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AL SURESTE DEL PELOPONESO

        El viajero que recorre los dominios del Peloponeso no puede evitar el continuo vaivén entre el pasado y el presente. Esta península montañosa e irregular, de tierras que se hundieron y de llanuras fértiles, próximas a las costas, ofrece un contraste de territorios míticos, que resuenan en lo más hondo de la memoria, y que obligan a tener en cuenta el pasado en todo momento, porque la leyenda y el mito se aferran aquí con la terca voluntad de la piedra, que permanece para dar testimonio de los siglos que fueron. Este desafío es el que impele al viajero a un insistente ir y venir del hoy a la historia, y de ésta a las raíces mitológicas, a los rincones legendarios, en donde intuye que han nacido, en buena parte, su manera de entender y de sentir el mundo.
        Las regiones del Peloponeso, difíciles, sísmicas, nutricias y diversas, encienden emociones intensas en el corazón del viajero. ¿Quién no reconoce en ellas la escenografía sentimental de una filosofía, de una literatura, de una ciencia, de un arte, que nos ha iluminado y alimentado? ¿Quién puede permanecer insensible al poderoso imán de Argos o de Corinto, de Olimpia o de Mistras? Sí, las tierras ondulantes del Peloponeso son tierras de contraste: la conciencia retiene tanto la brisa de la Argólida, perfumada de pinos y naranjos, como la ambigua lección de altura y nieve de la Arcadia, que mira al mar… 

MALVASÍA. GRABADO VENECIANO 1687
        Y el Peloponeso es también un territorio en el que asombra el milagro de los pequeños pueblos escondidos, imprevisibles y sorprendentes, caóticos y mágicos, que son los que persigue con mayor afán el viajero. Así descubrí Monemvasía, en la península de Malea, esa enigmática ciudad medieval rodeada de murallas y encaramada a una roca, en el sur de la fértil llanura de Laconia, que protegen las alturas del Taigeto. En sus tiempos mejores llegó a sobrepasar los 30.000 habitantes y hoy residen allí menos de cien personas, de forma permanente. Es por ello que resulta cobijo ideal, rincón de calma, ensimismado en su quietud, que resiste, junto a sus ruinas, mirando al mar Egeo.

LA PENÍNSULA FORTIFICADA
        Para cuantos llegan desde Esparta, serpenteando por las estrechas carreteras que descienden hacia la costa, la visión de Monemvasía resulta impactante: se diría la grupa de un animal marino fabuloso alzada en medio de un azul infinito de mar y cielo… Así se aparece esta enorme montaña de unos 300 metros de altura, que se yergue desde las mismas aguas, a poca distancia de las amplias playas del pueblo costero de Yéfira. A él permanece unida por un istmo, sobre el que discurre un angosto puente. Esta es la única entrada al recinto fortificado que la protege. De hecho Monemvasía significa precisamente eso: "entrada única", y se pondera con ello el valor de plaza fuerte que jugó en otro tiempo. No en balde fue fortificada por francos y bizantinos, y durante la dominación de los venecianos llegó a estar protegida por una ciudadela, una muralla y un puente de 163 metros de longitud, del que podía desprenderse en caso de asedio.


ENTRADA A LA CIUDAD FORTALEZA

        A medida que nos acercamos a esa mole que protege la plaza fuerte la emoción es creciente. El viajero intuye que la sorpresa aguarda agazapada en la roca. La visión es grandiosa: el mar impone y apremia, y el corazón da saltos de impaciencia. La ciudad, concebida a la medida del hombre, se esconde tras las murallas. Todos los vehículos han de quedarse extramuros porque la entrada es iniciática y ha de hacerse a pie, a través de una puerta con pasadizo abovedado en la que, con toda seguridad, montaban su vigilancia los cuerpos de guardia. Pasadizo umbrío, de piedras oscuras, de piedras marcadas, que desprenden un vaho de otro tiempo, y que se cruza con ansia de milagro.
        Franqueada la entrada se desemboca en la vía principal, que es una calle empedrada y estrecha, a la que se asoman las fachadas de casas y palacetes, tiendas de artesanía y algunos cafés. Se entra así al Kastro, la parte más baja, que conserva intramuros, casi intacta, la ciudad-estado medieval. Todo resulta recoleto y transmite intimidad y calidez. Las casas se apiñan en un laberinto de


