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ANA RIAÑO

        Cuando recuerdo los años vividos en Melilla, se me agolpan imágenes de la ciudad mágica que fue y seguirá siendo; la ciudad de las cuatro culturas, puerta de África, por la que muchas veces paseé junto a su poeta mayor: Miguel Fernández. Él me enseñó la Melilla real y me dejó entrever la que reinventaba de forma incesante. Cómo olvidar las lentas y dulces tardes de algunos otoños junto a aquel mar dorándose o los recorridos por la vieja fortaleza. Cómo olvidar sus casas modernistas, sus parques de ensueño, cuajados de pájaros fabulosos y, sobre todo, sus gentes, sus gentes diversas, con dioses diferentes y lenguas y costumbres distintas, conviviendo en la babelia feliz de callejas y mercados... A mantener muy vivas la emoción y la devoción por Melilla me han ayudado siempre la obra y la palabra de Miguel y la voz límpida, elegíaca y siempre turbadora de Ana Riaño. Sí, porque aquellos recuerdos tienen su música, y llevan consigo el deslumbramiento de una voz -la de Ana- que hoy me llega, más plena si cabe de intensidad y de misterio, para acercar aquellos tiempos de felice memoria.


MIGUEL FERNÁNDEZ

        Miguel Fernández, el gran poeta, el gran maestro para muchos de mi generación, me comunicó una tarde la alegría impaciente de haber ofrecido unos versos a Ana para que ella les pusiera música. Cuando Ana le devolvió los poemas convertidos en canciones lo hizo tan feliz. Porque no se trataba de una voz cualquiera sino que resultaba, paradójicamente, nueva y mítica, poderosa, infrecuente, llena de nervio y de temblor, pero también intensamente lírica, plena de nostalgia y de mediterraneidad. Recuerdo cuánto me ponderaba el saber que sus versos eran cantados por una voz tan joven, tan convincente, tan verdadera y, de manera especial, cómo no dejaba de sorprenderse ante esa inefable dimensión que cobra la palabra poética cuando se reencarna y se vuelve cantar. Desde entonces seguimos juntos sus primeros pasos como cantautora. Y juntos asistimos, ya como sus admiradores declarados, a aquel memorable Festival de la Canción de Andalucía de 1979, en donde obtuvo el Ánfora de Plata hecho que, a mi juicio, señala el inicio de su carrera musical. Desde entonces: tres discos, actuaciones en TVE, en RNE, recitales, conciertos e intervenciones en otras cadenas y medios de comunicación tanto españoles como extranjeros. Una trayectoria cuidada, ejemplo de compromiso, de pasión creadora y de glorioso mestizaje.

MELILLA
        Aquél Ánfora de Plata conquistada en su tierra marca todo un camino de reflexión permanente sobre su entorno. Los paisajes de Melilla asisten con fre-cuencia a las emociones o los sueños de una mujer que vive a orillas del mar, entre dos continentes simbólicos y reales: Europa (la Universidad, la docencia, la investigación, el rigor) y África (la creatividad, la sensorialidad, el cromatismo, el ideal, la música). Ambos mundos se conjugan en la magnífica conferencia: Miguel Fernández y los espacios que él amó, a través de ocho textos cantables, que con motivo de la II Semana Literaria sobre la vida y la obra del poeta, impartió el pasado mes de mayo en el IES que lleva su nombre. Allí desvela las claves del homenaje particular que con este nuevo trabajo dedica Ana Riaño a la lección humana y vital de un poeta, cuya obra se anticipa como una de las más altas y lúcidas aportaciones a la poesía española de las últimas décadas.


