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ANTOLOGÍA

     Poco a poco se va haciendo realidad el verdadero recuento de lo que hasta la fecha ha venido aportando la poesía andaluza al concierto poético de la poesía española. Y en gran medida esto es así gracias a la labor impagable de algunos poetas y críticos que, a pesar de los muchos inconvenientes que entrañan hoy las visiones panorámicas, las selecciones de nombres y de obras, han apostado por esta necesidad que es ir arrojando luz sobre las zonas oscuras de nuestra tradición y fijando los paisajes poéticos que se perfilan en las distintas provincias. Tras algunas aproximaciones parciales en Cádiz, Málaga o Huelva, el nivel de exigencia y de rigor ha ido en aumento y así, Rodríguez Jiménez publicaba en 1988 su ensayo-antología Ante nueve poetas de Córdoba, al que ha seguido la Antología de la poesía granadina (1990), excelente trabajo de Miguel Gallego Roca, tanto en su estudio inicial como en la compilación de los versos. Esta es la tarea, este es el camino si no queremos renunciar a los matices: ir tomando conciencia de la riqueza poética que existe en nuestro territorio y defenderla sin pudor, sin recortes indiscriminados o arbitrarios.
     La foto de familia de la poesía andaluza de hoy aparece muy nutrida de voces divergentes y novedosas. Por eso es tan importante desterrar el espejismo que la condena al plano único de algunos nombres. En este sentido resulta especialmente necesaria la confrontación de nuestras poéticas por provincias. Pese a las ausencias más o menos significativas, pese a las presencias que se cuestionan, hemos de convenir que no hay otra fórmula más eficaz que el acercamiento a los distintos núcleos poéticos de nuestra comunidad si se quiere llegar, en un segundo paso, a esa otra antología mayor de la poesía andaluza última, tan necesaria hoy en día.
     En esta línea que comentamos acaban de ser editadas dos obras absolutamente imprescindibles en Almería y en Sevilla: Nos referimos a la Poesía almeriense contemporánea (Colección «Batarro», Almería, 1992), en edición a cargo de Pedro M. Domene y José Antonio Sáez, en la que se seleccionan veintitrés poetas, desde los nacidos en la segunda década del siglo hasta los que hoy frisan más de treinta años. La muestra viene precedida de un estudio que analiza documentadamente los antecedentes histórico-literarios de la poesía actual y se detiene en los actos, encuentros, colecciones o revistas que han ido forjando una escuela poética en Almería a la que probablemente esta selección está dando carta de naturaleza. El siguiente texto al que hemos de referirnos no es otro que el de Pedro Rodríguez Pacheco y Javier Sánchez Menéndez. Poesía sevillana 1950-1990 (Estudio y Antología), que publican Muñoz Moya y Montraveta, Editores en Brenes, Sevilla, 1992.
     Es ya bastante frecuente la fórmula de dos escritores que se reparten el trabajo en este género de las antologías, que tiene sus antecedentes en los remotos cancioneros y florilegios del pasado. Uno suele ocuparse del ensayo introductorio en donde se fijan los criterios, el ideario y los puntos de partida, mientras que el otro se centra en la selección de los poemas más representativos. Dos responsabilidades se unen, pues, para acometer una labor que parece irreversiblemente abocada a la discusión y a veces al escándalo. Como en la anterior muestra almeriense, también en la sevillana son dos los autores que se reparten competencias, si bien en esta última parece ser Rodríguez Pacheco quien asume en un extenso y combativo «Estudio», que supera las cien páginas, la encomienda crítica, mientras que Sánchez Menéndez se ocuparía de la antología propiamente dicha. Nada se especifica en el libro acerca de este posible reparto, pero somos conscientes de lo muy conocidas que son —por algunos adelantos beligerantes— las ideas de Rodríguez Pacheco sobre la poesía andaluza en general y la sevillana, en particular. ¿Quién no identifica con facilidad ese estilo suyo tan pasional, tan propio de quien defiende tesis y teorías desde una profunda y saludable convicción de verdad? Además, desde casi el arranque de su discurso la confidencia se filtra:«...Y tal vez nunca lo hubiéramos hecho de no haber mediado el conocimiento y buenos oficios de ese buen poeta y hombre emprendedor que es Javier Sánchez Menéndez, una de las más agradables sorpresas que nos tenía reservada el pasado año» (Pág. 10).
     Las frecuentes y molestas erratas del texto no desmerecen, sin embargo, el interés de sus contenidos; estamos, ciertamente, ante una de las más notables aportaciones críticas para el estudio de la poesía sevillana y, por extensión, de la andaluza. Este carácter de documento no se esconde al lector, que desde el principio comprueba su estructuración ordenada y su seriedad en los planteamientos, comenzando por un primer apartado introductorio en el que se apuesta por una poesía andaluza, heredera y forjadora de una riquísima tradición común, en la que ha venido jugando un papel de primer orden, lo que se argumenta históricamente y se ejemplifica con profusión. ¿Quién desde Herrera podría ponerlo en duda? También en esta introducción se lleva a cabo una aproximación a las constantes que definen la tradición sevillana y que se cifra, según los autores, en la importancia de lo cromático, lo visual y el espíritu enérgico de su escritura. Especial atención merece el epígrafe «Poética andaluza», en donde se denuncia la «operación de silencios y descalificaciones» que se ponían en marcha a raíz de la publicación de Veinte años de poesía española, de José María Castellet, de la que se afirma: «borraba literalmente del mapa a la poesía andaluza».


