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JOSE ANTONIO SÁEZ


        A lo largo de las dos últimas décadas y a través de media docena de títulos significativos, José Antonio Sáez (Albox, Almería, 1957) ha venido creando una obra lírica, marcadamente pesimista, que se inserta, a mi modo de ver dentro de las poéticas del desencanto, tan frecuentes en el panorama de la última poesía española. El sentimiento de frustración espiritual y de desaliento, constituye uno de los rasgos definitorios más marcados en los poetas de este último cuarto de siglo, que escriben con posterioridad a los novísimos. Sin romper abiertamente con las aportaciones de aquella estética, pero huyendo, sí, de sus aspectos más impostados ( esnobismo intelectual, culturalismo de ocasión, extravagante rebeldía neovanguardista, etc.) y acercándose más a un entrañamiento humanista, el poeta de los ochenta hereda, quizás, el escepticismo novísimo, pero deja testimonio del desgarro espiritual del hombre que camina hacia el nuevo siglo y hacia el nuevo milenio. Inmerso en un escenario más que nunca multicultural y contradictorio, la singularidad adquiere rango de autoafirmación, y a través de ella se persigue formar parte de unos difusos universales, que se asientan en la diversidad como principio, al modo en el que lo proclamaba D´Anunnzio en sus Laudi: Varietà, Sirena del mondo...
        Aquel pesimismo, al que aludía, alterna con otra constante inmediatamente perceptible en el poeta almeriense: la presencia reiterada de referentes bíblicos, que condiciona gran parte de sus registros expresivos. Por ejemplo: en la primera de sus entregas -Vulnerado arcángel (1983)- se dan cita estos dos elementos constitutivos y recurrentes que vengo comentando, y lo hacen en el propio título: por una parte el vulnerado se refiere a ese protagonismo de lo negativo, como expresión de la frustración y del pesimismo. Por otra, el arcángel alude a esa otra zona litúrgica de connotación religiosa. Ambos elementos inciden, a su vez, en la concepción rebelde del acto creador: Luzbel, Prometeo, Ícaro, Tántalo, etc., compondrán ese particular retablo mitológico, frecuentado por el poeta y también por otros miembros de su misma promoción.
        Un rasgo muy definido también en sus versos lo conforma el protagonismo de la propia Literatura, como fuerza viva, como río al que se acude para refrigerio simbólico del alma. Es, sí, la reflexión sobre el propio acto creador y la asunción manifiesta de una rica herencia de voces mayores otro perfil de su poética, especialmente visible en libros como Árbol de iluminados (1991), aunque se aprecie, a lo largo de su obra, en diversas entregas. No poca influencia debe tener en todo ello el hecho de que el poeta se dedique a la enseñanza de la Literatura española y al ejercicio de la crítica en prensa y revistas.
        Otro protagonismo se significa por su frecuencia: la importancia del territorio real, del paisaje verdadero en el que vive el escritor, territorio que fue también su cuna y que se incorpora a su temática con visos reivindicativos, a veces; otras con tintes más nostálgicos; o con propensión hacia lo mítico, en una suerte de reinvención sentimental, en muchos casos. Paisaje, tierra, mundo que se canta y se sufre. Paisaje que incluye siempre al paisanaje, que no olvida al hombre.

