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FEDERICO GARCÍA LORCA |
Permitidme que os lea estas notas, estos testimonios, estos recuerdos, estas impresiones sobre los dos poetas mayores que nos convocan con sus versos recientes. Y permitidme que evoque inmediatamente el arranque de la bellísima
Alocución de Federico al pueblo de Fuente Vaqueros, que conocen ahora muchos de nuestros estudiantes, gracias a la magnífica iniciativa de la Diputación de Granada. Y si lo hago es porque con ese mismo espíritu he querido guiar estas palabras... Decía Federico en aquel texto memorable:
Queridos paisanos y amigos: Antes que nada yo debo deciros que no hablo sino que leo. Y no hablo, porque lo mismo que le pasaba a Galdós y en general, a todos los poetas y escritores nos pasa, estamos acostumbrados a decir las cosas pronto y de una manera exacta, y parece que la oratoria es un género en el cual las ideas se diluyen tanto que sólo queda una música agradable, pero lo demás se lo lleva el viento.
Y yo no quiero que el viento se lleve estas palabras que saludan la aparición de un proyecto verdaderamente ejemplar: el que está poniendo en marcha de forma heroica el editor Ángel Moyano. Me refiero a la colección poética de
Port-Royal, nuevo capítulo de un sueño editorial mucho más amplio, que va conformando sus primeros logros; un sueño que habría que mimar, porque es profundamente nuestro y nos representa. No estoy hablando de las nubes, sino de libros concretos, editados aquí, en nuestro entorno,
de la manera en que sabemos hacerlo.
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PORTADA ANTOLOGÍA |
Hace unas semanas se presentaba con todo éxito por el escritor Gregorio Morales la antología de Fernando de Villena
En la misma ciudad, en el mismo río... (Poetas granadinos de los 70), el primer título de esta serie lírica. Un trabajo selectivo que lleva a cabo el recuento necesario de las voces poéticas granadinas más emblemáticas que se dieron a conocer en aquella década. La aparición de este texto supone un homenaje a los autores adelantados que sólo la ruindad o la desfachatez de algunos controladores interesados de medios o tribunas han pretendido silenciar. Casi con cuentagotas hemos sabido de estos nombres que la integran y de esas obras suyas a las que
volverán otros corazones menos viciados y más ajenos a esas guerras envidiosas e innecesarias. Nombres mayores, sí, de la poesía granadina y andaluza que supieron anticipar caminos, que otros después vendrían a predicar recién descubiertos por ellos. Todos sabemos, afortunada-mente, cómo el tiempo pone en su sitio a los advenedizos y a los ruidosos que tratan de hacernos creer que su vacío, su única nuez foradada vale algo, ante el despliegue magistral de estos grandes poetas que los abochornan con su magisterio, con su ingenio de ley, con la permanente sorpresa de su obra bien hecha. Y al par que homenaje, no deja de ser también -todo hay que decirlo- un ajuste de cuentas con quienes pretenden arrancar de nuestro paisaje lírico árboles tan robustos, tan frondosos e imprescindibles. De no existir éstos, sólo tendríamos páramo, no nos engañemos...
Con razón argumentaba Fernando de Villena en el prólogo refiriéndose a los autores seleccionados Pablo del Águila, Narzeo Antino, José Heredia Maya, Juan J. León, Juan de Loxa, Enrique Morón y Carmelo Sánchez Muros:
Afirmo ahora sin vacilaciones que en esa etapa en Granada se escribía la mejor poesía de toda España. Claro que esa etapa, en la falsa historia de la literatura, esa que siempre huele a oficialidad y montaje, vino a identificarse con la flojísima antología de los
novísimos. Y más adelante no se olvidaba de referir una característica del grupo sobre la que otros han pasado de puntillas y que, a mi juicio, me parece importante, entre otras razones porque apuntala un doble magisterio: el de la palabra; la preocupación por el estilo desde altos niveles de exigencia y el de la razón ética o cívica de hombres comprometidos con su circunstancia histórica. Por eso también apuntaba con mucha lucidez Fernando de Villena:
Otra característica general de los poetas aquí reunidos es que casi todos ellos, desde una posición de izquierdas, participaron en recitales, actos e incluso algunos escribieron textos conducentes a acabar con la dictadura e instaurar la democracia en nuestro país, aunque también ahora muchos de estos poetas muestren el desencanto ante la farsa capitalista que domina España. Y yo añadiría que un poco de amargor en todo este paisaje lo pone el ninguneo al que se han visto sometidos por instituciones obnubiladas con espantajos y por otras sectas con poder decisorio que han demostrado un gusto de la peor estofa con su preferencia descarada por esa especie de poética neosindical, tan desesperantemente pobre y limitada.
