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ANTONIO ENRIQUE


        Hay una literatura que apuesta por encarnarse en la realidad de las emociones, de las visiones, de los presen-timientos que nos atañen como seres humanos. Se trata de una escritura que preconiza, que interpreta, que se aventura en la tragedia o en la grandeza del hombre y que escora hacia su flanco más espiritual. Es, desde siempre, la literatura que permanece cuando se esfuman los vahos que en cada momento propagan los intereses comerciales o los oportunismos de toda laya. Así, estas obras a las que me refiero se agigantan con el paso del tiempo, persisten como paradigmas que asumieron el riesgo -un riesgo desinteresado-, y a ellas volvemos, a ellas regresamos con la seguridad de que nunca hemos de salir defraudados, con la certeza de que no se nos negará el pan y la sal del misterio, de la intuición o de la poderosa metáfora.
        Parece caminar a destiempo, parece encarrilarse por senderos poco frecuentes que alteran muy pronto a los filisteos, pero su sobresalto nada debe importarnos si es la verdad literaria lo que perseguimos y su grandeza transgresora. Poco debe importarnos que con dificultad se abra paso entre la mucha hojarasca -esta sí- con la que se nos pretende conquistar el corazón; poco debe importarnos que sean escasas las voces que la defienden porque sus límites no casen con los objetivos de las grandes empresas editoras o las modas suplantadoras que convienen. Estas modas, cómo no, las seguirán dispersando los ciegos almuecines desde sus tribunas perentorias; pero he aquí que, por encima de sus voces -que nos convocan a la frugalidad-se impone una literatura mayor: la obra solidaria de unos pocos que abominan del paisaje único, del marco viciado, para ofrendarnos desde la diversidad el panorama de nuestras contradicciones, cruzado por los sueños y los desengaños.


LA OTRA VOZ

        Ciertas mentes preclaras han denunciado el hecho. Pocas con tanta contundencia como el reciente Nobel Octavio Paz en uno de sus últimos ensayos. En La otra voz nos advierte el maestro mexicano de la realidad por la que atraviesa la creación estética en esta hora aciaga, en la que ya son perceptibles las gravísimas consecuencias de las primeras generaciones que han sustituido el libro por la banalidad de los divertimentos informáticos. Pero lo peor no es esto último, lo que resulta más alarmante es constatar que si esos lectores acuden al libro, este ya es un producto codificado que se diseña y se prepara según las veleidades del mercado, de acuerdo con intereses económicos milimétricamente prefijados: "Hoy las artes y la literatura -escribe Paz- se exponen a un peligro distinto: no las amenaza una doctrina o un partido político omnisciente, sino un proceso económico sin rostro, sin alma y sin dirección. El mercado es circular, impersonal, imparcial e inflexible. Algunos me dirán que, a su manera, es justo. Tal vez. Pero es ciego y sordo, no ama a la literatura ni al riesgo, no sabe ni puede escoger. Su censura no es ideológica: no tiene ideas. Sabe de precios, no de valores".


