Yo creo que Ana Riaño es una juglaresa de este tiempo. Una juglaresa culta y sensible. Y lo digo porque no puedo imaginármela lejana a la música y a la palabra. Su prodigiosa voz forma parte ya del patrimonio emotivo de muchos de nosotros, y las letras de sus canciones -las que ella inventó- resuenan con esa melodía que puso alma a momentos de plenitud o de melancolía en nuestras vidas... Una juglaresa del norte de África, de la Rusadir que ella ha cantado, en sus tardes de mar y cielo, como un pequeño
paraíso mediterráneo reinventado por su voz.
Con ella compartí ciudad, trabajo, ilusiones, pero sobre todo la amistad del poeta Miguel Fernández; una amistad que nos marcó a ambos y que está unida de modo indeleble a nuestras biografías. De todo ello ya di noticia en otro lugar, a propósito de uno de los últimos trabajos musicales de Ana, hasta el momento: el disco De color y claridad, en el que varios poemas de Miguel Fernández se convierten en canciones. Allí también anticipaba esta visión de Ana como "Trovadora o juglaresa" y entonaba el elogio sincero de su voz, en estos términos: "Sí, la voz de Ana es para mí la voz de la nostalgia: me trae el ámbar de las tardes de una Rusadir que soñamos y vivimos. La voz de Ana viene con la cadencia de aquellas olas que dejaban su espuma y su secreto sobre la orilla de las playas abiertas. Trae consigo un oasis inédito de armonía y, a veces, late escondida en ella una queja in-definible, profundamente mediterránea, en la que nos sentimos reconocidos".
Aparte de la música (la vocación que más le caracteriza), otras facetas importantes la ocupan: la docencia del Hebreo y de la Lengua y la Literatura sefardíes en la Facultad de Letras de la Universidad de Granada, a la que lleva entregada desde hace años, y también una notable labor investigadora. Frutos de esta última son la transcripción y estudio de Un tratado sefardí de moral, de Isaac Mikael Badhab (Barcelona, 1979); su tesis doctoral sobre el Me'am lo'ez Isaías (Granada, 1987); la versión del Libro del alma, de Sem Tob Ibn Falaquera, realizada en colaboración con Francisco Samaranch (Granada, 1990); o su trabajo sobre Teatro hebreo contemporáneo. El realismo social de Janoj Bartov (Granada, 1990),
por citar algunos de los que conozco.
No cabe duda de que su inclinación hacia lo oriental y, más especialmente, hacia el mundo hebreo, tiene que ver con la ciudad en la que nació. En ella ha visto a diario ese entremezclarse de culturas, de un modo parecido al que se daba en la España medieval. Ese mestizaje es todo un privilegio para el alma sensible y Ana ha sabido extraer de todo ello: arte, música, conocimiento y
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EL MANUSCRITO DE HA-KOHÉN |
poesía. Pero hasta ayer era la poesía de su voz o de las letras de sus canciones. Desde hoy Ana Riaño da un paso más al ofrecernos su primer libro, este riguroso libro de sonetos:
El manuscrito de Ha-Kohén, que ahora ve la luz.
Decía Machado en un poema de Galerías que "de toda la memoria sólo vale/ el don preclaro de evocar los sueños". Los sueños nutren el corazón de la literatura y Machado sabía que la dimensión misteriosa de los sueños es un enclave que frecuenta el poeta. Lo mismo que el sevillano soñaba con "los héroes de la Iliada", Ana Riaño sueña también, pero lo hace con personajes que fueron reales: con el médico, historiador y poeta judío Yosef ha-Kohén, y con Garcilaso de la Vega. ¿No es posible que, dada la ascendencia castellana del primero y la vocación coincidente de ambos, pudieran conocerse en alguno de los actos de la coronación del césar Carlos en Bolonia? ¿No es muy probable que pudiera incluso pensarse en una amistad noble y prolongada en el tiempo, entre ambos personajes? De estos supuestos parte Ana para ofrecernos, siguiendo la cervantina técnica del manuscrito encontrado, este libro, pero con la variante de que el manuscrito es leído y memorizado en sueños, y luego reescrito, al despertar.
