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PORTADA |
Desde este vertiginoso umbral del nuevo milenio, me resulta especial-mente emocionante rendir homenaje, una vez más, a la memoria del poeta Miguel Fernández, en compañía de sus familiares y amigos; de aquellos que lo conocieron y lo trataron y de aquellos otros que no pudieron hacerlo y sólo saben de él por su obra o por lo que leyeron u oyeron de su vida. Hablo de un poeta a quien conocí hace un cuarto de siglo, a quien me unió una amistad fraterna y de quien recibí el regalo impagable de su magisterio cordial.
Esa trinidad de emociones me suscitaba siempre su persona: era mi amigo, y en la francachela de la amistad compartimos muchas horas de charlas, de actos, de paseos, de aventuras, de viajes,
de encuentro espiritual, de poesía en magma... Con frecuencia evoco las inolvidables tertulias en la casa de Castelar, en aquella casa iniciática, con plantas diferentes y cuadros y objetos encantados y llaves en las paredes. Las tardes o noches de comunicación portentosa y de ingenio a raudales, en ocasiones con voces mayores de la poesía contemporánea, con Luis Rosales, Fernando Arrabal, Alfonso Canales, Guillermo Díaz Plaja, Leopoldo de Luis, Luis Antonio de Villena, por citar algunas, entre tantas otras. Aunque eran más frecuentes los encuentros casi diarios de los dos, casi siempre hacia el atardecer, en los que dábamos repaso a la vida literaria e intercambiábamos novedades y proyectos. Aquellos encuentros que fueron como una liturgia irreemplazable en muchos de mis días vividos entre vosotros. Y todo ello en la casa de Castelar, en la casa que he considerado en otro lugar uno de sus
territorios espirituales: "... el hogar, que entiende -el poeta- como santuario de sus lares, que concibe como templo de la intimidad, en donde los objetos y los recuerdos, las miniaturas, los grabados, las vasijas, los adornos, las esculturas, los cuadros, son exvotos de la memoria". La propia casa, decía, está íntimamente ligada a una gran cantidad de poemas, con lo que al darnos cita en ella era como si coincidiéramos en la literatura, o al menos en un espacio convertido en literatura; y,
por ende, en la vida.
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DURANTE LA CONFERENCIA, CON ENCARNA LEÓN |
Pero el sentimiento de la amistad, se acercaba más al lado fraterno y experimentaba yo el saberme defendido por el hermano que nos protege paternalmente. Siempre fue mi valedor y su afecto y consejo me fueron haciendo mejor persona. Nunca olvidaré cómo acogía cualquier confidencia de algo preocupante o inevitable, con aquel
¡ay! que alargaba hasta hacerlo acabar en mueca de sonrisa animosa. Su calor, su aliento, me empujaron siempre y no puedo dejar de referirlo, una vez más, puesto que desde esa dimensión tuve conocimiento de su hombre, de aquel hombre de bien, y de su obra.
El tercer lazo que me une a su recuerdo es el de su magisterio. Antes he dicho "magisterio cordial", porque ese fue siempre el tono de su sabiduría... En el espacio afable de la confidencia, la experiencia vivida se transmite con la naturalidad de la respiración. Conocer sus voces preferidas, sus inquietudes creadoras, sus proyectos de libros, su manera de entender la poesía en diferentes etapas, su fobias y sus filias, en fin, supuso un aprendizaje esencial que me curtió y me hizo partícipe, en adelante, de gran parte de su credo. Y la mejor enseñanza fue el comprobar cómo la esencia de aquel credo se iba materializando en su obra, tomando cuerpo en forma de poemas.
