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Es una temeridad tratar de presentar a Félix Grande esta noche, nada menos que al maestro Félix Grande, y además de una temeridad, un imposible hacerlo en corto. Por ello más que pretender presentar a una de las voces mayores de la poesía española de los sesenta y de las décadas que han seguido, quiero celebrar, celebrar con todos vosotros la oportunidad siempre única de sentirnos tan cerca no ya del poeta, del narrador, del publicista, del músico, del ensayista, del historiador sensitivo del Flamenco, sino del hombre, del ciudadano Félix Grande, del amigo Félix Grande, del maestro, porque así, desde esta proximidad afortunada nos llegará mejor su sabia lección vital, porque así se me figura que entenderemos mejor, más cordialmente, la razón de sus demandas, los desvelos de su compromiso, y comprobaremos una vez más su estimulante, su refrescante rebeldía.
Es tan multívoca su figura, son tantas sus curiosidades y pasiones, que forzosamente estas palabras no pueden detenerse como debieran en los mundos diversos que ofrece su obra. Hoy está aquí el poeta, el poeta que ha definido el recorrido de su lírica como “una fiesta duradera, intermitente y enigmática”, de la que estamos prestos a participar, y voy a referirme algo más al poeta, claro está, pero cómo no aludir, aunque sea de pasada, a la importancia creciente de su narrativa, en la que hemos de recordar títulos como
Lugar siniestro este mundo, caballeros (1980), en el que se recogen sus relatos, o
Fábula (1991), o El marido de Alicia (1995), o las nuevas historias de
Té con pastas (2002), por citar algunos de ellos; una trayectoria narrativa que en la hora actual está despertando tanto entusiasmo con uno de sus últimos frutos, me refiero a su novela, o a sus memorias noveladas,
La balada del abuelo Palancas (2003), publicada recientemente por Galaxia Gutemberg. La concesión del Premio Nacional de las Letras 2004 a la totalidad de su obra incentiva ese interés y reverdece el deseo de sus lectores por acercarse a los muchos frentes que sus historias nos ofrecen, la mayoría de ellos incardinados, como ocurre con su obra poética, en la propia experiencia vital, conectados con su biografía o con el territorio mítico que es su mundo manchego, algo así como su Macondo particular. Aquí también la memoria, los recuerdos, los héroes familiares juegan un papel esencial, junto al miedo y el hambre y la humillación y la injusticia y la desdicha. La biografía, la vida vivida, que es la materia nutricia del creador, y que resulta tan determinante en el caso de Félix Grande.
O cómo obviar la dimensión trascendental de la música en su vida y, claro está, en su obra. Su enamoramiento, primero, del flamenco, y luego su pasión por él, su dependencia. Creo haberle oído decir alguna vez que él necesita de la música para vivir y que aquella inclinación inicial, aquella predisposición hacia la música se ha vuelto, con el paso del tiempo, un elemento imprescindible para sentirse realmente pleno y cumplido; se ha convertido en adicción. De ahí que haya dedicado gran parte de su tiempo al flamenco y que sea uno de los mejores conocedores de este arte que es mezcla de desgarro y de embrujo, de pesadumbre y de consuelo; un arte que nos depara emociones intraducibles y que nos hiere en lo más hondo de la conciencia, porque su universalidad quizá tenga que ver, como nos ha recordado Félix Grande alguna vez, con el sentimiento trágico, con la visión trágica de la vida... Ahí quedan sus trabajos como referente inexcusable: su
Agenda flamenca (1987), o su monumental Memoria del flamenco (1995) o el libro más reciente dedicado a
Paco de Lucía y Camarón de la Isla (2000), monstruos divinos por los que comparto su misma devoción. Y es que oírlo hablar de flamenco es percibir el sacudimiento de verdad que lo recorre, sobre todo cuando nos refiere su deslumbramiento, su relación apasionada y trascendente con lo que tiene el flamenco de queja o de protesta, de expresión, de ceremonia, de misterio, de tragedia, de tragedia incluso en sus momentos festivos. En una entrevista reciente decía: “es lógico que una conciencia que tiene heridas, llagas, se encuentre con el flamenco y se abrace a él. El flamenco tiene que cantar desde las últimas habitaciones de la sangre. Y en esas últimas habitaciones, que son su más estricta intimidad, ahí nos encontramos todos”.