Pues bien, tras este primer título significativo, nos reúnen ahora los versos de dos libros distintos que han visto la luz en la misma serie y que pertenecen a poetas de diferentes promociones: los
Senderos de Al-Andalus de Enrique Morón y El reloj del infierno de Antonio Enrique. Los dos poetas están con nosotros y darán noticia de su obra y nos leerán algunas muestras para deleite de todos... Los conozco bien a ambos, porque formamos parte de un grupo de escritores amigos y compartimos un ideario ético y estético bastante coincidente y hemos participado en numerosos actos y proyectos comunes. En Granada hemos apostado por un poesía de lenguaje, que no pierde de vista la mejor tradición de nuestra literatura. Nos importa la belleza y el ideal; buceamos en el misterio que nos ofrece la vida; nos preocupan las formas y denunciamos con toda contundencia la injusticia, el dolor o la miseria que se sufren desde la condición humana, porque hablamos al hombre no desde el gabinete que nos facilitó el poder de forma oportunista, sino desde la conciencia solidaria del ciudadano de a pie. No hemos buscado nunca el premio o el aplauso gratuitos, ni alcanzar tal o cual prebenda. No impostamos la voz, ni edulcoramos el mensaje con las consignas recicladas de viejas militancias. Nuestro primer compromiso, como escritores, quiere serlo con la Literatura y con el tiempo que nos ha tocado vivir. Esas cosas nos unen, entre otras, y la amistad, una amistad firme y fraterna, que es la que nos empuja a
seguir manteniendo encendida la hoguera de la ilusión.

ARTISTAS Y ESCRITORES ASISTENTES AL ACTO |
En ese grupo nuestro, en el que se dan cita promociones distintas, me gusta imaginarme a sus individuos encarnado roles diferenciados. A Enrique Morón siempre lo he visto como un patriarca dueño de un territorio mítico: el de su lugar de origen. La Alpujarra es referente continuo en su obra, en su doble vertiente: la de la naturaleza y la del paisaje humano. Ese territorio vertebra su escritura y se convierte en elemento permanente, suministrador de un magma que impregna su voz y su mensaje. Por muy distante que se vea, en apariencia, cualquiera de sus libros de este paradigma del que hablo, siempre intuyo su protagonismo derramándose en modos y maneras, conformando su especial sentido de la realidad, dibujando el color de sus sueños o sorprendiéndonos con la melancolía de sus meditaciones. Así lo vi en una de esas aventuras comunes a las que aludía antes, cuando en el libro colectivo
Églogas de Tiena, canté al poeta, convertido en el pastor Morinio, monarca de su entorno:
Monarca así por los otoños lentos
y por los campos rojos de mis tierras
secretos contemplaba, frutos y aves...
Yo era un pastor jovial, no había lamentos
ni en valles míos ni en las blancas sierras.
Eran aquellos aires tan suaves
que hasta los trinos graves
su dicha me dejaban
cuando hasta mí bajaban
desde la más remota lejanía,
con sus dorados sueños de armonía.
Por eso y sin recelo
busqué en la serranía
Paisajes del amor y del desvelo.