ÍCARO
        Todo esto se dice a través de un lenguaje de fuerte impronta elegíaca, que exhibe imágenes insólitas y no lejanas a un componente irracionalista o visionario en los primeros títulos, y que va evolucionando hacia una mayor transparencia expresiva, apreciable en los últimos. En efecto, se observa una más clara vocación comunicativa y un deseo de transmitir la reflexión desengañada de los versos al lector. La sensualidad la aporta el eco arabigoandaluz que se percibe en numerosos momentos. Por lo que hace al capítulo de las tradiciones, será este legado un paradigma vivo para el sentir y para el decir del poeta.
        Hasta aquí cinco principios sobresalientes, que caracterizan, desde mi punto de vista, la poética de José Antonio Sáez. Pero ¿cuál es el sentido último de ésta? ¿Y cuáles las razones que mueven al creador a la escritura? En un texto titulado "Juglar ante la muerte", publicado recientemente en el suplemento Papel Literario del "Diario Málaga-Costa del Sol", (nº 286), declara el poeta sus intenciones. En dicho texto, de gran valor para estimar los móviles de su obra, se plantea: "... ¿por qué escribimos realmente? Yo pienso que la motivación última, determinante y principal es la de la muerte. El ser humano es la única criatura que sabe que va a morir, que se da cuenta de que ha de morir, constatando así la fragilidad de la vida y su propio desvalimiento. Lo peor de todo es que no acertamos a comprender por qué alguien puso en nosotros el anhelo de vencer a la muerte, la aspiración a que algo de nuestro ser sobreviva tras nuestro paso efímero por este valle de lágrimas". ¿Aplazar la muerte? ¿Burlarla, al menos? Así fabrica el poeta su "ilusión de permanencia", con las palabras, que forman versos y poemas y acaban convirtiéndose en testimonio de las contradicciones del ser y en expresión dramática de su verdad más descarnada.
        Insiste el poeta en poner al descubierto el desaliento esencial que es, en su caso, principio generador de la escritura: "El radical desvalimiento del ser humano frente al dolor, el desconsuelo del ser arrojado a este mundo, según Heidegger; de un ser para la muerte, condenado a la libertad y abandonado a su suerte, pues Dios ha muerto, en expresión terrible y dramática de Nietzsche, son constataciones que acercan a una parte de la poesía de hoy y de todos los tiempos a afrontar el tema crucial de nuestra vida y que no es otro que el de la muerte y con ella, el de la nada". Dentro, como vemos, de la más clara ortodoxia existencial, su obra se centra en el hombre enfrentado a su dramático existir; la esperanza es sólo un destello fugaz e inútil, que en nada podrá alterar el amargo destino.

DE VULNERADO ARCÁNGEL AL ÁRBOL DE ILUMINADOS

        En los antecedentes literarios de José Antonio Sáez figuran libros de versos, como Desolación primera; o La mariposa de alas caídas, de prosa poética, que no llegaron a publicarse como tales. Fue Vulnerado arcángel (Orihuela, 1983), su primera entrega, que aparecía acotada por un subtítulo significativo: "Memorial de un tiempo baldío". Gran parte de las constantes de su lírica se aprecian ya en esta obra inicial. Me refiero a ese sentimiento de condena que ve Sáez inherente al ser humano, esa frustración vital, que hace del hombre una víctima, a la que sólo le cabe esperar un final trágico. El ansia de libertad, el sueño de la dicha espiritual, el amor, la voluntad de sentirse cumplido, chocan contra la fatalidad, o se ven asediados por el dolor, la angustia, la muerte. También es evidente aquí el trasfondo bíblico al que me refería más arriba al comentar el título. La cita inicial del Génesis, abunda en ello y alude a la expulsión del paraíso para el que fue concebido el hombre. La metáfora global del ángel caído (primer poema del libro), se contempla en un doble plano: de forma general, en tanto afecta al ser humano; y de forma más particular, referida a los integrantes de una generación, la del propio poeta; la de los nacidos mediado ya el siglo.

LA METÁFORA DEL ÁNGEL CAÍDO
        Es el amor elemento que ocupa, casi monográficamente la parte final del texto; el amor, concebido como "Motivo de esperanza". Sólo su plenitud redime. El tono predominante es el de la exaltación de la amada y el de la celebración de la pasión amorosa, con tendencia a la mitificación. Vienen ecos del Antiguo Testamento, del decir de los Salmos o del Cantar de los Cantares a esta otra ceremonia de sentimientos y testimonios. La amada es centro del mundo, razón última... Otras escenografías armonizan las variantes con su valor simbólico: así el tema de la renuncia en "Boabdil" o el de las ruinas en "Evocación en Medina Azahara", etc. Ellas anuncian un nuevo fundamento, que reaparecerá en próximas entregas: la recreación de la tradición arabigoandaluza, que confiere sensualidad a su verso y lo ubica en los límites de una poética de los sentidos.
        La visión de arena, vio la luz en la colección "Alfaix" de Almería en 1987. Una segunda edición del mismo apareció en "Corona del Sur", (Málaga, 1988), con prólogo de Gabriel Espinar y epílogo de Juan José Ceba. Es libro éste que mantiene un discurso unitario sobre el territorio legendario y real del sureste. Concebido como una reflexión nostálgica sobre la pérdida del paraíso, supone también un intento por fijar los contornos de una patria castigada por el hombre y los elementos. Entre la condena y la elegía el poeta hace recuento de las vicisitudes y adversidades que ha sufrido su paisaje natal, el deterioro de la tierra, su desertización, su sed de siglos. Traza así un panorama de devastación, de soledades y renuncias, de sometimientos y claudicaciones y funda una escenografía trágica, en la que van a sucederse las premoniciones negativas y a desgranarse las muchas amenazas que acucian a lo que antes fuera vergel, milagro, oasis.