Cómo podríamos olvidarnos de sus treinta y cinco años de trabajo en la revista
Cuadernos Hispanoamericanos (en los trece últimos, como Director), periodo que duró hasta finales de los noventa, y que aparte de consolidar la publicación como vehículo para el intercambio entre culturas hermanas, sin duda le indujo a acercarse de manera más honda a la realidad de América, a su drama, a sus urgentes demandas. Una realidad a la que ya estaba unido no obstante, y desde muy antiguo, a través de su devoción por César Vallejo. América tan cerca siempre del corazón…
Tampoco debemos echar en olvido la faceta del ensayista, del articulista, del crítico, del conferenciante por más de cincuenta países. Su obra, en conjunto, también sobrepasa el medio centenar de títulos, muchos de ellos traducidos a distintas lenguas en reiteradas ocasiones. Muestras extremas de su trabajo crítico son, por ejemplo, sus muy citadas
Notas sobre poesía española de posguerra (1970) o La calumnia. De cómo a Luis Rosales por defender a Federico García Lorca, lo persiguieron hasta la muerte (1987), o la reciente recopilación de sus artículos bajo el nombre de
Genealogía del frío (2004).
Como tampoco debemos pasar por alto su defensa del pueblo gitano en particular y de los pueblos oprimidos en general, lo que le ha llevado a expresar su solidaridad con los perseguidos, con los marginados, por ética elemental y por respeto a la condición humana. La libertad, la paz, el derecho al futuro de estos pueblos hermanos, africanos, americanos, asiáticos, son un drama que nos incumbe a todos y el escritor se implica en esta causa, con prólogos, con charlas, con manifiestos, y siempre con la experiencia comprensiva y cómplice que le depara un origen humilde o una infancia llena de adversidades. ¿Qué mayor adversidad que haber nacido en plena guerra civil y haber empezado a asomarse al mundo y al milagro de vivir en un panorama de muerte, de hambre, de humillación, con el ruido de fondo de los disparos, de los bombardeos?
Nació en Mérida (Badajoz) en 1937, como todos sabéis, y desde los dos años hasta que cumplió veinte vivió en Tomelloso (Ciudad Real). En sus primeros libros él solía anotar que había ejercido diversos oficios: los de “pastor, vaquero, vinatero, oficinista, vendedor ambulante”, hasta que pasó a la redacción de
Cuadernos Hispanoamericanos. Pues bien, aquel pastor, aquel vinatero, andando el tiempo, ha recibido el aprecio y el cariño de sus lectores y de muchas instituciones de prestigio, no en balde ha sido reconocida su labor creadora y ensayística con importantes premios tales como el Adonais (1963), el Premio Guipúzcoa (1965), el Casa de las Américas (1967), el Premio Nacional de Poesía (1978), otorgados a su obra poética. Pero también el Eugenio d’Ors (1965), el Gabriel Miró (1966) o el Premio Extremadura a la Creación (2004), ponderan su faceta narrativa, entre otros. Al igual que entre otros muchos reconocimientos a su labor de estudio y defensa del Flamenco, ha obtenido el Premio Nacional de Flamencología, que otorga la Cátedra de Estudios Folklóricos de Jerez de la Frontera (1980). Todos estos merecimientos se vuelven a conformar con el reciente Premio Nacional de la Letras, al que antes aludía. Un escritor, como podéis comprobar, que no pasa desapercibido…
Pero hoy, os decía, está aquí con nosotros el poeta, el poeta que ha fijado su escritura en un libro que titula significativamente
Biografía. Poesía completa (1958-1984). En él se recogen los siete títulos publicados hasta esa fecha. Desde entonces a acá un silencio nunca ocioso. Pero pocos versos. Él dice que la poesía es patrimonio de la juventud, porque la juventud es la edad de la emoción, de las emociones, y es la poesía la que da sentido, la que coordina, en esa etapa, las emociones. Otra cosa es la técnica, la disciplina, el oficio, pero ¿de qué sirve todo esto sin la pasión, sin la autenticidad? No obstante, siempre hay libros que aguardan en silencio, versos que esperan quizá para ser dichos entre pocos, para ir adivinando entre los íntimos cómo sus palabras no impresas, las todavía secretas, son capaces de llegar hondo y dejarnos inermes con su fuerza transformadora. Como probablemente el que guarda consigo Félix Grande, compuesto en estos últimos años y que creo ha pensado titular:
Una limosna para Juan Sebastián Bach, aunque no estoy muy seguro de este extremo.
