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ROLANDO SALAS

     Hay una mezcla de sentimientos cuando un poeta recoge en un libro la trayectoria de su obra y reúne los poemas que fueron jalonando su vida. Cierta solemnidad marca ese instante, porque la vida toda desfila ante sus ojos reconvertida en versos, en imágenes, en palabras, y esas palabras llaman a la nostalgia de lo vivido y le invitan a la reflexión. Pasiones y derrotas, conquistas y desvelos, paisajes y experiencias se han convertido ahora en misteriosos mensajes que resumen la existencia de un hombre, su paso por el mundo, su aprendizaje del dolor y de la alegría. La biografía se transmuta en versos, y los versos dejan el testimonio de ese paso y dan noticia del compromiso del corazón, alerta ante las injusticias o ensimismado en el asombro de vivir; o cifran su anhelo de saber, su búsqueda sin pausa; y por eso las preguntas, las dramáticas preguntas que son los poemas encendidos por el amor o aquellos otros que nacieron como quejas desconcertadas ante lo incomprensible, ante los infortunios que nos sobrepasan.
     La vida es la razón de la escritura. Se escribe porque la vida nos obliga a escribir,


LA PUERTA DE LOS SUEÑOS

y a preguntar, a interrogarnos sobre esta sucesión de emociones contradictorias que nos embargan, que nos explican o nos desdicen. En el poema queda temblando la quinta-esencia de la revelación que nos produjo el paisaje, o el ser al que quisimos; el amargo eco de nuestro grito ante el terror de la violencia o de la injusticia; el estupor de la indefensión frente a lo innominado; el drama por la distancia entre la realidad y los sueños… Los motivos son muchos y las razones. Y de una forma casi mágica, las palabras se vuelven aliadas del poeta para resistir ante todo aquello que pretende arrebatarnos la libertad de soñar, la voluntad de cambiar el dolor en esperanza, la necesidad de seguir adelante a pesar de que se fueran desdibujando los ideales por el camino. El poeta es también intérprete de la conciencia colectiva y nos representa. Es el cronista del tiempo que nos tocó vivir, porque ese tiempo se cuela en su escritura y se queda en ella condicionándola, nutriéndola con sus luces y sombras, con sus miserias y con sus grandezas.
      Emociones parecidas y pensamientos próximos a éstos ha debido sentir Rolando Salas-Cabrera, cuando reunía muchos de los poemas de toda una vida para componer este libro noble y verdadero, esta amplia muestra que él llama acertadamente La puerta de los sueños, partiendo de un verso propio que le sirve como lema. Y es que esa es justamente la puerta que ha de franquear el lector cuando se acerca a la poesía. Esa es la puerta que nos pone en contacto con la dimensión misteriosa de las cosas. La poesía está hecha de palabras, claro está –y ante todo–, pero también de sueños y de recuerdos y de misterios... La poesía ordena las vidas desordenadas y las traza de nuevo, libres, con el lenguaje de la metáfora y del símbolo. Un libro de poemas se convierte así en una sucesión de momentos intensos apresados por unas imágenes que reconstruyen lo vivido y lo universalizan, por unas palabras que traducen las razones de lo íntimo en razones de lo comunitario, en motivos de todos.
      Y aquí estamos, lector, aquí nos vemos, ante La puerta de los sueños. Tras ella la memoria de un poeta desgrana las edades, los tiempos que fueron pasando y transformándonos. Rolando, que nos llegó de Chile, y se quedó aquí entre nosotros, para enseñarnos la magia del teatro, también ha ido transformándose en muchos Rolandos distintos y todos ellos venían con él, y todos ellos están ahí, tras de esa puerta, como sujetos poéticos de otros tantos periodos de la vida que está condensada en las palabras de este libro; venían el soñador, el niño lejano, el titiritero, el actor, el revolucionario, el profesor de teatro, el exiliado, el viajero, el lector pasional, el amante, el nostálgico y refinado, el indígena, el urbano, el poeta sincero… Todos esos Rolandos están en él, en el que es hoy Rolando o Ammar Rolando o Galvarino del Valle, porque a veces el poeta gusta de escoger otros nombres, al modo de heterónimos, con los que presentarse.

