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        Desde la infancia, que es la edad más viva y permanente del ser, la más verdadera, resuena en todos nosotros un hondo temblor que diferencia el tiempo de la Navidad de las demás etapas del año. Es cierto que vivimos el ciclo, como sin darnos cuenta, a veces vagamente, y vamos dando vueltas a la noria de los días que se suceden inexorables, uno tras otro... Por eso, para hacer más llevadera esa costumbre o para hacernos la ilusión de que podemos vencer la rutina de la existencia, compartimentamos el vivir, y lo vamos jalonando de efemérides, de celebraciones, de fiestas, de cultos o de ritos. Son lo referentes necesarios que cambian nuestros hábitos, que nos predisponen más a la alegría o a la tristeza, que nos redimen momentáneamente, en medio del camino. Y así el tic tac de nuestros sentimientos se ve alterado por las estaciones, que son las fiestas naturales del año, porque el frío se impone o el calor, o el oro del otoño o el esplendor de la primavera. Esas fiestas sazonan la existencia, la colorean y así llega la música bufa del carnaval, que trae consigo la risa y la máscara con la que nos cubrimos para acaso desvelar aquello que más íntimamente nos define; o llega el momento grave de pensar en la muerte y frecuentamos los camposantos para dejar unas flores sobre las tumbas de los seres queridos o llega la Navidad, que yo creo es el tiempo que nos devuelve más directamente a la edad de la inocencia.

        A mí me parece que la Navidad es como la gran catarata simbólica del año, el gran escalón de los meses, porque nuestra vida da un salto y lo que somos se precipita ilusionadamente hacia lo que queremos ser. Es un momento de cambio, es una frontera entre lo viejo y lo nuevo. Es clausura y preámbulo. Y todo ello aunque luego no se cumpla y nos aguijonee una duda recóndita, una incredulidad molesta de adultos y acabemos reconociendo que todo fue ilusión pasajera. Da igual..., pero ese temblor, ese temblor antiguo que nos lleva a la patria de los días felices, de la fe ingenua (como la quería Unamuno), de la esperanza sin sombras, ese rito de la sangre que nos pinta una sonrisa o una mueca impostada -¡da igual!-; es un periodo, digo, que nos redime un poco de nosotros mismos, que aleja al ser antipático que llevamos y deja más lugar al niño que fuimos. ¿No es cierto?... Por eso yo decía que "Algo nace en nosotros cuando la Navidad se acerca y, a veces, algo muere también. Porque la Navidad es límite entre las emociones vividas. Y es tiempo de canto y de recogimiento. Observamos más en Navidad. Pensamos más desde lo profundo y nos llegan más nítidas las nostalgias de las otras navidades que se fueron : Belén, turrón y zambomba; anís o tristeza o musgo..." Y henos aquí de nuevo, con la Navidad que llama otra vez a nuestros duros corazones. Otra vez, como entonces, para preparar el Belén que es nacimiento y que es pueblo, pequeño universo de símbolos en el que -¿recordáis?- se entretuvieron y se recrearon nuestras manos y nuestros ojos de niño. Entonces cuando éramos como un dios que mira desde lo alto el río de plata y los pastores con sus rebaños en torno de una hoguera de artificio y la estrella que resultaba poco convincente o los reyes acercándose desmesuradamente grandes hacia ese imán mágico de la gruta en donde reproducíamos el misterio del nacimiento, que era como el espejo en donde también mirábamos sin saberlo que algo moría dentro de nosotros, porque estaba naciendo, digo, algo nuevo a la par.
        Henos aquí, otra vez, con el Belén; no aquel Belén que nos pintaba el Gabriel Miró de nuestra adolescencia, tan plástico, tan sensorial, tan inolvidable; aquel Belén irreal, de tan verdadero: "Bethleem sube por dos alcores de laderas plantadas. Tiene una claridad fresca, nítida, salina; una blancura de vallados, de cenáculos, de cisternas, de sepulcros y hornos. Sus viviendas se cuajan de sol como las celdillas de las mazorcas y de los panales. El cielo de su lado recibe un vaho de cal de las rampas y casas. Parece que exhala una pulverización de molino harinero"... ¿Recordáis? : "Bethleem se ha quedado solo en su alegría y su gracia aldeana. Le rodea una tierra huesuda y convulsa. Sobre sus terrados y vergeles, respira la boca amarga y llameante del desierto; pasa el aletazo caliente del siroco, el gâdim de la Biblia".
        Este otro Belén lo es de versos, porque la Navidad ha tentado desde siempre al poeta, lo ha retado, lo ha invitado desde antiguo a que probara la fuerza, el poder de convicción, el gracejo, la magia de su estro. Aunque sigamos adornando de belleza, de sueño, lo que debió ser un lugar oscuro, miserable, maloliente; el último lugar, la cueva inmunda, el más pobre de los establos, la gran metáfora del abandono y nosotros lo vistamos de beldad, de sonrisa, de ilusión, de atmósfera íntima y cálida, y lo sigamos viendo, aunque provisional, como el eterno hogar mítico. Pero es la transubstanciación a la que el poeta siempre sucumbe, su alquimia mundana; es ese obsesivo convertir el barro en oro, es ese mirar la escoria y querer entrever un paraíso, aunque se trate del paraíso que idealmente trazan las palabras.
        Este otro Belén es de versos, de versos que a veces incurren en ese sueño de seguir ambientando la escena eterna en un entorno confortable, cuando la única ventaja que se me ocurre que podía tener para los santos esposos era el poder estar solos mientras acontecía el gran misterio, estar al abrigo, no del frío, sino de las miradas curiosas o indiscretas. Porque ni en el Karvan, el corral de las caravanas, habían hallado un hueco en el que refugiarse. Imaginad lo que hubiera supuesto el nacimiento en aquellos rectángulos de tierra protegidos de adobes y atestados de mercaderes con sus fardos, de traficantes, de vendedores; aquella confusión, aquella algarabía de lenguas distintas, aquella promiscuidad de hombres y animales. ¡Qué estampa babélica! ¡ Qué pandemonium!

