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     Resulta estimulante comprobar que los temas eternos que conforman la materia del sueño del poeta adquieren veladuras y contornos originales en quienes ejercen con rigor y verdad esa encomienda que es escribir versos. Así al menos me lo parece tras leer el libro de José María Algaba El sudario de Laertes, recientemente publicado por la Diputación Provincial de Huelva en la colección de poesía «Juan Ramón Jiménez».
     Ese hacer y deshacer de Penélope, que demoraba el fin; ese trabajo interminable en una tela que iba a envolver el cuerpo de su suegro Laertes, acude aquí como tema de fondo, referido simbólicamente a nuestro destino. El libro convoca a una atmósfera de intimismo y confidencia, de evocación y retorno a través de la palabra hacia «los rotos días de la infancia», hacia «el caudaloso fuego de la infancia». Versos ceñidos y limpios nos dejan memoria de aquellos paraísos en los que cobran singular protagonismo las figuras del padre y de la madre del poeta. Lugares y recuerdos se imponen, contados con registro de nostalgia, de sensibilidad dolorida, desde un presente contemplativo que nos deja constancia de una cierta desolación espiritual y de una soledad que progresa.
     Es grato al lector este mundo que Algaba pone en pie, en el que la naturaleza es una suerte de locus amoenus que da color a la tristeza. Cerezos, jacarandas, catalpas o cipreses asoman por estas composiciones breves que son pequeñas verdades aprendidas en este tejer y destejer de los días. Y es grato porque también se lee en los versos la honestidad de los sentimientos y el temblor de las revelaciones. Poemas que nos dejan, al cabo, una sensación de desprendimiento, al reflexionar también sobre la muerte desde esta orilla del camino: la muerte de los seres queridos que al dar origen a nuestro propio ser, tal vez han dibujado con su partida el modo en el que quizá nosotros nos vayamos del mundo:

Ellos también amaron las palabras
que nada decidían. Pasa el niño,
bandadas de gaviotas en la tarde,
frente a un cielo de acacias y cenizas.
Antiguo y desolado es el sendero.
       (Pág., 67)

     Meditación, evocación y paisaje son elementos constitutivos de este libro de Algaba que destaca por su sobriedad, por su latido cordial, por su convincente dicción. En él parece alejarse el poeta del atrevimiento de los experimentalismos para anteponer las sinceras verdades del corazón, lo cual exige de su disciplina lingüística no sólo contención y temple, sino sentido del equilibrio y armonía entre el decir y el sentir. Sobre esa trama se suceden estos versos que anuncian horas difíciles, estados intermedios del ánimo, retornos y reencuentros con un pasado que sigue latiendo en el presente para anunciarnos acaso un futuro de perfiles inciertos; un futuro en el que se presiente esa súbita irrupción del invierno simbólico, de ese ineludible invierno que hará su aparición con su inquietante sudario de nieve para acallar los fuegos de las viejas celebraciones, de los antiguos ritos «y aquella claridad de luna amarga». ga».

JOSÉ LUPIÁÑEZ
Diario MÁLAGA-COSTA DEL SOL
Suplemento PAPEL LITERARIO, nº 71
Málaga, 23 septiembre 1994


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