Me he referido más arriba a los que no le conocieron, a los que ahora lo hacen a través de sus versos. Y es que a ellos va dedicado también ese mensaje que nos dice en esencia: entiende la poesía como credo de libertad, como un acercamiento, como un asedio de aquel estado óptimo de sabiduría en el que las aparentes contradicciones toman el rumbo de la verdad, que presentimos latir detrás de la nebulosa de los hechos, de las experiencias vividas, de los enigmas que nos rodean. Esa esperanza general leo en su obra, aunque esta venga a veces empujada por el desvalimiento, el cansancio, la agonía del sentir, la contrariedad o el sufrimiento. La poesía propicia la catarsis del ser en su demanda de conocimiento, en su hambre de ideal y de infinito. Hay que perderle el miedo a esas palabras, porque son las que probablemente mejor reflejan la verdadera comezón de su poética. Al margen de que puedan parecer gastadas por el uso de críticos o convertidas en lugares comunes de reseñas o manuales, son las que espontáneamente definen esa orientación radical de su espíritu hacia la belleza y hacia la trascendencia. Por eso decía que era muy importante su legado para las nuevas generaciones, porque en él no sólo se da noticia y testimonio del hombre que vivió su circunstancia histórica concreta, no sólo se hace referencia a las contradicciones y desvelos de una voz solitaria (aunque profundamente solidaria con los individuos de su tiempo, especialmente si éstos eran desheredados, pobres, enfermos o humillados por la injusticia), sino que aquella voz se proyecta hacia el futuro y habla a los que vendrán; entabla ese diálogo imprescindible por el que se comunican los hombres en el lugar de encuentro que supone el texto poético, y lo hace para ofrecerles la herencia impagable de una obra que supo anticipar la sensibilidad conflictiva de los setenta y ochenta y permanecer como paradigma de una poesía de altísimos valores humanos y estéticos.
Porque la obra de Miguel Fernández, al ser -como digo- testimonio de un tiempo histórico preciso, forma parte de la conciencia de esas generaciones que fueron contemporáneas suyas y las representa, pero no deja de proyectar su mensaje hacia las venideras. En su cosmovisión persiste la sucesión mítica de las generaciones, el paso de un legado de conocimiento, de experiencia, de dolor, de sabiduría o de incertidumbre a las manos del que ha de seguir vivo haciendo el camino. También su voz es enseña del pueblo al que pertenece; un pueblo, como bien advierte Jacinto López Gorgé, que mantiene vivo su recuerdo y renueva su homenaje, lo que indica el grado de su sensibilidad. Buenas
pruebas de ello son este Instituto que lleva su nombre, el monumento a su memoria, la edición de su
Obra completa en dos tomos, que allana el camino para la nueva crítica, a la que se ofrece ya un corpus coherentemente organizado y prácticamente definitivo, gracias a los desvelos de su viuda y del profesor José Luis Fernández de la Torre. En fin, las becas de investigación, los concursos literarios y los numerosos homenajes, son muestras -digo- de que estamos ante un poeta querido, entrañado, por sus paisanos, que lo sintieron siempre cercano y que encontraron en su voz una seña de identidad que acertaba a definir su singularidad y a expresar, a través del canto, muchas de
sus peculiaridades distintivas.

MELILLA. IGLESIA DEL SAGRADO CORAZÓN |
A este respecto es de rigor evocar el hermoso y sentido texto de la charla que ofreció Ana Riaño en este mismo centro, con motivo de la Segunda Semana Literaria dedicada al poeta en 1996, y que tituló: "Miguel Fernández y los espacios que él amó, a través de ocho textos cantables", en el que se pone de relieve la relación intensa del poeta con su entorno, que lejos de caer en el localismo pintoresquista, nos ofrece el perfil del hombre instalado en un territorio y unido a él por lazos superiores. Decía Ana Riaño con absoluta lucidez que: "Melilla formaba parte de su cosmos, como lugar privilegiado que él eligió nada más y nada menos que para crecer, amar, crear y acabar sus días." Y algo más adelante: "son muchos más de los que parecen los poemas en los que Melilla, sin ser nombrada, late y aflora". Y tiene toda la razón. Así lo afirma también el poeta Rafael Morales en el prólogo a la
Obra completa (Melilla, 1997), cuando indica: "no es posible escribir la poesía de Miguel en otra tierra que no sea Melilla, ya que ella da a nuestro poeta una visión del mundo muy particular y hondamente entrañada en su pensamiento y en su lengua poética. Resulta evidente que la ciudad amada no sólo fue cantada por Miguel de manera directa, sino que ella misma se hizo sustancia honda y luminosa de su propia poesía, sobre todo en cuanto se refiere al entendimiento de la vida en convivencia y libertad, sin ninguna discriminatoria frontera entre las religiones y las etnias, con un
Dios único para todos" (Págs., 7-8).

