Volver a Artículos



       Hace pocas fechas se estrenaba, en el Teatro Alhambra de Granada, la obra Los borrachos del joven dramaturgo Antonio Álamo (Córdoba, 1964). Los borrachos obtuvo el premio de teatro Tirso de Molina (1993), además de la ayuda que recibió su autor del Centro Andaluz de Teatro para su escritura. No es de extrañar, por ello, que el CAT patrocine esta pieza y recorra, con su puesta en escena, todas las provincias de nuestra Comunidad. La oferta pública elige este texto por su interés dramático y por la actualidad de los problemas que plantea, a cincuenta años de distancia del lanzamiento de la Bomba Atómica sobre Hiroshima. El argumento, en efecto, recrea los momentos anteriores e inmediatamente posteriores al magnicidio, que es celebrado en una extraña fiesta, por parte de los científicos responsables del éxito del proyecto. Víctimas de la reclusión durante varios años en aquella ciudad secreta, del desierto de Nuevo México, alquilan un hotel de la capital del Estado, en el que también estallan sus dudas, miedos, euforias y pensamientos torturantes, en medio de una fiesta inundada de martinis. Pudo ser, entre otras


ANTONIO ÁLAMO

cosas, como el rito de los verdugos tras el crimen ingente, y esa es la posibilidad elegida por Álamo: el delirio, el pavor de inaugurar la era atómica con otra perversión más de la ciencia, arrancada, de nuevo, de su destino natural. Un fragmento escalofriante de la autobiografía de Otto R. Frisch, le sirvió a Antonio Álamo para concebir su propuesta dramática; he aquí el germen de la historia, a través de las palabras del científico: "...Se armó un gran revuelo en el laboratorio, con carreras enloquecidas y voces a gritos. Alguien abrió la puerta y me gritó: ¡Han destruido Hiroshima! Las víctimas se cifraban en cien mil... Vi que muchos de mis amigos corrían al teléfono para reservar mesa en el Hotel La Fonda de Santa Fe y celebrarlo".
       En Los borrachos se parte, pues, de un compromiso ético que avanza una reflexión sobre el destino de la ciencia y sus desviaciones irreversibles. Al mismo tiempo se alerta sobre las alianzas del poder y la ciencia, amenazas del futuro del ser humano, si persisten en aquella desnaturalización; o se denuncia el protagonismo belicista americano en el mundo, y todo gracias a una puesta en escena que resulta más deslumbrante que la hondura de los parlamentos, en algunos tramos. En conjunto se logra recrear esa atmósfera casi litúrgica, en la que los nuevos oficiantes de la tragedia contemporánea, son encarnados por los físicos y matemáticos del círculo de Oppenhaeimer, pero tal vez hubiera sido preferible aligerar más algunos fragmentos del texto, que pecan de cierta retórica gratuita, y nada aportan al desarrollo de la obra. Magnífica, eso sí, la

conformación escénica, con unos decorados simbólicos de Ernesto de Ceano, que transmiten cierta frialdad futurista; así como el vestuario del Creativo Fridor, o la jugosa luminotecnia ideada por Gómez Cornejo. Y buena la dirección de Alfonso Zurro y la versión que nos ofrece del texto. No me acabó de convencer el resultado del proemio inicial "Donde se realiza el mundialmente famoso experimento del gato" sino en su dimensión visual y alegórica del telón convertido en cascada de sangre o del reloj de agujas que avanzan en sentido contrario. Tampoco comparto la idea de ocultar tanto, desde un punto de vista dramático, la figura de Robert Oppenheimer, verdadero gurú de aquel grupo de casi un millar de sabios, de los más importantes del mundo, que sí aceptaron trabajar en el proyecto macabro de destrucción que suponía la puesta en marcha de aquella bomba de casi cuatro toneladas de peso y de una fuerza de

unas 20.000 toneladas de TNT. Por otro lado el actor Fernando Mansilla no estuvo muy inspirado aquella noche encarnando a Oppie, o al menos no tanto como la actriz Victoria Mora en el papel de Kitty Oppenheimer, que ha de madurar algo más. La obra acierta a transmitir un clima de gravedad y de hieratismo, propio de la tragedia; el único dinamismo lo aportan los actores que suben y bajan los peldaños de la alta escalera a lo largo de toda la representación. Este hecho produce cierta sensación de angustia, puesto que parecen, sobre la geometría de los peldaños, como presas de una tela de araña intentando redimirse de la trampa. Destaca en su papel del General Graves, máximo responsable militar, el actor Manuel de Blas, que colabora, de forma especial, en esta producción junto a los actores Juan Fernández, Mariano Peña, Julián Ternero, Manuel Martín, Paco Morales, Jesús Olmedo, Manuel Salas y Juanjo Macías.

       La obra, editada por el CAT, en su Colección de Textos Dramáticos (Sevilla, 1994), permite comprobar las variantes con respecto a los parlamentos definitivos de la puesta en escena. En las notas finales al texto se indica que el título originario era el de La Última Cena, cambiado finalmente por el de Los borrachos, por su proximidad alegórica al cuadro de Velázquez del mismo nombre, también conocido por El triunfo de Baco. El propio autor señala: "La ideología que se ha querido ver en esta pintura es la sátira de los dioses paganos, propósito que esta obra comparte referido a los profetas de la religión del siglo XX. Mi intención fue crear un juego de espejos a la manera de Velázquez: los dioses gentiles parodian La Última Cena de Cristo al mismo tiempo que ellos son objeto de una burla". El alcohol corre a raudales y pespuntea el drama, marcando perfiles grotescos a los personajes. Éstos se debaten entre la culpabilidad por el magnicidio y la turbia complacencia de haber llevado a término una proeza científica y técnica de consecuencias incalculables.
       Si Oppenheimer aparece en pocas ocasiones, a pesar del protagonismo que jugó en el dantesco experimento, el peso de la representación recae en el reparto de actores que encarnan al grupo de físicos más cercano al Director de la ciudad laboratorio de Los Álamos. La actuación de los mismos resulta convincente, especialmente el papel del General Graves, quien mantiene inalterable su obsesión por coronar con éxito la operación militar y no esconde cierto desprecio ante las dudas o las reservas envenenadas de los técnicos. Contrarrestando la escalada visionaria de éstos, hacia el final del drama, Graves, replica: "Señores: ustedes pueden seguir bebiendo, pueden hablar de filosofía, pueden dormir, conceder entrevistas, morirse o desaparecer. Yo tengo algo pendiente... Nagasaky".
       En definitiva, con Los borrachos Antonio Álamo consigue una pieza de indudable interés dramático, que ha sabido interpretar con su habitual sensibilidad el director Alfonso Zurro. Es cierto, la obra ganaría en eficacia si se eluden algunos tramos de verbosidad innecesaria, pero el resultado final es notable: música, decorados, vestuario, luces, y la propia dicción de los textos, se suman a favor del balance final. La turbadora idea de recrear la cena de aquellos sabios, sobre la que hay muy pocas referencias históricas, muestra el agudo sentido del teatro, del que hace gala su autor, que ha sabido replantear un asunto de la mayor trascendencia, acuñando un drama moderno, rico de matices y de fuerza expresiva. La obra se clava en las conciencias de los espectadores y deja en ellos ese halo de tragedia, tan bien remarcado por la escenografía. Aquella puerta abierta, sobre los peldaños, no deja ver más color que el de la desesperanza y la trasgresión culpable. Un ocaso simbólico en la madrugada de ebriedad y locura que protagonizan los nuevos oficiantes de esta era oscura, en la que hemos mirado con pavor las negras profundidades del abismo.

José Lupiáñez    


   (subir)