VIDA EN TRES TIEMPOS

      Nació nuestro poeta en Santiago de Chile en un año trágico, el de 1939. Trágico para Chile porque aún se recuerda con pavor el gigantesco terremoto que dejó aquel 1939 dramáticas cifras de muertos, en torno a unos treinta mil. Trágico para los españoles también, que salían de la guerra civil y se disponían a encarar la dura posguerra y trágico para Europa, en los preámbulos entonces de la Segunda Guerra Mundial. En esa hora difícil llegó Rolando al mundo. Tras los primeros estudios muy pronto se despertó en él un enorme interés por el género de los títeres y comenzó a trabajar con ellos, siendo prácticamente un adolescente. Son años de ilusión y de lucha, de sueños, de utopías. Trabaja en diversas industrias textiles de Santiago y funda a los dieciocho años la Compañía de Títeres Pelusita, en 1957. Un pelusa es un gamberrillo callejero, un niño de la calle; a este arquetipo de héroe, o de antihéroe, escogió para definir su propuesta teatral, llevado quizá por el compromiso político con la izquierda en cuyas tradiciones fue educado. La elección, como vemos, es bien reveladora del espíritu rebelde con el que se identificaba. En estos años van a ser las actividades políticas y la lucha por la cultura desde ese compromiso las que ocupen su tiempo. Funda grupos de teatro, vive la clandestinidad en los sesenta y reparte su vida entre la política y la cultura.
      En 1970 es amnistiado con el triunfo en las elecciones de la coalición Unidad Popular que lleva a Allende a la Presidencia. Durante el breve periodo en que se mantiene el gobierno de Allende, su tiempo se reparte entre la implicación en programas pedagógicos del Ministerio chileno de Educación y Cultura y el inicio de sus estudios de Antropología en la Universidad de Chile. En 1973 llevará a cabo un proyecto de trabajo en el Centro de Antropología de la Universidad, bajo la dirección del profesor Luis Weinstein, que se marca el objetivo de rescatar las tradiciones culturales de los pueblos indígenas… Pero Chile es un país en el que se recrudecen los enfrentamientos y los conflictos que desembocan en el golpe de Estado de Pinochet. La casa del poeta es allanada y él mismo detenido sin cargos y confinado en el Regimiento de Telecomunicaciones de Santiago. Puesto en libertad en noviembre, su compañera Sara Vals, destinataria de muchos de sus versos, ha huido a Argentina tratando de evitar la represión. Detenido nuevamente en diciembre permanece en prisión hasta febrero de 1974. Al mes siguiente, en marzo, consigue salir del país y marchar a Alemania gracias a la mediación de Amnistía Internacional. Aquí, puede decirse, concluye la primera etapa de la vida del poeta, marcada por el desgarro del exilio, el trauma de la forzosa separación sentimental de Sara y la frustración de sus proyectos solidarios, que aborta el nuevo régimen.
      Podría convenirse que son tres los tiempos que resumen la trayectoria de su vida hasta hoy. Si la primera etapa, que hemos referido a grandes rasgos, se desarrolla en Chile, en la patria natal, y es un periodo convulso de lucha, que coincide con su formación y con la decantación de su compromiso social y político, la segunda va a transcurrir en el exilio impuesto que le obliga a salir del país y a viajar a Europa. En Alemania trascurre este segundo momento, allí se instala el poeta y allí trabaja en distintos oficios. La inevitable precariedad de los primeros meses de adaptación no le impide en 1975 matricularse para seguir estudios de Historia del Teatro en la Humboldt Universität, y hacer sus prácticas como ayudante de dirección en el Teatro Berliner Enssemble, que fundara Bertolt Brecht, en el Berlín Oriental. En ese mismo año es apresada en Argentina su compañera Sara Vals, que sufre la represalia de los militares de aquel país y se convierte en una víctima más de las muchas desaparecidas hasta la fecha. Las consecuencias de aquella pérdida se reflejan en el poema Ausencia, testimonio descarnado y denuncia de la impostura a la que pueden llegar los hombres cuando son la cerrazón, el odio y el terror los que nutren sus ideologías regresivas, esas ideologías que perpetraron lo que el poeta denomina “el espanto americano”; un espanto que ha dejado, para vergüenza de todos, su sangriento legado de abusos y de crímenes:

                             Yo sé que te alejaste
                             mirando hacia atrás, desesperada,
                             no del calvario,
                             sino de la impaciencia,
                             la impaciencia que como una flor de fuego
                             resbalaba en ese ácido tiempo
                             de grises muertes y agonías redondas.


