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JOSÉ LUIS ALONSO DE SANTOS

        Todavía quedan algunos carteles en las paredes de varios edificios motrileños desde los que sigue asomándose a nuestra rutina el rostro singular de una mujer, de una actriz que forma parte ya indiscutible de la historia de nuestro teatro más reciente. Esa actriz, esa gran dama nos sigue observando con su mirada vivísima y llena de ingenio y contempla con sabia serenidad nuestros yerros de estos días, esta inquietud, este desasosiego... Me refiero, claro está, a Mari Carrillo, que nos visitó la semana pasada con motivo de la puesta en escena, en el Coliseo Viñas, de Hora de visita, la obra de José Luis Alonso de Santos (Valladolid, 1942), quien se ocupó también de dirigirla. A la única representación que se ofreció a la ciudad acudió un público entusiasta que ocupó más de la mitad del patio de butacas. Lo cierro es que el interés del espectáculo estaba más que garantizado, puesto que se nos brindaba la oportunidad de reencontrarnos con esa actriz mayor de nuestra escena a la que avala una larga trayectoria de entrega al teatro y de la que recordamos a tantos personajes que ha ido encarnando su arte y que ya siempre nos hablarán con su voz o los evocaremos con sus gestos y con su figura.


MARI CARRILLO

        En esta casi su despedida de la escena Mari Carrillo, más vital, más joven, más convincente que nunca daba vida a uno de los papeles que ella tan bien ha singularizado: el de madre. Una madre, Julia, llena de energía, vulnerable y tierna que descubre, tras una vida larga de sometimientos y renuncias, una suerte de libertad espiritual que es mezcla de una serie de pequeñas esperanzas y de una fresca desinhibición, con la que pretende hacer salir de la crisis y de la angustia a su hija María. Curiosamente en el papel de María fue esencial el desparpajo gestual y expresivo de Teresa Hurtado, hecho que añadía un verismo imprevisto al espectáculo. La hija real y la Marta ficticia junto a la madre de ficción, Julia, y la madre verdadera.
        La obra de Alonso de Santos, aunque sencilla en su estructura no deja de ser ambiciosa en sus propósitos, y toma una vez más la realidad cotidiana como


ADAPTACIÓN AL CINE DE FERNANDO COLOMO

fuente de inspiración, hecho al que ya nos tienen acostumbrados el autor de La estanquera de Vallecas o Bajarse al moro. Esta vez la acción discurre en una sala de hospital en la que se repone de un intento de suicidio María, una joven ama de casa y poeta que ha sido abandonada por su marido. La madre, Julia, acude a visitarla y justamente en el tiempo de su estancia junto a la convaleciente, tiene lugar el desenvolvimiento de la historia. Aprovechando que María no puede articular palabra la madre despliega ante ella toda una ceremonia en la que se dan cita el humor, los recuerdos, los comentarios triviales, las nostalgias, las confidencias íntimas, a manera de lenitivo para las penas y todo ello para convencer a su hija de la necesidad de llenar con nuevos valores su vida rota tras el fracaso del amor. Completa el reparto Palmira Ferrer, que representó con acierto el papel de una enfermera malhumorada a la que supo imprimir gracia y verismo dramático.
        Hora de visita es, sin duda, un tipo de obra de las que se escriben a la medida de una actriz como Mari Carrillo; es más, sin una actriz de tan asentado conocimiento escénico tal vez hubiera resultado una pieza algo elemental y falta de nervio. Sin embargo el magnífico trabajo actoral que desarrolla Mari Carrillo llena de sentido al personaje y le añade infinidad de matices que consiguen de él no sólo el perfil de la Julia del caso, sino el símbolo mayor de esas madres abnegadas que al cabo de una vida de adversidades se procuran una segunda juventud para seguir entregándose con emoción a los hijos. No en balde el propio autor y director confirma este extremo cuando declara en el programa de mano algunos fundamentos de su concepción dramática. «El arte teatral consiste, básica y principalmente, en el arte del actor, cuando el actor es capaz de convertir sus trabajos sobre el escenario en obra artística, como ha hecho tantas veces Mari Carrillo. Todas las demás personas que participamos en un