VALLE DE ALBOX
        Libro, pues, de naturaleza, en el que surge un paisaje milenario que cobra vida aquí, y al que se apela en su devenir, esto es, abarcando el pasado esplendor que contrasta dramáticamente con la desnudez, el abandono, la desolación del presente. Y en ese paisaje aparece instalado el poeta, hijo de esos parajes desarbolados, mondos, en su aprendizaje fatal de ir trocándose en desierto. De ahí el reclamo del agua, o el apóstrofe al paisaje mismo, personificado, que consiente sin rebelarse y permanece mudo. Sí, un territorio metafísico frente al mar, en el que el poeta siente, en su raíz, la amenaza permanente de la sequía real y de esa otra sequedad simbólica que resume su situación existencial en el momento de la escritura y cerca a los suyos. Castiga el sol, calcina, pero más abrasa la conciencia el estar en un entorno que se degrada y va muriendo, ante la impasible actitud de sus gentes. Un indudable acorde de protesta ecológica se anticipa en la denuncia apasionada de estos versos. El libro nos deja su visión y abunda en un tono admonitorio y bíblico, que consolida esa vertiente manifiesta en toda su obra. El capítulo de los elementos religiosos en la poesía de José Antonio Sáez se constituye en referente esencial: la Biblia, la mística, la liturgia contemplativa confieren a su poética otra dimensión ética, empañada por el dolor del sueño inalcanzable y la dificultad de conquistar el ideal que es, en su caso, un ideal solidario. Quizá sea el último poema del conjunto, -"Donde el poeta dice de su tierra"- el que resume su sentido más hondo, esa llamada a la plenitud y a la vivencia inaplazable del proyecto soñado:

Descansa en mí tu inabarcable pena,
hija del sol, la sed y de las lágrimas;
deja, nómada, de vagar y altiva goza
de cuanto edificaste.
Pues, otrora, latiste con sentido.

                                                  (Pág., 80)

        Escrito entre 1987 y 1990, apareció Árbol de iluminados en la colección "Batarro", publicado en Málaga en 1991. Si en La visión de arena se procede a


SAN JUAN DE LA CRUZ

la delimitación de un territorio espiritual, en este otro texto tiene lugar la reivindicación de un coro de voces mayores, que constituyen los fundamentos de la tradición personal del poeta. Concebido como homenaje a San Juan de la Cruz, en el cuatrocientos aniversario de su muerte, dicho homenaje se hace extensivo a otros nombres y a otras obras, que encarnan la herencia recibida, muy en la línea que anticipa el lema de Dámaso Alonso, al frente de la primera parte del libro: Hermanos de mi lengua, qué tesoro / nuestra heredad -oh amor, oh poesía-, / esta lengua que hablamos -oh belleza-. Texto, pues, que reconoce una deuda contraída con Garcilaso, Fray Luis, Herrera, Juan de la Cruz, Santa Teresa, Góngora, Rubén, Jorge Guillén, Celia Viñas, en su serie inicial y con Manrique, Quevedo, Lorca, Hernández, Juan Ramón, Cernuda, Aleixandre, Juan Ruiz Peña, etc., en su segunda parte.
        Vuelve el poeta a cuidar la arquitectura de su obra y a abundar en su preferencia por la mística, aunque se produzcan asomos que anticipan esa otra línea sombría y descorazonada que cobrará mayor protagonismo en libros próximos. Y así, en medio de la celebración de la belleza, de una flor, de una ciudad, de un paisaje, se cuela la nota oscura, que proclama el sentimiento de indefensión del hombre ante la vida, y su aprendizaje del dolor, en una órbita próxima al desengaño existencial que pintan, por ejemplo, los versos evocadores de la lección de Quevedo:

Tenía que ser, humano, en el dolor
tu aprendizaje.
¡Qué largo recorrido desde el llanto!

Desvalido, desnudo, arrojado a la vida
tu periplo se inicia.
Ni un asomo agresivo en tus manos
que el aire remueven con premura:
¿qué urges?, ¿qué demandas
con el río copioso de las lágrimas? 