CUENTOS DEL RÍO DE LA VIDA

        Contra esa panorámica adversa, han ido sucediéndose las entregas del autor de estos relatos. Contra esas desviaciones del gusto, contra ese bostezo ingente. Este es, a mi juicio, el lugar de partida en el que cumple situar la obra toda del poeta, novelista y ensayista Antonio Enrique, desde su ópera prima, la selección del Poema de la Alhambra (1974) hasta estos Cuentos del Río de la Vida que nos ocupan. A lo largo de toda esa trayectoria el escritor ha permanecido fiel a los valores que aprendimos en los grandes nombres de la cultura; fiel a esa exigencia que no escatima la búsqueda renovadora, aquella que huye de lo acomodaticio, del oportunismo ocasional, de la máscara. Y, claro está: lo ha pagado caro. Yo he sido testigo del crecimiento de una obra que rezuma estética propia, universo personal y distinto; del logro al fin de una fórmula literaria incardinada en una experiencia vital, enemiga muchas veces. Y he asistido al comentario superficial que merecía a ciertos diletantes apoltronados, incapaces de la mesura indispensable que requieren las obras ingentes y exigentes. El tiempo desmentirá tanto desafuero: apuesto por ello.
        Y es que la obra de Antonio Enrique ha servido de tropezadero a los incautos. A esos incautos que no sienten el temblor de la literatura, o que entienden que ésta se quintaesencia en lo policial tan en boga hoy. Y es lógico que al darse de bruces con un autor que enseña mundos tan fastuosos como los de Rubén, temáticas tan persuasivas y enigmáticas como las de Valle Inclán; que muestra una expresividad tan dolorosamente sensitiva como la de Miró y es dueño a la par de una versatilidad léxica tan aleixandrina, se queden estupefactos, paralizados al cotejar su mediocridad con tamaña propuesta. De ahí que algunos lancen su lililí y lo acusen de cometer pecado de altisonancia. No está de moda, afortunadamente. No es uno más indiferenciable. No practica esa estética clónica que se uniforma, en la que es imposible distinguir una voz de otra voz; la suya es otra música. Buena prueba de ello tendrá el lector en estos once relatos que siguen, en los que se filtran, sin disimulo, retazos de la propia biografía del escritor y en los que cristaliza un decir sabroso, de largo aliento, abonado por tantas lecturas, sostenido por tantos años de dedicación al ejercicio creador, y lo que es más importante: avalado por una obra indiscutible que forma parte ya de nuestra historia literaria reciente.

IMAGEN PRIMERA

        Escritor precocísimo, cuando le conocí en el verano del 74, ya tenía su primer libro entregado a la imprenta de la Universidad. Con él nacería la colección "Zumaya". Me refiero a su Poema de la Alhambra, que se mostraba en las vitrinas de las librerías granadinas pocos meses más tarde, en enero del 75.


LA ALHAMBRA: FUENTE DE INSPIRACIÓN CONSTANTE

Todavía recuerdo el revuelo que causó aquel libro singular, cuya edición -ilustrada por el pintor Joaquín V. Forero se agotaría en pocas semanas. De aquel verano data nuestra amistad. Una tarde de septiembre o principios de octubre lo vi salir de la biblioteca pública tras mantener con el bibliotecario una breve conversación en la que le daba aviso de la aparición inminente de sus primeros versos. ¡Cuánta ilusión había en sus palabras! ¡Qué contagiosa alegría en los adelantos y pormenores que refería de su obra! Tanto fue así que, intrigado, le seguí de lejos por el Paseo del Violón. Empezaba a oscurecer y Granada -su Granada del Universo- nos obsequiaba con un cielo sangriento, lleno de franjas indescriptibles, de tensión y de fuerza. Un cielo que debiera haber figurado en lugar preeminente de todo Crepusculario. Lleno de curiosidad le seguía -digo--, a distancia prudente, observando sus movimientos hasta que se detuvo cerca de un banco próximo al quiosco de la música. Me fui aventurando y, al llegar junto él, me percaté de que algo recogía del suelo. Se trataba de algunos fragmentos de una vieja fotografía de la Alhambra que alguien había osado romper sin la menor consideración. El poeta la recomponía, como el que encaja las piezas de un puzle, cuando yo llegué a su lado y me presenté. Mascullaba entonces palabras contrariadas para quien hubiera cometido aquella afrenta contra el palacio que le había servido de inspiración y yo comprendía -más tarde lo entendería mejor- su indignación.
        Esta es la estampa primera que guarda mi memoria de su persona: todo un símbolo. La noche nos envolvió en el paseo hacia Puerta Real, y en el trayecto fuimos intimando con rapidez y conversando apasionadamente de libros y de preferencias. De entre todas un nombre coincidente: el de Don Ramón María del Valle Inclán.
        Supe entonces, sin lugar a dudas, que acompañaba a un escritor y que asistía a su despuntar, que era también -finales del franquismo- el despertar de toda una promoción, la nuestra, en la que Antonio Enrique es una de sus voces más sabias. Ahora son muchos los libros que han salido de su pluma y cientos los artículos que vieron la luz en revistas o periódicos y, por encima de todo, una cosa es innegable: su nombre no pasa desapercibido. Su nombre y su estilo constan. Amigos o enemigos lo tienen en cuenta, especialmente estos últimos por mucho que les pese.