      En 1977 se matricula en la Freie Universität Berlin, del Berlín Occidental, para seguir estudios de Literatura Latinoamericana e Historia del Teatro. Dos años más tarde publica su primer libro La serpiente y los signos, que ve la luz en edición no venal. En esa misma etapa funda y dirige la revista literaria La Lechuza. Son años en los que mantiene viva su vocación por el teatro y la literatura, a pesar de las desilusiones, de los sueños rotos, de las decepciones y en los que no pierde contacto con otros exiliados y refugiados políticos. A partir de 1979 y hasta 1986 viaja a España durante los periodos estivales e imparte Cursos de Interpretación Teatral y Sensibilización del Cuerpo en diversas Escuelas de Verano de Barcelona, Tarragona y Bilbao. El reencuentro con el español reverdece su nostalgia de la patria lejana y comienza a plantearse el establecerse en nuestro país, lo que hará definitivamente en 1986 trasladándose a Granada, en donde seguirá impartiendo cursos y seminarios, en colaboración con la Universidad granadina y con distintos Colegios Mayores.
      La tercera etapa transcurre en España. Al principio en Granada y un poco más tarde en Motril, en donde se afinca en 1990 y en donde funda el Aula Municipal de Teatro. Con ella ha desarrollado una impagable labor de difusión teatral y ha llevado a cabo inolvidables montajes escénicos. Desde ella se han impartido cursos, seminarios y talleres de formación sobre el drama o seminarios de iniciación a la escritura creativa, que se han hecho extensivos al ámbito de la educación, en prácticamente todos sus niveles. Fue su elección del Sur venir a este Sur de España, una especie de Arcadia quizá donde tratar de hacer realidad algunos de sus sueños. Yo creo que esta tierra al lado del mar despierta en el poeta nostalgias de su otro Sur americano, de su país longuilíneo, que nuestro Mediterráneo atempera de momento… Uno de esos sueños a los que me refiero ha sido la poesía. De actividad secreta o íntima en su etapa chilena, se conforma y prorrumpe en su período de Alemania, para ofrecernos sus mejores frutos aquí, en este entorno nuestro, al sol de esta costa. Su obra, por tanto, es una obra en marcha: en 1987 aparece en edición bilingüe Atardecer, publicado por Verlag Abril Ediciones, y en 1989 Los ríos de la noche, en edición artesanal. Y aunque pasan catorce años hasta que ve la luz un nuevo libro, A la sombra del tiempo atardecido, en los Cuadernos Literarios de Salobreña (2003), durante todo este tiempo no ha dejado Rolando de prodigar muestras de sus versos en distintas antologías y revistas literarias de sus tres patrias.
      Aquí, en esta costa, entre Motril, Salobreña, Almuñécar y Granada tiene lugar este otro tramo de la vida del poeta que nos devuelve al hoy. Estos años pasados desde 1998 dirigió también el Taller Municipal de Teatro de Salobreña que ha llevado a escena obras de Buero Vallejo, Mihura, Jardiel Poncela o Martín Recuerda y ha seguido con sus colaboraciones en cursos y talleres de formación con la Concejalía de Educación del Ayuntamiento motrileño. Y en medio de todas esas actividades: la poesía. La poesía infiltrándose en la vida para atar los momentos y hacerlos perdurables. La poesía que nos conduce al yo íntimo en lucha con los fantasmas del pasado, la poesía que funda la esperanza y recoge las nostalgias de lo que se ha vivido; esos momentos de intensidad que reclamaron la palabra para hacerse imperecederos y dejarnos el verdadero pálpito del corazón…

