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JOSÉ DE MIGUEL

     Poeta tardío en hacer públicos sus libros, aunque no en el ejercicio del verso, es la de José de Miguel una de la voces próximas a Cántico que mejor ha conectado con las poéticas y sensibilidades de los ochenta. Casi secreto hasta entonces, la irrupción de su escritura impecable, sensitiva y nutricia ha sido especialmente celebrada entre los autores de las últimas promociones. Y es que José de Miguel es un creador del que se percibe al instante su maestría, su virtuosismo, su alto nivel de exigencia, que le permiten construir su mundo propio, tan impregnado de clasicismo y amor a la literatura, como implicado en las paradojas de la modernidad. Naturaleza, nostalgia clásica, paganía, sensorialidad, lujo expresivo, invención metafórica, intimismo, desencanto, pero también malicia, ironía, ingenio, trascendencia... He ahí algunas de las características que, a mi modo de ver, sustentan o perfilan ese mundo propio.
      Es a comienzos de los ochenta, en 1983 exactamente, cuando aparece A orillas de la vida, su primer libro. Sucesivamente edita: Autumnalia (1984), Pentacordio (1986), Lagar de Dionisos (1988), Sonetos de amante (1988), Tres elegías andaluzas (1991), Insidias en las termas (1995) y Un vuelo hacia la luz (1997), entregas todas ellas que servirían de ejemplo de cuanto vengo diciendo.


AL ITÁLICO MODO

Sólo con detenernos en los títulos podemos percibir el anticipo de su pasión por la palabra, un punto elitista, sofisticada y barroca y un mucho clásica, sensitiva y pagana. Su obra, no hay que olvidarlo, es actualización y progresión de aquella estética del grupo cordobés y ejemplo de vigencia del mismo.
      Un paso más en ese camino lo constituye su última entrega Al itálico modo (Madrid, 2000), de la que quiero ocuparme brevemente. Precedida de un agilísimo y certero prólogo de Fernando de Villena, en el que no obstante se desliza una molestísima errata -¿falta alguna línea quizás?- referida a la boda del emperador Carlos V con Isabel de Portugal, el libro, como indica su subtítulo, es un Cuaderno de sonetos, que el poeta organiza en siete apartados. Para algunos de los títulos de los mismos gusta elegir versos que le sirven de homenaje a la Literatura, porque la tradición, el referente literario, con mayor o menor intención de complicidad siempre palpita en su obra, y así la evocación de Fray Luis de León, de Góngora o del Romancero se materializa en "Del monte en la ladera", "Aprended flores de mí" o "Fontefrida, Fontefrida", versos que nombran en el mismo orden las tres primeras partes.
      Estas tres secciones iniciales se centran en la celebración de la naturaleza: árboles, flores, pájaros, como emblemas del entorno vital del poeta; un entorno


CELEBRACIÓN DE LA NATURALEZA

sublimado y frecuen-temente alegórico. Es lo exterior vivo que penetra en el alma del creador y que le brinda motivos de reflexión o le invitan a la celebración intensamente lírica de cuanto existe fuera. Este podría decirse que es el primer núcleo temático que agavilla las composiciones inau-gurales del libro. El poeta se embelesa en la contemplación de la palmera, de la encina, de la adelfa o sigue el vuelo del neblí o del cóndor, ofreciéndonos su viñeta, su estampa emocionada que alterna, digo, descripción lujosa, sensitiva y redonda junto con otros planos meditativos en los que, a veces, se implica él mismo y resume para sí la lección de singularidad que aquellas realidades le ofrecen. Así por ejemplo, y tras el lema bellísimo de Gautier que preside la composición y que da pie a la misma, en el soneto dedicado a la palmera, vemos al árbol convertirse en símbolo vital, muy próximo, por cierto, al sentir del grupo Cántico:

                    Al amor de tu sombra, yo quisiera
                    apacentar mi vida, descuidado
                    de ambiciones y gloria volandera;
                    que no podrá sentirse desgraciado
                    quien vive, ni envidioso ni envidiado,
                    bajo el grato dosel de la palmera.

