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PAISAJE CON MOISÉS Y LA ZARZA (DOMENIQUINO)

        El tiempo, a cuya fabulación se entregaba el poeta en su primer libro de 1970, ha venido a corroborar la pulcra y honda trayectoria literaria de Pedro J. de la Peña, en una triple vertiente: la lírica, la narrativa y la crítica. Como narrador nos ha ofrecido novelas inolvidables como Ayer las golon-drinas (1997), por citar su última muestra hasta el momento: una rebelde y apasionada reinterpreta-ción de la vida de Bécquer; o libros de relatos como La rosa de los vientos (1996), que no me canso de recomendar. Como crítico y ensayista tan celebrados son sus trabajos sobre el siglo XIX: Antología de la poesía romántica (1984), El feísmo modernista (1989), Las estéticas del siglo XIX (1994), como sus lecturas magistrales de José Hierro o de Juan Gil-Albert, sin olvidar las incontables y jugosas propuestas de sus artículos en prensa y revistas, siempre sabios y heterodoxos. Como poeta, en fin, doce títulos jalonan su itinerario lírico a lo largo de más de tres décadas de ejercicio del verso, avaladas por una amplia recepción crítica y por importantes premios literarios. La zarza de Moisés, precisamente, nos facilita un acercamiento esencial a ese itinerario, a través de una antología de su obra en verso, realizada por el propio poeta, que viene a ser contrapunto de la más ambiciosa y recién aparecida Poética del fuego. Antología 1970-2001 (2002).
        Si al cultivo de los géneros mencionados añadimos la vocación docente del autor, profesor en la Universidad de Valencia, su curiosidad lingüística que le convierte en hablante de varios idiomas (inglés, francés, italiano, portugués) y en conocedor profundo de sus respectivas culturas y si, por último, tenemos en cuenta su condición de viajero por todos los continentes convendremos fácilmente en que el signo más destacado de su poética es la riqueza de registros, de mundos y de tradiciones presentes en su obra y avalados por la experiencia vivida. Perspectivismo, multivocidad, exotismo que corren paralelos a


PEDRO J. DE LA PEÑA

una condición vitalista y apasionada de estirpe romántica. No en balde la apelación al fuego -la zarza que arde sin consumirse- es emblema inexcusable de esa pasión que en muchas ocasiones nos ofrece también el lado oscuro del desengaño.
        Poeta vitalista y sabio, fascinado por el ideal y la belleza, enamorado del misterio y los símbolos, Pedro J. de la Peña ha elaborado un discurso que se nos presenta como alternativa a las estéticas realistas de estas últimas décadas. En su ideario, pues, no sólo se dan cita sus modos sensoriales de celebración o fabulación de la realidad sino que coincide con ellos un componente reflexivo que va más allá de la destilación ardiente de la experiencia y que, en su persecución emocionada del milagro, deja constancia del dolor y de las distancias insalvables entre realidad y deseo.
        Cómo no hablar de invitación al viaje ante sus textos. A través de ellos seguimos al poeta por los laberintos de sus escenografías (ritos, culturas remotas, países y tradiciones desconocidas), pero también lo vemos ahondando en la certeza de que la soledad, la adversidad o el desengaño acrecientan aún más su discrepancia militante y su hambre de infinito. Esa es su rebeldía con la que simpatiza inmediatamente el lector, al igual que lo hace con su particular testimonio del creciente deterioro de una civilización occidental en su agresión permanente a las restantes culturas del tercer mundo, tal y como queda reflejado en su última trilogía. El referente religioso; la naturaleza como paraíso a recobrar; el diálogo permanente con el pasado, a través de la historia, la filosofía o la propia literatura; la denuncia social, etc., son algunos de los motivos que han ido acercando su escritura al registro épico, sin que ello vaya en detrimento de la presencia de un sujeto lírico que observa, medita o condena la injusticia o la creciente degradación de un mundo en crisis. Arde ante nuestros ojos esta Zarza que nos recuerda la autenticidad de una poesía a contracorriente de los modelos devaluados de hoy y que se nos ofrece como paradigma de una sensibilidad en conflicto con las consignas que han llevado al género a un estancamiento dramático. El nuevo horizonte está aquí, en este fuego, en este compromiso, en este magisterio que trazan su palabra y su esperanza en medio de un panorama de ruinas.

JOSÉ LUPIÁÑEZ


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