MARIA DE LOS REYES FUENTES

     En este tono polémico discurre el preliminar, al que siguen cuatro capítulos dedicados a cada una de las décadas que se contemplan en el libro. Todas aportan su matiz distintivo: la de los cincuenta se desarrolla «Frente a ese arma cargada de futuro» y es considerada como «la mejor generación poética surgida en Sevilla en estos últimos cincuenta años» (Pág. 55). La integran aquí los nombres de José María Requena. María de los Reyes Fuentes, Fausto Botello, Aquilino Duque y Manuel Mantero, en representación de una nómina más amplia en la que se justifica la no inclusión de Julia Uceda y se refieren otros nombres como los de Manuel García-Viñó, Pío Gómez-Nisa y Juan Collantes de Terán. De la consideración general de la época se pasa con agilidad al análisis más particularizado de características concretas sevillanas que se rematan con jugosos escorzos de cada uno de los poetas analizados. Por su intensidad y precisión destacan los de Aquilino Duque y Manuel Mantero, héroes indiscutidos de estos años. Se echa en falta a Julia Uceda, «que ha preferido no estar presente en este estudio», y desautorizó la inclusión de sus poemas según se advierte en la nota de los autores a la presente edición.
     La década de los sesenta, que Ruiz-Copete o Jurado López han considerado «años de crisis», se caracteriza para nuestros antólogos por la «confirmación literaria de la mayoría de los nombres del grupo de los cincuenta, por la eclosión de un grupo de novelistas y por la aparición de nuevos poetas». Estos nuevos poetas son representados aquí básicamente por Joaquín Caro Romero, Alberto García Ulecia, José Luis Núñez y Andrés Mirón. Por elegancia no se incluye muestra poética alguna de los responsables de este trabajo, pero en buena ley ha de señalarse al propio Rodríguez Pacheco como integrante de esta nueva hornada de voces que desde Sevilla y con la excepción de Caro Romero, se daba a conocer mediada ya la década. Persiste en estas páginas la denuncia de la sistemática marginación de la poesía andaluza, de la que fueron animadores y responsables los escritores del grupo catalán próximo a la Editorial Seix Barral, y se matiza el concepto de crisis que comentábamos más arriba, al que se contesta con la amplia nómina de posibles colaboradores de una hipotética publicación que se hubiera dado en aquellos años.
     Por lo que respecta a los setenta, el epígrafe es revelador: «Cantautores, peliculeros y la culta latiniparla». Si bien presentan más animación, estos años aportan, en la opinión de los autores, «pocas novedades efectivas». Entre los nombres considerados: José Antonio Moreno Jurado. Joaquín Márquez, Manuel Jurado López, Carmelo Guillén Acosta, Javier Salvago y Carmen Stalricht; también se refieren otros como los de Alejandro Duque Amusco, Linares, Cortines, Tortajada o Fernando Ortiz, de quien se justifica su ausencia; pero de los que existe muestra poética recogida son únicamente de Márquez, Salvago, Moreno Jurado y Guillén Acosta. Capítulo aparte merece a los antólogos el caso de los poetas de «Renacimiento» a los que se acusa de «demasiada literatura aprendida, sorprendida y saqueada; un exceso de postura y de impostura. Es decir, muchas veces nos suenan los versos de estos poetas ajenamente» (Pág. 80).
     «Fobias, filias y otros poemas (1980-1990)» es el título elegido para el análisis de esta década que se define como «caótica, confusa en sus planteamientos estéticos». Consideraciones iniciales abordan el sentido artístico y la función del artista y del arte; denuncian la falta de conocimientos especializados en la crítica, con expresiones en donde reluce ese gracejo tan lleno de plasticidad y de inteligencia que tanto caracteriza a Rodríguez Pacheco: «Y, claro, en estas circunstancias el monte se ha llenado de furtivos y cada cual se asigna su gorrión o su calandria —que en esto la ornitología