                                                   (Pág. 55)

        Árbol de iluminados es, pues, una galería de nombres escogidos, con los que mantiene el poeta proximidad afectiva y de los que confiesa una cercanía con sus principios poéticos y vitales. Predomina así un tono de exaltación o de diálogo en el tiempo, constituyéndose los autores convocados en interlocutores del propio escritor, al encarnar el tú privilegiado con el que se mantiene la comunicación lírica de los textos.

LAS AVES QUE SE FUERON Y EL LIBRO DEL DESVALIMIENTO

        Las aves que se fueron es el título de la nueva serie, escrita entre 1990 y 1992, durante un período de estancia del autor en Linares, de ahí el subtítulo "Cuaderno de Jaén". Apareció en la granadina colección "Campo de Plata", en 1995, con un Prólogo de Domingo F. Faílde y un Preliminar del propio escritor. Se centra esta nueva entrega en un recorrido emotivo por esa otra geografía del espíritu: "contemplación" e "interiorización espiritualizada" de lo contemplado, según afirma el poeta en su declaración previa. El subtítulo viene a subrayar el protagonismo de los paisajes y ciudades del Santo Reino, que alternan hacia el final del poemario con otros textos dedicados al entorno almeriense. Aunque no es sólo la exaltación de unos enclaves lo que mueve al autor al canto, "hay, sin duda, también en esta obra mucho de paraísos perdidos, de la conciencia y consciencia del paso del tiempo, de la destrucción y el desgaste que ello acarrea, de la brevedad y fragilidad de la existencia humana, su sentido, de la muerte y resurrección que toda vida conlleva"(págs. 13, 14) según manifiesta José Antonio Sáez en la noticia preliminar.
        Sin embargo, predomina en el libro un tono de aceptación que contrasta con las actitudes más desencantadas de textos anteriores. Aceptación y renuncia a contravenir todo aquello que la vida va propiciando al poeta. Del paisaje se extrae la lección espiritual, la meditación o la recreación del tópico clásico. La búsqueda de una nueva plenitud, a través de este acompasarse con el ritmo de la naturaleza, signa los versos, que a veces se vuelven reclamo y otras oración sentida:

Sáname de este desasosiego
o déjame flotar, giróvago,
como el derviche,
al compás de tu música.

Tú, el Único, el Pacífico, el Verdadero.

                                                       (Pág., 59)

        En el certero prólogo de Faílde, titulado "Volar y cantar", se insiste en las virtudes del libro y en sus constantes más destacables: "En el libro no sólo comparece el paisaje; es decir, el espacio. También irrumpe el tiempo; quiero decir: la Historia. Ambos, kantianamente, enmarcan la experiencia del poeta. ¿Qué es la materia sin conciencia? ¿Qué un pueblo, sin memoria? Pues la naturaleza está habitada y plena, irrumpen las señales de quienes la ocuparon, sea a través de las piedras, la crónica que enumera o el símbolo que convierte a la mítica Himilce en trasunto de todo lo que pasa y se desvanece" (Pág., 10).
        La alegoría la ofrece el título del libro: Las aves que se fueron insiste en las ilusiones perdidas y, en consecuencia, en la fugaciadad, en la fragilidad de lo humano, en su condición vulnerable, en su conciencia de entidad pasajera. La evocación manriqueña se impone de manera más nítida sobre otras tradiciones... De nuevo el último poema del conjunto viene a condensar, como en otras entregas, el sentido final del texto. Como las aves:

Así los hombres,
que venimos y vamos
sin acordar ni cuándo,
como una débil lámpara,
cuya luz fue tan frágil,
que apenas delatara
su presencia en la noche:
si a un instante encendida,
a otro instante apagada.