MOMENTO DE LA REPRESENTACIÓN

espectáculo —autor, director, escenógrafo, productor; iluminador, etc.— aportamos desde nuestras áreas específicas las condiciones y el material teatral que permita y facilite la creación del actor. Ellos son los que están cada día en el escenario ante el espectador cuando se levanta el telón».
        Hora de visita es una de las últimas obras de Alonso de Santos, escritor dramático que es sin lugar a dudas un conocedor activo del teatro en sus más diversas facetas, desde la de autor, actor o director, hasta la docente desarrollada en la Escuela de Cinematografía, en el Aula de Teatro de la Universidad Complutense o en la Real Escuela de Arte Dramático y es que su compromiso con el público y los escenarios arranca desde los tiempos en que formó parte de grupos independientes como el TEI, el grupo Tábano o el Teatro libre de Madrid.
        Una larga suma de experiencias quedan en el camino, en un camino en el que se cuentan hitos significativos y reconocimientos a su labor entre los que

sobresale el Premio Nacional de Teatro que le fue concedido en 1985. En general, la crítica ha venido distinguiendo tres etapas diferenciadas en su trayectoria: su primera época estaría marcada por el hecho de ser la Literatura la que informa y conforma la sustancia de sus obras: me refiero a piezas como Viva el duque nuestro dueño (1975), que me cuenta Martín Recuerda estrenó él en su Cátedra Juan del Enzina de la Universidad de Salamanca para sus alumnos; El combate de Don Carnal y de Doña Cuaresma (1980) o La verdadera y singular historia de la Princesa y el Dragón (1980). Estos títulos aportaban una reflexión y una relectura festiva de nuestra tradición literaria en un tono mantenido de parodia humorística y de farsa exenta de agresividad.
        Su segunda etapa más introspectiva y más de búsqueda expresiva y de nuevos contenidos lo orientan hacia la preferencia por los conflictos sociales o personales y vendría representada por obras como El álbum familiar (1980) y Del laberinto al 30, estrenada un año antes pero publicada en 1985. Tal vez sea esta una época de tránsito en la que se nota el jadeo del creador y en la que los proyectos no cristalizan en obras definitivas...
        Hora de visita, que originariamente se anunciaba como Buscando al sol pertenecería a ese otro tercer grupo de obras en las que el entorno urbano, la cotidianeidad y los personajes sencillos se anteponen como constantes. Vendría a sumarse a otros títulos como La Estanquera de Vallecas (1982), Bajarse al moro (1982) y Fuera de quicio (1985). Es, por consiguiente, obra en la que la atención dramática se concentra sobre un personaje motor de la acción; predomina en ella el tono amable y la ternura, siempre dentro de la tradición del teatro de humor, en la línea de Mihúra, Jardiel Poncela, López Rubio, Tono, etc. y deja margen a las salidas esperanzadas que resuelven los desajustes existenciales de sus protagonistas. Por lo demás la puesta en escena fue impecable. El decorado simple y eficaz y el complemento de la luz y el sonido —incluido el artificio de la supuesta voz en off de la enferma— cumplieron su subrayado oportuno. Todos los elementos daban cuerpo a una historia de nuestro tiempo que nos situaba frente a una viñeta extraída de la experiencia cotidiana. En este caso la elección apuntaba hacia el frío metálico de las salas de hospital, esos inmensos retablos vivos del presente en los que el dolor toma formas tan crueles y tan trágicas. Y no fue mala elección puesto que el hospital ha sido desde siempre un entorno dramático de primer orden en el que el dolor y la indefensión convierten a los enfermos en actores que repiten una pregunta... La palabra, el amor, la ternura redimen finalmente a Marta y se produce con el desenlace ese acto frecuente en Alonso de Santos que es de afirmación esperanzada...


MARI CARRILLO

        Desde los carteles sigo viendo a Mari Carrillo anunciando una noche de teatro que se fue, una noche de teatro en la provincia y me pregunto recordando la obra ¿será posible esa esperanza en los tiempos sin brillo y sin grandeza que nos ha tocado vivir? ¿Será posible esa esperanza en estos días en los que la violencia, la mentira, la desper-sonalización y la injusticia campean a sus anchas? Hora de visita, leo en esos carteles y pienso: una función que ya tan sólo existe en la memoria y en el corazón. Así es la magia del teatro, así es la magia de este arte que con sus efímeros decorados y los gestos y palabras de unos actores sigue transmitiéndonos verdades que permanecen y que nos hacen meditar.

JOSÉ LUPIÁÑEZ
Semanario EL FARO
Motril, 25 febrero 1995


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