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Para salvar del olvido una tarde, para hacerla eterna, se escribe a veces un poema. Para contar de ella una a una, las horas que fueron dándole grandeza se escribe, en ocasiones, un poema. En ese poema se singulariza la emoción de la aventura, sentida con plena conciencia, porque a menudo resulta fácil reconocer, viviendo la vida, el instante que puede convertirse en materia poética. Algo así ha ocurrido con el origen de este libro, ubicado en el paisaje global de una tarde de finales del verano -próxima la hora del crepúsculo- y mientras paseaban varios amigos desde Cádiar a Narila, en pleno corazón de la Alpujarra. Aquel camino, que tantas veces hemos recorrido juntos con Enrique Morón, es un paseo mágico a la caída del día: los
sentidos aprenden emociones y la mente se pierde en hondas y quiméricas filosofías. Tiene tramos para el intimismo y momentos de estampa finisecular que invitan a la charla amena o a la confidencia grave, más próxima ya a la metáfora de la propia vida como senda. Entre retales de gratos huertecillos, trinos de pájaros y chirriar de insectos se va llegando a Narila, a esas pocas casas de Narila, preservadas milagrosamente del vértigo de la modernidad. De aquí surgen los versos, de esta vereda cumplida de hechizos para la razón y el sentimiento, pero, más tarde, ese camino derivará hacia
otros muchos de nuevos significados.
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EL POETA ENRIQUE MORÓN
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Casi desde sus primeros textos Enrique Morón ha manifestado una especial inclinación por cierto bucolismo trascendente y ha hecho girar su obra en torno a un universo de aldea, idealizado en sus valores, y opuesto a la experiencia de la ciudad, que se perfila frecuentemente como algo negativo. Se nota, últimamente, la mayor recurrencia del poeta a este referente, a la vista de títulos como
La brisa de noviembre (Granada, 1995), Veredas (Almería, 1996) u
Otoñal Égloga (Granada, 1996), en los que se impone esta elección como postura ante el mundo. Sí porque en el pueblo late, más pura, la conciencia de las verdades comunitarias, las que se han mantenido en
ejercicio de libre relación con la naturaleza. Y Enrique Morón ha convivido con esos atavismos y con esos paisajes, de ahí que sea uno de los pocos autores contemporáneos que, fiel a sus orígenes, ha producido una obra importante de clara celebración de su entorno. Pues bien, justo en esa tendencia última de exaltación de un territorio y de reflexión sobre la propia biografía y experiencia en aquel país de las cumbres, habría que enmarcar este poema muy próximo, en su atmósfera, a la
Égloga que celebra el otoño.
Es ya costumbre en muchos de nosotros visitar al poeta hacia el final del verano. Desde hace varios años cumplimos con esa cita a la que Enrique Morón nos convoca. Alguno viene de Praga, otro del Caribe, otro tercero del algún poblachón de Castilla y algunos más de la lejana Samarkanda, pero damos en vernos allí, en Cádiar, para contar los lances de los meses dorados y para pasear juntos hacia Narila, tras la comida en común, en la fresca bodega del poeta. En ella se hacen regios varios caldos de antaño que acompañan el festín de medio día. Las sobremesas son anécdotas no menos suculentas y estampas remotas y versos compartidos en medio de los brindis eufóricos con los licores del atardecer. Luego llega el paseo y el reencuentro con los recodos de un sendero alegórico ya, para todos nosotros. En medio de él: un cementerio recoleto y tranquilo que mira al sol poniente en donde vi, con sorpresa, mi nombre y apellido en varias lápidas, de lejanos antepasados y parientes. Seguro que descansan en la paz de aquellos predios ensimismados y que sus huesos son ya los propios pétalos en las flores de los blancos almendros del ciclo. Ellos, sabedores
aventajados de las verdades de la otra orilla.