OBRA EN MARCHA

        Yo fui el editor de su segundo libro Retablo de luna, que apareció con el número 9 en nuestra colección "Ánade" cinco años después. Largo tramo el de los cinco años, que no fue periodo baldío, puesto que en los ochenta se difundieron una tras otra sus entregas a un ritmo envidiable. Así, tras las damas del Retablo, vino La blanca emoción, con su mística propuesta, también del ochenta, como lo fuera su libro que recoge la experiencia vital en Úbeda -la nostalgia en Úbeda--: La ciudad de las cúpulas. Y después Los cuerpos gloriosos -y el Museo del Prado al fondo-(1982), Las lóbregas alturas (1984), con el corazón vasco palpitando en su interior y Orphica (1984), entre el desasosiego de Jerez y la locura romántica de Ronda.


LA ARMÓNICA MONTAÑA

        El bautismo de fuego como narrador le vino con su obra titánica La armónica montaña (1986), novela primera y gigantesca cuya aparición coincidió con la del cometa Halley; obra indispensable para quien quiera penetrar en la dimensión mágica de Granada partiendo en el navío de su Catedral. Historia y memoria, cultura y escritura sensorial coinciden en sus casi seiscientas páginas en donde queda patente la doctrina del fantaseísmo que defendía su autor a finales de los setenta, para pasmo de algunos… Por aquel tiempo, en las tertulias del Café Bar Andaluz (situado en una calleja próxima a Bib-Rambla, escenario, por otra parte, de uno de los relatos que aquí se incluyen) nos leía Antonio fragmentos de su novela todavía en proceso de gestación. Los pintores Iván Piñerúa, Gabriel Estévez, Jesús de la Torre, Rafael Bonillo; los poetas Tomás Ramos Orea, José Gutiérrez, José Ortega, Ricardo Proupín, José Antonio López Nevot, Fernando de Villena; el músico y Maestro Juan Alfonso García y tantos otros buenos y raros amigos nos dábamos cita allí, a la hora del aperitivo, que se contravenía las más de las veces, puesto que se apostaba frugalísimamente por el té. En aquellos encuentros matinales oímos de labios de su autor varios capítulos de La armónica montaña, tan próxima a todos nosotros, tan emblemática; aquel delirio, en fin, que unos pocos no entienden:

Por aquel entonces la Humanidad desembocó, tras un solsticio de alondras y palomas fallidas, en una estación fantasma que nadie conocía ni se recordaba de tan virgen en remotas crónicas de efemérides. Cuentan del aire que quebró en vino desde su desesperanza, y un éter cachorro le suplió en la Altura, donde las nieblas se vuelcan en sauces de verdes lluvias. Lírica estación de yeguas tropicales y brisas con olor a madrugada, a la que ningún hombre puede aludir, la más pequeña y menos amada, la que se pinta para el nácar, no se parecía a su hermana el Otoño, ni al Estío su esposo, ni al Invierno, su padrastro, oh dios Bach qué angustia, porque eran todas juntas y ninguna en el dominio en que los días se miden por pájaros, y la Primavera era poca cosa.
                                                                         ( La armónica montaña, pág. 32)