        Yo he querido convocar aquí a poetas distintos, todos de este siglo. Y quería convocar estéticas distintas y maneras diferentes de sentir y de cantar la Navidad, el nacimiento. Unos lo hacen desde la alegría, como José Luis Tejada, Federico Muelas o Carlos Murciano; otros desde la demanda, como Julio Alfredo Egea o José Hierro; alguno canta el "Veinticinco de diciembre" in situ, como lo hizo "entre Belén y Jericó perdido" aquella vez Joaquín Benito de Lucas, o como, desde el gozo, lo celebra Luis Rosales; Leopoldo Panero nos trae los aires de Cuba y nos deja su sabor de "Navidad errante"; alguien más desde la felicidad, que es darle forma de oración galana a sus estrofas, como Bacarisse; también desde el temblor visionario, como Antonio Castro, se siente el Nacimiento, o desde el desvelo, como Juan José Domenchina; desde la hondura siempre convincente nos traen sus versos Manuel Mantero, Vicente Gaos o Rafael Morales; desde la nostalgia llegan los de Ignacio Rivera y desde la ternura los de Félix Muela. Con mucha paradoja nos sorprende, como a Arantxa, su hija, los siempre hermosos de Ángel García López y con la fe de doce meses juntos Fernando de Villena... En fin, poetas todos, que se han acercado a este Belén, o que lo constituyen al unir sus ingenios...
        Confío en que los muchos sentimientos, la mucha ternura, la fe sencilla, el canto llano o encendido o doliente que traen estos poetas al portal os aliente un poco en estos días mágicos... Porque yo, al leerlos, me imaginé el asombro particular que en cada uno de ellos pudo pintarse mientras componían estas piezas; algo similar a lo que pudo ocurrir aquella noche a los pastores que, ajenos a la gran maravilla, se contaban sus confidencias en torno de la hoguera, en la antigua heredad del rico Booz, donde espigaba Rut, la dulce moabita; aquella noche, digo, cuando un coro celeste vino a participarles el "Gloria a Dios en la alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad"... 
        Confío, en fin, que alguno de estos versos pueda llegaros al corazón. ¡Feliz Navidad a todos!

JOSÉ LUPIÁÑEZ


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