De la vida de Yosef Ha-Kohén no se conoce más que lo que él nos dejó escrito en sus obras. Pertenecía a una familia judía castellana que por las persecuciones y matanzas de 1391 fue obligada a abandonar Cuenca y refugiarse en el castillo de Huete, donde permaneció hasta la expulsión de 1492. Tras la salida de España, los Kohén se establecieron en Avi-gnon, donde Yehosúa' ha-Kohén contrajo matrimonio con Dolsa, joven perteneciente a una de las familias más importantes de Aragón, los Alconstantini. De este enlace nació Yosef el 20 de diciembre de 1496. Años después, ante las medidas restrictivas impuestas por las autoridades en la ciudad francesa, los Kohén se trasladaron a Italia. En Novi, Yosef empezó a ejercer la profesión de su padre, la medicina. Allí se casó en 1518 con Paloma, hija del rabino de Bolonia. Tras la muerte de sus padres y el nacimiento de tres de sus hijos, se estableció en Génova, en donde fue uno de los miembros más importantes de su comunidad, manteniendo excelentes relaciones con sus colegas judíos y cristianos.
Su sólida formación renacentista le llevó a dominar varias lenguas: español, portugués, francés e italiano, además de hebreo y latín, y a cultivar, junto con la ciencia médica, la gramática, la poesía y, sobre todo, la historia, siendo sus dos crónicas más importantes las tituladas Dibré ha-yamim y 'Emec ha-bajá, fuentes de datos para la historia del judaísmo italiano en el Renacimiento. Fue un hombre piadoso, siempre preocupado por los pesares de sus correligionarios, a los que ayudó en los peores momentos de angustia. Murió ya anciano, en 1577.
Treinta y seis son los sonetos, que se supone escribe el judío, siguiendo la corriente de la nueva lírica italiana, que con tanto acierto está adaptando al castellano Garcilaso. No podía ser otra la composición elegida que el soneto, que ya habían intentado aclimatar entre nosotros Micer Francisco Imperial o el Marqués de Santillana en el siglo XV, y más tarde el propio Boscán, pero con fortuna bien distinta a la que logra el joven maestro toledano. Muchos elementos se dan cita aquí, como vemos: un fondo histórico real; unos personajes reales, de una de las etapas más brillantes de nuestra literatura; una técnica literaria que comporta unidad y estructura; un homenaje a dos culturas que convivieron: la judía y la cristiana, en una apuesta por el encuentro y la confluencia que enriquecen... En fin, magma literario e histórico, e ingenio para trazar en versos la trayectoria de unas vidas.
Y es que este Manuscrito recorre la del erudito hebreo y se convierte por añadidura en una supuesta autobiografía lírica, en la que el médico y poeta ensaya los nuevos modelos petrarquistas a los que accede, gracias a la amistad con Garcilaso. Por ello, junto al elemento poético discurre un hilo narrativo que, al ir deteniéndose en distintos momentos de la vida del autor, confiere al texto ese carácter de recreación histórica de hechos que pudieron ser y que acaso fueron realmente. Para que nadie se llame a engaño, en la advertencia preliminar de la autora Al lector, se exponen los pormenores de esta deliciosa especulación, pero también las fuentes en donde pueden cotejarse las referencias históricas, de las que no se desvía Ana Riaño en la creación de sus poemas.
La fidelidad al tiempo, a la historia, repercute en el particular uso del idioma en los versos. Así por ejemplo las referencias a la cuna de Avignon de Ha-Kohén, su traslado a Génova, o la noticia de su ascendencia castellana (de castellano tengo el hondo acento), entre otros datos reales, corren parejas con un uso lingüístico que tiende al empleo de los pronombres enclíticos; de formas verbales del tipo vía; de sustantivos como honestad, solitud, tristura; o incluso de términos hebreos, tales como kipá (solideo), quiná (endecha), Adonay (Dios), etc., y hasta de versiones en viejo ladino (Digo mi tefilá al cayer la tadre/ de este sabat sagrado...), en las que reúne expresiones netamente sefardíes como, por ejemplo, aconanta (precede) y hacinuras (enfermedades), o el plural vidas largas o la aparente falta de concordancia en sus corazón (el corazón de ellos, de los judíos)...; fórmulas de las que, en conjunto, se sirve la autora para conformar un estilo que recrea, desde lo arcaizante,
la atmósfera de la época evocada.
