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GISÈLE FREUND |
El poeta Joaquín Marco tituló uno de sus libros:
Abrir una ventana a veces no es sencillo. Era un libro de poemas de 1965. A mí siempre me sorprendió ese título, que yo creo apelaba a una fatal incomunicación del ser, y que nos sirve ahora, con su reclamo, para abrir esta mesa que quiere convertirse en ventana, en
Una ventana a los nuevos paisajes. Porque se trata de abrirla para percibir ese otro panorama que está conformándose, esa otra sensibilidad que puja, ese nuevo sentir que es el de los más jóvenes, el de los poetas de esta última década.
Aquí se encuentran varios de ellos con nosotros y sus voces, voces, sin duda, representan las nuevas poéticas de estos años. Ellos vienen a darnos noticia del nuevo código en elaboración...
Muy lejos ya de la cobertura de las grandes ideologías e, instalados en el llamado
pensamiento débil y en la miscelánea postmoderna, los rasgos distintivos de estos tiempos se perfilan en torno a constantes fácilmente perceptibles. Ellas forman también parte del paisaje de fondo o de la atmósfera en la que todos vamos evolucionando. Nuestra vida diaria se desenvuelve en una encrucijada presidida por el
avance imparable de las nuevas tecnologías, por la gran mutación de las
comunicaciones, en una progresión globalizadora de alcance insospechado: más que nunca el planeta es un patio de vecinos.
Las actitudes evasivas ante la injusticia o la miseria, ponen de manifiesto nuestra altura moral, y agrandan de forma dramática la brecha terrible entre ricos y pobres... El culto a la violencia y el
desprecio a la vida, adquiere visos de verdadera fantasmagoría, mostrándonos casi siempre las facetas más diabólicas del horror. En este tiempo también cobra entidad la
propensión a las realidades paralelas, que sacralizan el imperio de lo virtual y celebran la moda del sucedáneo.
Como es moda también o condena o sufrimiento o rasgo de
época la velocidad que arrasa y nos fuerza a concebir la vida como una vertiginosa sucesión de imágenes,
y nos obliga a un dinamismo desasose-gante y a una cierta
proclividad hacia lo fragmentario... Günter Blöcker, apunta en sus
Líneas y perfiles de la Literatura moderna (Madrid, 1969): "Todo el instrumental de la existencia moderna
parece diseñado para mantenernos alejados de la realidad en toda su sensualidad. Quien utiliza un automóvil, participa de una vivencia abstracta: la velocidad. La vida objetiva se desvirtúa en signos en movimiento, lo concreto escapa progresivamente a la percepción y se hace intangible. El paisaje ya no se siente, se huele, se gusta, se toca, sino que se desliza, aplanado a decoración cambiante, cifrada fugazmente ante nosotros. Somos, y no sólo al viajar en automóvil, los seres sentados en la transparente caja hermética de la técnica, que sienten las vibraciones de los motores y se contentan con los olores de la gasolina..." (pág., 11). Todo esto nos lleva al
eclecticismo como idioma natural de comprensión y al mayor protagonismo de las
correspondencias para la representación del objeto artístico, con lo que ello comporta de mestizaje y de heterodoxia.
Otros muchos asuntos nos incumben a este respecto:
la conciencia de la destrucción del medio y de las continuas agresiones al planeta, parece hallar en los jóvenes un mayor grado de implicación combativa. La
sobrevaloración del deporte, convertido ya en una industria más, subraya el talante competitivo de las últimas promociones. Las
nuevas mitologías provenientes del comic, del cine, y, en general, de los medios de masas, se constituyen en el referente habitual del hecho estético. También es frecuente el acercamiento a determinadas
fórmulas provenientes del slang o de los lenguajes de grupo, que instauran una nueva retórica, cercana a veces a los mundos marginales. Suele producirse, igualmente, una sustitución de los modelos clásicos por los prefabricados héroes de la industria del disco, reconvertidos en arquetipos de
una nueva juglaría que expresa sus emociones y sus desgarros a través del
rock o del hi hop. Sigue gozando de vigencia el surrealismo que se ha impuesto como fórmula en muchos
videoclips, tomados, a su vez, como ejemplo y modelo para la expresión plástica. Probablemente sea éste el lazo que más aproxima la nueva sensibilidad al legado de las vanguardias, aparte de otras experiencias en el terreno de la poesía visual, o del remedo irónico en una línea más iconoclasta y dadaísta. Tiempos éstos también de
juvenismo, como diría el novelista Gregorio Morales, en los que la juventud se constituye en objeto de
culto y se venera al joven por el simple hecho de serlo. La mediación de los lenguajes publicitarios incide de manera
capital en toda esta ceremonia, de la que no están muy lejos determinadas estructuras de las poéticas de ahora.
