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El diván de peluche, |
Desde ese “diván de peluche” en donde pasó larga convalecencia lo imagino en los mundos que incorpora a su
última entrega, en la que consigue un libro mayor a pesar de la ironía y del sarcasmo que asoman en ocasiones
desvelando un escepticismo que no había sido tan marcado antes. Libro de fragmentos que insisten en las
mismas obsesiones; libro en el que permanecen vivas las nostalgias de otros territorios como en “Variaciones
sobre una postal”, “Dormido en Petra” o “El archimandrita”, y también el referente a la intimidad familiar, como en
“Basket”, o esa ensoñación culturalista de “Ópera” o “Tatuaje” que tanto juego ha dado en la mayoría de sus libros
precedentes.
Como he afirmado en otras ocasiones no veo tampoco en estas Bóvedas una ruptura con sus últimas entregas
Tablas lunares (1982), Discurso sobre el páramo (1982) o
Secreto secretísimo (1990), ni, en sentido estricto, apartamiento de las coordenadas poéticas que se marcaron en Atentado celeste, libro a partir del cual puede
decirse que se conforma su estética esencializadora y se impone una progresiva preocupación por el fenómeno de
la creación como tema poético recurrente.
El culturalismo de esta última entrega se suaviza con cierto tratamiento desenfadado: Minerva, Petronio, Apolo
o las cariátides, son ahora entidades familiares, apoyaturas cordiales que rigen otro tiempo, otro mundo de
objetos, de monedas antiguas, de señales difusas. El paisaje espiritual muestra a veces ese carácter de escenario
de la desolación que entrevimos en títulos precedentes, algo más atemperado quizás. Aquí también hay
fragmentos narrativos que apuntan a una ceremonia inconclusa, compuesta precisamente de retazos
contemplativos y de ensueños apresados. Los cóndores, o los cisnes, los pájaros que cruzan el cielo algún
artilugio próximo, la botella, la copa labrada, un cofre abierto, el espejo, la nubes, se engarzan en la reflexión que
queda trunca, pero que sabe avanzar —por el camino de la intuición feliz o del presentimiento inquietante— su
verdad vivida, aquella que construye para el corazón, para el sentido. Me parece que antes de despedirse de
nosotros, el poeta ha querido recorrer el laberinto de sus mitos cercanos, de sus signos escritos, de sus paisajes
íntimos, como el que recorre sus predios naturales y los contempla por última vez para transmitirnos esa
contemplación final como un adiós sin mancha. En ese adiós nos deja no sólo la hondura de su espíritu, sino
también la sabiduría de su magisterio.
Hoy, que tengo entre mis manos Bóvedas, libro que recibí de las suyas hace ahora justamente un año, me
pregunto qué azar o qué voluntad le llevó a cerrar el ciclo de toda su obra con “El archimandrita”, su último texto
poético editado. Y al preguntármelo observo que este poema adquiere un valor nuevo, a mi modo de ver, un valor de
testimonio final en el que no sé si intencionadamente o no, se reflejan características preeminentes de su poética:
por ejemplo partir de una experiencia biográfica, evocarla reinventada —ritualizada— en un ejercicio de dominio
lingüístico, contar en ella un desencuentro que no impide, en último extremo, la comunión en la que se exalta la sensorialidad y el gozo de estar vivo. Guardo para mí estos recados últimos de su obra como aquellos que más
retratan su sensibilidad de poeta de estirpe que no dudó nunca a la hora de extraer de la vida su rara
quintaesencia.
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EL ARCHIMANDRITA
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JOSÉ LUPIÁÑEZ
X Ciclo de Poesía española actual: in memoriam Miguel Fernández.
Dirección Provincial del Ministerio de Cultura,
Centro de las Letras Españolas
y Universidad Nacional de Educación a Distancia.
Melilla 19 octubre 1993.
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1. María del Pilar Palomo, “Información sobre la historia de un grupo poético”, Ínsula, núm. 543. Madrid,
marzo 1992.
2. José Lupiáñez, “Miguel Fernández: la memoria y los días. (Notas para un itinerario poético”), Ínsula, núm.
543. Madrid, marzo 1992.
3. Pablo García Baena, “Palabra en el tiempo”, Centro Cultural de la Generación del 27, Diputación
Provincial de Málaga, 1992.