POESÍA REUNIDA

      Treinta años de escritura se dan cita en este libro, en esta amplia antología que el poeta ha reunido y ha estructurado en nueve salas. En ellas se reordenan sus textos escritos entre 1974 y 2004. En las ocho primeras, los poemas en verso y en la novena y última el añadido de unas prosas líricas que incluye a modo de cierre. He aquí el friso de sus desvelos, de sus intuiciones, de sus presentimientos. Los temas eternos y las reincidencias, las monomanías, las obsesiones… La poesía de Rolando es una poesía sencilla, pero no simple; una poesía que no busca el alarde lingüístico, pero que no se olvida de la importancia de la palabra ni del poder de las imágenes. Sus versos brotan para la confidencia las más de las veces, aunque también nacen motivados por la necesidad de la denuncia o de la condena de la injusticia, de lo inhumano. El hombre que ama y siente, y el que sufre y arremete contra la impostura del tiempo, contra las desigualdades, contra todo lo que recorta la libertad e impide que se cumplan los sueños, coinciden aquí. Su discurso es una propuesta apasionada en la que brillan momentos de alegría fugaz en medio del camino de tantas soledades, de tantos desasimientos, de tantas huidas y renuncias forzadas. Una poesía para un mundo que se vuelve ...sueño. Y desgarro. Y abandono.
      Entre el dolor y la dicha su palabra discurre y es un yo poderoso el que elige al interlocutor, al de la amada con mayor frecuencia, porque quizá sólo el amor sea el único lenitivo posible ante las adversidades y miserias del existir. No hay grandes entusiasmos ni mayores euforias (Pocas veces la alegría coronó/las ventanas), por eso sólo queda el amor como único recurso, como última posibilidad de redención hasta que regrese la esperanza. Siempre los dos pronombres y la madeja de lo cotidiano, las pequeñas cosas que nos despiertan del letargo doloroso de la rutina y un tercer protagonista más: un nosotros, al fondo, no muy lejos, un nosotros al que se incorpora el lector en los momentos de complicidad, cuando la lucha personal se vuelve lucha de todos y se nos convoca. Estos son los sujetos líricos, los personajes principales del universo poético que se nos ofrece, en el que no deja de llamar la atención la presencia activa de la mujer, su imprescindible juego, a ella se dirigen los secretos que esconde la conciencia o los deseos que cela el corazón, y a su ternura se apela y a su amor como bálsamo. Un amor que casi se reinventa con los vestigios y las sombras de los amores que fueron.
      MARIPOSAS Y CAMPANAS, el primer apartado, irrumpe con estas reincidencias en lo amoroso, en medio de una simbólica escenografía de referentes de naturaleza: invierno, lluvia, lirios, violetas, la mar, el otoño, los jacintos, un pájaro, los trigos, las rosas, un río, un páramo de llanto, una flor de abril, una golondrina, las olas, la tierra, el verano… Y todo ello no lejos de un mundo en el que siguen rigiendo el dolor y el sufrimiento, y en el que no cesan los conflictos ni los crímenes. Porque aunque se hable del amor y de la ternura o de las pasiones de la carne, ese otro paisaje funesto y amargo no desaparece. Así lo revela el poeta en sus Palabras finales, un texto a modo de poética, en el que nos recuerda lo que ya comprobamos desde los primeros momentos de este libro: “Junto a nuestro verso transcurren las infamias, la guerra, la injusticia, la miseria que repta por las colinas y las calles y los campos”, y esos paisajes permanecen ahí, como dramático contrapunto de las confidencias que el amor propicia.
      Así que el yo, el tú, el nosotros, el amor, la naturaleza y la poesía, no dan la espalda a esas otras realidades que hieren su conciencia y que no dejan indiferente al que escribe. La implicación de esa conciencia tiñe de melancolía los momentos felices. De ahí que en la segunda parte –SONETOS–, más formalista, en la que se recogen siete ejemplos, el primero de ellos –El amor–, vuelva a insistir en esta idea que hemos de entender vigente a lo largo de todo el poemario: El amor canta su canción de llanto/en mitad del amargo desamparo. La canción lo es de llanto y ese llanto lo dice todo y el desamparo abunda en el sentimiento de indefensión, en la frustración ante las contradicciones de la condición humana; es metáfora también de la debilidad de la esperanza y de la incertidumbre y es prueba evidente de una lectura desencantada y pesimista de la vida. El amor nos ofrece con mayor frecuencia el lado triste: los recuerdos lejanos, la distancia, las nostalgias dolorosas, las despedidas, los imposibles. El gozo del amor sólo es fugaz; el amor es ausencia, es casi invención: Quiero por fin crearte de repente/compañera sin fin, encantamiento.
      He hablado antes de formalismo, pero se trata de un formalismo relativo, porque el poeta se toma sus licencias y no sigue voluntariamente la ortodoxia del soneto, por ello las rupturas, los pies quebrados o los versos blancos que prescinden de la rima o se conforman con algunas asonancias. Títulos sobrios llenos de simbolismo –El abandono, El dolor, El sueño–, porque la voz de Rolando Salas es amiga de los símbolos, y elige palabras sencillas, pero que sabe activar con eficacia gracias a sus confidencias, o a la enorme emotividad de sus preguntas:

                             ¿Por qué razón esta desdicha tibia
                             que me ahuyenta los ojos bienamados,
                             me endurece de filos los minutos
                             y me viste de sombras las pupilas?


      La dimensión de lo humano viene también referida al cuerpo, o a partes del cuerpo, que persisten en el simbolismo. Porque es poesía hecha a la medida del hombre y el hombre, la mujer, son los protagonistas de las tragedias o de los milagros que se refieren en los versos. Con frecuencia los ojos, las manos, la sangre, los huesos, incluso, acuden al poema para expresar el alcance de los sentimientos. En este sentido el tercer conjunto del libro, DESTIERROS, nos ofrece un buen ejemplo de todo ello con el poema Tus manos, a las que sigue el poeta en la jornada diaria y convierte en heroínas de una lucha contra el vacío, la rutina y la desesperanza: Yo espero absorto/a que vuelvan tus manos,/esas manos que fundan/en la aurora… En general estos poemas nos remiten a un tiempo difícil. Son versos en los que pesan el desencanto, las decepciones (En el polvo se duermen las banderas) y, sobre todo el desarraigo. En el poema Berlín se percibe en toda su dimensión esa pugna entre el asombro risueño ante esa Europa del norte y la sensación de extrañamiento, la mezcla de admiración y de nostalgia de lo propio y lejano. Nostalgia que se torna condena abierta, denuncia, ante los crímenes que quedaron impunes y no se olvidan, como no se olvidan los nombres de los criminales que desfilan por los versos, culpables:

                                    …se llaman
                             Patria
                             Patria Ceballos, Morrison, Masera,
                             Romo, Marchenko,
                              y tantos más
                             asesinos sin gloria.