        Así su voz, en los ochenta, años tan pródigos para su obra. A lo largo de esta década se ha consolidado lo que ya es un universo propio. De la conquista de esa madurez son prueba evidente sus libros, por una parte, y su continuada labor crítica por otra. Rara es la semana en que no pueda leerse un enjundioso artículo de Antonio Enrique en la prensa andaluza, con sus múltiples referencias -recordatorios selectísimos- y esa natural e intuitiva manera de acercarse a los textos. En estos años hemos podido seguir sus opiniones sobre novedades gracias a esa infatigable labor de lector y gracias a la atención de sus lecturas. Es la suya una crítica imaginativa que propone vías diferentes de comprensión de las obras y es cordial, sensitiva, nunca seca; es profundamente humanística y sugeridora. En muchas de sus páginas se encuentran dispersas, además, las migajas programáticas de una promoción, que es la nuestra. Estoy convencido de que no hemos sabido hasta hoy sistematizar y diferenciar nuestra propuesta y, a menudo, nos hemos escondido tras la propia escritura para obviar el panfleto declaratorio. Pero ahí, repartidas entre las entregas críticas de Antonio Enrique están, sin duda, muchas de las claves de nuestra poética.
        También a finales de los ochenta apareció su ya agotadísimo Tratado de la Alhambra hermética, en donde cristaliza la vieja pasión del poeta por descifrar las claves simbólicas que han rodeado al gran monumento. La Alhambra, que cantó en encendidos versos su obra primera se estudia aquí a la luz de la tradición esotérica, documentándose toda una serie de interpretaciones cabalísticas que sobre ella se han vertido y dándose a conocer las muchas leyendas y el sentido sagrado que desde el ocultismo se confirió al palacio-fortaleza. Esta pasión por la tradición mágica, que constituye toda una constante en su obra y que rara vez no está presente en sus diversas entregas, ha sido, quizás, una de las características que más se han subrayado en el autor granadino, y a veces con incalificable malicia. Por esta vía conecta Antonio Enrique no sólo con Valle Inclán -como comentábamos más arriba- sino también con Cansinos Assens o Juan Eduardo Cirlot, nombres que encarnan nuestra mejor heterodoxia frente a los fundamentalismos logicistas.

LOS RÁPIDOS DEL RÍO. EL ESPACIO EMOTIVO-TEMPORAL

        Tres libros de versos, una novela y estos Cuentos del Río de la Vida han ocupado al escritor estos últimos años: los noventa, por tanto, no van a la zaga de la década anterior. Sobre los versos últimos del poeta me extenderé en otro lugar, al igual que sobre su narrativa, ya que ahora quisiera referir algunas impresiones de lectura que sus relatos me sugieren. La primera de ellas tiene que ver con la atmósfera general del conjunto: estos relatos, acogidos al marco de la antigua metáfora del río de la vida, tienen el temblor del siglo XIX impregnando las tramas, los objetos y hasta los mismos personajes. Y, claro está, se produce la consiguiente contemplación de reliquias, puesto que desde ellas vienen un tiempo de antes que recomponen la memoria y la imaginación. Largos periodos, adjetivación amplísima --¡el gusto doloroso por el matiz!--; léxico escogido que se recrea en arcaísmos y en expresiones sabrosas del castellano; esa, en fin, combinación diabólica de éxtasis y de melancolías confirmarían esta sensación por la que se impone el sentido misterioso de la vida. "Sellos como piel de anaconda" y sus referencias al Caribe o a la extraña peste; "El hachador" con la ciudad marina, la ciudad de K., y sus inexplicables transformaciones o el caserón embrujado de "La voz al otro lado del muro" servirían de ejemplo de esa atmósfera decimonónica que toma como bandera la asunción del lado mágico de la existencia, por más que este se esconda en los repliegues de la rutina, o de la provincia. Y sin embargo hay también en ellos un componente actualizador, un referente del tiempo que corre, que contrapuntea en varios relatos; son: el tren hacia Santiago de Compostela en "Lo desconocido", el trasfondo rural de la Accitania en "El ataúd prestado", o la maldición de Chernobil que flota en "Dulce Paris"… De tal manera que podría decirse el espacio emotivo-temporal en el que se trazan las diversas historias va desde un final del XIX, donde se hunden algunas causas narrativas, pasando por la niebla de la posguerra, hasta llegar a un presente de la escritura en el que interfiere la propia biografía.