LA LIBERTAD GUIANDO AL PUEBLO (DELACROIX) |
Partiendo de estos supuestos: de mi conocimiento personal del poeta, del mucho frecuentar su obra, de mi convicción de sentirlo cercano emocionalmente a los suyos, a su territorio y, sobre todo, obsesionado por indagar en la dimensión misteriosa y arcana de la vida, yo no puedo entender a ese Miguel Fernández que pintan ciertos comentaristas. Un hombre descreído, derrotado, irreversiblemente melancólico, que cifra la nada, que elabora complejos discursos imposibles... Y es que yo no veo a Miguel Fernández convertido en un nuevo sacerdote de la retórica del vacío, como algunos de sus críticos se empeñan en demostrar. Yo supe de sus dudas, de su agonismo, de su fe problemática, de la amarga desesperanza, que a veces le pintaba su rictus en la cara, pero no puedo entenderlo desde el nihilismo o la falta absoluta y radical de esperanza. Su poesía se orienta, a mi entender, hacia una búsqueda permanente de la trascendencia y, a través de la propia creación, es como va elaborando y fijando ese credo suyo, que es una poética moral apuntalada por grandes conquistas expresivas y estéticas. Es una poesía de marcado sentido espiritual y metafísico, al margen de que se ampare o no en el léxico, las estructuras o las tradiciones religiosas, lo que suele hacer las más de las veces. Quiero decir que ahonda en los inquietantes abismos de la existencia, de la experiencia, de la memoria, y persigue el ideal en el que se asienta la razón de ser de nuestra condición humana: el de la libertad. La libertad que es redención y salvación, en suma, de las contingencias que nos rodean, porque la poesía es una forma de libertad, y un ejercicio de libertad que persigue un nuevo estado de conciencia, un nivel que se intuye o que se conoce desde el fondo del corazón, aunque a veces sea difícil de formular, aunque a veces resulte difícil transmitir el secreto, aunque a veces ese secreto resulte
secretísimo. Si prescindimos de este norte no habría más que bostezo, un bostezo gigante que acabaría por desrealizarnos y desdibujarnos a todos.
No se puede reinventar a un escritor y reconvertir su poética, orientándola hacia retóricas mejor vistas, o políticamente correctas, o más de moda, como esa falacia de nombrar el vacío. Sobre todo en este caso, en el caso de Miguel Fernández que siempre sintió una especie de
horror vacui. Además, el vacío excluye a la propia literatura, al autor, al texto, al destinatario. Y en sus libros siempre se habla sabiendo del otro, del que está al otro lado; siempre hay un interlocutor que se presupone y este simple hecho, de por sí, pulveriza cualquier noción de vacío. Tampoco podemos olvidar que en muchas ocasiones ese interlocutor es la propia Divinidad -sobre todo en sus primeras entregas- que unas veces está más próxima a los modelos cristianos, árabes o judaicos y otras resulta más coincidente con una entidad abstracta o indefinible, causa primera, responsable quizás de nuestras precariedades e indefensiones, y a quien se apostrofa desde la duda o la lucha interior, desde el desaliento o la frustración, pero con un ánimo vivo que indaga, que sigue buscando respuestas, soluciones, salidas que puedan calmar
la sed que nos define.