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ENRIQUE MORÓN |
No es éste el momento de demorarse en la más que cumplida trayectoria de un poeta esencial, como es el caso de Enrique Morón. Recordaré, no obstante, como ya he dejado dicho en otras ocasiones el hecho de que tras una prehistoria poética de varios títulos, ejemplo de su precocidad, y a los que renunció el autor, puede decirse que su obra ya madura se inicia en 1970 con la edición de
Paisajes del amor y el desvelo, que vio la luz en una de la colecciones más importantes de la época: me refiero a la serie de
El Bardo, dirigida por el también poeta José Batlló. Desde entonces su producción se ha ido enriqueciendo con obras que permanecen
en la memoria de muchos lectores de poesía y que en su tiempo fueron hitos para no pocos iniciados. Así, en la misma serie barcelonesa, se publican dos años más tarde sus
Odas numerales, título al que siguen Templo (Universidad de Granada, 1977),
Bestiario (Ámbito Literario, Barcelona, 1979), Cantos adversos (El Bardo, Barcelona, 1985) y
Crónica del viento (Alfar, Sevilla, 1988). Todos estos libros se incluyen, junto con los inéditos
Soledad y Sereno manantial en su obra reunida que tuvimos el privilegio de editar en la colección
Ánade, bajo el nombre de Poesía (1970-1988), (Ediciones Antonio Ubago, Granada, 1988). Preside este volumen, de obligada consulta, un breve prólogo que solicité al autor -poco amigo de reflexiones críticas sobre la creación propia- en el que, no obstante, se aclaran muchas de las claves y de los ejes temáticos de su poética. Desde entonces han aparecido nuevos poemarios:
Despojos (Ánade, Granada, 1990), La brisa de noviembre (Campo de plata, Granada,1995),
Veredas (Almería, 1995), Otoñal Égloga (Granada, 1996) y Cementerio de Narila (Órgiva, 1998)... Una obra, como se ve, marcada por entregas de una altura lírica indiscutible. Pero es que Enrique Morón es un escritor de una vitalidad creadora envidiable, como le ocurre a Antonio Enrique. Son escritores que escriben, que trabajan, para pasmo de muchos que con cuatro soplillos se quieren encaramar a no sé donde. Por eso miran hacia otro lado si les hablan de autores con obra. Y el caso es que a toda esa producción hay que añadir dos títulos más aparecidos en 1999: el libro que hoy nos ocupa,
Senderos de Al-Andalus y Del tiempo frágil (Batarro, Almería) libro precedido de un texto revelador escrito por el poeta Juan J. León, uno de los mejores estudiosos y conocedores de su obra...
Además sería preciso recordar también que, más recientemente, ha comenzado a publicar su obras dramáticas. Porque Enrique Morón también es hombre de teatro y ha llevado consigo esta vocación desde muy antiguo. Lo que ocurre es que esta otra vertiente de su estro era un poco secreta y ha sido en estos últimos años cuando el escritor ha decidido darla a conocer y representar algunas de sus piezas ayudado por sus propios hijos Maria del Mar y el actor excelente que es Antonio César, en la puesta en escena. Algunas de ellas han visto la luz y han sido representadas en diversos escenarios. Así
La mecedora (Órgiva, 1998) y La trilogía del esparto (Motril, 1999), que incluye
Fin de año, La noche de los perros y Las flores del ocaso, y que apareció precedida de un estudio del profesor Blas López Ávila. Y eso no es todo, porque sabemos que conserva inéditas un buen número de ellas, algunas de las cuales nos ha leído en
la intimidad de su retiro de Cádiar a sus amigos.