                                                    (Pág., 22).

      En la estructura compositiva del libro el apartado cuarto, "Calendas", se detiene en la meditación temporal: el ciclo de las estaciones se fija en cuatro sonetos portentosos que tuve la fortuna de conocer inéditos, y que no dejan de recordar al lector el irreversible paso de los días y la cambiante atmósfera sobre la que dibujan nuestras vidas sus trazos gozosos o dramáticos. Pero no sólo se exalta la primavera o el invierno, sino que también se extraen consecuencias, pensamientos que, teñidos por la nostalgia, la melancolía o el pesimismo, abundan en la cifra existencial que nos conmueve con su inquietante incertidumbre:

                    raudo ronda el invierno que, acezante
                    husma del calendario la postrera
                    hoja, punto final..., e interrogante.

                                                    (Pág., 62)

      Tras el meridiano temporal de estas "Calendas" el libro desemboca en el amor: "De amor y soledades". Y es que el amor y el desamor ocupan más por extenso al poeta. El amor entendido como una bendición fatal que encumbra y abate al corazón del hombre. Un amor con su bonanza y con sus tempestades, que no puede salirse del territorio de la paradoja o del oxímoron, logra arrancar de su voz los tonos más sublimes, quizás, de este poemario. Un amor que no logra salvarse de la contradicción que tortura vivificando. El yo y el tú protagonistas del lance erótico en sus mil planos recorren estos versos entre recuentos, consejos resignados, propósitos de enmienda o de renuncia, que alternan con las quejas dolientes o la invocaciones y proclamas de esta servidumbre conmovedora del afecto. Es el amor el que impone su monarquía y nos embriaga con su mixtura gozosa y destructtiva, pero insustituible para el sentimiento... Aparte de la admirable ejecutoria de los versos, de su perfección formal y de su brillante manejo de los tópicos, el lector se


EMILIA CASTAÑEDA. NUESTROS ENCUENTROS

conmueve por la intensidad del sentir, por la pasión honda que alcanza el escritor en tantos momentos. Y me refiero a composiciones en las que, sin perder de vista el referente literario de otras voces maestras, se observa la intención de ir más allá en la elección de sus alternativas o desvíos. Resuenan, claro está, Lope, Quevedo, Góngora o Lorca, a los que voluntaria-mente convoca el autor, pero no se estanca éste en la imitación simplista, sino que añade siempre la novedad cordial de sus variantes: Goza, goza el amor en cada instante,/ que un hombre es siempre un dios, si vive amando. (Pág., 62).
      Después de este apartado, el más extenso del libro, la obra se cierra con dos breves ciclos que cambian de registro: el titulado "Iocandi causa", esencialmente irónico y satírico, muestra palmaria de esa agudeza crítica de la que ya ha dado suficientes ejemplos el autor en libros anteriores y que contine sonetos divertidísimos, llenos de ingenio y de malicia; y el que cierra el conjunto, titulado "Altera pars", que funciona a modo de colofón y que retoma nuevamente-esta vez de forma más directa- la glosa de los tópicos que invitan al disfrute de la vida...
      A su manera el poeta ha profundizado en tres dimensiones esenciales: la naturaleza, lo exterior (tierra, flora, fauna); el intimismo de un yo herido por la flecha amorosa y el mundo de los otros, que aquí aparece en su vertiente burlesca y un punto despiadada, gracias a su impagable juego verbal, nunca procaz y siempre elegantísimo. El último soneto hace recuento de experiencias y, en lo que va del ayer ilusionado al hoy inevitable, no puede sumar otra cosa que "desesperanzas y melancolía", desgaste previsible del alma vitalista de quien vivió y viajó, miró y sintió cuanto pudo en las contradictorias encrucijadas de la vida difícil.


JOSÉ LUPIÁÑEZ
Revista EXTRAMUROS nº 23-24
Granada, diciembre 2001



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