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POESÍA Y LIBERTAD (BROMFIELD) |
Sí, la poesía es una forma de libertad, es parábola de la libertad. Ese lema que figura al frente de su primer libro de 1958 no fue casual. Me refiero a la cita de Paul Éluard, "La libertad guía nuestros pasos", que la censura dejó en "la que guía nuestros pasos", como todos recordamos. Yo leo en aquella elección toda una declaración de intenciones que, al margen del reclamo histórico y combativo, dadas las fechas, creo que amplía su horizonte hacia una convicción muy arraigada en Miguel Fernández: la de la
libertad como destino. Ya sé que decir ésto tiene mala prensa, sobre todo para quienes arremeten contra los postulados del arte moderno. Una de las lacras que se ven en él es, precisamente, ese "continuado esfuerzo por la libertad", como escribe Marina en su
Elogio y refutación del ingenio (Barcelona, 1992). Marina ha elaborado toda una teoría que pretende refutar la propensión a la libertad de los artistas contemporáneos, porque para él esa libertad es una libertad desvinculada, es una forma de juego, es un utopía del ingenio. Por eso afirma que "este continuado esfuerzo por la libertad que aparece una y otra vez al hablar de arte moderno, es su rostro más sugestivo, aunque su forma de desarrollarlo, mediante la desligación y la devaluación, le condujera por caminos peligrosos" (Pág., 147). O por esas mismas razones defiende que "La historia del arte contemporáneo es la ilustración plástica de una logomaquia teórica, cuyo tema es la libertad" (Pág., 166). Sus reticencias están servidas cuando plantea que "la filosofía define la libertad como capacidad de autodeterminación, con lo que ser artista es ser libre y ser libre es ser artista. Y cuando el hombre es libre, juega y se desentiende. Su libertad es la única norma. El arte formal es la traducción plástica de la moral formal." (Págs., 168-169). En el fondo de toda esta serie de formulaciones, subyace el miedo a perder el referente de la realidad, tal y como se ha entendido por el realismo ortodoxo, que arranca de la tradición dieciochesca. Porque en su ánimo está el volver al realismo plano y mostrenco del
lo que pasa en la calle, que apuntara irónicamente Antonio Machado. Hay una nostalgia de Razón y un miedo a las diferencias a las que nos convoca la posmodernidad, tal y como nos indica Vattimo
(La sociedad transparente, Barcelona, 1990).
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PORTADA OBRA COMPLETA. TOMO I. |
Y si la poesía es una forma de libertad, entendiendo que hablamos de poesía a partir del cómo se dicen las cosas, esa libertad se ejerce también en su poética a través de una actitud de permanente experimentación verbal, de constante tensión creativa. Los niveles de rigor y de autoexigencia formales resultan sorprendentes en sus textos, lo que le ha comportado esa etiqueta de oscuro, en sentido parecido en que se decía de Góngora. Y es cierto que lo es, en muchos tramos de su obra, y él lo sabía, y a veces acentuaba su elitismo expresivo, su
aristocraticismo intelectual, como bien ha señalado Fernández de la Torre, refiriéndose a su primera escritura, a sus primeros libros, en el texto introductorio a
su obra reunida, titulado "Un papel de murmullo. Notas para el proceso de sentido en la producción de Miguel Fernández", al recordar que "De alguna manera, pues, los primeros tanteos de Miguel Fernández suponen un cierto aristocraticismo intelectual, un quiebro de la norma poética dominante hacia una concepción intelectualista del hacer poético" (Pág., 22). No es necesario insistir mucho en lo reticente que ha sido la crítica oficialista para con estas posturas. En el momento en el que el poeta se desvía de la norma imperante, fundamentalmente realista, objetivista, contenidista, antiformalista, es puesto en la picota, o marginado, o silenciado o ninguneado. Y esto lo vivió Miguel, a pesar incluso de los importantes reconocimientos que recibió a lo largo
de su trayectoria creadora.
