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SAM SHEPARD


        El pasado jueves 16 de marzo se representó en el Coliseo Viñas la obra de Sam Shepard Amor de loco, bajo la dirección conjunta de Irina Kouberskaya y de José Pedro Carrión. La función atrajo a numeroso público que llenó más de la mitad del aforo del teatro y que siguió con interés la puesta en escena y el trabajo ejemplar del equipo de técnicos y actores. Se daba además un añadido sentimental y es que la única actriz del reparto, la motrileña Rosa Estévez, se presentaba ante sus paisanos tras varios años de ausencia de su patria natal y, como es lógico, el hecho despertó la curiosidad de amigos y de incondicionales.
        Lo cierto es que Rosa deslumbró a los asistentes y bordó su papel entregándose al mismo en cuerpo y alma y demostrando sobradamente sus altas dotes de actriz, su profesionalidad y sus facultades para dar vida a un personaje tan complejo como el de May, que requiere a una actriz lo suficientemente experimentada como para hacerlo creíble y lo suficientemente versátil corno para extraer de él todos los matices que la historia reclama. No en balde gran parte del éxito que está cosechando el grupo en el recoleto Teatro Alfil de Madrid con esta pieza se debe a la actuación de Rosa Estévez, sobre la que recae mucha responsabilidad en el esfuerzo total del equipo. Afortunadamente sale más que airosa de la prueba y demuestra que sabe ganarse al auditorio con sus gestos, con su ternura, con su belleza, con su voz, con sus lágrimas y hasta con sus silencios... Aunque prefiero que las compañías ahonden más en nuestro repertorio hispánico y den a conocer las muchas obras que permanecen inéditas entre nuestros escritores, he de confesar que disfruté de esta función en la que la elección recaía, una vez más, sobre esa realidad americana tan presente entre nosotros a través del cine de aquel país, de cuyo lenguaje y técnicas no anda muy lejano el autor de Fool for love. En efecto, Sam Shepard (1943) es un creador perteneciente a las últimas promociones de dramaturgos norteamericanos que destaca por su concepción violenta y desgarrada del teatro. Sus dramas son obras densas y simbólicas, rayanas a veces en lo grotesco, en las que pone en juego los mitos clásicos de la reciente historia americana, con referentes modernos, tomados del mundo del celuloide o de la música rock. Se dio a conocer en 1967 con La turista, a la que siguieron títulos corno Blues del perro rabioso (1971) o El cliente del delito (1973), que vienen a representar una primera etapa de su producción, en la que los atrevimientos simbólicos y las rupturas escénicas conferían a su propuesta un sentido hermético complicado y de un experimentalismo casi visionario. Más recientemente, a partir quizás de Maldición de la clase que se muere de hambre (1976), tras la que se representaron Niño enterrado (1978) y su célebre El verdadero Oeste (1980), Shepard se decanta hacia un teatro que se centra en la órbita de lo familiar, con preferencia por los ambientes realistas, en los que se suceden acciones llenas de dramatismo y de violencia trágica