PLAZA MAYOR

callejas estrechas y de plazas secretas, que se intuyen misteriosas desde las esquinas. La calle principal conduce a la Plaza Mayor, abierta al mar. Recogida y lírica no esconde elementos vitales que hablan de la condición de sus gentes: un aljibe, unos olivos retorcidos y un cañón del siglo XVIII, que apunta al horizonte azul, junto al que se hacen fotografías los visitantes… Desde el siglo VI d.C., en que fue construida, Monemvasía ha sido asediada y sometida por normandos, bizantinos, venecianos y turcos, hasta su liberación en 1823. Los acantilados y las fortificaciones dan la sensación de lugar inexpugnable, pero no ha sido así. La defensa permanente fue obsesión entre sus habitantes, que quedaban a merced del enemigo cuando agotaban las reservas de agua. De ahí que el aljibe en esta plaza dé testimonio de la importancia capital que tenían los depósitos de agua para sus pobladores.
        Todo resulta diminuto frente a la inmensidad del mar. Los colores cálidos de las fachadas, las geometrías de los tejados, las terrazas y porches, alternan con rincones ruinosos y casonas cerradas, invadidas por la maleza… Un sinfín de


LA CIUDAD BAJA

callejas y arcos, de escaleras y palacetes venecianos del siglo XV, en progresiva recupera-ción, nos dan aviso de otra morosidad que se filtra en esta hora nuestra de inquietud y de vértigo. Para la calma siempre está el mar ahí, y la brisa que endulza los pensamientos y el cielo inmenso que sobrecoge. Y es que las olas que llegan hasta las rocas, estas aguas que ven los ojos --piensa el viajero--; estas aguas de un azul tan violento, las surcó Ulises con sus naves, rumbo a Ítaca. Y la visión semeja encarnación del mito: el mismo azul que cruzaron los navíos zarandeados del héroe, tras luchar con una fiera tormenta, acude aquí, y aquí se aviva con los versos de Homero que refieren su paso: Sin más daño yo entonces llegara al país de mis padres, / pero, dando la vuelta a Malea, la fiera corriente/ con el cierzo me vino a arrastrar rebasando Citera.
        Al este de la sencilla Plaza Mayor, se alza la iglesia del Cristo de las Cadenas (Hrístos Elkoménos), antigua catedral fundada en el siglo XII por los bizantinos y reconstruida posteriormente por los venecianos hacia el siglo XVII. Su campanario exento aparece rematado con una pequeña cruz griega, blanqueada, que contrasta con la piedra dominante en los dos cuerpos de la torre, de inspiración italiana. La torre se camufla contra la pendiente y el fondo de techumbres y de casas que ascienden la montaña. También blanca la fachada de la iglesia, ostenta como único adorno un bajorrelieve con pájaros fantásticos, recuperado de otro edificio. El interior es más sobrio de lo que es costumbre en las iglesias ortodoxas. Tiene algo de templo marinero, con iconos que besan los mayores. Las delgadas velillas arden en el interior dando noticia del paso de los fieles y de sus plegarias. Una anciana en el fondo se persigna mil veces y musita sus rezos, ajena a los que pasan y ensimismada en su liturgia. El olor del incienso lucha con el de la humedad de los muros, que ha dejado sus marcas caprichosas sobre la cal. La magnífica imagen de la crucifixión del siglo XIV, que enriquecía este templo hasta hace bien poco, ya no puede admirarse en esa atmósfera de recogimiento que disipa las penas. Una iglesia así, solitaria y austera quisiera el alma para hacerse más sabia, mientras brillen los ojos de los santos de plata.
        En el lado opuesto de la plaza, queda Paleó Dzamí, pequeña iglesia del siglo X, que ha tenido un destino azaroso. Conocida desde el XVI como Iglesia de San Pedro; en manos de la orden de los Capuchinos a finales del XVII, llegó a ser mezquita con los turcos en el siglo siguiente, para convertirse en cárcel en el XIX y en café a principios del XX. En la actualidad es museo que alberga una curiosa colección de piezas arqueológicas de la zona… Los dos templos frente a frente, el cañón, el aljibe, los olivos, los tejados rojizos, las ventanas, la piedra, las cúpulas, el mar, el mar de Homero, el mar de Ulises; señales todas, de este rincón oriental del Mediterráneo que ofrece una mezcla sorprendente de humildad y grandeza; esa es la sensación que se percibe desde esta plaza; en este lugar, que va resurgiendo tras décadas de olvido.