PORTADA DEL CD

        De color y claridad es el título de esta nueva entrega lírica de Ana, en la que han intervenido tantos amigos comunes: Dolores Bartolomé, la viuda del poeta, la escritora Encarna León, el pintor Eduardo Morillas, el poeta Antonio Abad. Es un hermoso recuerdo a la memoria de Miguel. De color y claridad (un verso suyo) sirve de lema para nombrar esta breve y sentida antología de sus textos; un verso en el que se proclaman dos notas distintivas de la patria natal: la luz, la claridad, esa luminiscencia como de polen que flotara en la atmósfera y el color múltiple de sus gentes, de sus calles, de sus paisajes irrepetibles... Ocho temas se dan cita: cuatro pertenecientes a un cuaderno que ofreció el poeta a la autora en 1978, titulado Canciones a Melilla para ser cantadas y los cuatro restantes sobre poemas de sus últimos libros (Solitudine, obra publicada póstumamente, en 1994), Bóvedas (1992) y Secreto secretísimo (1990). A todos ellos ha sabido Ana dotarlos de ese indecible aliento de su voz y de su música hasta convertirlos en cantares, ya inevitablemente unidos a la historia reciente de esta ciudad que tantos llevamos en el corazón. Trovadora o juglaresa, Ana Riaño armoniza en su voz de prodigio insospechados registros que van, desde el lirismo intenso de Vente, forastero, la Nana para dormir a mi ciudad o Como el niño en la arena, hasta la resonancia épica de África (génesis del mundo), en la que retumba la grandeza insólita y mistérica de todo un continente, pasando por la introspección espiritual, la honda meditación, con la que tan bien se acomoda su inquietante temblor, para acentuar el continuado ejercicio de búsqueda y de afirmación de una poética, la de Miguel Fernández, en temas como Solitudine, Historia interminable o Ciclos de la palabra.

ILUSTRACIÓN DE EDUARDO MORILLAS
        Dejo para el final la referencia a Dicen que el ciervo al morir, adaptación de otro poema suyo, titulado Romero, e incluido en Las flores de Paracelso, libro que yo le publiqué en Granada en 1979. Probablemente se trate de una de las canciones más fascinantes del conjunto. La voz y la letra coinciden y se equilibran para lograr uno de los temas de mayor fuerza plástica, en torno a la denuncia de la injusticia y el servilismo. Esos ecos de María de Francia y de San Juan de la Cruz, esa fabulación para condenar con pocas palabras la inclemencia... Una mañana, mientras se afeitaba, oyó Miguel en la radio la noticia curiosa de que las lágrimas del ciervo, cuando muere, saben a romero. La anécdota le llegó muy hondo y anduvo comentándola todo el día. A mí me dejó absolutamente fascinado, cuando me la contó. A partir de ahí supo componer ese poema inolvidable y perfecto que recoge, en breves trazos, su sentimiento solidario y su compromiso ético, palpables, por lo demás, a lo largo de toda su obra. Ana ha sabido darle alas a toda esa emoción y ha sabido convertirla en cántico, y para ello ha contado con la acertadísima dirección musical de José María Alonso, que ha ideado los arreglos con una maestría y versatilidad envidiables.


ECOS MODERNISTAS

        La voz de Ana aviva en mí el recuerdo de la Melilla íntima que descubrí gracias a Miguel Fernández y a otros buenos amigos, en aquellos duros años de la transición y me hace pensar en la de ahora, con un punto de añoranza. Los infinitos matices de su voz, su timbre claro, esa pureza casi temblorosa y litúrgica de su voz me prendieron desde el principio como -lo he comprobado- prenden rápidamente a cuantos la oyen por vez primera. Qué hermoso regalo para todos: la ciudad tiene sus canciones y las letras son versos de su poeta más sabio. Resultan tristes las ciudades que no inspiran canciones y Melilla ya ha sido fuente de algunas. Porque el protagonismo de la ciudad es más que manifiesto en esta bella serie que ojalá sirva para las nuevas generaciones de primer contacto con la obra de un escritor cuya verdadera dimensión está todavía por descubrir, a pesar de los muchos premios y honores que recibiera en vida.

PANORAMA DE LA CIUDAD
        Sí, la voz de Ana es para mí la voz de la nostalgia: me trae el ámbar de las tardes de una Rusadir que soñamos y vivimos. La voz de Ana viene con la cadencia de aquellas olas que dejaban su espuma y su secreto sobre la orilla de las playas abiertas. Trae consigo un oasis inédito de armonía y, a veces, late escondida en ella una queja indefinible, profundamente mediterránea, en la que nos sentimos reconocidos.¿Cómo no saludar esta brisa cálida de su voz que nos despierta ante el milagro?


JOSÉ LUPIÁÑEZ
Diario MELILLA HOY
Melilla 6 octubre 1996


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