Volver a Artículos


FERNANDO DE VILLENA

     Cuando apenas acaba de aparecer la poesía reunida de Femando de Villena (Granada, 1956), en la que se recoge toda la producción de la década pasada, nos sorprende el autor con esta nueva entrega, el Poema de las estaciones (Colección Galatea, n0 6, Diputación Provincial, Córdoba, 1992), que se inscribe en una de sus dos vertientes expresivas, la que en varias ocasiones ha denominado el poeta neomanierista o neobarroca. En efecto, sus primeros libros se constituyen en abierta reivindicación de la literatura áurica, y significaron en su momento dos referentes inexcusables de esta vuelta consciente a la tradición como forma de disidencia, a manera de réplica, a manera de revulsivo frente a los horizontes que elegía por entonces gran parte de la poesía española de estos últimos años. Su dominio del idioma, su sentido del ritmo y su asimilación de las fórmulas expresivas de los dorados siglos, le han permitido desde aquella salida seguir cultivando este importante venero que, de alguna manera, viene a ser el origen de la singularidad de toda su poética. Pensil de rimas celestes (Ámbito Literario, Barcelona, 1980) y Soledades tercera y cuarta (Genil, Diputación de Granada, 1981) despertaron sospechas en algunos incautos que entendieron su oferta como mimetismo sin más, cuando es bien patente que la novedad se comprueba apenas el lector se instala en la órbita de su escritura y acepta el referente del barroco como metáfora total desde la que se parte, para asistir posteriormente a una ceremonia en la que se dan cita el virtuosismo, la sensorialidad, la plasticidad metafórica y el regalo sin par de una dicción, si clásica en sus estructuras, profundamente rompedora y revolucionaria en contenidos y planteamientos estéticos.


EL POEMA DE LAS ESTACIONES

     Este Poema de las estaciones viene a corroborar cuanto afirmamos y a retomar algunas claves que han sido perceptibles en libros anteriores. La primera de ellas es de tipo formal y, en esta ocasión, recurre a la silva para consolidar estructuralmente el poemario, compuesto en toda su extensión por este reglado vaivén de endecasílabos y heptasílabos. La segunda tiene que ver con la tendencia natural que se observa en Fernando de Villena hacia los ciclos. En este sentido sus Soledades constituyen un adelanto de este gusto por las estaciones, visible de igual modo en sus sonetos sobre los meses del año, por ejemplo. Esta fórmula le permite al escritor introducir su discurso barroco sobre la temporalidad y la existencia efímera. Finalmente se afronta en estos versos una constante temática que ha sido tratada desde distintos ángulos en entregas precedentes, nos referimos al sentimiento y entrañamiento de la naturaleza y del paisaje, en donde los ritmos, los matices, los valores pictóricos, el cromatismo sensorial aportan su riqueza ilimitada a las distintas piezas que componen este canto unitario. Concebido en torno a los cuatro elementos, Acuarelas (Doralice, Granada, 1987), podría ser el antecedente de este otro título, sobre todo por lo que tiene de contemplación espiritual del paisaje, fuente viva de enseñanzas, de emociones, de contrastes para la sensibilidad y la inteligencia.
     Tras un seguimiento de su obra anterior puede comprobarse además cómo, globalmente, este Poema de las estaciones enlaza con Vos o la muerte (Ánade, Granada, 1991) en tanto que a partir de aquí se inicia una orientación nueva, se abre una nueva etapa que hemos llamado en otro lugar de aceptación, de celebración del mundo, etapa que contrasta con su primera época, marcada permanentemente por el desengaño. A esta variante que se inicia con Vos o la muerte, pertenecería también Año cristiano, del que se han publicado algunas muestras, pero que permanece inédito aún. Nos encontramos, pues, ante cuatro poemas mayores que manifiestan la superación de cuanto supuso la búsqueda anterior. Por medio de ellos asistimos al cántico que acalla el clamor inicial; cada estación ofrece su enseñanza, de la que no está ausente la advertencia de la fugacidad, pero ya desde una postura de asunción más meditada, de aceptación entendida como irreversible.


