de complejas arquitecturas verbales. Nada de todo esto y sí recado en voz baja, monólogo desesperanzado o voz en grito, cuando se denuncia.
        Este es su caso: el de un escritor que, al margen de los parnasos y los cenáculos literarios, construye su verdad con palabras, nos deja su legado y nos advierte de las amenazas y de las injusticias que nos rodean, más sordas hoy, quizás, más camufladas, en esta hora de insensibilidad y de mercantilismo. Y me conmueve su ejemplo y ese afán suyo tan admirable de compartir su búsqueda y también sus logros con todos aquellos que gusten acercarse a ese viejo misterio que late siempre en las palabras de un poeta, a pesar del desaliento, del cansancio, de la ruina de los grandes valores y de las esperanzas derrochadas. Su voz es intrahistórica. Y lo es por propia voluntad, por vocación diría. Él ha trazado claramente los límites en los que desea se mueva su discurso y en esto veo su ejemplaridad. Como la suya ¿cuántas otras voces no habrá persiguiendo un sueño parecido? ¿Cuántas otras voces hermanas no habrá que desgranan ahora su liturgia en silencio, desde el apartamiento o la renuncia?

TRAYECTORIA POÉTICA: LOS INICIOS

        En 1987 publica Jesús Cabezas su primer libro, Poemario de ausencias. Con él se daba a conocer en su entorno más próximo, puesto que la edición no debió circular más allá del amplio círculo de amigos y conocidos, como es frecuente que ocurra con la mayoría de las obras primeras. Hay mucho desasosiego y mucha nostalgia en los versos amorosos que componen el cuerpo esencial del poemario. La distancia entre el poeta y la amada desencadena un conjunto de textos en los que ensaya Jesús Cabezas sus primeras experiencias líricas. Es el umbral, por eso hablo de ensayo, porque esta primera aventura tiene mucho de ejercicio todavía, de búsqueda de la voz propia. Empieza a surgir su mundo, a conformarse. Amor, naturaleza, recuerdo, nostalgia de la infancia y de la tierra afloran ya, en medio de los desahogos de esos sentimientos contradictorios que se alojan en el alma con las primeras soledades. Pero prehistoria poética, época de tanteos, de vacilación, de duda, de lucha desigual aún con la palabra. De alguna manera Poemario de ausencias cierra ese ciclo inicial que puede entenderse como etapa formativa del escritor. Con anterioridad a él sólo había dado a conocer poemas sueltos de dos libros inéditos titulados: Desde mi corazón (1980) y Un cierto sabor agridulce (1985).

CAMINO DE LAS CAÑAS


CORTADORES DE CAÑA


        Cinco años más tarde ve la luz, en los talleres de la Imprenta granadina del Ave María, su segunda entrega: Camino de las Cañas (1992), en una edición de tirada amplísima para lo que es costumbre en las publicaciones de este género. Nada menos que cuatro mil quinientos ejemplares, precedidos de un prólogo del dramaturgo José Martín Recuerda, e ilustrado con dibujos del propio autor. Escrito en los años finales de la década de los ochenta, esta nueva obra supone un paso adelante con respecto a la etapa de tanteos anterior. Ceñido su discurso a un entorno más concreto, el libro ofrece los frutos de su primera madurez y persigue la recuperación mítica de la infancia.
        El yo lírico se desdobla a veces en un tú que sigue siendo el mismo poeta en su proceso de rememoración nostálgica. Late en casi todas las composiciones el hondo diapasón del ubi sunt y la calle que da título al conjunto se convierte en un río vital -"un río hermoso y amplio"- por donde fluye la atmósfera costumbrista de un tiempo ido. Aquella arteria ofrece el rostro cambiante de las horas del día: desde el despertar al compás de las campanas de las iglesias y del chirriar de pájaros o el trajín de los oficios, hasta el anochecer, cuando


ACARRETO

regresaban del campo "monderos y arrieros, cansados, sucios, sudorosos", que "venían cantando romances y coplas tristes". Y ofrece también al poeta el asidero simbólico en el que se incardina su canto reivindicativo de una cultura popular más verdadera en sus juegos y ritos de iniciación, en sus ciclos hermanos de la naturaleza, en sus horas de fraternidad y de intercambio desinteresado. Brújula simbólica, el clamor de esa calle se convierte en metáfora global de la infancia y en el caudal de sus trasiegos ve Jesús Cabezas la génesis de su sentir y de sus desvelos y las claves emotivas que conforman las mejores conquistas de su poética. Así lo expresaba el maestro Martín Recuerda en sus palabras preliminares: "Quizá sea éste el fondo del libro: un no querer que la vida se vaya del niño poeta que ha escrito los presentes versos con un amor profundo al barrio que lo vio nacer, jugar, crecer, vivir. Vivir siempre, al parecer feliz, dando esa felicidad a lo triste que pudiera ver a su alrededor".
        El barrio todo es un territorio mítico, es el corazón de un mundo más amplio, entre el mar y las montañas, con el que se funde el poeta o el juglar, en fin, de la historia común y de aquellos otros hechos pequeños, cotidianos; de aquellas ceremonias de la edad sin mancha, cuando la vida se nos revelaba a través del milagro incesante de olores o sabores y emociones inéditas. Ese canto al terruño es otras veces demanda y exigencia; lo será más claramente en su tercer libro, aunque aquí prevalezcan más bien el tono invocativo y la narratividad intimista. Pesa más el recuento añorante, la rememoración melancólica en esa vuelta a los orígenes. En el poema final sintetiza los sentimientos que le inspiran y justifican su discurso. El poeta regresa:

                      porque alguno de nosotros teníaía
                      que cantar la luz de sus arrabales,
                      el olor a melaza de sus patios,
                      aquel esclavo mundo de la caña:
                      amargo por fuera, dulce por dentro.


A VOZ EN GRITO


A VOZ EN GRITO


        Dos años después, en 1994, aparece su tercer libro A voz en grito publicado en la Antigua Imprenta Sur, de Málaga. Al frente de los versos figura un texto introductorio de Ángel Cobo que anticipa con enorme lucidez las claves más relevantes de la obra. Yo me ocupé en su día de reseñarla en las páginas culturales de El Faro. Allí me refería, entre otras cosas, a cierta continuidad sin ruptura con la obra anterior y a sus tradiciones, a las conexiones de su poética con una estética realista, en la línea de las promociones del 36 (Miguel Hernández, Luis Rosales) o del 50 (Gabriel Celaya, Blas de Otero, Gil de Biedma) "que, de alguna manera, se corresponden con los ídolos de la promoción que se formó en los últimos años del franquismo y ha vivido plenos los que siguieron de construcción de la democracia. De esta doble experiencia asumida es de la que se hace balance en los versos y lo cierto es que, desde los últimos tramos del camino, ese balance arroja un pesimismo y un desencanto palpables en el resultado final de los poemas. La palabra se ha convertido en grito y se respira ahora cierto aire de frustración, de ira santa, ante la marcha de los hechos; unos hechos, unas realidades que se apartan cada vez más de la utopía y se empecinan en seguir su curso hacia la frialdad de la deshumanización, hacia la terquedad de la rutina o el caos de la desesperanza".
        Tras la voz inicial que solicita el perdón o la disculpa por las supuestas libertades y atrevimientos llega el grito, sección en la que su discurso se crispa y denuncia en "Crónica del Año Nuevo", o arenga en "Cuándo", o protesta y recrimina en "Los tiempos cambian" porque ese vosotros al que dirige ahora su mensaje se olvida de los grandes valores y de que, por ejemplo, la belleza:

                      está en las cosas sencillas,
                      en las naturales,
                      en los actos cotidianos.
                      Y que su valor
                      ha trascendido en el tiempo,
                      está por encima de él.

        El desengaño existencial, la constatación de que los viejos sueños no se tienen en pie, la frustración espiritual y el desencanto ensombrecen los versos. Se va la vida, vuelan los años y queda el sabor amargo de un cierto fracaso del que redimen vagamente los nuevos sueños... Y la palabra...-tercera de las secciones- vuelve a ser confidencia o epístola sentida; evangelio íntimo y doliente que retoma por momentos un cierto tono de aceptación... El propio poeta añadió una nota final a la edición en la que se apuntan los propósitos de su escritura, y se reflexiona sobre el sentido de la obra: "En los versos de este libro existen además, implícitamente un aquí y un ahora, que no son sino fruto de la preocupación y de la amargura del poeta ante el momento histórico concreto que le ha tocado vivir". También apunta, en fin, su entendimiento de la poesía como comunicación solidaria con la inmensa mayoría, por eso yo, en su día, titulé mi crónica "Jesús Cabezas: entre la nostalgia y la ética testimonial", tratando de anticipar las dos constantes que, a mi juicio, sobresalen en el texto más nítidamente y mejor definen su vocación profunda.