Son muchos los valores y las virtudes que apreciamos en la poesía de Félix Grande. Siendo un poeta conectado a las corrientes rehumanizadoras de la lírica de posguerra, para mí es especialmente significativa su reivindicación del misterio, su observación del lado misterioso de la realidad, porque ello condiciona su poética, la orienta hacia lo trascendente. No en vano él ha escrito que “la vida toda es misteriosa” y que “lo misterioso nos absuelve”, porque el misterio, en definitiva, “nos ayuda a conservar y acrecentar nuestra inocencia”. Siempre nos vemos, a través de sus versos, enfrentados ante lo enigmático del ser, y constatamos su ansia de infinito o su estupor, el estupor que se experimenta en medio del caos, o ante la soledad fatal y la certidumbre de la muerte. El poeta asume algunas de las definiciones que entienden el fenómeno poético como revelación, como comunicación, como acto de fraternidad, como celebración, pero añade que la palabra poética es también “una senda que conduce o regresa a la santidad. Me refiero, claro está, —nos dice— a la santidad de la tribu: esa inocencia que palpita en el fondo de esta especie maravillosa y al mismo tiempo infortunada”.
La experiencia de su infancia y de su primera juventud en la lejana provincia, en esos paisajes de la Mancha, metafísicos, dramáticos, y la cercanía de unos maestros siempre recordados: Vallejo, Antonio Machado, León Felipe, Miguel Hernández, Luis Rosales, junto a la conciencia del legado del idioma, lo conducen inevitablemente a la poesía, a dar testimonio de ella de su secreto, de su milagro que ha sabido traducir como nadie. Por eso nos regala frecuentemente con tan diversas y agudas observaciones de asombrosa clarividencia: “la palabra poética —nos recuerda— es la oportunidad que tenemos todos los seres de conocer la eternidad. Por lo menos, de tantearla, menesterosamente”… Es decir que desde el yo marcado; con el nosotros de la especie; en medio de la naturaleza; con el ayer oscuro y el hoy en conflicto; con la voz cercana de los maestros y desde una profunda pasión por el idioma común podemos vislumbrar el camino que va siguiendo su palabra y cómo a lo largo de él se va orientando hacia lo trascendente, hacia la permanencia, hacia esa región a la que también nos acerca, con su magia, la música hermana.
Es evidente que el título genérico de su obra reunida Biografía alude al componente esencial de la trayectoria vital del poeta y con él a la trayectoria vital de su tiempo y a la de sus contemporáneos, es decir, a la de todos nosotros. Si seguimos la ordenación definitiva de sus libros no por fecha de publicación, sino en razón de su escritura, el primero de ellos es
Taranto. Homenaje a César Vallejo, escrito en el verano del 61. El libro es un testimonio de admiración hacia el maestro peruano y un texto fundacional de su yo, de su intimidad, de su conciencia despierta, en medio de un territorio que empieza a convertirse en mito y en una de las encrucijadas más difíciles de nuestra historia reciente. Sus versos largos transfiguran, fijan, eternizan los recuerdos familiares y nos ofrecen la épica de aquellas ruinas, de aquel espanto, pero también de aquella humilde grandeza más cercana a lo esencial humano, más hecha a su medida, a pesar de la desesperanza. Por él sigue la sombra herida del niño que fue, de aquel Felixín a quien se dirige desde esta otra ladera del tiempo el poeta; allí sigue Felixín y
mora inconforme por entre lo inconforme.
Y persiste; ese niño persiste en Las piedras libro que, aunque empezó a escribir en el 58, acabó en 1962. De hecho fue su primer libro publicado, con el que obtuvo el premio Adonais de 1963. También en
Las piedras (1964) vuelve la infancia (estoy disminuyendo casi hasta ser/ un niño bajo un bombardeo, un niño pobre.); y regresan los hermanos fantasmales perdidos y los balances, los ajustes de cuentas con el infortunio, las reflexiones metapoéticas que persistirán a lo largo de toda su obra; un sentimiento machadiano del tiempo y del recuerdo acude y lo recorre y una tendencia a una mayor economía expresiva certera y heridora, en el modo. Fue el libro que lo reveló como al poeta ya dueño de una voz diferenciada e inquietante en el panorama poético de su tiempo.
