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JACINTO LÓPEZ GORGÉ


       Serían incontables las páginas que se han escrito sobre el amor. ¿Qué novela, poema o drama no le dedica atención o se entrega por entero a comprender su misterio? Tal vez se trate del misterio más poderoso con el que convive el hombre, el más indescifrable y el que más se renueva. Un misterio que junto al de la muerte nos condiciona hasta el punto de perfilar culturas y doctrinas tan diferentes. En nuestra literatura ha sido, desde los tiempos de las jarchas, uno de los temas más fecundos. De hecho podría decirse que es la nuestra una literatura inventada por el amor, por el amor de aquellas mujeres mozárabes que expresaban sus quejas a la madre, a la hermana o a la naturaleza. Platón decía que «el amor pide inmortal¡dad» y es cierto que pervive en este ciclo renovado de las generaciones y se perpetúa en formas y maneras divergentes, pero no se pierde del amor la llama que lo anima y que nos vivifica o esclaviza. Algunos lo sentirán como un ornato más de la vida, otros como la única razón por la que merece la pena respirar y unos pocos como «un deseo de belleza», por recordar a Cervantes. Lo cierto es que se trata de una emoción universal que a nadie deja indiferente y a la que recurrimos para justificar muchos de nuestros actos y de nuestros sueños.


ANTOLOGÍA

       El poeta Jacinto López Gorgé (Alicante, 1925) nos brinda ahora su libro Mi corazón, mi casa y mi memoria, que es una antología de sus textos de temática amorosa, probablemente la que más le define y ha cultivado con mayor hondura alo largo de toda su trayectoria. Son éstos los poemas de amor de una vida y, de cuantos escribió, los más sentidos, los más entrañados, junto con aquellos otros que buscan a Dios entre la niebla (1973). Sus dos grandes obsesiones las resumía el poeta precisamente en un poema de título idéntico y de época anterior: «Y yo buscando a Dios tantas mañanas/ perdido entre la niebla...// Y yo buscando la amplitud del limpio/ misterio de las cosas/ que mis abiertos ojos no entendían…// Y sólo hallaba amor». Las resumía y las fundía en el sentimiento amoroso bajo cuyo signo se seleccionan ahora estos otros versos que publica el Instituto de Cultura Juan Gil Albert en su colección «Libros del Aire». Al frente de los mismos se incluye una carta-prólogo del también poeta Rafael Morales, que subraya con agudeza y precisión los motivos que definen su escritura, una escritura que persigue «claridad, humanidad y emoción expresiva» corno referentes primordiales.
       He leído con sumo placer estos poemas. En muchos de ellos hay una sencillez de otra época. Es un modo de lenguaje diáfano por el que nos llegan los sentimientos limpiamente: unas emociones que, a veces, nos recuerdan a Machado o a Miguel Hernández, por su contención dolorosa o por sus efusiones arrebatadas, y otras nos traen a la memoria ecos becquerianos de un intimismo romántico, que recurre al paisaje como lenitivo para las congojas que se encienden en el corazón: «Como esa gota de agua que lentamente cae/ por el cristal de mi ventana ahora/ va sobre mí cayendo tu recuerdo dulcísimo./ La gloria de unos besos ofrecidos sin tregua»(Pág., 51).


DIBUJO DE DARÍO PORTILLO

       El amor con todas sus variantes y encrucijadas: para entender «el porqué de las cosas», el amor recién descu-bierto, las evocaciones, los recuerdos lejanos, la espera, la distancia, la ciudad o el viaje, lados todos de ese prisma de afirmación amorosa a los que un considerable grupo de sonetos, tan límpidos como sentidos, prestan su raro brillo. Pero también la voz libre da muestras de su eficacia: «Tengo tus hombros entre mis brazos,/ tus desnudos, puros, delicados hombros pequeños,/ hombros como manzanas redondas,/ hombros dulcísimos que mis manos aprietan/ y lentamente,/ despaciosamente,/ tal un rito litúrgico / traigo hacía mi.../ y beso» (Pág., 41).
       Un libro sobro el amor, en suma, que hoy saludo gozoso y al que sería tan bueno atender justo en estos tiempos de incertidumbre, en los que se han apagado los fuegos de las grandes pasiones y en los que un frío cortante y deshumanizado devasta tanta verdad, sencilla o grande, y tantas esperanzas.

JOSÉ LUPIÁÑEZ
Semanario El FARO
Motril, 14 octubre 1995.



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