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SENDEROS DE AL ANDALUS |
Pero no es ésta la ocasión de hablar de su teatro, sino de saludar su penúltima apuesta y de asomarnos un poco a esos
Senderos de Al-Andalus, como en otro momento tuve la oportunidad de perderme por sus Veredas. No quiero ser prolijo y sólo me limitaré a apuntar algunas impresiones generales que su lectura me produjo cuando conocí la obra en manuscrito. Entonces percibí, una vez más, lo que Fernando de Villena apunta con agudeza en la antología antes citada al hablar del poeta, y es que
nos encontramos ante un autor que ha hecho religión de la poesía; sentido último de su existencia la hermosura y el temblor de la palabra. Esta sensación asalta al lector que
se anima a descubrir su mundo, a través de un libro tan minuciosamente concebido como es
Senderos de Al-Andalus. En efecto, nos encontramos ante un ciclo lírico que recrea, de forma monográfica, el tiempo, la cultura arabigoandaluza, los personajes protagónicos de aquella edad, las ciudades, el ruido de aquella vida, que sigue palpitando en nuestra sangre. Porque esa emoción primera nos transmiten las rutas que nos marca el poeta: la del
esplendor Omeya, la de Los reinos de Taifas, la de la Esencia nazarí
y la de Los moriscos. Es decir: la del éxtasis, la de la desmembración, la del perfume y la de la nostalgia. Al leer los poemas de estos
Senderos de Al-Andalus, nos da la sensación de que es verdad, de que aún resuena en la conciencia...; no se nos va de la memoria el recuerdo del antiguo esplendor hispanoárabe. Y nos damos cuenta real de que, tallándonos el corazón o diluida en la sangre, nos conforma. Por eso se vuelve, se torna a esa cultura como quien regresa a la casa solar. Y por eso elige el poeta un lenguaje muy plástico; un lenguaje que es filigrana verbal y profundamente pictórico -insisto-, para transmitirnos la razón de ser de tal regreso; un lenguaje, en fin, en total concordancia con el asunto elegido,
con el universo policromo y multiforme que recrea:
Es la ciudad sonora sinfonía
de mestizajes: árabes y cristianos
y judíos, conversan y cohabitan
y se aman
bajo la misma luz y el mismo cielo
plural y plateado
de las concavidades de la luna:
buhoneros y adivinos,
músicos vagabundos, contadores
de cuentos y exhaladores
de sahumerios. Todos
contrastan y se agitan por las calles
de la vieja medina. Sollozan los aljibes
lágrimas doloridas. Negros ojos,
tras sedas flameadas y turbantes
de nieves albas,
hacia la gran mezquita,
bosque de esbeltos fustes, se dirigen.
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SEVILLA |
Libro, pues, de nostalgia, de recuento, que nos invita al paroxismo de su sensorialidad, que nos acoge en su éxtasis sensitivo, para cuyo goce resulta primordial el empleo de una escritura riquísima de matices visuales, táctiles, olfativos, etc., que tienden a un cántico idealizador al que
siempre nimba la belleza. Ese recuento se lleva a cabo con el amparo de una documentación de fondo que imprime enorme solidez histórica al conjunto poético que se nos brinda. Me consta que el poeta Juan J. León -actuando desde su faceta de historiador- ofreció al autor numerosos textos sobre la época que le sirvieron de referente para esta reconstrucción de los itinerarios perseguidos. El resultado ha sido este acercamiento ejemplar en el que percibimos con asombro un envidiable equilibrio entre verdad histórica y recreación mítica.
Ni que decir tiene que siguen aquí vigentes otras claves habituales en su poética. Así, por ejemplo, la recurrencia a la naturaleza es constante, como en sus libros anteriores. Fauna, flora y paisaje acuden a potenciar las deslumbrantes metáforas que esmaltan los poema. El espectáculo que los versos propician se conforma con la creación de un espacio en el que la pedrería sirve de muestra de ese lujoso acercamiento a un ideal de belleza, heredado del pálpito arabigoandaluz:
...¡Oh, presencia / alhajada de perlas y esmeraldas/ y brazaletes de oro! Y diademas/ diamantinas, y pulseras/ donde exhala el rubí su consistencia/ y el topacio su ámbar... Hay también una toponimia que subraya el protagonismo de dos ciudades, las de Córdoba y Granada. Pero otras muchas jalonan su canto y aportan el raro perfume que el recuerdo moroso convoca: Bagdag, Damasco, Alejandría, Atenas, Bizancio, Sevilla, Medinaceli, Almería, Játiva, Agmat, Fez, Marrakés... Y territorios de amplia connotación histórica y humana: la borrosa Castilla, la Alpujarra, las tierras que fertiliza el Guadalquivir, el Valle de Andarax o esa
Arabia clara/ con sus lunas o ríos como alfanjes... Al igual que son importantes las presencia de personajes protagónicos de aquella edad, a los que sorprende el autor en sus reflexiones o aboceta con brío, trazándonos el perfil de sus vidas de leyenda: los tres Abderramanes, Al-Hakan II, Almanzor, Ibn-Hazm, Averroes, Almutamid, Boabdil, etc. Héroes de una epopeya que surgen al ritmo doliente de la rememoración del poeta. O los espacios que se cruzan: riberas de los ríos, palacios, jardines, mezquitas, callejas laberínticas, en las que el rumor del vivir trae la esencia ardiente de aquella forma de ser que nos ha marcado y
en la que nos reconocemos tan fácilmente.