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Esta es la anécdota que late en el fondo de la composición: un paseo por tan escogido lugar. El propio poeta va relatando la experiencia del mismo, integrándose en un nosotros que colectiviza las emociones vividas o singularizándose y confesando su sentir más íntimo. Así, desde el
Subimos la ladera, del primer verso, vamos recorriendo el camino hacia Narila. Descripciones impresionistas del paisaje se mezclarán con los elogios de la plática. Llegados a Narila
(Pueblo petrificado / en el alto silencio de las horas) las casas y sus gentes son motivos de reflexión como, de nuevo, el paisaje cambiante del crepúsculo. De regreso, el poema se adentra en el cementerio,
la casa de los muertos, que invita a la meditación honda, impregnada de tradición literaria (Manrique, San Juan de la Cruz, Fray Luis, el Quevedo metafísico, etc.) y allí se detiene por más largo espacio, debatiendo, desde cierta concepción trágica, ese otro camino del existir, realidad superior siempre presente a lo largo de todo el poema, en un constante segundo plano significativo. Los sepulcros encierran el tapiz imposible de los deseos y los sueños de sus descarnados habitantes,
pues todo fue festín de los gusanos. Tras el recorrido aleccionador se retorna al pueblo de Cádiar; es la vuelta
con el ceño fruncido por la pena, que en los últimos compases del texto se habrá de trocar en alegría, próximas ya las luces de las primeras casas de Cádiar. Breve paseo, trasunto de nuestro propio discurrir por la vida.
PAISAJE DEL SENTIDO
La primera noticia que de Narila tuve fue, precisamente, a través de la poesía, pues un poema de Juan J. León pregonaba en su título el nombre de aquella aldea. Ilustrado por Alfonso Garrido, pende enmarcado con junco negro, justo a la entrada de la casa de Enrique Morón, en Cádiar. Me fascinó muy pronto la belleza enigmática de su nombre, que acrecentaron los versos de Juan J. León. Y es que en ellos se ofrece una imagen de aldea abandonada, en la que rige el pasado como único protagonista. La desolación y el olvido pasean por sus callejas:
Un perro abandonado, encogido en el miedo / busca y busca el calor de una mano
extendida. La desolación carcome las paredes y la mala suerte se diría que danza sobre sus techumbres:
La lepra escala el pecho de la tapia encalada / y el trece está rondando por la plaza
desierta. Una aldea en la que el tiempo se ha detenido en la hora indefinible y en la que tradiciones soñadoras aseguran se conserva hasta una casa de retiro del mítico Abén-Humeya... Inmediatamente sentí enormes deseos de conocer Narila y aquella misma tarde, de hace algunos años, dimos comienzo a esa tradición de pasear hacia Narila, hacia lo que, sin ponernos de acuerdo, todos
deseamos que Narila signifique.

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Y de pronto el poema, la sorpresa gozosa del poema: esta cumplida y redonda composición dispuesta en sextetos-lira, al modo de Fray Luis, porque San Juan de la Cruz, que también se sirvió de este modelo, prefería la disposición simétrica tanto de los versos como de las rimas. A San Juan se le recuerda más a través de las enumeraciones que estructuran algunas estrofas. Así en esta estampa total en la que se funden noche y paisaje, vivificados por las alimanias ¿no se está muy próximo al
decir del santo de Fontiveros?:
Los astros surtidores.
Los grillos crepitantes y sus claves.
Los canes husmeadores.
Las alimañas y nocturnas aves.
Y los ocultos cauces
de los prados de pámpanos y sauces.
Y es que las referencias al entorno son profundamente sensoriales: el trino, los insectos, la brisa, los colores intensos de las flores y de los árboles,
el olor de la sombra florecida y, más tarde, el brillo de los astros
surtidores, desde la honda oscuridad del cosmos... Todo se confabula para ofrecer escenas de fuerte contraste, en las que los sentidos cobran singular relevancia, no en vano hay señeros ejemplos de sinestesia
(sol sonoro, tierna claridad, grito de luciérnagas, etc.) y manifiestas búsquedas del color. La tarde y la noche se dan cita en los versos, dejan su luz y sus sombras, sus brillos y sus ecos en el paisaje evocado. Dos tonos prevalecen en el atardecer: el rojo y el oro. Oro del sol o de las mieses y rojo también solar o de amapolas que nos remiten a otras heridas. El atardecer es de táuricos granas dorados:
Se puso el sol sonoro
sobre las lontananzas doloridas
por efluvios de oro.