EL BIOGRAFISMO


ANTONIO ENRIQUE CON ORLANDO, SU HIJO, Y MYLADY



        Pero aquí entraría en juego una segunda constante que se prodiga en muchos relatos: la voz narradora es prioritariamente la primera persona; la dimensión del yo facilita la confesión biográfica, ya que la propia biografía se toma como fuente esencial de la que se nutren los cuentos. Todos, me atrevería a asegurar, arrancan de alguna experiencia vital o están conectados con algún suceso real vivido directa o indirectamente por el autor. Este logra magníficos resultados recurriendo incluso al entorno de lo familiar y doméstico. No en balde aparecen referidos o como personajes María Neef, su mujer, y Orlando, su hijo, por no citar el protagonismo de Mylady o de Paris, que hasta da título éste último a un relato ya comentado. Abiertamente y sin rodeos o camuflado tras un funcionario de correos, un profesor rural o un enigmático viajero, laten por estas páginas las confidencias del supuesto testigo que no da cuenta de los hechos o del mismísimo héroe -a veces antihéroe- que los encarna. En esta línea destacan: "Lo desconocido", "El ataúd prestado", "La voz al otro lado del muro", "El Palacio de la muerte" o "El salto", por citar diversas muestras significativas.

LA GEOGRAFÍA SACRA

        Capítulo aparte merece el comentario sobre la especial relevancia de las ciudades. Las ciudades intervienen con sus gentes, su tradición, sus monumentos y su mágico ser en la obra toda de Antonio Enrique. Sus ciudades marcan el itinerario espiritual y vivencial que se refrenda en la misma. Así Granada, Úbeda, Durango, Ronda, Jerez, Guadix, constituyen hitos de ese recorrido emotivo de su biografía y a todas dedicó un libro. Los Cuentos del Río de la vida son, a sus vez, cuentos granadinos, en los que se enseñorea el homenaje a la Capadocia accitana y a su vida cíclica y conservadora de lugar remoto. Guadix, Granada y Almuñécar se nos aparecen como ciudades-escenario, junto con Santiago, en el viaje que nos saca del primer entorno. Desde aquí toman cuerpo las historias, de aquí sus héroes y sus paisajes desolados.

PANORAMA DE GUADIX
        Se hace necesario destacar, pues, la auténtica geografía sacra presente en versos, novelas y relatos, que compone el escritor. La ciudad es símbolo de quienes la habitan, con sus atavismos, sus derrotas o sus conquistas. Más se evidencia todo cuanto decimos en estos cuentos que nos muestran a unas gentes "embarazadas de dios" -que diría Ciorán-transitando una accitania mítica y real a la vez, mística y vengadora. De ahí que dentro del territorio de la ciudad cobren también un significado primordial sus mejores enigmas: las catedrales, las iglesias, que exhiben en piedra el anhelo espiritual y la dimensión de los sueños de quienes las pusieron en pie. Las catedrales, los conventos, esponjas que respiran la luz y los aires de otros siglos; océanos abiertos a la fantasmagoría y a la locura del sentir:

Aquella ciudad de K… había comenzado a inquietarme, a poco de transitar por ella. La verdad es que me vino un vago presentimiento a la contemplación de los fuertes campanarios torreados sobresaliendo de los vetustos socarrenes y las celosías de los muchos conventos que a mi paso encontraba, como amortecidos por el abandono que en las ciudades del Sur impone el estío; andar -empecé a sentir-sería aquí como traspasar este presentimiento, esta insinuación que se adensaba a la par que la calima.
                                                                                        ( El Hachador, pág. 41)

EL LADO MÁGICO DE LOS OBJETOS

        El lector va instalándose progresivamente en esa dimensión mágica y va haciendo más suya la niebla de misterio que envuelve la ciudad, sus personajes, sus objetos… Hay a través de estas páginas un hilo conductor que atiende a los objetos como desencadenantes mudos de una extraña advertencia. De la atención que merece a su autor este hecho se desprende que en mitad del relato aparezcan fragmentos como: "Los objetos… Los objetos son inertes, pero