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LA QUE GUÍA NUESTROS PASOS |
Pero en nuestro país es muy difícil de erradicar esa suspicacia hacia las tradiciones literarias que se apartan de la sacralización de lo obvio. Y la obra de Miguel Fernández se inserta precisamente en las antípodas del cotidianismo, del anecdotismo poético imperante. La suya es una poesía que enlaza con la tradición del barroco, que asume el legado romántico, y que se se potencia con las conquistas del simbolismo y del modernismo, para anticipar los modelos -ya formado convenientemente su discurso- de las estéticas antirrealistas de las décadas del setenta y del ochenta, como ya apunté más arriba. Esto explica que su obra haya tenido una compleja recepción,
no sólo en los comienzos, sino de manera especial en la última década, en la que la poesía políticamente correcta se define por su prosaísmo, por su insulsez lingüística y por su dogmatismo tardorrealista y clónico. Miguel no habría dado crédito a esa tomadura de pelo, tan significativa no obstante, que proveniente nada menos que de Miguel García Posada, crítico de
El País, pretende hacernos creer que el verso del poeta Luis García Montero
si me llamas, amor, yo voy en taxi, se puede considerar como el mejor endecasílabo de la poesía española del siglo XX. Así están las cosas en estas postrimerías. Esta es, y no otra, la gran devaluación a la que se nos invita. Esto es a lo que se llama "la línea clara" de la escritura. Y lógicamente, desde estos supuestos, resulta muy arduo reconocer lo que su obra tiene de transgresión, de innovación, de propuesta refrigerante y precursora.
Miguel Fernández era un gran intuitivo. Ya en su primera poética de 1968, redactada para la antología de
Poesía religiosa de Leopoldo de Luis (Madrid, 1969), se amparaba para expresar su sentido religioso del hecho poético en "la concepción cuántica de Planck", en la que "llega a hacerse ley un postulado intuitivo para la Física: esas constantes de luz sincopada, intermitentes y cuyo cúmulo total de energías dependerá de la intensidad de aquellas vibraciones recibidas"
(Obra completa, T. II, pág., 636). Y son estos dos extremos los que quiero comentar brevemente, para determinar la perspectiva de mi lectura de su obra. Me refiero, por un lado, al sentido espiritual, metafísico, religioso, de su escritura, que no me cansaré de defender, y que el poeta declaró por activa y por pasiva siempre que fue interrogado sobre ello, al margen del testimonio insoslayable de los propios poemas como argumento de autoridad; y, por otro lado, a esa noción sorprendentemente anticipatoria que le hace recurrir nada menos que a la física cuántica para ilustrar algunas de las claves de su pensamiento. Y digo esto porque, como expresaré más adelante, coincide con un movimiento estético general, que está ahora en pleno vigor y que, una vez superada la posmodernidad, se abre camino fundamentándose en las teorías de Planck y de toda su escuela, en la psicología de Jung, en el llamado pensamiento borroso de Bart Kosko y en el
pensamiento complejo de Edgar Morin.