ENSEÑANZA PRIMARIA


ENSEÑANZA PRIMARIA


        Hemos vivido en estos últimos años un regreso sentimental al pasado inmediato, a través de creaciones que evocan la atmósfera de la postguerra y que se acogen al testimonio de las peripecias escolares y educativas, a modo de apoyatura. Me refiero a obras como Escuela y prisiones de Vicentito González (1969) de Juan Eslava, más tarde reeditada en versión definitiva con el nuevo título de Tu magistral amor (1990), o a ese otro texto de Federico Sopeña, El florido pensil, llevado también al teatro por un grupo vasco; a la novela de Fernando de Villena, La casa del Indiano (1996) o a La mantícula (1996), de Alfonso Garrido Espínola, por poner cuatro ejemplos significativos, con probada incidencia en nuestro ámbito... En esa línea nos llega la última entrega de Jesús Cabezas, Enseñanza Primaria, que ve la luz ahora, en esta otra colección inventada por Jesús González, a quien desde aquí pido, en nombre de tantos, mantenga siempre encendido el raro fuego de su inquietud ideal, que a todos nos reconforta y alimenta.
        No es éste, sin embargo, un libro que afronte como prioridad la reflexión sobre la enseñanza en sentido estricto, tan sólo recurre a la bisemia del título que abunda en el referente educativo en tanto coincide con la época de juventud del poeta, para abrazar inmediatamente un concepto más amplio de aprendizaje, el que alude a la iniciación a la vida y a esa otra enseñanza capital que no depara la escuela, sino la experiencia del entorno, del territorio nativo, patria siempre y refugio del autor al que acude sistemáticamente a lo largo de toda su trayectoria. Es más, por tanto, otra reivindicación de aquel "Nuevo Mundo" que descubrían los ojos asombrados del niño; y más letanía de recuerdos, en la edad libre y feliz de "aquella Arcadia fértil y luminosa..."
        ¿Qué novedades aporta este libro con respecto a los anteriores? Dos principales, desde mi punto de vista: un regreso al tono atemperado y sálmico de Camino de las Cañas, con el que enlaza en contenidos y propósitos; un regreso a la palabra, que se aleja del grito, por un lado; y por otro: una más evidente voluntad de estilo, una atención más cuidadosa en el decir, una nueva curiosidad por las formas... No hablo de grandes transformaciones ni de cambios radicales, sino de matices, en ese devenir lírico del poeta que, básicamente, se mantiene fiel a sus principios anteriores. Y así nos entrega este conjunto de catorce poemas, en un libro, cuya arquitectura ha pensado y organizado acogiéndose a unos referentes temporales, los del aprendizaje: primer grado, segundo grado e ingreso que, paralelamente, entrañan ese otro significado mayor al que antes aludía.


MAR DE ALBORÁN

        El poeta-juglar "de un tiempo vivido" que retornaba al Camino de las Cañas en "He vuelto", texto final de su segundo libro, arranca aquí con una "Oda al mar", al que apostrofa en larga invocación mantenida; una composición que escoge como lema unos versos de Vicente Aleixandre, pertenecientes a sus Poemas paradisíacos, una oda, en algo contagiada de ese panteísmo del sevillano. No en balde, el poeta saluda al mar, a quien ve como una suerte de deidad de la naturaleza, a quien se encomienda y pide "una ínfima parte" de su "serenidad", "sabiduría", "bonanza", "perfección", a pesar de que, a cambio, sólo pueda ofrecerle: "dolor", "lágrimas", y "un brevísimo racimo de sueños imperfectos". Pero un mar que es al mismo tiempo símbolo de una geografía real y espiritual, y de un espacio emotivo que abarca el pasado y el presente. Porque, sin duda, esta invocación abre las puertas del territorio mítico, en el que insisten y se justifican los demás poemas del conjunto. Los límites de ese territorio eran bien conocidos del poeta, tal como nos confiesa en "Como un pájaro":

                      Conocía perfectamente sus límites
                      como un pájaro.
                      Sabía de cada árbol,
                      de cada fuente,
                      de cada remanso donde admirar el paisaje.

Justo en aquellos parajes quedó la infancia "enterrada /-o sembrada, quien sabe-", en aquella otra provincia arcádica que se hace contrastar con la presente. Y de aquella geografía sentimental la rambla, el Cerro del Toro, la vega, la acequia, los bancales de Minasierra: el descubrimiento de la naturaleza, que invitaba a la libertad y se colaba en el alma, con sus felices consignas de alegría. Y de aquel tiempo dichoso los recuerdos, acaso desvirtuados por tanto repaso afectivo. Sueño machadiano de los recuerdos, como anticipaba antes, del que son buena muestra estos versos de "Polifemo amarillo", que el escritor dedica al viejo tranvía que, desde Granada hasta Dúrcal, hacía el trayecto siempre estimulante y sabido:

                      Contigo se fue mi dulce recuerdo
                      a la vieja estación de la memoria.
                      Allí empolvado y fuera de línea,
                      permaneces con tu trole, erguido,
                      mirándome fijamente a los ojos,
                      cada vez que yo me paro a soñarte.