Y eran las amapolas como heridas
abiertas a la brisa
de breves labios o espiral sonrisa.
Ese protagonismo del fuego corre paralelo a la tarde en su declive. Fuego y sangre de remotas tragedias y de antiguos pesares que en el camposanto buscan el contraste con los blancos paños de las tumbas, en fijaciones visuales y barrocas del tipo:
Heridas del amor. / Roja, sobre la nieve, está la flor. El entorno convida al ingenio, a la plática, a la expansión del sentimiento bucólico, y a veces también al silencio reverencial o al soliloquio. Esta trama de fondo es sustancia poética viva; parte del discurso está dinamizado por el paisaje misterioso que encierra las dos vertientes de la existencia: lo vivo, lo animado, la vida de las fuentes, de los pájaros, de los amigos que caminan y la otra frontera, la de la muerte, con el recuerdo borroso de quienes se marcharon para siempre. Lo vivo está plenamente vivo, aunque se crucen las amenazas y los oscuros presentimientos. Porque lo vivo, vive de veras. El camino es sierpe, la noche es ruiseñora, la umbría tiene ojos sabios, los valles son altaneros, etc. Y la muerte es prueba de la verdad última del hombre, marca de un destino adverso, que formulado al modo manriqueño por el poeta no es sino un:
Fluir, / en agresivas aguas, por el río / que hacia la mar culmina.
LA RAZÓN ÉTICA
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Ya me he referido antes a la camaradería, a la causa común que aquí toma cuerpo, a ese
nosotros en el que se confunde el propio poeta, pues bien, desde el arranque del poema hay un ideal que se adelanta, hay un clamor que pide libertad. En general la poesía de Enrique Morón obedece a
unos planteamientos éticos muy precisos. Bien claro quedan en su obra los principios solidarios que la conforman, como nítidas sus denuncias en muchos de sus títulos. Aquí también se palpa ese código no de un modo principal, pero sí queda constancia del elogio de la plática amena, sin imposiciones, o de esa exaltación del conocimiento y de la sabiduría como caminos para la liberación y la superación espiritual. El desprecio de la fama y el dinero (nuevo homenaje a Fray Luis) es por extensión signo de preferencia de otros valores de orden superior. La amistad, el paseo compartido, las meditaciones suponen una elección, una manera de vivir opuesta a esa otra tan en boga de desvivirse por lo material y lo perecedero, nuevo culto de la hora presente:
Unidos por afanes
tan elocuentes como la poesía.
¡Oh locura! ¡Oh desmanes
que ignora el vulgo con su idolatría
al pérfido, ligero
resplandor de la fama o el dinero!
También el hecho de acentuar cada vez con más rigor esa faceta que elige los valores de la aldea, las tradiciones campesinas, el contacto con la naturaleza, los ritos próximos a los ciclos imprime un carácter definidor a esta poética. No cabe duda de que esta decisión es conformadora de su credo no ya estético, sino también ético. Frente a lo urbano, y a lo que poéticamente significa esta palabra en el reciente panorama español: la naturaleza, con todos sus matices; una naturaleza que es ejemplo y es lección y elección personal del poeta.
EL ECO DE LOS CLÁSICOS
Cuando el autor de hoy emplea el verso libre a mí me parece que se instala en esa nueva tradición que puso en marcha entre nosotros, más seriamente, Juan Ramón Jiménez. Pero cuando se ciñe a las formas regladas, el venero que late en ellas es mucho más antiguo y viene de más lejos. En esa acomodación de los sentimientos y de los pensamientos al ritmo y a la rima de determinado tipo de estrofa, resuenan los nombres ingentes de nuestros clásicos. Y a veces los propios versos escoran, de un modo más o menos perceptible, hacia las maneras de Lope, o de Quevedo o de Góngora, que son como decir la mañana, la tarde y la noche de nuestra Literatura, porque los místicos encarnan, definitivamente, la alborada.