LA PRIMAVERA (BOTICELLI)

     La primavera es el jardín, pero el jardín simbólico del mundo, el que se esconde en la memoria de cualquier lector. Desde aquí habrá de iniciarse el paseo por sus recodos y senderos, habrá de arrancar el ciclo, si se acepta la alegoría que el poeta propone:

¿Quién no esconde un jardín en la memoria
bajo un cielo de azur flordelisado?
¿Quién al volver las páginas marchitas
del libro de su historia
no encontró un laberinto
vegetal y canoro y aromado,
universo sucinto
donde todas las cosas van escritas?

                                                       (Pág., 7)

     Y el jardín es la metáfora del paraíso, que regala al sentido sus ofrendas, las mismas que trasladadas al lenguaje de la naturaleza son rosas, claveles, celindas, espigas, amapolas, ortigas, glicinas, jacintos… Un territorio donde “sestea la sierpe”, donde “busca la sombra el can ocioso”, y regalan sus trinos las “aves exultantes”. La primavera es la estación intuitiva, el espacio de la sensorialidad, pero también del presentimiento, de la inminencia, del desasosiego: “Mas, potentes tormentas trae junio: /como grises turbantes,/ nubes ciento o feroces Atalantes/ ya presagios sugieren de infortunio” (Pág., 13).
     El verano que sigue al despertar nos depara su escenario de plenitud. Tiempo de la sazón, del que es enseña el fuego. Los insectos acuden: hormigas, moscas, escarabajos, “las húsares avispas”, la mantis religiosa, “la traicionera araña”, la


EL VERANO

cigarra simbólica. Hay en el verano un temblor de fin, de redondez cumplida en ese entreverado conflicto de soles y de sombras... Sigue el otoño (La “Silva” de los oros del otoño”) que es la estación del tránsito, del recogimiento. En el hogar: el bodegón perpetuo. La lectura del otoño nos ofrece la recreación del tiempo en el que el jardín se torna viña o huerto para el caqui, la granada, la gamboa, el membrillo, “las parvas acerolas”. Breve el día, infinita la noche invitará por siempre al arrepentimiento, a la búsqueda espiritual del destino.
     Estos versos que vivifican la naturaleza, no se sirven de ella como simple decorado, todo lo contrario, el poeta la utiliza como teatro de operaciones, interviene en ella apropiándose de sus símbolos para esmaltar un pensamiento, para ilustrar una experiencia, para advertir a través de su mensaje del incesante cambio. La estación invernal, en fin, cierra el ciclo:

cuando Naturaleza queda inerte
y el crudísimo invierno
nuestro jardín convierte
en triste dependencia del infierno,
es tiempo de buscar noble clausura
con hijos y una esposa deseable
frente alas llamas del hogar amable,
consolado también con la lectura.

                                                 (Pág., 31)

     Hieren ahora más vivamente al corazón las memorias del estío, mientras el frío o la lluvia arrecian fuera. Dios va a nacer para contravenir al desengaño. A pesar de las lluvias, de la escarcha o la nieve, la esperanza vernal apunta “hacia un tiempo mejor”, y así el consejo del poeta habrá de ser: “espera un poco más, sueña y espera: / que ya llega la nueva primavera” (Pág., 37).
     Definitivamente este Poema de las estaciones viene a confirmar ese giro que se produce en la obra de Fernando de Villena a partir de Vos o la muerte y a abundar en el asentimiento que pospone las viejas rebeldías, para derivar hacia el canto, la evocación nostálgica y la defensa de valores comunitarios. Siento muy próximos el tono y la metáfora que aquí laten, a aquellas páginas de Impresiones y paisajes (Granada, 1918) de Federico García Lorca, sobre todo a aquellos capítulos dedicados a los jardines en los que se lloran los emblemas de un tiempo ido. “Las grandes meditaciones —decía Lorca en un ejemplo de conversión—, las que dieron algo de bien y verdad, pasaron por el jardín. Las grandes figuras románticas eran jardín. La música es un jardín al plenilunio. Las vidas espirituales son efluvios de jardín. ¡El Sueño! ¿Qué es sino nuestro jardín?” (Pág., 181). De nuevo el libro palpitante de la Naturaleza nos depara su ciencia misteriosa y nos incita a ese otro aprendizaje que no habrá de parar, mientras sigan creciendo las incontables raíces de la vida.


JOSÉ LUPIÁÑEZ
Revista TRIVIUM, nº 5
Jerez de la Frontera, 1993




   (subir)