Música amenazada escrito entre 63 y el 66 y publicado en ese último año, muestra en palabras del poeta su “amor desesperado por la música”, de ahí que sea un libro musical en su estructura y nos evoque en algún tramo el magisterio de Rubén Darío por sus construcciones sonoras y la gravedad dolorosa de sus temas: los sobresaltos nocturnos, el paso del tiempo, el recuerdo que tortura, las meditaciones, las desolaciones... El tono de reflexión, la conjura solemne de las viejas humillaciones, el escarbar en los recodos doloridos de la conciencia, en esos recovecos que guardan la verdad de nuestras equivocaciones e insuficiencias, todo se hace más intenso y eficaz gracias a un sabio ejercicio de autenticidad con el lenguaje. El lector se ve preso de la verdad poderosa que transmite el poeta, preso de sus emociones, del halo de ese tiempo de indigencia y derrumbe, y recibe el impacto, y percibe la fuerza lírica y demoledora de sus metáforas y comparaciones que nunca le dejan indiferente, es imposible; en la identificación apasionada con sus pensamientos sucumbimos, nos reconocemos, y le admiramos más profundamente.
También en ese mismo año de 1966 escribe Blanco spirituals, aunque se publica en el siguiente. Supone un salto cualitativo en su carrera y un reconocimiento de su ya más que demostrado magisterio. El eco de su nombre se multiplica al igual que su presencia en los foros; se vuelve más evidente el peso de su voz, lo que propicia el encuentro con un gran número de nuevos lectores, especialmente jóvenes. Se trata esta vez de una nueva aventura llena de atrevimiento en lo formal y en el tratamiento de los contenidos, en sus confidencias, en sus desgarros. El poeta se refiere a este libro y lo llama libro “desobediente, provocativo” y es evidente que lo es, y fresco y ágil en su morosidad fascinante, moderno, irreverente, trasgresor, militante y mestizo a conciencia. Cuántas veces hemos tratado de enseñar el poder de ese estilo trasgresor y fundador de Félix Grande en las aulas, cuántas hemos comentado su
Recuerdo de infancia, por tantas razones…
La desobediencia siguió a través de Puedo escribir los versos más tristes esta noche escrito entre el 67 y el 69, es decir en plena efervescencia del sentimiento revolucionario anterior y posterior al Mayo francés y se publicó en 1971. El nuevo reto es esta vez el de la poesía en prosa. El poeta confiesa de este libro que lo ayudó a sentirse “de nuevo extraviado en las galerías del alma, por usar la expresión machadiana, y me rescató del extravío poético en que podría haberme hecho caer un excesivo respeto a mis nuevos lectores. Pero la consagración definitiva de su obra vendría con el reto siguiente, el de los poemas breves de
Las rubáiyátas de Horacio Martín, con el que entra definitivamente en su poesía el tú amoroso, el ensimismamiento en el amor y en la mujer, la reflexión sobre las fronteras del deseo. Su poderoso erotismo y su contención y precisión expresivas, tras las cataratas de palabras encendidas de textos anteriores lo convierten en guía espiritual para los desasosiegos de la entrega y en obra ejemplar con la que obtuvo el Premio Nacional de Poesía en 1978. Horacio Martín el heterónimo del poeta le sirve de escudo para la traslación de sus revelaciones a través de la experiencia vivida del amor prohibido. Pessoa está en el fondo, también de este resurgimiento y de esta otra plenitud del cuerpo, de esta otra plenitud admirable y tremenda de las almas enlazadas, en la pugna amorosa. Aparece la sombra de la culpa y su conjura; el dolor y la larga despedida se expresan en formas clásicas y con una métrica sonora, despechada, tempestuosa, que alcanza cotas de auténtica grandeza. En realidad se trata de su último libro mayor, por el momento.
En la última selección de su Biografía, aparece La noria, epígrafe bajo el que se agrupan textos que van desde el 58 al 84, se trata pues de un libro vario como puede suponerse en el que se dan cita sonetos, canciones, homenajes, poemas de largo aliento junto a otros textos más experimentales, y se trata de un poemario en el que coinciden las distintas líneas de su más que exigente y cumplida trayectoria. La alegoría de los cangilones alude a esa diversidad que marca esta reposición de textos paralelos a la totalidad de la obra reunida, una obra mayor, una
Biografía que a todos nos enriquece y de la que todos somos deudores.
Bienvenida tu voz, querido maestro, bienvenidos tu ejemplo y tu lección al Aula de Literatura y Pensamiento Francisco Javier de Burgos, esta noche de mayo. Muchas gracias.
JOSÉ LUPIÁÑEZ
Motril, 19 de mayo de 2005