Aquí percibo ecos de homenaje a nuestros clásicos. Ya he citado varios ejemplos. La coincidencia en la lectura manriqueña es palpable y nuestras vidas siguen siendo los ríos, si bien de
agresivas aguas, que van a dar en la mar. La proximidad al ideal horaciano de Fray Luis también es evidente y entorno, retiro, austeridad, meditación se compensan con el esplendor de la naturaleza que se acerca más a un modelo a seguir o vuelve a encarnar, incluso, un cierto ideal de perfección. La recreación del cementerio nos acerca a la concepción barroca de la vida, a un pensamiento trágico que en los dorados siglos contaba con el alivio de la fe en la redención, como salida, pero que en estos versos va más allá, hacia otros límites amargos: hacia un existencialismo radical que manifiesta como verdad profunda del hombre: el vacío, la nada.
En el poema, de algún modo, también se coincide con ciertas preferencias del 98, porque todas sus estrofas suponen, desde lo lírico, una puesta en práctica de la consigna azoriniana de volver a los pueblos, de impregnarse de la cultura y del paisaje de la España honda, cada vez más abandonada a esa carcoma despersonalizadora de la modernidad, que pretende arrebatarle el alma. De alguna manera, digo, Enrique Morón al ser cantor de un territorio y al prodigarse en ese canto, recoge la lección del 98, que a un siglo de distancia conviene rememorar y tener más presente.
En una de las más bellas páginas que he leído sobre la Alpujarra, Antonio Enrique (paseante también hacia Narila) denuncia esta hora de desolación en nuestros pueblos y aldeas, y lo hace en un texto que incluye Eduardo Castro en su celebrada
Guía general de la Alpujarra (Granada, 1995). Allí concluía el poeta granadino: "Se diría que el hombre de nuestro tiempo tanto más pierde su elegancia cuanto se aleja de la naturaleza". Y yo creo que esa verdad se desprende de la poética de Enrique Morón. En su decisión personal se presupone este principio de bondad redentora en la naturaleza o al menos se la entiende como lenitivo a los pesares... A renglón seguido termina Antonio Enrique su valiente diagnóstico con estas palabras tan cercanas en lo esencial a cuanto vengo diciendo: "Leo en los
Caracteres que La Bruyère, tras una alabanza de aldea, remata: "Entro en el pueblo. A los dos días de estar en él ya me parezco a todos los que allí viven, siento deseos de marcharme". Tal vez hoy no pudiera decir lo mismo. Porque lo que en las ciudades es cansancio de la cultura, en los pueblos se convierte en sed, en sed de cultura. Y lo que en las ciudades confusión, en los pueblos perspectiva para meditar desapasionadamente las obras de los contemporáneos. Esto sí, desde los pueblos no se medra. En los de las Alpujarras ya no existe hasta altas horas la luz que delata la presencia benefactora del intelectual solitario. Sin apenas jóvenes, la bibliotecas raquíticas y el televisor como un Moloch en el café, nuestros pueblos boquean ya de agonía. Es el momento de ir a los pueblos, como Azorín pedía hace ya más de medio siglo. La Alpujarra está en otoño".