                                        (Pág., 67)

        Concebido como un tratado sobre "la esencia del vivir humano", esto es, "su desvalimiento", tal y como anticipa en un lúcido texto previo la profesora Carmen Ruiz Barrionuevo, el Libro del desvalimiento ("Batarro", Granada, 1997) supone, al presente, su última obra publicada. Esta nueva entrega se acoge a la tradición clásica y se sitúa en la órbita barroca del desengaño. La muerte, única certeza de la vida, se adelanta como tema central del poemario y se constituye en causa esencial del dolorido sentir que se desprende de los textos. Reflexión, pues, sobre la vida asediada por el dolor y la muerte. Libro de un profundo pesimismo, que no encuentra ni en los días vividos, ni en el paisaje, ni en la familia o en el hijo, asideros que rediman la condición del hombre, que ha nacido para morir.
        Su discurso repasa todos los tópicos relacionados con esta visión desesperanzada: la fugacidad de la vida, el paso irreversible del tiempo, la falta de libertad ante el destino fatal del ser humano, el sufrimiento, la enfermedad, el deterioro que el vivir produce, la inutilidad de la esperanza o los sueños, que en absoluto rescatan al individuo, perdido, arrojado al mundo, condenado a morir y a ser testigo de esta certidumbre insoslayabla, que va aprendiéndose con la muerte de los otros. La muerte va ganando terreno e imponiéndose como motivo central del discurso. La palabra poética se ciñe a la meditación angustiada, sobre todo en la segunda parte del poemario, en la que Tanatos se enseñorea con obsesiva insistencia.

LA ALEGORÍA DEL VUELO
        El amago de credulidad, la apoyatura de la fe, o la aceptación que alguna vez aparecen, en textos como "A vista del arcángel", por ejemplo, se ve contrastada por un sentimiento de raíz existencial, que se reitera a lo largo de todo el poemario: No hay redención posible / para la especie humana. (Pág., 31); o: ... este río del llanto / que hacemos navegable / y que a nada conduce. (Pág., 57); o también: pues comprendió que el vivir / es la nada y la nada/ una huida posible hacia adelante. (Pág., 72). Repasar las pocas certezas que asisten al poeta supone comprobar, una vez más, que éstas se reducen a la evidencia de nuestra finitud y a la convicción de entender al hombre como pasión inútil.

LITURGIA PARA DESPOSEÍDOS

        El recorrido por la obra publicada de José Antonio Sáez deja bien a las claras la insistencia del poeta en los valores y caracteres definitorios que enumeraba inicialmente. Sus títulos componen ese corpus que ejemplifica una de las tendencias más pesimistas de la lírica actual... Frente a los discursos de aceptación de aquellas voces que se sienten instaladas en el sistema, no sólo sin disentir de él, sino celebrándolo incluso, en tanto les proporciona un cierto grado de realización y de confort ideológico; frente a esa literatura de corte realista, que no quiere traspasar los límites del lenguaje normalizado y que sólo acepta un registro único, previsible, convencional, cotidianista; frente a esa literatura de los neoarraigados, la palabra atormentada del poeta de una tierra remota del sureste español; el eco dramático de aquel paisaje metafísico retumbando en su voz; aquel territorio, que viene a ser, por extensión, escenario simbólico, metáfora del paisaje vital en el que clama el hombre su desconsuelo.

        Liturgia para desposeídos es el hoy de esa voz, la palabra reciente. Cierra este título el segundo ciclo de su obra, iniciado con Las aves que se fueron. Si el primero de ellos se caracterizó por la diversidad y la necesaria definición del universo poético, desarrollado en sus tres libros iniciales, cuya escritura se corresponde con la década de los ochenta, esta otra Liturgia cierra la serie poética de la presente década y supone la etapa de primera madurez del poeta. Es por ello por lo que su última entrega no se aparta significativamente de las preocupaciones que ofrecían los dos poemarios precedentes. Más bien da la impresión de repaso poético de las mismas, de selección de variantes que vuelven a incidir sobre las mismas obsesiones.
        En la primera parte del texto se aprecia, pues, una heterogeneidad que, de alguna manera, se acoge a la connotación de pluralidad sugerida por el nombre de la misma: "Don de lenguas". Alude de esta manera el poeta a uno de los siete dones del espíritu que, a partir del Pentecostés, reciben los cristianos. Lo bíblico comparte su simbolismo con lo literario, en tanto que el creador inventa registros diferentes que repasan el rosario de sus cuitas. Este hecho hará que nos topemos con un muestrario que recoge escenas marinas ("Piedras sobre el agua", "De renovada música"); reflexiones sobre la juventud y la caducidad de la belleza ("Coro de las muchachas"); insistencias en la visión, en la mirada, en la lectura de los ojos ("Renuevos del poeta ciego", "Los ojos deseados", "A vueltas con los ojos"); retornos al territorio patrio ("Días al viento"); recreaciones míticas, como en el caso del tema de Ofelia, en "Nymphaea Alba", etc. En esta sección tan varia priman, no obstante, los tintes sombríos y la desilusión manifiesta, por más que, irónicamente, trate el poeta de participarnos su "Propósito de enmienda", al cerrar este tramo. En sus palabras parece revivir un deseo sincero de renovación: ... Deja a la luz que invada / las sombras que proyectas.". Y más adelante: ... comprueba que vivir / es la experiencia máxima que una vida depara./ Súbete al primer tren: no lo dejes que parta. Sin embargo, estos proyectos de cambio darán paso a las conclusiones otra vez dolorosas y a la lectura negativa y desolada de la experiencia de estar vivo.
        Airea el nombre del conjunto el segundo apartado del libro, que se centra, precisamente, en las figuras marginales con quienes se siente identificado el poeta. En efecto, se comprueba el tratamiento afectivo y la proximidad con los