      Chile es una herida en el corazón, sigue siendo una herida. Y en la distancia se recrea su recuerdo que revive en los versos. Dos sentimientos se anticipan, los que llama el poeta fieros hijos de la vida y son el amor y el dolor, las dos fuerzas que pugnan también en sus palabras y marcan el tratamiento de los temas. Raro es el poema en el que no coincidan como opuestos fatales. El mundo es un espejismo, una pesadilla: El mundo se doblega ante la muerte/como un perro vencido. En medio de esta desolación destacan los pequeños oasis de textos como Tus manos, Berlín, o el interesantísimo Comunión en el quinto sentido –que es una pieza absolutamente antológica–, porque mantienen algo más viva la ilusión de la esperanza.
      En línea no distante de la anterior, la selección ATARDECER recoge muestras escritas entre 1975 y 1990, que van de la desolación al entusiasmo fugaz, a la necesidad de confiar en un futuro menos aciago, por más que las muestras que el presente depare sean tan decepcionantes, y los hombres sigan siendo rehenes de la violencia, de las injusticias, de la guerra y la muerte. La voz contestataria, la voz de la denuncia se alza en piezas como A una mujer de Asia, homenaje a Aung San Sun Kyi, arrestada en su propia casa por luchar por la democracia en Birmania, o A Juana, heroína en medio de las adversidades de la vida diaria, a la que se consuela con palabras fraternas que quisieran ofrecerle una salida, redimirla de las contingencias en las que se ve inmersa: No quiero yo un futuro para Juana./ Quiero entregarle el presente./ Y el presente es la muerte/o el beso que espante las congojas. Y esa su voz rebelde alterna con otros registros más épicos en el intenso El confín del mundo, poema que recrea la fundación mítica de una América borrosa y primigenia en la que ya están las raíces, el presentimiento de las sombras futuras; o en el visionario El sur, que al igual que el titulado Chile o el que llama Las viejas palabras, mantienen activa la memoria de la patria natal y su recuerdo conflictivo: Habíamos jugado a la esperanza/ y fuimos derrotados por el odio.
      El lenguaje va volviéndose paulatinamente más visionario. No cesa el tono pasional y las imágenes tocadas de cierto surrealismo proliferan con ecos de Neruda o Vallejo. Cascadas de imágenes se suceden como letanías encendidas por el dolor, oscurecidas por presagios indefinidos. Tal es la atmósfera que se respira en POEMAS DE FIN DE SIGLO, la quinta serie de este recorrido. Cuatro poemas que marcan la hora del tránsito de un tiempo a otro, en el que “las penas personales se fundieron con las penas planetarias”, como indica el mismo autor en la nota que precede a los versos. La amada sigue siendo la confidente ideal, la confidente necesaria para el poeta. El campo semántico que predomina en esta escritura, reincide en la lectura desencantada: la ausencia, la nada, el vacío, el naufragio, el destierro, la muerte… no impiden, sin embargo, la breve eternidad de los anhelos.
      El atardecer, la hora del crepúsculo, vuelve a adquirir relevancia en LA VOZ DE LA TARDE, sección ésta que dialoga con la anterior, titulada por el poeta simplemente ATARDECER, y que he comentado más arriba. La tarde marca su hora enigmática, con ella se inicia el tiempo de la reflexión, el tiempo del recogimiento, y a veces también el tiempo del amor. Es hora que invita al intimismo y que por su proximidad simbólica al final del día se ve marcada de presentimientos y de incertidumbres: más allá/el abismo/se despierta y me llama. Aunque el amor se expande más propiamente en ÁNFORAS, una suite amorosa compuesta por catorce poemas breves, en la que el poeta desgrana la lista de sus demandas al amor, los propósitos de superación a través del amor, de ahí el continuo apóstrofe a la amada, a la mujer que es parte imprescindible de esta redención necesaria. Los amantes podrán ser preguntas, dioses derrotados, razones absortas, pero al cabo también la última esperanza, la única salida a un mundo que se vive como una angustiosa encrucijada de dolores y dudas. La voz de la tarde arrulla a los que se aman e irrumpe en sus juegos eróticos o endulza la tristeza del poeta que espera que el cuerpo de la amada y su alma cómplice puedan al fin brindarle una respuesta, una posible tabla de salvación.
      Estamos ante una poesía que va imponiéndose mayores exigencias. En lo estilístico son especialmente destacables las metáforas, los símiles, los paralelismos y anáforas y, especialmente, las sinestesias. Y junto a estos recursos la personificación que vivifica realidades abstractas. Si la tarde tiene voz, la luna tendrá ojos, y así la última sección lírica se llama LOS OJOS DE LA LUNA, con ella se cierra el ciclo poético, con estos aires de nocturnidad, con estos ecos de la escenografía romántica que siguen en el vaivén del hoy al ayer; del ahora al recuerdo de lo que fue o de lo que pudo haber sido. Quizá por ello el creador reclama la cobertura de lo nocturno y pide asilo a las sombras benignas de la noche: aguardando a que la noche/me dé amparo/en su eterno corazón indefinible. La noche y el mar, porque también el mar forma parte del pasado y del destino del poeta, que establece paralelismos entre el Sur de su patria lejana y este otro Sur que ahora le acoge. Un mar que late próximo y que lo hace sureño, y lo vuelve marinero, viajero o náufrago de tantas travesías, las que ahora recuenta cerca de las olas simbólicas, mientras el tiempo pasa o se detiene, siempre junto al mar que es otra de sus pasiones o el emblema que mejor alude a los ímpetus, a las urgencias de su alma combativa:

                             Porque el mar es el sur de mi memoria
                             y en las rocas de lluvia adormecidas
                             donde aguardan silentes mis ausencias,
                             queda, canta una dulce caracola.