Pero vayamos por partes: Miguel Fernández es, a mi entender, un poeta religioso, en el sentido de que uno de sus principales objetivos es el de perseguir la trascendencia, es decir, no puede concebir el verse recluido en lo que podríamos llamar los límites objetivos de esta realidad, que considera insuficiente para una explicación satisfactoria de lo que nos ocurre, de lo que nos sucede. Por eso persigue esa
otra realidad, que intuye, que le invita y a la que se acerca a través de la reinvención de lo contemplado. Muchos son los argumentos que nos autorizan a llevar a cabo esta interpretación: las propias declaraciones del poeta a lo largo de toda su vida; la insistencia desde la creación en ese mundo de constantes espirituales, desde distintas perspectivas y con variadísimos matices, que irían desde unas posiciones más próximas a la herencia judeocristiana de sus primeros textos, hasta unos planteamientos más panteístas en sus últimos libros. Y es que el arte está íntimamente ligado con lo religioso-mistérico, desde sus orígenes, como nos recuerda Ricardo Molina en su interesante ensayo
Función social de la poesía (Madrid, 1971), en donde repasa las distintas concepciones del creador desde la era preliteraria hasta la edad moderna, sin que se pierda nunca del todo, en el peor de los casos, esa dimensión escatológica determinante de su condición. D. H. Lawrence defendía que "hay que ser terriblemente religioso para ser artista" y Dámaso Alonso, a quien recurre Miguel Fernández en una de sus poéticas, aseguraba al frente de
Escrito a cada instante de Leopoldo Panero que "si la poesía no es religiosa, no es poesía, pues toda poesía -directísima o indirectísimamente- busca a Dios". Claro que mantener estas teorías en un siglo en el que, como dice Graham Green, se ha perdido el sentido del milagro, resulta tarea difícil. Pero aún así Miguel Fernández ha venido defendiendo su entendimiento religioso del fenómeno poético. No desde la óptica de la beatería ramplona e intrascendente, como es de esperar, sino desde una vigilia de permanente búsqueda, desde una actitud de infatigable indagación, desde una sed real de conexión con esos planos superiores de cuya existencia tiene absoluta certeza el poeta, aunque no pueda, como es lógico, formular con demasiada precisión ni su alcance, ni sus límites, ni suerte alguna de definición que no sean sus visiones líricas o sus sospechas en la reflexión que lleva a cabo cuando
trata de fijar su poética.

LECTURA POÉTICA EN ALICANTE (1952) |
Incluso cuando recurre a las escenografías profanas o a las perspectivas paganizantes, persiste ese trasfondo de creencia en un mundo de mitos, de símbolos, de modelos, que actualizan su convicción de que el poema puede abrir vías de comunicación, de mediación, con ese lado otro de lo real, del que le llegan señales, indicios, presentimientos, visiones, etc. Él no dejaba de repetir la consigna de Ezra Pound que entiende al creador como "antena de la raza". A mí me lo repetía continuamente y yo, asentía con él. Sólo le ponía el reparo de que frente al término raza, que me daba un poco de escalofrío, prefería esa otra traducción que cambia esa palabra por la de especie. Y además Miguel entendía que esa sensibilidad especial lo hacía distinto del común de las gentes. Este hecho le empujaba siempre a frecuentar el lado mágico de las evidencias, cosa que hacía persuadido como Antonio Machado de que "el alma del poeta se orienta hacia el misterio". Son incontestables, a este respecto, las declaraciones del escritor en su texto de 1992 titulado "Mi entendimiento del fenómeno literario" cuando advierte: "Lo religioso, que es una abstracción, abastecerá esta idea que vengo manteniendo sobre el sentido mágico de la escritura. No quiero decir que se haga en exclusividad una literatura eclesial o teísta; ya lo hicieron tanto los místicos como los sufíes. Diría, como Dámaso Alonso, que toda Poesía es religiosa, aunque cante al amor, lo social o lo épico. Poesía es, como el tema divino, una interrogación sobre lo Absoluto. A raíz de mis tres primeros libros se me situó como poeta religioso, siendo antologado en la Antología de la poesía religiosa española. Si así fue es por haber testimoniado, a lo largo de mi discurso de esos tres primeros libros, un sentido de religiosidad, predominando sobre sus textos, o constituyendo la base única de los mismos"
(Obra completa, T. II, págs. 651-652). Observemos que escribe Poesía con mayúscula magnificadora, al igual que hace con la palabra
Absoluto, lo que no deja de ser significativo. Y hacia el final del texto que acabo de citar insiste: "mi literatura siempre se dará de bruces con la punta de lanza de lo que entendemos como Misterio Absoluto, -también con mayúsculas- término de viaje, al fin y al cabo, de cualquier planteamiento
del problema del misterio" (Pág., 654).
