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RICARDO BELLVESER


     En el proceso necesario de revisión de la poesía de los setenta, desvirtuada por el esquematismo que marcó Castellet con su proyecto novísimo, se está comprobando un hecho largamente denunciado desde distintos frentes: la riqueza, la versatilidad y la pluralidad de voces que permanecían escondidas, silenciadas o sencillamente proscritas del panorama oficial. El falseamiento o el secuestro ha sido de tal magnitud que muchos nombres mayores de esa promoción se han olvidado. Lo cierto es que autores como Pedro Rodríguez Pacheco, Carlos Clementson, Pedro J. de la Peña, Juan J. León, Antonio Carvajal, Enrique Morón o Ricardo Bellveser, por citar varios de esos nombres, difícilmente se encuentran en las antologías al uso, ni han recibido sus obras la atención que requerían la calidad y singularidad de las mismas.
     El caso de Ricardo Bellveser (Valencia, 1948) resulta ilustrativo a este respecto si se atiende a su producción poética recogida en La memoria simétrica. Antología 1977-1993. En efecto, el volumen, precedido de un prólogo agudísimo e imprescindible de Pedro J. de la Peña, ofrece al lector la posibilidad de una lectura de conjunto de toda su obra que, así reunida, se convierte en el mayor argumento para desautorizar las improvisaciones que aún persisten sobre nombres, escuelas o estilos, referidos a esta etapa reciente de nuestra literatura.

     La memoria simétrica incluye las cuatro entregas del poeta valenciano, más el añadido final de cinco poemas inéditos. En cada uno de sus títulos afronta el escritor una aventura diferente, tanto desde el punto de vista expresivo cuanto en lo que a temas y contenidos se refiere. Sin embargo, una preocupación central parece presidir y dar cohesión a los distintos poemarios: se trata de un componente reflexivo que imprime a su obra un tono de discurso permanente sobre la creación, sus modos, modelos, artificios, formas, fines, etc.
     El análisis del hecho creador, desde el propio texto poético, elige diversos caminos, distintas coberturas, pero a la postre no perdemos nunca de vista al poeta que piensa mientras crea y que atrapa, desde el sentido mistérico del verso, un estado de conciencia o de conocimiento, en medio de ese proceso de creación que lo es también de pensamiento, de meditación que no cesa.
     Si en Cuerpo a cuerpo (1977) nos conmueven la mediterraneidad, la fabulación de la historia, la vivencia del mito, el discurso sentencioso ("lentitud abona el dolor / velocidad no") y, sobre todo, esa metáfora global de la lucha, sobre la que giran obsesivamente sus composiciones, en La estrategia, libro que ve la luz en el mismo año, el monólogo interiorizado de la entrega anterior se convierte en una suerte de ensayo más abstracto que bascula entre la descripción y la reflexión y que tiende al enxiemplo. La nueva excusa reclamará distinta apoyatura y, en esta ocasión, la alegoría de lo circense dará paso a la concepción abarcadora que identifica ficción y realidad en la que asoma, por entre las agudezas de la inteligencia o las diabólicas paradojas, la sombra de un sentimiento desesperanzado que se hará más patente en próximas entregas.
     En efecto, será en Manuales (1977-1980), libro emparentado en lo técnico con el que le precede, donde se aprecie más a lo vivo la crisis radical de su trayectoria y cómo se agudizan los conflictos entre realidad y


MEDITERRANEIDAD

deseo, que comienzan a cuartear la seguridad de un universo provisionalmente a salvo, gracias a los juegos de la inteligencia. Con él, en cierto modo, se cierra una etapa en la que se presiente la inminencia necesaria de la ruptura, de la búsqueda de un nuevo lenguaje y de un mayor acercamiento al presente y a lo cotidiano.
     A mi modo de ver, esa otra experiencia se emprende en Cautivo y desarmado (1987), que nos muestra el perfil de un escritor diferente, menos crédulo, menos mental, más pasional, más enamorado del misterio, más vulnerable al azaroso vaivén de las cosas y a los desgarros de la vida que acecha. No es lógico pensar que sean éstas algunas de las causas que lo separan de planteamientos prece-dentes. Aumenta aquí la temperatura humana y hay una mayor cercanía vital del autor que desnuda ahora su propia biografía y dota a sus versos de una rara intensidad; es otra la emoción que no sólo confirma su madurez lírica, sino también su evolución espiritual con la que inaugura nuevo ciclo.
     Los inéditos finales "Cinco poemas de Julia en Julio" confirman esta órbita en la que se ha llegado a la certeza de que es vivir la única salida para seguir aprendiéndonos. Y es que ya sabemos que ni la ciudad, ni el amor, el trabajo, la rutina o los seres que rodean nuestro entorno satisfacen el ansia de infinito, la espera de lo trascendente: El razonamiento suena a juego de palabras, / en esa trinchera me escondo a menudo. / Debe ser vanidad, pero pienso que no puedo / ser únicamente dócil. Algo en mí dice que hay otras cosas / y que algún día se revelarán.

JOSÉ LUPIÁÑEZ
DIARIO 16
Suplemento CULTURAS
Madrid, 4 noviembre 1995




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