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SUPUESTO RETRATO DEL POETA GARCILASO |
Y a través del judío Ha-Kohén el libro es homenaje también a Garcilaso, puesto que buen número de los sonetos que aquí se incluyen, rinden ese tributo al poeta, recordándolo en distintos aspectos de su vida: "herido por primera vez"; desterrado en la isla del Danubio; en su relación con los judíos; en su faceta de creador, que se pondera por encima de su vertiente militar, etc. La amistad entre ambos personajes propicia la sugerencia de lo epistolar, en algunas composiciones, como en la que "Pide a Garcilaso que lea la obra de Yehudá Abravanel", o aquella otra en la que comenta al toledano el título y contenido de
su crónica El valle del llanto. Esta idealizada relación es el tronco al que se suman otros poemas de temática más diversa: el reproche a Carlos V, los sonetos dedicados a Paloma, su esposa, o el referido a la muerte de sus hijos varones, etc., aparte de otros alusivos a la relación entre judíos y cristianos, a Toledo o a los ríos de Castilla. Unidad y diversidad en un conjunto que la autora dividió en dos secciones, en un texto bipartito que comprende el relato del mutuo conocimiento en Bolonia (1530) en sus diez sonetos iniciales, y una sección segunda, mucho más amplia, donde se evocan los pormenores "De la amistad entre ambos y de sus vidas", con veintiséis sonetos más.
La fase inicial, que gira en torno al conocimiento de los dos escritores, nos remite a una fecha histórica, 1530, y a una ambientación espectacular: los actos de coronación del césar Carlos en Bolonia. A Bolonia ha viajado Ha-Kohén, en los días de febrero en los que Carlos V recibe primero, el 22, la corona de hierro de Lombardía, y el 24, coincidiendo con su fecha de nacimiento, la corona que le convierte en Emperador y rey de Romanos, ambas impuestas por el Papa Clemente VII. Ana parece situar el encuentro fortuito más en la atmósfera de la solemnidad de la última ceremonia. La ciudad tomada desde muy temprano por los soldados de los tercios viejos y los landsquenetes alemanes que hacían guardia en la plaza, adornada con leyendas alusivas a las gestas del imperio; el cortejo del Papa, compuesto por los miembros del Colegio Cardenalicio, y de numerosos obispos; el cortejo imperial, con los nobles castellanos y flamencos, el pueblo todo, consciente de la magnitud de aquel despliegue prodigioso...; he aquí el momento en el que coinciden Garcilaso y Ha-Kohén, según Ana Riaño, quizá en el instante en el que Carlos V recibe de manos papales los símbolos alegóricos de su poder: la espada, el globo, el cetro y, finalmente, la corona del imperio. El momento cumbre coincide, pues, con otro más privado; un encuentro que lo es de personajes y culturas: Coronaban al rey del más extenso/ territorio, a Don Carlos Quinto y Uno,/ y cerca de él, de hinojos oportuno,/ oraba Garcilaso en barba incienso.
Muy pronto surge la amistad entre los dos héroes. Ha-Kohén acoge a Garcilaso en su propia casa y le muestra su obra poética. El hilo narrativo engarza los sonetos en una progresión de estampas sucesivas. Garcilaso reconvierte una endecha del judío en soneto, mostrándole así las nuevas artes petrarquistas en las que se inicia, fascinado. Sus primeros ejercicios son ofrenda de gratitud al poeta y forman parte del manuscrito. Pero también los versos de ambos llegan a unirse simbólicamente sobre una misma mesa y, a través de la obra, llega el conocimiento de la vida: Supe que un hombre solo se sentía,/ que Dios no le ocupaba los espacios/ de su alma
cortesana... Una voz que narra, con acento arcaizante, los entresijos de ese encuentro, que lo es de individuos, de culturas, de lenguas, de escrituras, de vidas. Y todo ello gracias a una destreza lírica, la de Ana, que sabe evocar, ante los ojos del lector, el friso simbólico de un tiempo de esplendor y de injusticia, mientras nos hace seguir, ya absolutamente partícipes, el curso de dos biografías ejemplares, estructuradas en su sueño.