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PORTADA DE LA REVISTA ALDABA |
Nadie puede desvirtuar esas confesiones, que además son de escritura tardía y por tanto ofrecen una reflexión madura y ponderada sobre lo que entendía había sido su devenir. Si le arrancamos a su poética esa dimensión mistérica e interrogante, estamos falseando la esencia de su discurso. Se trata simple y llanamente de un ejercicio de encubrimiento de lo que el poeta siempre pensó sobre su obra; un encubrimiento que nos aleja del propósito real de su credo y nos hurta su alcance. Existen otros muchos textos que podríamos aducir como complemento de esta vertiente constitutiva de su escritura. No quiero ser prolijo, pero sí recordaré antes de finalizar con este aspecto
la carta que me dirigió el 10 de agosto de 1978 desde Melilla, que cité por vez primera en el ciclo de homenaje a su memoria como ilustración de mi texto "Miguel Fernández: los territorios espirituales" (Rev. Aldaba, nº 23, Melilla, 1994), en la que me comentaba su deseo de reunir en una antología toda su poesía marcadamente religiosa, lo que no llegó a cumplir. El libro se iba a llamar
Antifonario, pero nunca vio la luz... Así que yo no entiendo por qué razón se empeñan algunos críticos en contravenir las propias manifestaciones del poeta o en reemplazar sus significados improvisando teorías alternativas que poco o nada tienen que ver con su auténtica voluntad, con sus metas estéticas y mucho menos con la verdad inherente que palpita en infinidad de poemas a lo largo de toda su trayectoria lírica. Y es que Miguel Fernández, como ha confesado de sí mismo José
Ángel Valente hace pocas fechas, también se ha pasado toda su vida "esperando la revelación", y la revelación nunca la espera el incrédulo. Precisamente así denominaba Arcadio López Casanova su poética, en un importante trabajo, que fue leído en su homenaje póstumo y recogido de igual forma en el número 23 de la revista
Aldaba. Aunque disienta en parte con lo que él expresaba, puesto que si recurriendo a Hölderlin y a su ausencia de los dioses, el poeta es el que suple ese vacío, esa ausencia, resulta un poco extraño que pueda transmitir señales a los demás, confortarlos en la noche del mundo, o en los tiempos menesterosos... Yo más bien pienso que había en él una nostalgia similar a la que Fray Luis nos enseña en su poema "En la ascensión". Yo leo, más bien, un orfandad parecida a la del maestro de
León en su reclamo.
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EL CADAVER DE BALZAC |
El otro aspecto que quería comentar es el de su referencia a la física cuántica. En ese sentido me parece verdaderamente sorprendente que su intuición le orientase hacia este mundo. Porque ha sido precisamente ahora cuando nos hemos percatado, gracias a la ciencia, de que materia y espíritu se identifican, es decir, que la materia tiene un componente espiritual, que la materia, en efecto, puede ser
sagrada, como dejó signado en su segundo libro. En una armonía insospechada las ciencias y las artes han vuelto a reencontrarse y ahora caminan juntas. Desde este supuesto parte la llamada estética cuántica, que aporta nueva luz sobre muchas de las constantes de su obra.
En un interesante ensayo titulado "La trasgresión del camino literario cuántico", recogido en su libro
El cadáver de Balzac (Alicante, 1998) el novelista y ensayista Gregorio Morales, traza las líneas maestras de esta otra manera de entender el fenómeno de la creación. Dice allí entre otras cosas: "la estética cuántica ... identifica materia y espíritu; cree en la teoría de la inseparabilidad, según la cual los electrones más lejanos del Universo se influyen recíprocamente; bebe en Jung antes que en Freud; busca el cambio interior frente al
lifting o el new look; ante el fisiologismo generalizado, le interesan el erotismo, el amor; se preocupa por lo extraordinario, antes que por lo común; sostiene que A y no A pueden ser al mismo tiempo; considera falsa la claridad excesiva, y legítimos y verdaderos, lo incierto, lo ambiguo, lo contradictorio; resalta la madurez, en contra del juvenismo; revaloriza el símbolo, atemperando la sobrevaloración del objeto; prima la diferencia por encima de lo gregario, el misterio sobre las explicaciones reductivas, las conquistas del yo a expensas de la irracionalidad..." (Págs., 15-16).