EL PROTAGONISMO DE LOS OBJETOS

no están muertos. Son como esa ninfa encerrada en ámbar; espera el roce del aire, para alentar." Y más adelante: "había contraído yo la certeza de que los objetos que vemos y tocamos están esperando nuestra humana atención para comunicarse con nosotros. Por ello la obsesiva idea de que precisamente allí estaba la causa y epicentro de la epidemia", en "Sellos como piel de anaconda"; o comentarios como: "en realidad es así que pasamos desapercibidamente por los objetos cotidianos", en "La puerta siempre cerrada". Lo cierto es que esa ninfa encerrada puede alentar en las malignas irisaciones del sello de una carta que llega del Caribe; en las zapatillas sobre las que se pasan "las yemas de los dedos tratando de captar alguna vibración, por leve que fuese"; y así la puerta tras la que se esconden las ratas, en el ataúd donde navega ese diablillo encantador o en aquel pañuelo olvidado en el cementerio. Objetos todos, dispares, impensables, que derraman sus incógnitas cuando entran en el campo de fuerzas de la vida y chocan con los hombres para despertar antiguas resonancias de otro tiempo, ecos de un pasado que pareció irse, pero que permanece.
        Parte de culpa debe en ello tener nuestro buen don Fernando de Villena. ¿Quién puede renunciar a esa heráldica de los sueños que es su obra y es su vida misma? Su afición a las antigüedades y a la aventura en casas abandonadas ha propiciado algunas de las páginas que siguen. Si retomáramos el pañuelo olvidado en aquel cementerio de Almuñécar llegaríamos a ese relato que es "El Palacio de la Muerte", donde se traza uno de los perfiles más jugosos de su personalidad. Aquí también juega su complicidad el humor y la desenvoltura arcaizante de las palabras que sirven al retrato:

Resta decir que don Fernando era liviano de cuerpo, agraciado de semblante, hidalgo de manos, y que poseía un sentido original de la elegancia, consistente en no acabar jamás una acción, fuera vestirse (dejábase una camisa abierta al desgaire sobre el pecho), fuera fumar (abandonaba las cajetillas de costosos cigarrillos turcos en cualquier parte), fuera beber (una vez probado el licor, no apuraba jamás ni botella ni copa). Esto, y que don Fernando tenía siempre presente su infancia (gustaba de bromas tétricas, alardes -como se verá- de noche de difuntos), a tiempo de carecer del más leve atisbo de timidez (que le parecería el colmo de la inelegancia), completan un croquis elemental de su figura"
                                                                       ( El Palacio de la Muerte, pág. 132)

En realidad todo el relato es un homenaje a la viveza de su ingenio y a la felicidad de su compañía. Fernando de Villena ha traído a nosotros no sólo un nuevo manierismo en poesía o ese otro tono hondo y elegíaco suyo; no sólo nos participa con sus novelas la versatilidad de su inteligencia y el esplendor de su estilo, sino que nos transmite la alegría natural de su cercanía, mezcla de candor, de malicia y de sabiduría a manos llenas. Y si decía más arriba que parte de culpa la tiene don Fernando de Villena en este recurrir a los objetos para llegar a otras fronteras, lo hacía por dos razones: la primera por dejar constancia de ese fetichismo singular, desde lo literario; y la segunda por remarcar su presencia, que abunda en el trasfondo biográfico de los textos antes comentados.