EL PASO DEL TIEMPO
Hay muchas temporalidades aquí. Hay mucho sentido y constancia del tiempo, de su paso. El tiempo real en el tránsito del atardecer a la noche, se funde con el tiempo del poeta, la edad del poeta. Si la vida es
fluir, si la vida se entiende como Nacer o sucumbir / o naufragar es porque nos queda esa amargura de lo ido irremisiblemente, de lo perdido. En el estrecho margen que nos da la existencia el poeta quisiera fijar el momento, eternizarlo, rescatarlo de ese fluir vertiginoso que lleva a las cosas y a los hombres hasta el mar metafórico del no ser, de la nada. Por eso quiere
fijar el instante / con solidez de piedra, y así lo logra, pero también con maestría de altos vuelos. El tiempo del poeta es tiempo íntimo, es memoria viva que chirría en el presente. El presente, el tiempo de todos, es para los falsos ídolos. Y luego está el tiempo de los muertos que también se compone de recuerdos desvaídos y que se funde con las llamas alegóricas del ocaso. Tiempo del hombre, tiempo de los hombres, tiempo de los muertos... Quiero decir que el poeta no se plantea obsesivamente el problema de la temporalidad en estas estrofas y sin embargo hay una queja de fondo en la que se entrecruzan estos tiempos distintos y el poema avanza y el lector capta ese movimiento interno, ese tránsito grave que se apoya en las variaciones del paisaje, a menudo vivificadas a
través de numerosas prosopopeyas:

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La hoguera de los montes
se va difuminando. Los levantes
se tornan horizontes
argentinos y en pálidos instantes
la noche ruiseñora
vuelve a plañir su canto y da su hora.
Pero hay incluso detalles como el que se refiere poco antes de la entrada al cementerio. Al igual que en muchos lienzos célebres se cuela el artista y aparece como uno más en medio del concierto de rostros de la escena, aquí también se singulariza y desliza un apunte incluso físico que vuelve a echar mano de la naturaleza como referente. Y así vemos al poeta, tras cruzar la puerta del camposanto, dentro del cuadro, aunque apartado del grupo, reflexionando sobre su propia realidad, sobre su propia vida, tras el paso del tiempo que nos dice de su estampa:
me asemejo / a este ciprés escueto, pulcro y viejo.
EL PESIMISMO
No están los tiempos para grandes euforias. Pocos libros gozosos ha producido esta época en los que se anticipe felicidad sin trauma, alegría, cántico desinhibido. En casi todos se cuela la sombra de la duda, en casi todos asoma el dolor, la angustia, la tristeza o, como en este poema, la melancolía y el pesimismo. No podría ser de otro modo si el creador también deja transpirar por sus versos el mundo en el que vive. Sí, la naturaleza es emoción de paisajes y paradigma espiritual, pero el autor no es insensible al clima general, a ese desaliento que aquí se deja sentir en las entrelíneas o en algunos momentos de la composición. De tal modo que al lado del júbilo pronto acude también el contrapunto del pesar. Así se hace constar cuando se evoca la aldea de Narila
(¡Cuánto gozo se esconde y cuánta pena / bajo la cal aviesa,) o cuando se habla de sus gentes, de sus hombres curtidos en las duras labores de los campos
(Manos para la espiga, / para la piel, la piedra y la fatiga.). Así el propio sendero es sinónimo de incertidumbre y el cementerio
cumbre de soledad y las fontanas desbordan dolores o luceros...
y, en fin, en los sepulcros se dan cita, junto a pocas virtudes, los grandes vicios humanos: la soberbia, la mentira, la vanidad, etc.
LA MUERTE
El final del camino ya sabemos que culmina en la negra frontera. Pero siempre hablamos de la muerte en abstracto, para alejarla, por más que las muertes concretas, precisas, de seres queridos nos vayan aleccionando en el irreversible acercamiento a la nuestra propia. Aquí la muerte no tiene perfiles morbosos. Es como el final de un ciclo, como el término de un discurrir vital pleno de paradojas y de contradicciones; el descanso, el deshacerse en la nada, solamente. Es curioso que varios individuos caminen por un sendero real (siempre recuerdo del que trazan las vidas) y visiten un cementerio en el que duermen otros caminantes que los precedieron. Viene a ser un reincidir en la obsesión barroca de entender la vida como prisionera de la muerte, como su cautiva. El paseo, de pronto, adquiere otra dimensión, porque se ha detenido en el recodo más misterioso de la senda. El poema y los paseantes discurren por entre blancos enigmas
-lápidas albinas-, lechos de vidas extintas... Por un instante se adivina, se anticipa nuestro propio trasmundo: aquel en el que los términos se invierten y somos los
durmientes que, tendidos, reciben visitas.