¿No estamos muy cerca de los principios que informan la poética y la actitud ante la poesía de Miguel Fernández? ¿No encajan estas premisas con las que defendía el poeta, desde sus sospechas? ¿No definen, de algún modo, muchos de los caminos que persiguió a través de sus versos? Recuerdo que a menudo hablábamos de las
sincronías, es decir, de esas conexiones que se dan entre los planos psíquico y matérico y especulábamos... Además esta nueva concepción defiende un nuevo humanismo, un regreso a lo humano, pero a lo humano trascendente y apuesta por la belleza y por la libertad. A esto me refería cuando afirmaba que su credo es una demanda de libertad y un camino hacia la libertad. Él fue siempre un esteta y en su código de valores, libertad, verdad y belleza eran tres formas de llamar al mismo norte, de perseguir
un mismo destino:
Si el deseo nace de esa libertad,
dame el claro deseo de la sed.
Porque el ahíto amará la blancura de las telas
y la nube que se deshace en los dedos del infante.
El bienhechor cortará el pan con su corazón
y otorgará el cuenco de miel al niño más sonriente.
El cazador pedirá perdón por el venado inútil
y el fuego que lo dora semejará un rubí de Dios.
(O.C.T. I, pág., 89)
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MIGUEL FERNÁNDEZ CON EL BÁ-CULO DE SAN JUAN DE LA CRUZ.
CONVENTO DE LOS CARMELITAS DE GRANADA |
Esos eran los primeros versos de su primer libro y ya latía en ellos esa pasión por la libertad.
No al modo de la del luchador romántico, sino más bien como fundamento trascendente del ser.
Él fue un poeta libre, en un entorno de compromisos y de componendas y ejerció su diferencia y
la acentuó a través de un estilo que nos abre las puertas de un mundo profundamente personal,
puesto que nunca hizo concesiones a la facilidad. Así nos lo confesó más de una vez a muchos
y así lo dejó escrito en artículos y poéticas. Como la que redactó en 1986 para una antología
titulada Cincuenta poetas españoles contemporáneos, que luego me remitió en 1989,
a instancias mías para el suplemento Azul de un periódico de Jerez de la Frontera, que yo coordinaba.
Allí se editó con el título de Poética hasta hoy.
En ella insistía el poeta: "Antes de nada haré la confesión de que mantengo un horrísono temor a lo fácil.
El pedestrismo es ya, de por sí, enemigo de la estética; como lo es igualmente de otra cualquier relación,
la social, por ejemplo" (O. C., T. II, págs., 643-644). Y así como huía del facilismo que nos estanca,
se aferraba a la libertad, que es la sustancia ambigua que nos define como seres humanos.
No está por ello muy lejos de lo que escribió Octavio Paz, a quien admirábamos los dos, en uno de sus últimos libros de ensayos
La otra voz. Poesía y fin de siglo (Barcelona, 1990). Decía el poeta mexicano: "Pronto descubrí que la defensa de la poesía, menospreciada en nuestro siglo, era inseparable de la defensa de la libertad". Una libertad que definía -y con esta cita termino- como "un movimiento de la conciencia que nos lleva, en ciertos momentos, a pronunciar dos monosílabos: Sí o No. En su brevedad instantánea, como a la luz del relámpago se dibuja el signo contradictorio de la naturaleza humana" (Pág., 57). Leer a Miguel Fernández, en fin, es para mí recordar el camino que él supo trazar, como hombre y como poeta, desde la libertad que siempre guió sus pasos.
Ojalá que también pueda guiar los nuestros.
JOSÉ LUPIÁÑEZ
12 -5- 2000
(subir)