      Ha llegado la noche con sus ojos, y vuelve el poeta a prodigarse y a insistir en sus temas amados. En la oscura llanura de la noche convoca a los antaños que ha vivido, como diría Quevedo, y acuden el anhelo indefinido de los románticos; acude la rabia pronta, la denuncia por los Uniformes que detienen la esperanza; vuelve el amor y la constancia de la soledad fatal del ser, de la naturaleza, de las cosas; y otra vez el amor, el amor que nos lleva a la nostalgia de Jeannette, y a un tiempo de esperanza que fijan los objetos, reveladores de un modelo de vida sencilla, difícil, incontaminada que es ya Recuerdo de recuerdos… Y asoma la luna y alumbra sus ganas de huir, de escapar de volverse naturaleza… No puede negar Rolando su estirpe romántica: por su dimensión pasional, por su rebeldía, por su ansia de infinito, por su panteísmo, por su sentimiento trágico, incluso por su indigenismo, que le lleva a cantar una ceremonia nocturna de los mapuches, en Nguillatún, el nombre que recibe este rito iniciático de carácter sagrado para este pueblo. La magia, el misterio, la liturgia, la literatura, los signos: Nos fecunda la sombra/y un antiguo temblor/vive en el aire.
      Pasaron treinta años y los poemas fueron marcando tiempos. Por ellos hemos pasado, a la vez que nos asomábamos a las verdades íntimas del poeta, ahora compartidas, y a sus desvelos o a sus pesadillas. Porque en su caso, como en el de muchos otros artistas vida y literatura se confunden y se transfieren el alma. Rolando Salas, un poeta casi secreto, al que ya podemos frecuentar gracias a esta edición oportunísima y demandada por tantos de nosotros. Aquí están sus versos, en este cuaderno de viaje, en este itinerario del corazón; aquí está su mensaje y lo mejor: aquí sigue entre nosotros el poeta ocupado en su obra, en su obra en marcha…

FINAL

      Algunos de los asuntos que fueron materia de sus sueños o de sus versos han tenido también su versión en prosa, y a veces su escritura se decantó por la prosa lírica que se acerca al cuento infantil; una prosa que en otros momentos se vuelve epístola, y en otras ocasiones reflexión metafísica… Con estos poemas en prosa, con estas prosas líricas que el poeta llama CARTAS Y PENSAMIENTOS, ha querido cumplir este ciclo. El lector ya sentirá familiares los motivos que regresan: motivos indigenistas en Kuyén, por ejemplo; o ensayos de un encuentro imposible en Tus sueños, y sentirá cercana esa infancia marcada por un recuerdo prístino y remoto en Pelusita: “un cerro y la luz de la tarde cayendo como un vestido sepia, y una cometa, un volantín como decimos allá, una cometa oscura a la que puse por nombre Pelusita, que es como se les dice a los niños vagabundos de mi tierra”. De nuevo el mito y la sangre, la conciencia puesta en pie y el grito, y el susurro al oído Para que tú me oigas y los Pensamientos enredados en ¿Donde terminas tú?/¿Dónde comienzo yo? Y sobre todo esa declaración final, esa proclama fascinante por la que la poesía, su poesía Quiere ser conjuro. Ni sólo experiencia ni sólo impresión, conjuro, rito, sortilegio, liturgia, y a ese conjuro nos convoca el poeta. Ahora sólo queda que pases tú, lector –y a ello te invito sin vacilar– para que descubras lo que sólo tú podrás ver y sentir tras La puerta de los sueños.

JOSÉ LUPIÁÑEZ
MOTRIL, ENERO DE 2005




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