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CÓRDOBA |
Libro, digo, solar, de plenitud, en el que la metáfora arracima grande-zas
y el símil atrae realida-des que sorprenden, y en el que cunde un proceso
vivificador de lo inerte, a través de la personifi-cación o el apóstrofe. Libro,
en fin, de letanías y de enumeraciones en el que se prodiga un eficaz ejercicio
del tono exclama-tivo. Las glorias del pasado y sus sombras desfilan y una nostalgia que no nos resulta ajena nos va invadiendo mientras nos hermanamos también con aquellos que cruzaron el mar con la cabeza vuelta hacia las heredades abandonadas:
..¡Grande es Alah/ y misericordioso! Los moriscos/ caminan cabizbajos, han perdido/ todas sus heredades.¡Oh Granada, / Granada! ¡Cuánto te di y en cambio/ cuán poco me dejaste! ... Este es el mundo que he vivido a través de
Los senderos de Al-Andalus, un mundo hermoso y dramático. Leedlo y veréis que no miento.
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ANTONIO ENRIQUE |
Y de un representante máximo de la promoción del setenta a una voz imprescindible de los ochenta. Me refiero, claro está, a la de Antonio Enrique, poeta, novelista y ensayista más que conocido, porque es también dueño de un universo muy personal, de un timbre propio que no se parece a ningún otro. Si en Enrique Morón el mundo es hermosura y nostalgia, belleza y melodía, en este otro universo de Antonio Enrique la vida va cobrando tintes sombríos y se acerca al terror y al goce doloroso. En nuestra cofradía del
Beatus Ille, Antonio Enrique siempre fue para mí el mágico prodigioso, porque es nuestro Merlín, nuestro brujo, nuestro vidente al modo rimbaudeano. Nuestra amistad tiene ya un
cuarto de siglo. De hecho fue el primer poeta de mi generación que conocí en Granada y de una forma insólita que he referido en alguna ocasión y que os ruego me permitáis evocar de nuevo aquí:
Una tarde de septiembre o principios de octubre de 1974 lo vi salir de la biblioteca pública tras mantener con el bibliotecario una breve conversación en la que le daba aviso de la aparición inminente de sus primeros versos. ¡Cuánta ilusión había en sus palabras! ¡Qué contagiosa alegría en los adelantos y pormenores que refería de su obra! Tanto fue así que, intrigado, le seguí de lejos por el Paseo del Violón. Empezaba a oscurecer y Granada -su Granada del Universo- nos obsequiaba con un cielo sangriento, lleno de franjas indescriptibles, de tensión y de fuerza. Un cielo que debiera haber figurado en lugar preeminente de todo Crepusculario. Lleno de curiosidad le seguía -digo-, a distancia prudente, observando sus movimientos hasta que se detuvo cerca de un banco próximo al quiosco de la música. Me fui aventurando y, al llegar junto a él, me percaté de que algo recogía del suelo. Se trataba de algunos fragmentos de una vieja fotografía de la Alhambra que alguien había osado romper sin la menor consideración. El poeta la recomponía con parsimonia, como el que encaja las piezas de un puzle, cuando yo llegué a su lado y me presenté. Mascullaba entonces palabras contrariadas para quien hubiera cometido aquella afrenta contra el palacio que le había servido de inspiración y yo comprendía -más tarde lo entendería mejor- su
indignación.
Esta es la estampa primera que guarda mi memoria del poeta que, por aquel entonces tenía entregada a la imprenta su opera prima, una selección de su
Poema de la Alhambra, que apareció en las librerías a comienzos de 1975. Escritor de obra copiosísima y plural ha publicado centenares de artículos y está considerado como uno de los críticos más atentos al panorama actual de nuestra literatura. Como poeta el libro que hoy nos ocupa hace el número catorce de los editados. Voy a recordar los títulos porque, a través de ellos, se adivinan las atmósferas que elige su sensibilidad para construir un discurso verdaderamente nuevo y muchas veces provocador por su hondura de contenidos y por su grandeza expresiva. Yo, simplificando mucho, los dividiría en dos grandes momentos, que vendrían a coincidir, aproximadamente, con la década de los ochenta el primero, y con la de los noventa el segundo. El primero es más luminoso, tiende a la exaltación, se demora en la reflexión cultural, es más sensorial y más experimental con el lenguaje, y abarcaría desde el
Poema de la Alhambra (1974), pasando por Retablo de Luna (1980),
La Blanca Emoción (1980), La ciudad de las cúpulas (1980), Los cuerpos gloriosos (1982),
Las lóbregas alturas (1984), hasta Orphica (1984), que a mí me parece un punto de inflexión en su trayectoria, un libro que cierra el primero y abre un segundo momento de su lírica.
