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JEAN GENET

        El pasado viernes doce de mayo vivimos una inolvidable noche de teatro. Yo asistía por vez primera al Calderón con ese cosquilleo de la curiosidad, por verlo ya vivo, pleno y rindiendo sus primeros frutos; y asistía también para dar testimonio del nacimiento de un nuevo grupo teatral: Umbriel Teatro, que integran las actrices motrileñas Charo y Patricia Martín y María Gracia Amaya y que dirige el poeta y dramaturgo chileno Rolando Salas-Cabrera. Ya lo anticipo: la presentación ante sus paisanos fue todo un éxito; consiguieron crear esa magia que sólo se logra de tarde en tarde cuando un texto, una expresión, una historia, una puesta en escena, una dirección, unos efectos y tantos otros múltiples detalles se acoplan y dan lugar al espectáculo memorable, al espectáculo que nos emociona y que nos prende, al espectáculo que puede


PROGRAMA DE LA OBRA

con nosotros y nos convence y nos hace aplaudir, puestos de pie, con una sonrisa en los labios y un no se qué en el corazón.
        El reto era difícil ya que la obra elegida — Las criadas, de Jean Genet — es compleja y exige de las actrices una entrega y un esfuerzo redoblados, y no digamos ya nada en cuanto a experiencia, tablas, intuición y adaptación a los matices y sutilezas que los personajes requieren. Pues bien, en todos estos extremos Umbriel superó con creces las previsiones y demostró una profesionalidad fuera de toda duda. ¡Qué triunfo! ¡Qué seriedad, qué rigor qué manera de transmitir y de hacer llegar una pieza tan endiabladamente verbal y provocadora! Yo me preguntaba antes de verla representación cómo habían elegido estas mujeres a ese maldito fascinante que fue Jean Genet (1910-1986), nombre señero de aquella promoción del París existencialista que capitaneaban Sartre y Simone de Beauvoir, de aquel Paris de la posguerra que apostaba por recuperar su relumbre y su hegemonía cultural a través de una estética combativa a medio camino entre el desgarro y la rebeldía Yo me preguntaba cómo habían elegido a un autor tan iconoclasta, cuya vida estuvo salpicada de sucesos escandalosos, prostíbulos, cárceles, condena a muerte, aventuras pederastas, rebeldías sin cuento… Y la respuesta la tuve al asistir atónito a la representación y ver cómo esa veta temperamental de su palabra y esa propuesta de subversión radical de su dramaturgia se amoldaban sin trauma a la pasión de las actrices y a su manera de vivir y de sentir y de entender el teatro. Qué emocionante noche de conjunciones y de ceremonias.
        Las criadas es probablemente una de las obras más emblemáticas de Jean Genet. La historia en la que se inspira parte de un hecho real: el asesinato de una dama burguesa llevado a cabo por sus propias criadas, las hermanas Papin. En el programa de mano se nos recuerda cómo el crimen “conmovió al mundo por


LAS ACTRICES MOTRILEÑAS DE UMBRIEL: MARÍA GRACIA AMAYA, CHARO MARTÍN Y PATRICIA MARTÍN

su brutalidad y aparente falta de motivo; las criadas se autoinculparon, se negaron a ser defendidas y fueron condenadas a treinta años de prisión”. Pues bien, Genet parte de este suceso para componer su drama, que fue estrenado en París el 19 de abril de 1947.
        En síntesis el argumento nos refiere cómo, ausente la dueña de la casa, Clara y Solange, sus criadas, utilizan los vestidos de la Señora intercambiándose continuamente los papeles. Se sirven mutuamente, se odian, luchan con sus pasiones escondidas, se acusan, se insultan, se censuran, se aman, se comprenden, se encubren, en un clima siempre de tensión y de rivalidad. Acaban tramando la muerte de la Señora y preparan un veneno para cuando ésta llegue. Finalmente por pura casualidad la dama no lo toma. Pero Clara, dispuesta a encarnar a la Señora hasta las últimas consecuencias, acaba por beberse la taza de tila a sabiendas de que al hacerlo va a morir. Esto ocurre en los últimos compases de la obra mientras Solange va esfumándose hacia el fondo del escenario entre la sorpresa y la admiración, entre la incredulidad y el miedo indefinible…
        Al comienzo el espectador ignora que Clara es una criada que juega a diario con su hermana Solange a un ritual que nombrarán mis adelante «la ceremonia». El primer golpe de efecto se da, pues, cuando se descubre que Clara usurpa el lugar de su dueña. Al anunciarse la llegada de ésta a la casa se desvela que Clara debe volver a su papel real de camarera sometida. Este momento estuvo perfectamente marcado desde un punto de vista dramático y levantó los consiguientes murmullos de asombro entre el público que no estaba prevenido.