EL RURALISMO

        Al igual que el enfoque arcaizante no ahoga la conexión con un presente enriquecedor, tampoco significa menosprecio de corte la palpable alabanza de aldea que se objetiva en estos cuentos. Un ruralismo atávico y sensorial se manifiesta en ellos y atiende a esa oscura filosofía del vivir que se palpa en los viejos poblaciones de España. El tiempo detenido de esos lugares contrasta con el vértigo de las grandes ciudades; su intransigencia y apego a las raíces con el cosmopolitismo de la inmensa urbe; su melancolía asumida con el sueño de felicidad y de alegría casi deportiva con que se persiguen las promesas en el entorno urbano. Otras gentes, otras casas, otros vicios, surgen en esos pueblos grandes y perdidos de nuestra geografía y ellas -gentes, casas, costumbres- son los resortes protagonistas contra los que, a veces, fustiga conscientemente el autor. Así se queja, por ejemplo, don Nazario Bartolomé y Sanz, ofreciéndonos con su confesión el tapiz que recrea esta otra vertiente narrativa de lo rural, pero de lo rural que linda con la denuncia y la condena, de lo rural que marca ese estadio de acidia espiritual y desamparo en el que se debaten muchos de los personajes que aquí nacen a la vida literaria:

Me llamo Nazario, don Nazario Bartolomé y Sanz, según reza en las cartulinas del Estado. Soy profesor rural, un humilde pedagogo cuyos exiguos ingresos y soledad en que vive obligan a vestir permanentemente de negro. Aquí, en este oficio, comenzaron mis desdichas pues yo, siendo de familia pudiente, vine a dar en este pueblo destartalado y sombrío del Sur, cercado por latifundios de propietarios fabulosos que perennemente viven en la capital de la provincia, y entre gentes rudas, aunque de buen natural; y, habiéndome formado en las bibliotecas silenciosas de la gran ciudad, he de reducir mis talentos para ser entendido por mis escolares, toscos, mal nutridos, procaces y levantiscos cuando trato de abrirles los ojos con mis recuerdos de otro tiempo.
                                                              ( La puerta siempre cerrada, pág. 53-54)

        Poco puede añadirse a la evidencia del fragmento; quizá cabría remarcar que este paisaje de fondo descrito en las historias está sustentado por un léxico lujoso a veces, arcaico otras, pero siempre convincente y constructor de estilo. Los faldellines y cárdenas insignias del pasado, así como los fajines y el calañés, los paladines y los recuerdos de siglos platerescos, las amplias sayas, las licorerías, los hospederos, las diligencias, los sopicaldos humeantes, el ron, el mahón, la sarga, o hasta la rancia cecina… construyen todo un ingente y multívoco friso en el que se deja memoria de un tiempo ido, con la sensibilidad próxima a Carpentier y su infinito Concierto barroco. Un tiempo ido que los objetos nos devuelven o la fuerza literaria de tantos arquetipos entre los que elijo como cima posible a Sor Betina, esa monja italiana desterrada en un sur de España que le resulta incomprensible. Aquella monja que había enclaustrado su vida y añoraba el tiempo del amor y de la belleza, según escribe en sus billetes íntimos. Magnífico cuento sensorial este de "Sor Betina", con la sangre maloliente y bienoliente que empapaba su pecho.
        Por partir de la experiencia y de la vivencia, el trasfondo biográfico nos propicia un rincón literario que ocupan también los animales. El círculo doméstico los acoge y tanto el escritor como su propia familia comparten peripecias con Paris, el gato "diletante", "soñador" y "anarquista", o con Casimiro, el cachorro agonizante que desencadena el relato final, uno de los más visionarios del conjunto. Paris se convierte, por ejemplo, en un interlocutor de la voz narradora y en una fuente de ofrecimientos para el escritor. Éste, frente al pequeño animal, medita en voz alta; "Oh Paris, quién fuera como tú; ya ves; la barbarie que nos llega del Frío. Y no me quedo al desenlace. Es cierto que la nube radiactiva irá hacia donde ellos digan: tú y yo, Paris, sabemos que dondequiera se dirija no van a decírnoslo, quizá porque tampoco lo saben, y algo tienen que decir" (pág. 114). Y así no sólo se da pie a la confidencia, sino que las dotes de observación y la infinita ternura con que senos refiere el universo de hábitos, resabios y de molinetes del animal levanta a todo un personaje que se pasea por entre estos relatos con la seguridad de respirar un aire conocido y la convicción de que su casa no queda lejos.
        Esta es quizá otra vertiente de la atmósfera íntima de ese laberinto rural y alarconiano en el que afinca su vida el escritor, y del que extrae sus consecuencias para dejarnos páginas de un finísimo humor y de una infinita comprensión hacia esos cachorros que va viendo crecer mientras le hacen compañía.