es ubérrima en especies y plumajes— para la foto de la posteridad: con tan exiguos trofeos pretenden convencernos de un “safari” de proporciones gigantescas» (Pág. 86). De la panorámica más general se pasa a la concreta sevillana, de la que se ofrece una nutrida nómina de poetas, que por razón de espacio quedan representados por María Sanz, Emilio Durán, Fernando R. Izquierdo, Pedro Torres Curiel, Rosa Díaz, Eliacer Cansino y Jesús Aguado. Muestras poéticas en la antología sólo figuran, en última instancia, de Rosa Díaz, María Sanz y Jesús Aguado, pero a todos se les dedica, como en capítulos anteriores, una página larga que se ocupa monográficamente de las obras, constantes estilísticas y aportaciones y novedades de sus entregas.
     Desde la magnífica eclosión de los cincuenta se van sucediendo etapas más conflictivas, como la de los sesenta, o «de pocas novedades efectivas», como la de los setenta, hasta llegar a la «confusión de planteamientos estéticos» de los ochenta. El balance, por consiguiente, no es muy alentador. Así se pone de manifiesto en la «Conclusión», en donde planea un tono de pesimismo a través del cual, básicamente, se denuncia la «irrupción de una serie de elementos extraños que habían suplantado unos presupuestos estéticos de calidad y originalidad y en los cuales había sustentado Sevilla su personalidad poética» (Pág. 99). Esta es pues una de las conclusiones que extrae el lector tras la consideración del prólogo: parece que está en duda esa supuesta capitalidad de la poesía que Juan Ramón Jiménez asignaba a Sevilla. Si a ello unimos la rigurosa selección de autores cuyos poemas componen la antología que sigue, la gravedad del panorama se acrecienta. En efecto, quince nombres, ofrecen un perfil muy depurado de la ciudad poética por excelencia, en un lapso de tiempo tan amplio como son cuatro décadas.
     Por lo que a la muestra antológica se refiere, la poética de los cincuenta la ejemplifican: Fausto Botello (1932), de quien se seleccionan poemas de un único libro, Elegías de Oromana (1973), en donde la naturaleza «floral geografía / pronunciada en amor», enmarca el lamento del poeta que evoca con nostalgia recuerdos de la amada, de la infancia, del pasado. José María Requena (Carmona, 1925), exalta los trabajos del hombre, las voluntades solidarias, las realidades amargas de la existencia en los poemas de Gracia pensativa (1969), en donde aparece también el deseo de una Sevilla idealizada, pero no por las vías de los dulces tópicos engañosos. En los textos de La vida cuando llueve (1987), la lluvia adquiere diversos simbolismos que alteran las realidades


MANUEL MANTERO

cotidianas. De María de los Reyes Fuentes (1927), se recogen poemas de cuatro libros publicados en los que sobresalen como notas características la contención, la luminosidad, la elegancia, los valores sensitivos. Aquilino Duque (1931), deja bien a las claras su magistral concepción del poema, su dominio natural del verso, de las formas y su precisión, su sentido musical, su riqueza expresiva, su universo plural y convincente. También Manuel Mantero (1930), trae aquí su voz clara y distinta de poeta mayor. Libertad, eternidad, soledad, sueños, como grandes reclamos para esta poesía tan sabia, tan esencial, tan ajustada al sentimiento y al pensamiento, en la que nada desentonan la ironía o la sátira.
     En los poetas y en los poemas que ilustran la década de los sesenta no se observan rupturas significativas con las voces anteriores. Así en Joaquín Caro Romero (1940), se suceden las posturas éticas preocupadas por los temas humanos y comunitarios; el paso del tiempo, la reflexión existencial y un evidente dominio de las formas que se detienen con sentido realista en los objetos próximos, aquellos que invitan al poeta a la confidencia o a la confesión de una intimidad de sueños y de ideas que nacen para ser compartidas con el


