No es este conjunto de poemas que cantan a la ciudad, a las ciudades, un modo de manifestar
menosprecio de aldea. No se han elegido para abundar en esa oposición tan avivada en los dorados siglos por muchos ingenios. Se trata simplemente de una muestra emotiva de enclaves, que alguna vez prendieron el ánimo y el corazón del poeta. Una muestra que el azar ha querido fuera ésta y no otra; apenas un apunte de ese itinerario espiritual que todos vamos llevando a cabo sobre la piel del mundo. Sin duda que aquí el lector ha de encontrar lugares en los que se detuvo,
quizás, admirado por la armonía de sus calles, por la belleza de sus plazas, por el esplendor de sus palacios o de sus jardines, pero echará en falta tantos otros que, incluso éstos mismos, le harán evocar con nostalgia. Tenía que ser así, forzosamente, puesto que no es libro éste que persiga ninguna suerte de exhaustividad, sino que desea ser anticipo de un proyecto más ambicioso. Sólo el esbozo, digo, como alegoría de algunas etapas en las que dejó parte de su vida el viajero simbólico
que todos encarnamos.
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CUENCA |
Ciudades, ruinas de ciudades, ciudades de ensueño, ciudades para el amor y para el crimen... Primero las vamos recorriendo asombrados, incrédulos, ante la esbeltez imposible de torres de leyenda, el delirio de fachadas, de pórticos, de cúpulas, o el color de sus cielos; primero las vamos conociendo y recorriendo. Luego ellas nos recorren a nosotros, y así se nos van quedando dentro para siempre. Porque si el hombre es fundador de ciudades, e inventor de esos otros paisajes de callejas, edificios y parques que las configuran, también las ciudades tienen su poder sobre los hombres que en ellas viven, y los van moldeando y
los van haciendo, imperceptiblemente, de su misma materia espiritual. Algo así capta el transeúnte, cuando compara la atmósfera distinta de las urbes. Todo viaje es, de este modo, un retablo de emociones, como el que aquí se propone a través de los versos que invocan la presencia, el recuerdo, el aliento de veinticinco lugares con nombre propio y vida propia en el mapa de
nuestra geografía sentimental.
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ÚBEDA |
La ciudad nos acoge o nos expulsa. A ella llegamos a una hora imprevista, cuando la luz ofrece su destello mejor en la cansina travesía o, acaso al atardecer, en ese indefinido momento de tránsito o, quizás, cuando la noche reina como una virgen negra en el cielo. La ciudad nos envuelve o nos hace huir y, aunque hay algo de eterno en todas ellas, también se dejan llevar de un loco dinamismo que va cambiando su faz y sus maneras. Hemos sido testigos
de esa eternidad que persiste, no sólo en las ruinas, y de esa otra vorágine del tiempo que transmuta, aliándose en muchos
momentos con la naturaleza desatada.
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TOLEDO |
¿Qué poeta no se sintió tentado de cantar la ciudad? ¿Quién no la ha entendido viva, como un ser contradictorio que interfería o se aliaba con nuestra circunstancia y nuestras aventuras, más que como un simple decorado? Aquí hay notables muestras de todo ello. Para reunirlas he recurrido a las obras de autores españoles de las últimas generaciones
muy queridos por mí. Y he tratado de que fueran aquellos poemas menos previsibles los que los representaran. No ocurre en todos los casos, pero sí en la mayoría. No me importó que hablaran de lugares cercanos o distantes. Ni fui con la exigencia de marcar territorios precisos. Ciudades diferentes: como si se rompiera un collar y algunas de
sus cuentas quedaran brillando, al azar, a la vista.