LA POSICIÓN ÉTICA

        Yo diría que estos cuentos son cuentos melancólicos. Hay en ellos una cierta desesperanza y un cierto desencanto sobre el papel inmediato del ser humano y su proyecto vital. El humor, el humor límpido que dispersa el autor por el aquí y el allá de sus páginas podría ocultar a algunos esa otra nitidez que se percibe en sus actitudes de denuncia. "El ataúd prestado" podría distraer al lector de ese trasfondo de ideas que se resuelven contra las mezquindades de los hombres y su autonegación para buscar como caminos necesarios la libertad y la belleza del mundo. El peligro de unas generaciones venideras -los "sin libro"-y su desprecio por la buenas herencias; cierto achabacanamiento espiritual por el espejismo que producen los guiños del mercado; la intransigencia, el empecinamiento por seguir aferrados a fórmulas opresoras de la vida… estas denuncias, digo, están presentes formando parte de la respuesta ética que formula el autor. De esta suerte se salpica con reflexión el relato, a la manera de las confidencias que piden complicidad al lector o bien como un aviso profético que transparenta más todavía la desesperanza:

DENUNCIA Y DESENCANTO

Entonces el siglo XX se le apareció mediante el olor. El olor de los ingentes rebaños, masacrados por la publicidad, esclavizados por el consumo, atónitos, pobres bestias sordas a toda inquietud celeste, inconscientes de sus grilletes o miserias. Época sepulcral. Expirando ya su ciclo. Época en alto estado de putrefacción.
                                                                                     ( El salto, pág. 165)

        Así como hay arquetipos que representan la soledad, el abandono, personajes que sufren su mediocridad a diario: el "pobre fracasado" de don Nazario, por ejemplo; o que simbolizan el lado desafiante del artista, su sentido de la aventura, su intimidad con las sorpresas, como es el caso del pintor D'Angeli, aquel "cazador de colores imposibles", aquel "ballenero del espíritu"; de la misma manera topamos con prototipos humanos hacia los que el autor no puede reprimir su crispación: así ocurre con la oscura vecina de "El salto", que encarna "la expresión de la intolerancia de los pueblos grandes de España". De este modo se filtra toda una defensa de valores en peligro y una condena de lo que ya es fracaso constatable; así se nos expresa una postura ética y vital que el humor no puede encubrir. A veces el humor es la otra cara del dolor y esto parece acontecer aquí con más frecuencia. La soledad, el sufrimiento, la incultura, la ruindad, son lacras que paralizan a grandes colectivos humanos, condenas que se soportan contra toda lógica; de ahí que la visión que se nos ofrece del futuro sea tan desencantada: "Nada tenía sentido ahora. Y volvieron los hielos, el aire irrespirable, las tribus de hombres famélicos sobre las estepas del invierno infinito" (pág. 165).

FINAL

        Cómo dudar, en fin, de la fertilidad espiritual que nos proporcionan las aguas de estos relatos, de estos Cuentos del Río de la Vida. Cómo olvidar tampoco que siguen su curso irreversible y pasan por los recodos de lo que fue y de lo cotidiano y, sobre todo, de lo misterioso, de "Lo desconocido", que puede mirarnos con los ojos galaicos y contemporáneos de Margarita… Pero démosle ya paso a los sueños y a las certidumbres que ahora nos llegan. Hunda el lector en ese curso, en este río de la vida, sus manos y su corazón, que sin duda le aguarda el dulce alivio de la mejor literatura.

JOSÉ LUPIÁÑEZ


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