ANDRÉS MIRÓN

lector. Alberto García Ulecia (Morón de la Frontera, 1932) cifra en sus versos la condición del hombre, habitante de un mundo implacable. La tristeza, la nostalgia, las sombras, el abandono, acuden para conformar una escritura en la que se evidencian el desengaño, la desesperanza. Andrés Mirón (Guadal-canal, 1941), poeta de vasta producción, cierra la muestra de los autores de esta década. Sus versos son salmos de la vida que pasa y de los hombres y mujeres que exhiben sus nombres propios o los de sus oficios. Versos límpidos, cálidos para la evocación y la nostalgia por los que anida la tristeza imparable del existir. También aquí hace asomo la ironía que sirve de contrapunto y que convierte la rutina en brillante epigrama.


JOSÉ ANTONIO MORENO JURADO

     Inaugura la década siguiente José Antonio Moreno Jurado (1946), en quien se hace evidente la preocupación por una mayor experimentación lingüística. Pero el discurso de fondo no difiere en lo esencial del de sus mayores, si bien su canto impone otras geometrías, otras abstracciones que remiten en las últimas muestras. Joaquín Márquez (1934), poeta tardío en libro, nos ofrece un discurso depurado en el que aflora su intuitiva mirada sobre el mundo: «Esta duda es vivir. / Hay que agarrar / la rama del instinto». Javier Salvago (Paradas, 1950) impone estilo propio: su cruda confidencia se camufla de sarcasmo, pero en definitiva priva una lectura desencantada de la experiencia, del vivir, que deja su poso amargo de verdad en los versos, unos versos trazados con naturalidad pasmosa y sorprendente que conquista lectores. También Carmelo Guillén Acosta (1955), escoge lo cotidiano como materia lírica. En el cuaderno anota los perfiles de su biografía en tono cómplice, haciendo gala de un lenguaje directo en el que no chirrían la expresión coloquial o la frase hecha.


ROSA DÍAZ

     Ya en los ochenta, Rosa Díaz (1946) aparece representada con poemas de su último libro La doncella cincelada (1988). Es aquí su palabra misteriosa, idónea para invocación intemporal, que espanta los ecos de lo cotidiano. Hay un gusto manifiesto por lo ritual y la visión onírica o la estampa fugaz de resonancias míticas. Otra voz femenina, la de María Sanz (1956) ilustra esta década. Se aprecia en ella una tendencia al poema breve en el que quedan certezas, impresiones y ensueños vibrando como milagrosos hallazgos. Decir claro el suyo y sucinto, en el que amor y paisaje, nostalgia o presentimiento son claves temáticas convincentes. Jesús Aguado (Madrid, 1961), es el único autor de los que aquí aparecen no nacido en Sevilla, si bien se afincó en ella muy pronto. Sus poemas son deslumbrantes. Sobresale con estilo propio, con recursos personales e inéditos. Hay algo de poética canalla y de gusto por las imágenes enigmáticas y turbadoras. Trae mucha novedad su voz, que prende rápido al más exigente.
     Este es, pues, el recuento de los quince escritores que nos proponen Rodríguez Pacheco y Sánchez Menéndez como paradigmas de la poesía sevillana contemporánea. Hay nombres esenciales entre ellos, imprescindibles para la visión de conjunto de nuestra lírica. Habrá otros más discutibles y faltarán algunos para ciertas escuelas, pero no cabe duda de que esta selección tan decantada se ha convertido ya en referencia inexcusable para cuantos, ajenos a los intereses de círculos cerrados, quieran afrontar la realidad poética sevillana en estos últimos cuarenta años. Este es el camino, decíamos, para elaborar más tarde panoramas de mayor ambición. ¿Hay crisis en la poesía sevillana de este tiempo? La selección poética de esta antología parece matizar cualquier respuesta que lo asevere tajantemente.



JOSÉ LUPIÁÑEZ
Diario CÓRDOBA
Suplemento CUADERNOS DEL SUR
Córdoba, 1 octubre 1992




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