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CÁDIZ |
Y poetas de hoy, a los que toca sumarse al canto general que se inició mucho antes. El ahora sigue dialogando con el ayer y entreviendo el mañana... Nuestro itinerario comienza en Cáceres y acaba en Jerusalén. Desde la tierra
de los conquistadores a la que fue destino de empresas de cruzados. Cáceres es vieja fe de España para Santiago Castelo, una niña solitaria a la orilla de una fuente. Después la imagen cegadora de Ampurias, en los versos elegíacos de Carlos Clementson y la oración de Úbeda
que se extiende al firmamento, en la palabra mágica de Antonio Enrique, cuando "Úbeda era una doncella". Más tarde "Al-Yasirat", donde
confluye Al-Andalus: su sangre, sus caminos, en los rítmicos metros de Domingo F. Faílde. Y "Muley
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ROMA |
Idriss en la noche" de los nortes de África, en esa liturgia de símbolos que trae el verso del llorado hermano y Maestro Miguel Fernández, y Lisboa, "la ciudad blanca",
donde la eternidad es piedra herida, según nos dice la voz prístina de Miguel Florián. Ángel García López
se pasea por las "Ruinas de Itálica" y su lección nos habla de la misteriosa ciudad sin habitantes. Y José García Pérez canta a la Rusadir que hicieron tantos pueblos, en un soneto clásico, como José María Gómez hace lo propio, en una suerte de entrega espiritual, a su Toledo
gloria y olvido de la triste España. "La Medina Antigua" de Fez prende a Juan Manuel González, en un delirio sensorial de emociones y presentimientos, mientras que Rafael Guillén se busca por los puertos del norte, entre la niebla y la llovizna y nos evoca la luz
apenumbrada de Edimburgo. La bahía de Cádiz vive más que nunca en los versos de Antonio Hernández, en
una estampa doblemente amorosa de un atardecer...

ASÍS |
Rafael Inglada canta a Málaga, una Málaga de
cabeza herida y amarilla, marinera y fatal y a Cuenca canta el verso sabio y hondo de Diego Jesús Jiménez en un poema más inolvidable, como tantos de los
suyos, un poema meditativo del amanecer de la ciudad, junto al Júcar. La queja combativa la trae Juan J. León en su "Historia de Roma" de paralelismos inquietantes. Y de "Abdera" nos habla la voz mediterránea de Aurora Luque, mientras que Enrique Morón nos enfrenta a una de las amenazas del futuro, simbolizada en "Chernobil". Hasta el Caribe vuela la nostalgia de Pedro J. de la Peña, quien nos cuenta de la "Habana Vieja",
esa candela que encendida sigue. Antonio Rodríguez se pasea por una calle de Praga, en la noche en que supo la entrañaría para siempre. Y de "Asís" nos llega la atmósfera de
siglos muriendo eternamente, lentamente..., a través de la meditación lírica y desesperanzada de Pedro Rodríguez Pacheco. La estampa veneciana la compone Francisco Ruiz Noguera, quien se adentra por
puentes ignorados para oír el silencio. El silencio también enamora a José Antonio Sáez, en la mansa ciudad de Baeza, "Ciudad para el recogimiento"... Marrakech es una mágica aventura disparatada, en la voz provocadora, irónica y sabia de Juan José Téllez y Madrid nos la muestra, en la niebla,
-una ciudad sin pájaros-, el verbo de adivino de Jesús Hilario Tundidor. Y, en fin, Fernando de Villena, experto en tatuar al lector, remata este periplo con la ciudad santa de "Jerusalén",
corazón del mundo, a la que tantos llegan buscando la razón de sus vidas.

JERUSALÉN |
Muchas ciudades para cantar a la Ciudad, como lo hizo con sensibilidad y sabiduría Eduardo Aunós en su inolvidable libro
Estampas de ciudades. Sea este florilegio de urbes un homenaje también a su encendida prosa, aquella que invocaba doliente: "¡Oh! Ciudad que eres tentación y arrullo de caricias, promesa de paraísos pronto esfumados, y engañadora suprema de vulgares placeres: te amo y te temo, porque si nadie puede huir de tu atormentado amor, nadie tampoco puede escapar
a la muerte que esconden tus celajes embrujados".
JOSÉ LUPIÁÑEZ
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