Denuncia Gregorio Morales en su libro de ensayos El cadáver de Balzac (Murcia, 1998) la proximidad
de este culto desmesurado a la juventud con actitudes
totalitarias, pues han sido los regímenes dictatoriales los que han preferido al joven como "símbolo del vigor, de lo temerario, de lo irracional, opuesto a la prudencia y a la lógica de la madurez." (Pág., 129).
Juvenismo, culto al cuerpo, y transformación espiritual por la nueva
liturgia cada vez más normalizada de las drogas y los estimulan-tes... Yo diría que hay una
nueva forma de percepción que lentamente se ha ido gestando por mediación de esta costumbre más extendida del consumo de sustancias prohibidas, al igual que el cromatismo de las pantallas de televisión ha acostumbrado al ojo a otra carta de colores para captar el mundo.
También podría hablarse de una relectura distinta de la
tradición, que tiende a fijarse en modelos no exclusivamente literarios, sino que pertenecen a otros campos del arte o de la ciencia; de hecho es sintomático que el diálogo con la tradición clásica se interrumpa, o se atenúe o sea menos evidente en las nuevas obras. Se echa en falta esa fe de los jóvenes en lo que Gil-Albert, en otro contexto, llamaba
la perenne modernidad de lo clásico. Son contados los casos en los que se observe un cultivo serio de las formas estróficas o del empleo de la rima, fuera de ciertos pasajes eminentemente lúdicos. Parece que los registros predominantes discurren, en verso libre, entre el intimismo meditativo y la narratividad, ambos tocados de cierto irracionalismo que salpica el discurso o lo conforma de manera total. Las nuevas experiencias imponen nuevos lenguajes, sin embargo, en este campo no parece que se haya producido
ruptura significativa con los códigos expresivos de la promoción anterior, si descontamos el alejamiento de las formas, cuya práctica es más evidente en algunos autores de los ochenta y la frecuencia mayor del llamado "realismo sucio", cobertura estupenda para muchos impostores.
La ciudad se impone frente a la vivencia de la naturaleza. La naturaleza pasa a un segundo plano, convertida en decorado ocasional, que ni siquiera tiene el sentido alegórico de épocas pasadas. El poeta de los noventa
no se recrea en la contemplación, ni describe minuciosamente el esplendor de los paisajes o su singularidad, ni admira, moroso, la variedad de sus formas o su permanente invitación al goce sensual. La naturaleza viene a ser para él ese espacio global de cielo, ríos, árboles o montes que separan a una ciudad de otra. Lo sustantivo es la ciudad, convertida en teatro, en escenario donde tiene lugar la ceremonia de la vida, con su nueva tramoya de escaparates, semáforos, taxis, ascensores, bares o apartamentos. Todo lo cual no deja de resultar paradójico dado el grado de ecologismo militante de las últimas generaciones. Lo mismo podría decirse del
alejamiento de las concepciones panteístas o neoespirituales, que prestan poca atención a esa dimensión cósmica, forzosamente más natural para quienes se han formado en la era de los grandes avances en la conquista del espacio.
Un realismo turbio, tocado por el quiebro visionario y una moral práctica o nihilista, las más de las veces, sustituye a lo teológico o a las posturas panteístas. En esta ausencia se percibe en ocasiones lo apocalíptico. A cambio sí hay manifestaciones frecuentes de la aventura erótica, referida al aprendizaje o a situaciones, por lo general, bastante primarias de la pareja. Esa
ferocidad o esa fuerza corporal de juventud, no parece descubrir nuevas vertientes, ni ofrecer reflexiones inéditas que apuntalen su singularidad con respecto a otras promociones anteriores.
El paisaje amoroso, por ejemplo, suele estar más cerca de la banalidad que de la trascendencia. Se percibe en los versos que lo pintan o que lo encarnan más el crujido del envoltorio o del desechable, que la revelación auténtica de la experiencia transformadora... Pero, claro está, todas estas reflexiones pueden ser generalidades
que no afecten en particular a la definición
definición de los mundos concretos que aquí se han dado cita. No debe olvidarse que nos asomamos, más que nunca, a una obra en marcha, que trata de definirse; las impresiones, por consiguiente, son globales y apuntan más a ese aire de época en la que se producen tales obras, y apuntan también a las actitudes más relevantes que se decantan en muchos de los libros publicados en esta década. Aparte de que un poeta puede escribir acorde con su tiempo o en contra de éste, como sabemos todos...
Pero el discurso primero es el poético y en ese discurso están vivas las palabras de los nuevos autores. Ellas, más que las mías algo pesimistas, nos expresan el universo que han venido creando en estos años. Abramos pues esa ventana de par en par al panorama nuevo que nos prometen y observemos el paisaje que reina en estos versos, puesto que son los versos los que verdaderamente nos convocan,
los versos de los poetas de los noventa.
JOSÉ LUPIÁÑEZ
4 de abril de 1999
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