|

JOAQUÍN PÉREZ PRADOS |
Contar, contar historias: he ahí un destino hermoso para cualquier alma sensible. Tener ese don; saber llegar al lector que espera y busca y persigue otra historia más, con la que poder medir la suya propia. Porque, indefectiblemente, sometemos la leyenda que nos viene a un contraste con nuestra propia leyenda, aunque ésta tenga lugar en escenarios anacrónicos o en circunstancias muy ajenas a la grandeza que trae consigo siempre el ensueño de la Literatura.
Ese destino es el que ha ido labrándose Joaquín Pérez Prados (Motril, 1952), desde que nos ofreció sus primeros versos, aquellos
Poemas cotidianos (1979) y desde que, luego, se entregó al oficio de la fabulación o de la crónica. Él nos ha dejado
crónicas fabuladas y minirreportajes de aliento lírico. Y ha dado testimonio de costumbres, de tradiciones y de viejos sueños que jamás pudieron realizarse, o de otros que se cumplieron para siempre en sus novelas y otros muchos escritos. Desde un emocionado acto de afirmación de la tierra y desde las raíces en las que se funda, Joaquín Pérez Prados recupera anécdotas, aventuras, paisajes y personajes de su entorno, con esa curiosidad virginal que se desprende de su estilo, siempre cordial y limpio. Así nos propuso con sus "relatos casi heroicos" de
Alborán (1987), entretenernos en las viejas tabernas con pátina y estirpe de ágora popular, o recrear las tradiciones de la matanza del cerdo, o las que evocan las correrías del toro de cuerda o las más encendidas de la Noche de San Juan, entre otras... Eran historias, crónicas, relatos amenos contados con el gracejo que imprime el profundo amor a un paisaje y a un paisanaje, en la cauda de otros cronistas anteriores, como es el caso de Francisco Pérez García.
Incluso cuando el autor quería lanzarse a la ficción más pura, no podía evitar ese apego al terruño y así ideó a su Leoncio Pangallo, un personaje puente entre dos mundos, héroe también que lleva a América la caña dulce desde las tierras motrileñas a esas otras lejanas, aprovechando el segundo viaje de Colón. Así nos lo hizo ver en esa novela singular que tanto éxito ha tenido entre nosotros:
Las andanzas de Leoncio Pangallo en el Nuevo Mundo (1990).
Tampoco logra en su siguiente entrega apartar el recuerdo de la patria natal, cuando rememora el tiempo de la transición en
La plaza del olvido, que obtuvo el IV Premio de narrativa " Ciudad de Baena" (1992). Tampoco en este caso, digo, se olvida de Motril, porque desde aquí parten sus recuerdos para recrear los tiempos universitarios y su marcha a Barcelona, hasta cerrar el ciclo con el retorno a los orígenes: "Mar es la palabra que te asalta con claridad, porque tus primeros días en Motril más que nada son vagabundeos por las playas. El día siguiente al de tu llegada amanece soleado y recorres, andando bajo los plátanos de sombra, la distancia que separa la ciudad del mar. Llegas cansado y te recuestas sobre la arena gruesa del rebalaje a mirar las olas cómo rompen con estrépito, levantándose finísimas partículas de salitre. Dejas fluir las horas y sientes en los labios el regusto de la sal. El horizonte es una quimera al
alcance de tus manos..."

FARO SACRATIF. ACUARELA DE SILVIA ABARCA |
El mar, el cielo azul, el verde de la vega, las cañas, el clima lascivo y cierta rudeza grande de las gentes, de los arquetipos humanos de este escenario, he ahí los signos que nos remiten al universo de sus recurrencias más queridas. A todo ello hay que añadir otra inclinación más hacia el repaso de la historia. De la historia reciente y de la más remota que adquiere en él visos casi míticos. De la más cercana se nutre su novela
Los seguidores de la Osa Menor (1995), que recrea la aventura de unos maquis en los tiempos de la guerra civil. Arrancando desde un inicio casi épico
La ciudad de la melaza (1997) se retrotrae a la Mutrayil musulmana para ir desgranando un collar de pequeñas estampas y episodios locales hasta alcanzar la modernidad. Pero antes de aquella Mutrayil de perfil árabe, inventa el autor una protohistoria de "fenicios, cartagineses,
foceos, nubios, helenos y otras tribus de menor entidad". Y nos dice de ellos que "llegaron por mar, fondeando sus naves al pie de un cerro donde construyeron un
rudimentario embarcadero."

LA GUARDIA. ACUARELA DE SILVIA ABARCA |
Y ahora este otro relato: "Susana y el mar". Nuevamente el paisaje punzando con esa intensa impronta de lo mediterráneo. Otra muestra más de su homenaje permanente al territorio de sus días. Pero aquí hay una intriga diferente, una intriga que interesó a un cineasta hasta el punto de utilizar este texto como base para un cortometraje que con el nombre de
Ninfas de la noche fue llevado a las pantallas gracias al esfuerzo de un equipo de casi treinta personas que contaron con un presupuesto nada desdeñable. ¿Será la de Susana la voz eterna de la sirena que nos convida a todos desde el lado misterioso del existir, "una voz preñada de sugerencias y de licor dulce"? ¿Serán las confidencias de Susana las que nos hacen reparar en el flanco misterioso de la vida? Determine el lector hasta qué punto el mar, el amor, el destino inesperado juegan a ser protagonistas de esta historia en la que, también se rinde homenaje a la creación, a la fabulación, a la Literatura, a esa pasión turbadora de la Literatura que lleva a
Daniel -escritor y "novelista en ciernes"- hacia un final insólito que borra los límites entre lo real y lo ficticio.
JOSÉ LUPIÁÑEZ
Motril, junio de 1998
(subir)