El Primer grado, en fin, acoge poemas dedicados a lo exterior, a lo que podrían ser los enclaves abiertos y mágicos, por la mirada emotiva del niño: mar, rambla, acequia, vega, etc. A ellos vuelve el poeta a través del sueño de sus recuerdos, aunque a veces su vuelta le sirva para confirmar las diferencias entre el tiempo irreversiblemente cumplido y esta otra edad, este presente que le induce a la melancolía y al desengaño:

                      La acequia seguía estando allí
                      donde tú la dejaste,
                      recóndita, tranquila, rumorosa.
                      Pero su luz no parecía la misma.
                      Mis manos no han podido retener
                      el curso del agua,
                      mis ojos no han logrado parar
                      el giro del sol
                      en el azul diáfano de la mañana,
                      mi mirada era, ahora,
                      otra mirada distinta, dolorida, apenada.

        Pero "aquel único y largo verano" de la infancia, vivido al aire libre de los campos y del mar, se complementa con la otra perspectiva del círculo íntimo, de lo familiar y de lo próximo que hace su aparición en el Segundo grado. En esta


RADIO ANTIGUA

otra serie los poemas se detienen en detalles o motivos más cercanos al hogar del escritor, o se refieren a rincones de la propia casa, y así: "La acera", "El brasero", "La Radio", "La despensa", etc., pasan revista a un idéntico retablo de emociones. El poeta apostrofa y dialoga, acercándose hasta su presente el espejismo del ayer, como quien se contempla en el azogue turbio de los años, levantado en su diestra. O reza, sí, reza, porque sus estructuras reiterativas y paralelísticas, así lo dejan entrever. Aquí murmura su franciscana heterodoxia y allá se marcha, urgido por las razones de su corazón apesadumbrado. Y allí se instala, con los ojos del sentimiento vueltos hacia las galerías de la reminiscencia, en donde siguen intactos el niño y la atmósfera del ayer, perfumada de olores montaraces y bravos. Sólo que el tranco en el que el poeta descansa, con la barbilla calzada por la mano, es el durísimo granito del presente y está en esta ladera, de esta otra parte, clavado en el hoy que siempre nos deja perplejos. Así la piedraimán de los años sin mácula le mueve al retorno, lo llama desde las ascuas del brasero crepitante de las tardes de hastío, o desde la acera húmeda de la calle, que no muere en la mente:

                      acera baldeada con el agua nítida
                      de los sueños que no se marchitan,
                      hoy vuelvo de nuevo a ti
                      por el umbroso sendero
                      de la memoria

        Están fijas las estampas de esta segunda sala en la hora crepuscular. Es más la tarde la que vive en los versos... Antes hablaba de los rezos, y un rezo profano es el que se cumple en "La Radio", o en la evocación de los tesoros de extravagancias a los que se aficiona el niño por naturaleza y mezcla con el pan en "La talega" de los sueños. Tardes de estudio, de aromas, de meriendas. De todo esto nos habla Jesús Cabezas, de esas brumas nostálgicas que fueron las etapas de su aprendizaje, los peldaños de la escala irreal por los que se llega, sin que nos demos cuenta, a la otra realidad, la realidad antipática, miope y mercantil del presente, la hora perversa e injusta, que quiere alejarnos de aquellas reliquias vivificantes. El ingreso final marca este acceso al mundo aburrido de los adultos y cierra el libro en un recuento de los muchos retornos, que fueron jalonando esta iniciación a la vida, una iniciación que deja un sabor acre de cansancio triste y remoto, como de penumbra en el alma.

FINAL

        Así he visto yo, a través de los versos, ese mundo íntimo de Jesús Cabezas. Y lo he seguido en su desvelo de vueltas y regresos. Él nos habla de un lugar a la orilla del Mediterráneo, donde cabecean las cañas apuntando al azul y de las crudas rutinas de antaño, y de cómo se despide, agitando muy alto el pañuelo borroso, de los días difíciles y ambiguos de la inocencia. Ya otra hora se impone y otro recuento y otro adiós, un adiós nervioso a este siglo terrible, en el que la historia se acelera para dejar atrás la amarga cosecha de muertos y de injusticias. Adiós para siempre, sí, a este siglo brutal, podrido por las guerras y la intolerancia desquiciada; siglo sin luces, que destruye al planeta con su gas pestilente y la amenaza siempreviva del pavoroso hongo atómico; siglo homicida, en el que hemos comprendido hasta dónde puede llegar a ser cruel el corazón del hombre. Por eso quiero saludar la desnudez de estos versos y su ferviente compromiso. Son versos del poeta solitario que sabe dónde se aloja la peor de las enfermedades, la que desea aliviar también con el lenitivo de su sueño humanista y desinteresado. 

Regreso al sentimiento de lo vivo lejano, Prólogo, en Jesús Cabezas, Enseñanza primaria, Colección PASO DE LA GORGORACHA, nº 1, Editorial Asukaría Mediterránea, Granada, 1999.

JOSÉ LUPIÁÑEZ


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