INMIGRANTES

desposeídos, los expulsa-dos del paraíso, los que han comprobado la false-dad de los sueños y el espejismo de las prome-sas. Estos personajes van de lo concreto a lo más genérico, y así la nota reivindicativa o testimonial se funden en la comunión con los que ponen en juego su vida por alcanzar la costa deseada (en "Travesía del Estrecho"); o se hermana al dolor del enfermo de sida ("Complainte del enfermo de sida"), que es el nuevo apestado de estos tiempos; o comparte y comprende la nostalgia del desarraigado ("Emigrante marroquí en un parque")...
Pero también entona la nota discordante del inadaptado ("Designios del cantor"), del "perdido en la nada", del "extraviado". Todos ellos componen el retablo de los que no encajan, de los que desvarían, de los que desentonan en esta hora, en esta encrucijada histórica concreta, que siente el poeta llena de incertidumbre y profundamente injusta. Hay algo de propósito ejemplarizante y de confesión de una cierta derrota espiritual en todo ello. Esta moralidad nos transmiten sus versos: denuncia de actitudes y comportamientos insolidarios; identificación con los proscritos, los perseguidos, los derrotados, los enfermos y reflexión marcada por el desaliento y el cansancio existencial. Cada vez va quedando más lejos aquel "Propósito de enmienda" que comentaba antes fue amago o espejismo. La nada va ganando terreno a la esperanza. El desierto avanza como una maldición. Y el desierto es siempre la amenaza del vergel.
        Otro de los ejes de esta serie segunda lo constituye la referencia a la Literatura. A modo de argumento de autoridad, recurre Sáez a nombres señeros, con cuyas poéticas se identifica. Entre el homenaje, la evocación y la ilustración de su propio discurso: Gracián acude para recordarnos el fingimiento del mundo ("Legado de Gracián"); de Fray Luis ("Liras en honor de fray Luis de León") nos vale su hambre de cielo, de imposible, de infinito; Valle Inclán es evocado a través de los personajes de Luces de Bohemia ( "El poeta sustituye a don Latino de Hispalis para servir de lazarillo a Max Estrella"). Resulta curioso, a propósito de este texto el paradójico tratamiento de la visión y la ceguera. De nuevo el tema de los ojos, de la mirada, presente por otra parte en "Entrega sus ojos a las olas". Alejandro Sawa es el que ve, desde las sombras de su ceguera, mientras que nosotros (en el nosotros se incluyen lector y autor) somos los ciegos: No vas perdido tú, sino nosotros... Y, en fin, Luis Rosales ("Variaciones sobre un poema de Luis Rosales") es convocado a propósito de un nuevo balance personal profundamente marcado por el desencanto: Puedo decir, sin duda, que me equivoqué en todo. Por esta otra vía, también, el resultado lírico conduce al desengaño y al naufragio inevitable.
        Lleva por título la parte tercera: "Parábola de los durmientes". Con ello pretende el poeta insistir en la dicotomía de lo verdadero frente a lo engañoso. Vivimos en la dimensión falsa del sueño, de espaldas a la dramática realidad que nos cerca y nos condena. Vivimos, como las vírgenes necias, desprevenidos ante la llegada del esposo; ajenos al porvenir adverso que tratamos de enmascarar, de edulcorar, para hacer más llevadero nuestro camino. Esta es la cobertura simbólica que servirá al poeta para insistir en su desengaño vital, un desengaño que irá cobrando aquí mayor gravedad al no encontrar salidas convincentes. Ese desengaño se acrecienta en la meditación sobre la condición humana que se plantea, por ejemplo, en "Intenta, inútilmente, una definición del hombre" y que, en general, viene a ser el eje temático primordial de este libro desolado: El hombre es un buceador de la oscuridad, / un hondero cegado, y la luz es su anhelo. En ningún instante la reflexión le lleva a la promesa. No hay salida. Nada tiene sentido si: ... Su verdad / son los límites que de una nada vienen/ y van hacia otra nada... Y es que, como decía el Ciorán de En las cumbres de la desesperación ( Barcelona, 1991) : "La irrupción de la muerte en la estructura misma de la vida introduce implícitamente la nada en la elaboración del ser. De la misma manera que la muerte es inconcebible sin la nada, la vida es inconcebible sin un principio de negatividad. La implicación de la nada en la idea de la muerte se lee en el miedo que se le tiene a ésta, el cual no es más que el miedo al Vacío. La inmanencia de la muerte revela el triunfo definitivo de la nada sobre la vida, probando así que la muerte existe únicamente para actualizar progresivamente el camino hacia la nada" (Págs., 49, 50).
        "La Oración del Huerto" es, por su parte, un interesante poema que ofrece el tránsito desde la exaltación envidiosa del arcángel, a la aceptación de un cierto destino predeterminado por un horizonte de pesares y de aflicciones. Una oración, sí, que deviene en reproche, que se convierte en queja angustiada ante el incierto final, que aguarda... No hay lucha bíblica con el ángel, no hay pelea, aunque en el fondo lo que subyace es un conflicto irresoluble. Vuelve la muerte como única evidencia incontestable: De nuevo aquí me siento / dando largas brazadas / para espantar la muerte: /-¡qué fiasco el de la vida!-, dice el poeta en su "Canto de vísperas". A glosar su protagonismo fatal dedica el autor los textos finales del libro, y al hilo de todo ello retomará el tema de la fugacidad de la vida y del desvalimiento connatural a la condición del hombre. En "Compendio crepuscular", apostrofa: Eres tú, humano, la más desvalida criatura / que alienta en lo creado. Y ello porque sabes / que has de morir... El sentido cíclico de la existencia, en su fatalidad, impera como conclusión devastadora. Las décadas y los siglos y las edades giran de una forma ciega y con ellos los hombres, que olvidan a veces que vivir es ir muriendo. Antes en el amor cabía una posibilidad, pero ni esta escapatoria contempla ahora su propuesta. En "Los últimos viajeros", el poema que cierra el libro, se lleva a cabo un juicio implacable de esta civilización. Somos los restos de un naufragio infinito, y lo que es más pavoroso: efímeras "lumbraradas ardientes en la noche", pero entre dos nadas. Este es su testimonio, en él va junto con su desasosiego, la visión desgarrada de esta hora de incertidumbre. Ni el amor, como digo, sirve de lenitivo a tanto padecimiento, pues es la destrucción la que también aguarda a todo aquello que "en el amor fuera engendrado".

