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JOSÉ MARÍA MORÓN

     No cabe duda de que los nombres mayores de la llamada generación del 27 relegaron a un segundo plano a un gran número de autores con obras y trayectorias excelentes, muchos de los cuales sería preciso estudiar en profundidad y someter a una revisión ambiciosa si deseamos aspirar a un mejor conocimiento de aquella auténtica edad de plata de nuestra cultura. En el teatro, en la novela, en la poesía tanto interior como en la producción en el exilio hay figuras de enorme trascendencia que están por recuperar si no queremos perpetuarnos en la contradicción de nombrar edad de plata a un periodo representado sistemáticamente en historias y manuales por un mismo puñado de nombres.
     En general esta nueva sensibilidad viene dándose últimamente entre algunos autores y críticos. López Rubio hablaba en su discurso de entrada en la Real Academia Española de La otra generación del 27 y reivindicaba mayor atención y recuerdo para sus compañeros de viaje Miguel Mihúra, Edgar Neville o Antonio de Lara, representantes como él del teatro de humor. En el terreno de la novela Ayala, Sender o Andujar (Tres tiempos en la narrativa del exilio español) han llamado la atención sobre numerosos cultivadores del género postergados por una u otra causa. También en poesía se van recuperando en estudios recientes y publicaciones de obras una serie de nombres todavía lastrados por el marbete de la marginalidad o el despectivo y muchas veces injusto de “poetas menores”. Sírvanos como ejemplo de este tipo de recuperaciones la edición de Roberto Pérez de la Poesía completa de Mauricio Bacarisse, verdaderamente modélica.


MINERO DE ESTRELLAS

     En este sentido es de agradecer la que por su parte lleva a cabo el profesor Pérez Bowie del libro emblemático de José María Morón, Minero de estrellas, al que añade una breve selección de composiciones no incluidas en éste. Se rescata a través de ella a un gran poeta que, tanto por nacimiento (Puebla de Guzmán, Huelva, 1897), inquietudes, temática, cuanto por estilo o ideología, pertenece a esa pléyade de escritores de rango que conmocionó nuestra lírica en las fechas anteriores y posteriores a la guerra civil.
     El estudio preliminar de Pérez Bowie parte de un trabajo suyo pionero, editado por la Universidad de Salamanca en 1977, que ha podido reelaborar ahora y completar a raíz de la publicación de una importante serie de artículos de Manuel López Robles, que evocaban su amistad con el poeta y que aparecieron en el diario Odiel de Huelva entre las fechas de mayo de 1980 y septiembre de 1981; y gracias también a la colaboración de la propia viuda del autor y a otra serie de amigos que le conocieron y trataron en la intimidad. Con información, pues, de primera mano puede decirse que este texto nos ayuda a situar con bastante rigor la trayectoria y personalidad de un escritor que compartió el Premio Nacional de Literatura en 1938 nada menos que con el Vicente Aleixandre de La destrucción o el amor, según decidió un jurado compuesto por Manuel Machado, Gerardo Diego y Dámaso Monso. Dos años más tarde se le otorgaría también el Premio Fastenrath de la Real Academia Española.
     Con buen criterio divide Pérez Bowie la evolución de la escritura de Morón en dos etapas: una anterior y otra posterior a la fecha de 1936, y decanta su preferencia por la primera, en la que se enmarca Minero de estrellas, único libro publicado en vida del poeta. En realidad el tema de la mina marcará ambos periodos, pero en el primero de ellos se observa un tipo de poesía próxima al vanguardismo de los años veinte, y en ella se da una feroz combinación de elementos tradicionales con la nueva imaginería de las estéticas antisentimentales de la época, a la par que un compromiso que va siempre más allá de la militancia puntual o de las consignas de partidos políticos:

De martillos y hoces,
colmaron sus ardidas utopías
ángeles rusos de nevadas voces;
y por las huelgas de sus rojos días
pasan horas dramáticas
con vuelos de pistolas automáticas
  (Pág. 77)


AYUNTAMIENTO DE NERVA ( VÁZQUEZ)


     En la segunda etapa su poesía se hace más hermética y tiende al hipercultismo y a una preocupación formalista que, en efecto, a veces alcanza niveles exacerbados. Buena prueba de esa oscuridad creciente y rebelde da el léxico especialmente rebuscado del que hace gala el autor: «máculas», «rioladas», «aspérrimos», «atropadas», «proficuas», «redundas», «resuenos», «caudos», etc. Las causas de este nuevo rumbo acaso deban buscarse en una cierta forma de protesta ante el olvido y la falta de reconocimiento de sus contemporáneos.
     Sus años finales los pasará en Madrid, a donde se traslada con su familia para ocupar un puesto burocrático en el Ministerio de Trabajo, que alternará con otro empleo de contable en una imprenta. Son años duros, de retiro, en los que transcurre su vida en la más absoluta oscuridad. Apartado de círculos y tertulias publica apenas alguna que otra muestra en revistas como Brújula o Tajo o colabora muy de tarde en tarde en los medios de prensa vinculados a la cadena del Movimiento. Bowie considera la posibilidad de un exilio interior «como reacción contra el acatamiento resignado con el que se vio obligado a aceptar las nuevas circunstancias».
     El 5 de abril de 1966 moriría el poeta en su domicilio de la calle de Menorca, víctima de un cáncer. Una breve nota de prensa se hacía eco de la noticia que apenas trascendió a los cenáculos literarios del momento ni fue motivo de mayor homenaje.



JOSÉ LUPIÁÑEZ
Diario CÓRDOBA
Suplemento CUADERNOS DEL SUR
Córdoba, 6 abril 1995



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