EL LABERINTO

        El viajero se pierde por las callejuelas misteriosas observando las casas de fachadas amarillas, rosas, violetas, que contrastan en un juego de planos y de ritmos. La luz marina aviva los colores y el aire silba por pasadizos y esquinas… El viajero desciende por escaleras que lo llevan a otras pequeñas plazas imprevistas. Son rincones anónimos, en los que alguna parra o higuera silvestre reina en el centro. Macizos de buganvillas se desbordan por los muros de jardines cerrados y las ventanas, cubiertas por visillos, se adornan con geranios y claveles. Si en verano el sol es implacable y el bochorno parece que se aviva con el chirriar de los insectos, en invierno las nubes hacen de este lugar un mirador fantasmagórico, por el que el viento afina su gemido; un mirador asomado a un abismo de grises y de platas que se pierden en el horizonte infinito. Porque aquí esa infinitud es más perceptible, y es con esa grandiosidad con la que se embelesa la agreste montaña.
        Murallas y fuertes, pero también iglesias, sobre todo iglesias: hasta cuarenta tiene Monemvasía, la mayoría de ellas en ruinas y vencidas por la


YANIS RITSOS

vegetación y el abandono. Mística y guerrera es por su emplazamiento de privilegio ciudad lírica por excelencia y refugio de escritores y artistas. Aquí nació el poeta Yannis Ritsos, el viajero lo sabe y trata de evocar la infancia del gran escritor griego por este dédalo de callejas que suben y bajan o se extinguen en algún recodo sin salida. En la casa natal del poeta una placa y un busto recuerdan su infancia feliz. Cómo no habría de serlo tras ver por vez primera la luz del mundo aquí, en este promontorio, en esta nave varada en medio del mar, en este observatorio de excepción enfrentado permanentemente al milagro cambiante de la naturaleza. El sol, el mar, el cielo, el viento y las noches de estrellas incontables fueron sus primeros maestros. Sí, aquí nació Yannis Ritsos en 1909, en el seno de una familia relativamente acomodada y aquí aprendió a traducir la belleza del mundo, por estos laberintos por los que ahora discurren nuestros pasos. Aquí vivió feliz sus años de infancia, a juzgar por la nostalgia con la que él mismo evoca ese tiempo, hasta que la familia se vio obligada a marchar a Atenas, tras la ruina definitiva de los negocios de su padre. Aunque antes, con solo 12 años ya había perdido a su madre y a su hermano Dimitris, víctimas ambos de la tuberculosis. Esta tragedia le obligaría a asumir prematuramente que es la muerte, con la pérdida fatal de los seres queridos, la que nos enseña la lección más devastadora y dolorosa.
        En medio de esa orfandad estudia el Bachillerato en Gythion. Pero es Monemvasía la que imprime en su carácter y en su sensibilidad una huella profunda que es perceptible a lo largo de toda su vida y de toda su obra; y es Monemvasía, a la que rendirá tributo con un libro publicado en 1976, la que lo