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Decía el joven Ciorán hablando de la muerte en su inquietante
En las cimas de la desesperación: "Los seres humanos no han comprendido todavía que la época de los entusiasmos superficiales está superada, y que un grito de desesperación es mucho más revelador que la argucia más sutil, que una lágrima tiene un origen más profundo que una sonrisa. ¿Por qué nos negamos a aceptar el valor exclusivo de las verdades vivas que emanan de nosotros mismos? Sólo se comprende la muerte si se siente la vida como una agonía prolongada, en la cual la vida y la muerte se hallan mezcladas". Sin embargo la muerte desde aquel cementerio recoleto y perdido se atempera, no es muerte épica, ni heroica, es tránsito, es muerte lírica, humana y próxima. Aquella muerte que campea por el íntimo retiro no es más que el resultado natural de la vida y de los sueños :
Vivir, soñar, morir, dirá el poeta, como el que mienta el curso natural de tantos sacrificios, de tantas ilusiones, y de tantas esperanzas. Y además es muerte que alivia de nuevo la naturaleza en el atardecer:
Y la tarde / roja de nimbos o guadañas arde, o en el anochecer, en el anochecer argentino por las estrellas. Así el hecho dramático del morir se convierte en letargo de las vidas, que negara la radicalidad fatal del paso hacia la nada. Termina el verano, es de noche y se presiente ya en el aire el otoño próximo. Los paseantes cierran la cancela del pequeño cementerio y dejan atrás a los difuntos con nombre y apellidos. Cádiar es
grito de luciérnagas: sus luces invitan. Se regresa a la vida. De nuevo la naturaleza es una inmensa orquesta y las notas de su extraña melodía arrancan de lo oscuro. La vida vuelve a imponerse. Otras emociones tornan que pronto desdicen los graves pensamientos. Arriba la gran cúpula, plena de astros. El aire fresco, los labriegos que vuelven también de los huertos cercanos; las voces de los vivos, sus afanes, otra vez para disipar la niebla amarga de tantos presentimientos. Cambian los rostros sus muecas de tragedia y una nueva sonrisa se dibuja para esconder las dudas, o al menos para alejarlas un punto. El otoño se percibe en la brisa. Narila queda atrás: su puñado de casas con sombras imprecisas en la cal de los muros y una blanca aureola nimbando sus techumbres...
FINAL
Cómo olvidar ese camino serpenteante que estos versos han convertido ya en un paseo literario de obligado recorrido. El poeta ha cantado al sendero (otra de sus
veredas que tanto le apasionan) en un momento de la biografía en el que se siente necesario el recuento, justo en ese instante en el que van pesando los recuerdos de la vida vivida. Aquí llegan los versos cumplidos de aquella naturaleza y ahora se queda para ti, lector, el trayecto. Seguro que encuentras las sorpresas que
sólo a ti te esperan...

BLAS FERRER |
Dos artistas acompañan con su obra la edición, dos estilos distintos. Blas Ferrer con sus tablas nos deja un halo dieciochesco en las composiciones. Nubes luminosas, estatuas escondidas entre los árboles y siluetas de paseantes a la hora musical de una tarde eterna. La noche azulenca también asoma y el ángel que vigila a los yacientes junto al ciprés que es tótem de los sueños. Balbastre opta por la acuarela ágil o las técnicas mixtas (tinta china, aerógrafo, acrílico) para ofrecernos estampas variadas: el cementerio feraz de verdes copiosos y azules aturquesados; la plaza sobria con apunte de fuente; el camino simbólico de árboles descarnados, espectros en hilera en una atmósfera añil y delirante, o las almas aladas en su ascenso imparable a través de un torbellino de niebla en medio de la noche profunda. Escenas que, a su modo, interpretan la emoción de los versos y dejan su propuesta escenográfica; colores, formas para el
temblor de las palabras.
JOSÉ LUPIÁÑEZ
MOTRIL JULIO DE 1996
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