INCERTIDUMBRE
        Desolación, pues, por los cuatro costados. Derrumbamiento, desvalimiento y derrota sin paliativos. Y no podía ser de otra manera, pues que el poeta atraviesa esa hora amarga de desilusión y de desencanto. Desde esa hondura queda muy lejos el acceso a la alegría, a la celebración gozosa, que se convierte a lo sumo, en ornamento ante el crudo asedio de las razones últimas o en estrategia inútil para burlar la muerte. Así es el escepticismo el que enciende esta Liturgia, que no es otra cosa que ceremonia del descreído, salmodia del que camina, al ritmo que la negra fortuna le marca, al impulsarlo hacia su aniquilación. Broch decía que ya nada humano podía entenderse en estos tiempos, si no es bajo el peso infinito y condicionante de la muerte. Y Sáez, en aquel texto que considero traslación muy precisa de su poética -"Juglar ante la muerte"- proclamaba tajantemente: "La poesía, o es humana o no es poesía"... Desde estas convicciones busca el poeta la transparencia en su decir, que es una transparencia que acaba enturbiando el clamor, la demanda continua que le produce el radical desamparo del ser humano. Y es que para José Antonio Sáez, como para el atormentado Ciorán: "una lágrima tiene un origen más profundo que una sonrisa".

JOSÉ LUPIÁÑEZ


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