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JOSÉ SARRIA



       No se ha ponderado todavía como se merece, la trayectoria ejemplar del hispanista Emilio Coco, uno de los más activos conocedores, traductores y divulgadores de la poesía española en Italia. Él ha sabido trasladar a la hermosa lengua italiana los versos de muchos poetas contemporáneos a través de numerosas antologías y ediciones personales, y es la suya una labor ingente y admirable, que pocas veces se consigna a la hora de los recuentos y de los balances. Una de las últimas muestras de cuanto digo la tenemos en la versión del poemario de José Sarria Inventario de derrotas, que se nos ofrece en edición bilingüe en los Quaderni della Valle (Bari, 2004).
       José Sarria (Málaga, 1960) poeta bien conocido entre nosotros desde su primer libro Prisioneros de Babel (1996), al que han seguido otros títulos como La voz del desierto (1997), que incluía algunos poemas del anterior; Canciones sefardíes (1998); el hermoso Sepharad (2000); o su más reciente Tratado de amores imposibles (2002), nos ofrece ahora esta inquietante confesión, que es

un nuevo recuento, un inventario vital, existencial, prueba evidente de la evolución de su poética hacia una línea clara, directa y, a veces, descarnada, que no esconde, sin embargo, las huellas enigmáticas que dejan la vida, el tiempo o el amor, en el corazón del poeta.
       La poesía de José Sarria ha evolucionado, a la vista de esta muestra, desde unos planteamientos míticos, que buscaban su referente en motivos de la tradición oriental, mediterránea o bíblica, hasta este otro discurso más directo, más franco, en el que la confesión o la confidencia se imponen, mientras van desgranándose las escenas de la vida vivida y las verdades que han ido conformando una nueva conciencia. Los desiertos, los lugares del mito, las escenografías ensoñadas, los itinerarios nostálgicos han sido sustituidos por nuevos territorios, en los que lo urbano, lo cotidiano, la realidad más próxima desplaza a lo anterior. El oficio de vivir, de amar, se impone, al tiempo que se evoca lo vivido y se juzga en los versos. El título del libro no puede ser más significativo a este respecto, de ahí que esa sensibilidad de fracaso espiritual sea la que inspira la escritura en mayor medida. Pesimismo y ajuste de cuentas. Un aparece en el diálogo personal del poeta, al que van dirigidos los reproches y las demandas. Un que va desmoronándose ante los ojos del lector, al tiempo que asoma una ambigua melancolía en las reflexiones de quien escribe. Y digo lo de ambigua porque, en ocasiones, parece darse una extraña reconciliación con la adversidad, que deviene en raro bienestar; las derrotas sirven al autor, al hombre, para tejer una tristeza que le complace y que lo define: “esta tristeza que tanto me gusta:/ la esencia de mis actos, lo mejor de mí mismo”.

TITANIC
       En ese clima de naufragio espiritual la metáfora del Titanic es recurso para establecer, en un poema de idéntico nombre, el paralelismo correspondiente con el resultado adverso del viaje amoroso. Los verbos fustigan en estructuras paralelísticas, muy habituales en la conformación de otros muchos de sus poemas, y así sostienen la letanía de la queja: “Me hipotecaste”; “Me dejaste desnudo”; “Me empobreciste”; “Me volteaste”; “Me perdiste por las calles de tristeza”; “Me abandonaste”… Estos versos con los que arrancan las diferentes estrofas subrayan el tono de solicitud, en medio de la desolación. El tema del amor, con implicación biográfica del poeta, ha sido uno de los más frecuentados por Sarria, incluso ha sido abordado de forma monográfica en su Tratado de amores imposibles. Pero si en este último todavía permanece un trasfondo culturalista y mitológico, a la vez que un tratamiento más distanciado e irónico en la conformación de las prosas poéticas, en este otro recuento la expresión sentimental y el perfil existencial apartan cualquier broma. En la línea de aquel, en cuyo Epílogo se declara: “El amor, como todo lo imposible, es lo único real”, este inventario escarba en las heridas, y declara su relación de dependencia absoluta del objeto amoroso, fuente y razón de ser de sus dudas y abdicaciones, pero también de sus resurgimientos. El amor para espantar la muerte, como tabla de salvación, a pesar del dolor que lleva aparejado.
       Resulta revelador el protagonismo que confiere el autor a los paratextos que acompañan al libro, con especial reincidencia en las citas de Benedetti, algunas de las cuales son motivo de glosa en distintos poemas. El lenguaje, dados todos estos elementos en juego, abandona las formas elegíacas para adoptar un tono más próximo a lo conversacional, con abundantes metáforas descendentes, o expresiones del habla coloquial (…“y no renuncio, a esta antigua manía de colmar mis frases con un malsonante vocabulario”)... Desaparece pues aquel hilo mítico, al igual que el elemento religioso: “los actos religiosos me parecen obscenos”, llega a escribir; o en decidida apostasía: “Dejé de creer en Dios a la temprana edad de veinticuatro años. Hoy no espero la resurrección de los muertos ni la vida eterna”. La sensación de derrota total aparece y reaparece, desde la hipérbole o intensificada por estructuras acumulativas y reiterativas. En Profesión de fe el poeta sentencia: “Tengo que reconocer que apenas si me quedan ideales, dogmas, creencias o, incluso, vagas esperanzas”.


LA FE EN UNOS OJOS

       A pesar de toda esta adversidad, el amor redime y el lector lo percibe en los poemas finales. El amor resurge entre los restos del naufragio. “Unos ojos” son los que vuelven a conquistar la voluntad y el alma herida del autor, cautivo de las desdichas que repasa. En Esperar la muerte asoman esos ojos: “Hoy podría esperar,/ tranquilamente, la llegada/ de la muerte si no/ fuera porque tus ojos/ me siguen invitando/ a mantenerme asido/ a la vida”, y también en Profesión de fe: “Tan solo profeso la fe en unos ojos: tus ojos, que hacen olvidar esta cotidiana excursión hacia la muerte”. Entre los dos amores –el evocado y consumido, en cuyas brasas se demora el poeta y el real que llega con la promesa de lo nuevo– discurre el libro hasta desembocar en el poema último, que da título a la selección completa: Inventario de derrotas; un inventario que, al cabo, sobrepasa el simple recuento para convertirse en la mejor evidencia de toda una resurrección. Los dos poemas finales, Profesión de fe e Inventario de derrotas, son quizá la mejor síntesis de las diversas emociones que se suceden en el poemario, anticipo, según tengo entendido, de un proyecto más ambicioso en vías de edición… Sólo resta, en fin, asentir con el traductor Emilio Coco quien reconviene al poeta en una cita inicial: “ésta que tú consideras derrota tiene para mí un fuerte sabor a victoria”. Espero los frutos que sin duda traerá esta nueva etapa, aunque he de confesar que con la nostalgia del decir de sus salmos pasados y el recuerdo de sus ecos bíblicos, que percibía tan rebeldes en estos tiempos de visas y de móviles.

JOSÉ LUPIÁÑEZ
Suplemento PAPEL LITERARIO
Diario MÁLAGA-COSTA DEL SOL
Málaga, 16 febrero 2005



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