Ese segundo momento comprende las obras:
El galeón atormentado (1990), Reino Maya (1990), La Quibla (1991),
Beth Haim (1995), El sol de las ánimas (1995), Santo Sepulcro (1998) y el que hoy nos ocupa
El reloj del infierno. En ellos noto que el mundo se vuelve más sombrío, que hay más tinieblas, y predomina un inquietante tratamiento de lo mortuorio y terminal. Aunque su risa de cascada pudiera aparentar que lo desdice, el tema de los cementerios, profusamente tratado en esta etapa, podría ser ejemplo de lo que afirmo. Noto en estos versos un acento mayor de lo visionario, una fundación de nuevas escenografías cósmicas y una tendencia a la parábola o a la alegoría y a toda suerte de simbolismos, para llegar más pronto a las conciencias. Se trata, por otro lado, de un decir más pesimista, que resuena como un presentimiento, y que cuenta con un elemento esencial para resultar absolutamente convincente: su lenguaje, su estilo, que yo creo proveniente de estirpes barrocas y de autores como Rubén Darío, Valle Inclán, Miró o Aleixandre. La versatilidad expresiva y la fuerza metafórica y fabuladora creo yo que son las características más sobresalientes de ese estilo, enormemente plástico y sensitivo. Otro elemento hay que añadir a este boceto atropellado: la capacidad de sorpresa, que se aprecia de forma singular en la elección del punto de vista, siempre inesperado, en el tratamiento de sus temas.
No puedo detenerme en esa otra importante vertiente de su obra, la narrativa. Sí recordaré los títulos, por la misma razón que antes apuntaba. Como narrador se dio a conocer con la monumental novela
La armónica montaña (1986), a la que siguió la publicación de Cuentos del río de la vida (1991), conjunto de relatos que yo mismo prologué. Después vieron la luz
Kalaat Horra (1991), reeditada con su título original Las praderas celestiales (1997), y en ese mismo año
La luz de la sangre. Nos cumple ahora brindar por la reciente aparición de su última novela:
El discípulo amado, editada por Seix Barral hace apenas unas semanas, a la que deseo el mejor éxito...
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EL RELOJ DEL INFIERNO |
Volviendo a la poesía: muestra ejemplar de la tendencia dominante en este segundo tramo de su escritura poética,
El reloj del infierno es un libro que profundiza en el lado oscuro del ser, sí, y construye una escenografía infernal que es trasunto, muchas veces, de la propia realidad o de la vida cotidiana, pero captada ésta desde sus ángulos más pavorosos. Un símbolo domina esta atmósfera de pesadilla: el reloj, emblema de una temporalidad sin sentido y metáfora de la angustia desesperante en ese territorio que alberga la infinita congoja de los hombres:
Miedo y sólo miedo/ la condición del hombre, nos dirá el poeta... El lector queda prendido de este discurso visionario, apocalíptico, que
es una reflexión sobre la condición humana, sobre nuestro desvalimiento, sobre nuestras contingencias. Hay en todo el texto una sensación general de desolación, de indefensión radical, de frustración amarga, de abandono, toda vez que la grandeza o la belleza están siempre vinculadas con el dolor, la enfermedad o la muerte. Este libro es una reflexión sobre el mal y el diablo, pues que de dos poemas titulados así, pertenecientes a
Santo Sepulcro, parte su concepción y, en cierto modo, El reloj del infierno es un desarrollo, pero vertiginoso y perturbador, de estos dos grandes asuntos.