MUROS Y DEFENSAS NATURALES

lleva a ser el artista curioso preocupado por la música, por la pintura y la literatura. Poeta combativo y revolucionario aquí se forjó su profundo amor al hombre, a la vida, a la libertad, bajo este cielo de Grecia que él decía es siete veces azul. Los territorios dejan sus marcas en el alma y haber nacido en éste y haber vivido aquí hasta los 21 años condicionó su aprendizaje estético. No cabe duda de que Monemvasía habla a través de su voz, una de las más significativas de esa generación de 1930, hermana de nuestro grupo del 27, y formada entre otros por los grandes maestros Giorgios Seferis y Odiseas Elytis. Aunque algunos estudiosos lo asimilen más a la promoción de 1945-1950, que integran Nikiforos Vrettakos, Aris Dikteos, Minas Dimakis y Zoí Kareli. Hombres que vivieron y sufrieron las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial, la ocupación alemana y la guerra civil y que optaron por una vuelta a las raíces populares y por una relectura de la Helenidad que no deja de lado el compromiso o la denuncia: No llores la Helenidad, allí donde la veas inclinarse/ con el puñal hundido hasta la médula, con la correa al cuello./ Mírala, salta de nuevo y se enfierece/ y hiere al monstruo con el arpón del sol.
        Versos y plegarias para combatir los asedios o hacer más llevaderos los días en los que la naturaleza se encrespa y se muestra furiosa por estas latitudes. El viajero desciende ahora hacia la Muralla sur. Desde una ventana geminada alguien lo observa tras los visillos. Las vistas del mar son de una magnificencia intraducible. La costa del Peloponeso hacia el cabo de Maleas se recorta contra el cielo de invierno. Ha empezado a llover, arrecia el viento y la humedad se cuela hasta los huesos. Junto a una pequeña explanada que fuera en su día plaza de armas la Iglesia Panagía Hrissafítissa, del siglo XVI, con fachada veneciana y pórtico rematado con un óculo, nos ve pasar bajo la lluvia que persiste. Y también por el camino de ronda más lugares de culto: San Nicolás, y San Demetrio, San Antonio y Santa Ana, basílica del siglo XIV, próxima a un barrio de casas venecianas, con elegantes molduras y chimeneas que expanden olores especiados… Es hora de hacer un alto. El viajero regresa a los entornos de Platía Dzamíou, la Plaza Mayor, en cuyos alrededores han surgido numerosos restaurantes y tabernas. La mayoría de ellos son casas remozadas, que conservan antiguos utensilios y fotos desvaídas del ayer no lejano. Con terrazas al mar se animan de viajeros que disfrutan de la perfumada y sabrosa gastronomía griega. ¿Quién podría renunciar ahora a un vaso de vino blanco con picudas y negras aceitunas de Kalamata y un buen trozo de feta regado con aceite de oliva? Mientras comulgamos con este vino claro, nos preparan la soúpa avglolémono, (caldo de arroz, huevos y limón); unos hojaldres rellenos de espinacas y unos salmonetes, por aquí deliciosos, que acompañamos con ensalada. A los postres vendrá el vino dulce de malvasía, para rendir honor a este territorio secreto, justo con el néctar del lugar, el que se extrae de los viñedos de estos parajes, e incluso de algunas islas próximas, y que se ha convertido en vino de fama en todo el mundo.
        Malvasía es uno de los nombres con el que se conoce la ciudad. Los viejos grabados lo atestiguan. El vino se enviaba desde aquí a diversos puertos europeos, especialmente a Inglaterra, en donde alcanzó notable predicamento, e incluso se llegó a acuñar el término malmsey para distinguir esta variedad. El comercio del vino de malvasía se prolongó desde la Edad Media hasta el siglo XIX. De muchos es conocida la historia que refiere cómo el Duque de Clarence, al ser condenado a muerte, a finales del siglo XV, por su hermano Eduardo IV, y ante la posibilidad de elegir la forma en que había de recibirla, solicitó el ser ahogado en un tonel de malvasía. Al parecer Eduardo no vio inconveniente alguno en ofrecer este dulce final a su propio hermano y respetó su voluntad cumpliendo escrupulosamente sus deseos.
        Reconfortados tras la comida volvemos a pasear sin rumbo por las calles de piedra. Nuevos rincones con sorpresa, casas silenciosas de vago recuerdo italiano, tavernas y kafeníos que se animan a esta hora imprecisa, salen a nuestro encuentro. Puertas pequeñas en muchos casos, excesivamente