LAS HERMANAS MARTÍN

        Aunque el original se concibe como un sólo acto, la adaptación llevada a cabo incluyó el descanso de rigor y la segunda parte dio pie a la aparición de la Señora como otro elemento dinamizador. Toda la acción se supone acontece en la habitación de la Señora, y el indicativo de Genet se ampara en los muebles Luis XV para marcar el tono. Por cierto que esta fue tal vez la única carencia: la ambientación un tanto inadecuada y quizá el vestuario, en cierto modo; seguro que por falta de presupuesto por parte del Ayuntamiento, que le haber amparado más el espectáculo hubiera contribuido, como es su obligación, a arropar el magnífico trabajo de las actrices.
        Se trata, por consiguiente, de un ritual, de una ceremonia en a que se interrelacionan permanentemente dos planos: el de la realidad y el deseo; el de los poderosos y el de los oprimidos. Se trata de una liturgia con vestidos precisos y palabras que cumplen su valor casi mistérico. Hermoso texto, por cierto; lenguaje de altos vuelos, sin duda, el de esta pieza a través de la cual asistimos a los entresijos y contradicciones de tres almas de mujer. No en vano Jean Genet afirmaba ufanándose al hablar de sus claves creativas: “mi victoria es verbal y la debo a la suntuosidad de las palabras”. Reconozco que a mí me impactaban con frecuencia los diálogos por este poder de sugestión que adquirían en ellos las imágenes oníricas, los atrevimientos expresivos. Este valor ya implícito en el arte escénico de Genet fue un componente que añadía belleza al espectáculo, que aumentaba de registro con la tensión y la agresividad de esa acción contenida, densa, a punto de estallar. Hasta en los pretendidos y frecuentes feísmos léxicos aporta Genet su toque lírico y magnificador, así por ejemplo cuando Solange en un momento climático le dice a Clara: “Mi chorro de saliva es mi diadema de diamantes”...


MARIA GRACIA EN EL PAPEL DE LA SEÑORA Y PATRICIA EN EL DE SOLANGE.

        Claro que son símbolos sus personajes y toda la obra una parábola, una inquietante parábola de la humillación de quienes sirven, de cuantos se ven obligados a servir y a tragarse sus sueños; a servir a una Señora, a servir a un sistema opresor, de valores opresores. Claro que el rescoldo existencial aviva el malditismo de sus heroínas que acaban entendiendo la vida como pasión inútil, mientras van deslizándose hacia el abismo, hacia los “brazos perfumados del diablo”. Y todo ello para mostrarnos el lado oculto de la moral al uso, el lado rastrero de las convenciones establecidas.
        Charo Martín estuvo inspiradísima en su papel de Clara. Su figura, su porte, su maravillosa dicción del texto, su movimiento escénico dejaron absolutamente boquiabierto al auditorio. Supo adaptarse con fluidez y naturalidad a los cambiantes estados de ánimo que requería su personaje y rubricar el papel con un movimiento ensoñador de sus brazos y unas lánguidas y brillantes y poderosas miradas al infinito.
        No le fue a la zaga su hermana Patricia Martín; hermana en la ficción y en la realidad. Ese rol de mujer más segura y al mismo tiempo más vulnerable, esa ambigüedad entre fortaleza y debilidad que le requería el personaje de Solange, siempre debatiéndose en una corrosiva indecisión entre el amor y el odio, logró asumirlo de forma turbadora. Fue fascinante verla cambiar el rostro para expresar con todos los músculos de la cara tantas pequeñas emociones que llenaban de contenido sus parlamentos. Una expresión del texto, la suya, absolutamente redonda, natural y precisa... Por su parte María Gracia Amaya cumplió con su papel con mucha dignidad, si bien su temperatura emotiva fue un punto menor. Quizá el rol de Señora, más circunstancial en la obra y con un texto mucho más reducido, la inducía a ello. Creo que debiera de haber mostrado un vestuario más sofisticado y más provocador. No obstante fue una actriz que ejecutó con propiedad su trabajo ya la que el espectador acabó por asimilar en la trama tras el sobresalto de la primera parte.


SOLANGE Y CLAIRE (PATRICIA Y CHARO, RESPECTIVAMENTE).

        No me duelen prendas: ahí quedan mis palabras que quisieran servir como continuación del aplauso que dediqué a las actrices, a la historia, al lenguaje portentoso de Genet y a la dirección y adaptación de Rolando Salas-Cabrera, a quien tanto debemos cuantos gustamos del teatro por estos lares. Velada inolvidable y éxito del que nos debemos sentir orgullosos. Un espectáculo así es un espectáculo de calidad que nos enseña, que nos conmueve y que nos hace soñar en un futuro lleno de promesas... No olvidaré jamás a Claire en el momento en el que, con parsimonia estudiada de oficiante, va dando lentos sorbos a la tila envenenada. Sabía que ella me estaba descubriendo en esos instantes el corazón de un escritor atormentado. No olvidaré ese momento en el que un rayo de luz iluminaba la taza, que se convertía así, en una especie de diamante inmenso del que emanaban destellos azules. ¡Qué magia, qué escalofrío! Por un momento pensé que aquella humilde tisana mortal era la piedra preciosa del tesoro que guarda el palacio de Topkapi.

JOSÉ LUPIÁÑEZ
Semanario EL FARO
Motril, 26 mayo 1995


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