Llama la atención el alto poder de fabulación, que instaura un clima mítico, en el que se observan, como entre osamentas, las ruinas de todas las esperanzas, de todas las vidas. En
Llegada a la casa de las sombras, la primera sala del libro, se perfilan una ciudad y un entorno que yo creo le inspiran las tierras accitanas: paisajes lunares, fantasmagóricos, paisajes como de noche de los tiempos. Guadix se transforma en esa ciudad-isla, en la que se cruzan los vivos y los muertos con dramáticas transferencias. Lo interesante es observar el proceso de fabulación que sabe generar esa
atmósfera de manera convincente:
Yo veo en la ciudad una isla. Unos
cerros de maremoto la cercan. Y la acechan
diciendo: Ya te recobraremos, ya
serás nuestra, impostora que no nos engañas.
Los pájaros, sus alas, presagio son
de las olas que ya están bramando, hirviendo
al límite de la noche con la pesadilla.
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ESPECTROS CONFABULADOS (IRENE DÍAZ) |
La ciudad; el infierno, entre la realidad y la metáfora, y el cosmos, he aquí los tres planos en los que se va situando el discurso lírico. En palabras de Domingo F. Faílde:
El infierno de Antonio Enrique diríase despoblado y, paradójica-mente, habitado tan sólo por un raro silencio, que se percibe como una sombra o presencia maligna, capaz de encender en la piel de cualquiera un escalofrío de horror. Y por otra parte ese infierno: habita entre nosotros. Constituye una realidad, una dimensión metafísica, patente en sus señales: el dolor,
la injusticia, la miseria, la enfermedad, el abandono de los valores éticos, la ruina del medio ambiente, la opresión, la mentira... Y el cosmos, porque si Fray Luis mira al cielo, Antonio Enrique atiende al cosmos y esta amplitud escénica incorpora una espectacularidad barroca a su discurso. Los poemas "Abismo arriba" o "La sombra del péndulo"
son claro ejemplo de lo que digo:
Arriba del todo del cosmos
la galaxia es un reloj disperso
con máquina estelar celeste
de constelaciones como ruedas
y esferas de un rosado color penumbra.
Este es un libro de contrastes: el infierno es inversión del paraíso y cabe dentro del pecho, los vivos se mezclan con los muertos, las ciudades dialogan con las galaxias, y la belleza se adormece con el mal de nuestra propia noche interior... Y es libro que recurre a la tradición bíblica y que se rebela, porque el elemento religioso aparece como alienador de las conciencias, de ahí los tintes sombríos que acompañan a aquellos poemas que tocan aspectos relacionados con la fe, porque el gran enigma que se plantea el poeta es que ante el sufrimiento, la pobreza o la miseria de los hombres, Dios permanece en silencio, y acaso ese sea el pecado de Dios. De ahí su tono de rebeldía:
Voy a hacer una hoguera con las tablas/ de la ley que secuestra a las almas...

MUNCH |
Mucho podría contar de este libro que he visto crecer durante su proceso de escritura. Algunos de sus poemas los conocí anticipadamente en manuscrito, e incluso he sido testigo de la escritura de uno de ellos, que compuso el poeta en mi propia casa, a lo largo de una velada inolvidable, en la que hablábamos de Jordania, de donde yo acababa de regresar. Me refiero al poema "Non Serviam", que nació con las imágenes de Petra, como ciudad perdida en medio de la ruta de las caravanas, y que aquí cobra un simbolismo especial... Mucho podría decir de los ensimismamientos del poeta, y de su obsesión por el tiempo, el alma y el oro, en aquellas fechas, y en tiempo acabó convirtiendo la salida de su libro:
Carne de tiempo, ángeles, insectos: pájaros/ en la ciudad abandonada de los profetas y los niños/ Relojes nos supimos con la memoria del infierno./ Todas las horas fueron
nuestras. La coda Los pasos perdidos, parece abrir una rendija a la esperanza, tras la tensión desoladora anterior
¿El ángel de la muerte? ¿El de la vida? Sin embargo la cita aterradora de
Job vuelve a poner de manifiesto de forma brutal nuestro destino irreversible: Grité a la tumba: Tú eres mi padre. / Y a la gusanera: tú mi madre y mis
hermanos.
JOSÉ LUPIÁÑEZ
De Senderos de Al-Andalus a El reloj del infierno
Palacio de la Madraza, Granada, 29 mayo 2000.
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