ASCENSO A LA CIUDAD ALTA

pequeñas, como concebidas para gentes de poca estatura. Terrazas, nuevos pasajes… El viajero decide ascender a la Akrópoli o Pano Kastro, la zona más alta de la ciudadela. Hacia ella encamina sus pasos, a través de una zigzagueante y escarpada senda empedrada con la que se gana altura rápidamente. Se ha de atravesar una entrada fortificada, con pasadizo abovedado, que desemboca en una suerte de rellano. Desde aquí la visión se va haciendo todavía más grandiosa, si cabe. La cuesta permite de tiempo en tiempo hacer altos para observar el mar y el cielo; la omnipresencia de ambos casi aturde. En esta hora las aguas han cobrado un tono ligeramente malva. La brisa y algunas gotas de lluvia nos bendicen. La maleza todo lo invade. Cactus, matorrales y arbustos de toda laya trepan entre las piedras del camino fortificado. A cada trecho puestos de defensa, alguno con banco para la guardia; restos herrumbrosos y piedras mil veces removidas por bizantinos, venecianos y turcos, a través de los siglos.
        La sinfonía de techumbres se contempla mejor desde esta altura: las tejas rojas lavadas por la lluvia, las chimeneas lanzando sus mensajes de humo, la ciudad baja, ovillada hacia el fondo, y el mar en el que las luces fugitivas de la tarde describen caminos imposibles… Hemos alcanzado al fin la ciudad alta, la que se extiende protegida por una muralla medianamente conservada, que se

AGIA SOFIA
remonta al siglo VI d.C. en que se fundó la ciudad y que fueron modificando y reforzando sucesivamente cuantos pueblos la ocuparon. Habitada desde entonces, se abandonó a finales del siglo XVII, cuando se entregó a los venecianos. Hoy es un espectáculo de ruinas y maleza, en el que perdura milagrosamente intacto el templo de Ayia Sophia. Se trata del más importante de la ciudad alta, que se empina sobre las rocas del acantilado, a imagen y semejanza del referente bizantino de Estambul. En tiempo de los turcos fue mezquita. Conmueve pensar en los fieles que elevaran sus súplicas desde aquí, acosados por esta vastedad de mar y cielo. Qué mejor altar que la cúspide de una montaña sobre el Mediterráneo, para acercarse a lo divino.
        El viajero recorre este laberinto de piedras, de casas que derribó la zarpa del tiempo, y contempla el horizonte desde una torre veneciana contra la que baten el viento y la lluvia en esta hora de la tarde. Desde esta altura la poderosa fuerza de la naturaleza adquiere una dimensión definitivamente épica. El salto al cielo sí parece posible. Anochece. La ciudad baja se alumbra en la oscuridad todavía ambigua. Antes de descender el viajero lee unos versos de Yannis Ritsos para rendirle homenaje, unos versos de la antología del poeta, que lleva consigo:

En este lugar cada puerta tiene tallado un nombre de unos tres mil y otros tantos años
cada piedra tiene pintado un santo con feroces ojos y cabellos de soga
cada hombre tiene en su mano izquierda grabada de pincho a pincho una sirena roja
cada moza tiene un puñado de luz salada debajo de su falda
y los niños tienen cinco y seis crucecitas de amargura en sus corazones
como las huellas de los pasos de las gaviotas sobre la arena por la tarde.
No es necesario recordar. Lo sabemos.
Todos los senderos conducen a las Altas Palestras. El aire es fuerte allá arriba.

        Sí, el aire es fuerte aquí arriba y anochece de veras. El viajero desciende bajo una fina cortina de lluvia por los caminos que surgen como meandros. La


EL MAR DESDE LA CIMA

ciudad iluminada acoge con su vaho de vida. De nuevo entre la gente, los pequeños restaurantes están llenos y las tiendas de recuerdos y de artesanía. El viajero adquiere un Komboloy y haciendo sonar sus cuentas se adentra en un café en el que los jóvenes conversan animadamente. Es ya la hora del regreso y se impone tomar un té antes de partir. El alma se va despidiendo de Monemvasía. Las imágenes de todo lo vivido se suceden rápidas, mientras los dedos pasan las cuentas de ámbar. El mestizaje mediterráneo hizo posible este lugar de místicos y piratas, de artistas y comerciantes, de visionarios y guerreros. Y ahora el corazón se despide de estas calles angostas, de estas casas encantadas frente al mar, de estas iglesias que quisieran rebrotar de entre las ruinas, de esta feracidad y de esta grandeza.

JOSÉ LUPIÁÑEZ
Revista EL LEGADO ANDALUSÍ, nº 18
Granada, junio-agosto, 2004



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