Todo el manuscrito mantiene un tono memorialista, en su convocatoria de recuerdos y de instantes vividos, pero quizá ese tono sea más visible en la segunda parte, que abunda en la amistad entre los dos personajes. Cercano muchas veces a la confidencia, los poemas van del yo de Ha-Kohén al tú de Garcilaso. La diversidad engarza momentos diferentes, como ya quedó dicho; momentos que abarcan desde lo biográfico, que cobra una importancia capital en esta parte, y atañe a las dos vidas, hasta la reflexión sobre la escritura o las referencias al desencuentro de los sefardíes con la política imperial, etc. Esa diversidad gozosa es posible porque la agilidad expresiva lo propicia. Se suceden los sonetos con esa confluencia admirable de lirismo y narratividad, pintándonos en su idealidad lo que suponía un hecho común en la época: el intercambio entre humanistas, la correspondencia entre ingenios de culturas o países diferentes... Ahondando en ella, nos va calando también el sutil manifiesto de una suerte de ética que nos presenta al hombre, en el laberinto de la vida, ubicado en la mesura, en el equilibrio, muy en la cauda humanista. La concepción pacífica de la existencia, que
rehuye el lado agresivo y violento (Garcilaso es más el poeta que el militar), es la que domina, tocada de un cierto pesimismo, de un dolorido sentir que acerca el hecho poético, más si cabe, a su destinatario. La queja de un pueblo, generador de una cultura de enorme trascendencia, inexplicablemente perseguida y postergada, por error político, frente a la posibilidad de la causa común, objetivamente más beneficiosa para todos, se convierte en reivindicación recurrente de los versos. La atmósfera de amistad manifiesta propicia el desahogo. El propio título del texto capital del hebreo, Valle del llanto, que se justifica en el soneto XVIII, en función de sus contenidos, se convierte en la alegoría mayor del sufrimiento de todo un pueblo a consecuencia de la humillación permanente del mismo a lo largo de la historia. A lo que ha de unirse, en este caso, la nostalgia de una patria perdida: Sefarad; y de una cuna ideal: Toledo, símbolo también, mientras lo fue, de una ciudad de encuentro.
Con esa pesadumbre final se va cerrando la segunda parte del libro. El tema de la muerte cobra protagonismo en los ejemplos concretos de Garcilaso, de los hijos del hebreo y hasta, forzando un poco el simbolismo, podría hablarse de la muerte de una amistad entre judíos y cristianos. Pero el sufrimiento abre las puertas de la sabiduría y no anula hasta la aniquilación. De nuevo va a ser el ideal el que redima; la mesura, la contención, el equilibrio, la búsqueda del buen fin se acaban perfilando como valores fundamentales en la clausura de este apartado. Esos valores son los que avivan la esperanza de la reconciliación, de un posible reencuentro de las culturas históricamente alejadas, desde la expulsión. Así la confianza en un cambio por venir le dicta: Mas mi esperanza siempre será viva: / hasta que muera, y aun después de muerto, / fiaré que a Sefarad retornaremos.
He aquí algunas de las vertientes más destacables en este libro singular, en este poemario ideado como un juego de espejos de la admiración. Dos son los protagonistas principales y distintas las vías por las que fluye el homenaje. Porque este homenaje lo es a la Literatura, a la creación, a la escritura como liturgia del conocimiento, pero también a la historia asumida, con sus luces y sombras; historia común, patrimonio de todos, en la que los capítulos gozosos alternan con otros de infausta memoria. ¿Quién puede sentirse ajeno a esta encrucijada de vidas? ¿Quién pasar de largo, sin detenerse en el jardín sensual de estas palabras, que muestran desde su interior la fuerza de una convicción ética incuestionable? El sueño, la realidad, el tiempo, la lengua, la naturaleza, la música, las formas, la amistad, el amor, la sabiduría... Con todo ello ha elaborado Ana Riaño este inolvidable título: El manuscrito de Ha-Kohén, que ahora despliega la verdadera dimensión de su misterio, ante tus ojos, lector amigo. Ojalá que ese misterio alcance también a tu corazón y lo implique en el secreto que el poeta descubre, cuando aviva el fuego de su palabra y marca
con ella el fondo sagrado de la existencia.
JOSÉ LUPIÁÑEZ
Granada, 30 de mayo de 2001
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Ana Riaño: del sueño a la palabra.
Prólogo, en Ana Riaño, El manuscrito de Ha-Kohén,
Editorial Port-Royal, Granada, 2002.
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