CARTEL DEL ESTRENO

        Amor de loco se incluye en esta última serie, en la que el tema dominante vuelve a ser, como en El verdadero Oeste, la violencia, la tensión entre hermanos. De nuevo la atmósfera de la familia en este caso de una familia escindida, y el amor que es vivido como maldición, en un clima de brutal trasgresión y de imparable agresividad, son los ejes sobre los que gira la historia. Nos narra ésta el reencuentro de dos hermanastros: May (Rosa Estévez) y Eddie (Andoni Gracia) en un motel. Entre ambos ha existido una relación prohibida que arranca desde la infancia y que ha marcado trágicamente a ambos protagonistas, hijos de un mismo padre (Raúl Pazos). Eddie ha recorrido miles de kilómetros para buscar a May, con la que sigue manteniendo una ambigua complicidad erótica. Los gritos, las acusaciones, la sensación de culpa llenan los parlamentos y aumentan la tensión dramática. El odio y el amor sacuden a ambos personajes subrayando sus perfiles de seres marcados por un destino adverso de imposible resolución. El padre de ambos asiste al desenvolvimiento de los hechos. Se trata de un personaje más, pero que tiene el valor de una presencia fantasmal que intermitentemente matiza el intercambio de reclamaciones. Se diría que busca su redención, por esto su papel en la escena es el de un espectro, el de un alma en pena. Interesantísima esta función del padre adúltero que mantuvo su doble relación con las madres de ambos hermanos hasta que al ser descubierto escogió huir en un pasado, actualizado ahora a través del recuerdo y abonado con las tensiones del presente. Técnicamente sus licencias expresivas (beber tequila o prestar su sombrero que utilizan otros personajes, por ejemplo) supone infiltrase en la realidad desde su limbo, hecho que complica intencionadamente el verismo de la acción.
        Si la actuación de Andoni Gracia al encarnar a Eddie fue dignísima y mantuvo en todo momento la verdad dramática de un personaje enamorado sin remisión de su propia hermana, la del uruguayo Raúl Pazos, en el rol de Padre, no le fue a la zaga. Sus intervenciones ponían en relación dos planos imposibles y marcaban dos lugares escénicos distintos: el de la realidad de los hijos y el de su propio territorio, que no era otro que el de la niebla indefinida y fantasmal de los seres incorpóreos. Excelente trabajo éste de Raúl Pazos y también el de Jesús Alonso en el papel de Martín. Martín representa la posible salida para May de ese clima de asfixia y de malditismo que supone su relación con el hermanastro. Acude a escena como un tercer vértice del triángulo afectivo y encarna a un ser indefenso, con un pasado también problemático: se trata de un joven huérfano de carácter sencillo y un punto volátil, tierno y presto a liberar a May de su condena amorosa y ajeno absolutamente a la borrascosa historia que la precede.


AMNON Y THAMAR (NICOLO RENIERI)

Me gustó su manera de comportarse en el escenario y la seguridad y convicción con que nos hizo creer en la incertidumbre y en la indefensión de esa otra víctima del drama de Shepard.
        En realidad el dramaturgo recrea aquí un viejo tema, como lo hizo Lorca en su Romancero gitano al evocar los amores entre Thamar y Amnón. Shepard contri-buye a ese clima de violencia y de emociones prohibidas y se permite remarcarlo con otros elementos como son el alcohol, el lazo para apresar las reses o la escopeta que, en un momento determinado, es disparada al aire por Eddie. La locura y la tensión de los hechos sumen a los espectadores en una vertiginosa sucesión de acontecimientos, atemperada sólo por la larga evocación explicativa de Eddie. Los tres planos de la obra se alternan para contribuir a esa atmósfera tormentosa y abrasiva. Por un lado el plano principal en el que se producen los diálogos de los personajes y que tiene lugar en el escenario. Por otro lado, el plano simbólico y fantasmal en el que se mueve la figura paterna y, finalmente, el plano exterior al motel, que va más allá de la sugerencia y que casi toma consistencia y corporeidad en la imaginación del espectador gracias al trabajo del equipo técnico que supo completar la labor de los actores con una inquietante apoyatura musical (Javier Alejano), una escenografía sobria y ajustada con eficacia a la acción (Ana Garay) y unos efectos de luz (Rafael Echeverz) y de sonido absolutamente determinantes para lograr los objetivos previstos.
        No olvidaré este primer encuentro vivo con Shepard. Ni aquel ambiente de tensión y de furor espiritual al que parecía que deseaban convocarnos los actores. Era como si pretendieran que nos acercáramos más y más a ellos hasta tomar el escenario para desembarcar en su danza frenética y que corriéramos, como ellos, para apagar las llamas del fuego externo que ardía tanto como el de las pasiones de sus corazones heridos. No olvidaré esta locura ni a Rosa Estévez, a quien conocí esa noche. No olvidaré su entrega, sus dotes para la escena ni sus turbadores ojos claros.

JOSÉ LUPIÁÑEZ
Semanario EL FARO
Motril, 25 marzo 1995


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