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DOMINGO F. FAÍLDE

     En uno de nuestros últimos encuentros en Arcos de la Frontera, el poeta Domingo F. Faílde, no dejaba de mirar por la ventana el crepúsculo. Estábamos en el palacete que sirve de sede al Ayuntamiento. Yo contemplaba absorto el artesonado mudéjar, que era un cielo ficticio, un cielo inventado, y él miraba con fruición el espectáculo del poniente, el tránsito efímero y real de la luz a las sombras. Me percaté muy pronto de que iba creciéndole la emoción por dentro, hasta que, espontáneamen-te, me tomó del brazo y me llevó a su mirador para hacerme partícipe de aquel lienzo vivísimo: "Mira esa luz que no quiere morirseme dijo-; esa luz, esos rosas y púrpuras que coronan los cerros. Es una luz de otro mundo"... Y era muy atinada su observación, porque todavía quedaban del sol sus últimos rescoldos y hacia lo alto el cielo, azul oscuro, multiplicaba sus estrellas. Una realidad ambigua se abría paso, fascinante, vertiginosa. Éramos contempladores de privilegio, asomados, desde aquel balcón atrevido a un ocaso de ensueño.
     Reparé en la luz, en esa pugna de la luz con la sombra. Y comprendí por qué se demora tanto Domingo Faílde en estos símbolos, que resumen su guerra espiritual: el choque conflictivo de la luz y las sombras, que no deja de ser antesala de misterios, de preguntas más hondas, referidas al destino del ser. Desde aquella ventana observaba el poeta, no ya el morir del día, o su resistencia a hacerlo, sino la representación de una actitud vital, la suya; esa batalla del espíritu por no sucumbir, esa rebelión, aún a sabiendas de lo imposible de la empresa.


ELOGIO DE LAS TINIEBLAS

     Me he acordado de aquella estampa porque al leer su penúltima entrega, Elogio de las tinieblas (Cuadernos de Sandua, 41, Cajasur, Córdoba, 1999), he vuelto a ver al poeta asomado a esos paisajes de contienda de luces y oscuridades. Así comienza su poemario, y los primeros textos poetizan estas dicotomías. Desde el territorio de la noche, la realidad asoma fantasmagórica. ¿Se trata del paisaje real y la tiniebla lo es porque la ven los ojos del poeta o más bien es la tiniebla del espíritu la que alumbra esas ficciones? Escenarios nocturnos, urbanos o marinos, en los que el creador contempla y reflexiona: La oscuridad es un presentimiento./ Sed de verse habitado por la luz. (Pág., 9)... Y desencanto o estupor, cuando la mirada se asoma al vacío, porque en ese territorio de la noche asume el alma su indefensión irreversible: ...descubrimos que el concierto/ celeste, aquella música/ que nos fue revelada,/ era sólo vacío/ y soledad tan sólo. (Pág., 17). Desengaño, sí, de estirpe medieval en el desdoblamiento que Pleberio brinda-planto de todos-, o de raíz barroca, como se resume con técnica de miniatura en "Naturaleza muerta", o al modo alegórico en "Teorema", por ejemplo.
     La oscuridad, esa es la gran metáfora del libro, porque es lo oscuro trasunto del desvalimiento del hombre, de su condición de náufrago o de mártir. El pesimismo y la desolación abundan en la recreación de temas como el de la brevedad de la vida o el de la precariedad de la existencia, amenazada siempre por el dolor, la angustia, la enfermedad; a lo que hay que unir la meditación sobre la condición mortal del ser humano, en registro muy claramente existencial. La Literatura acude y perfila, a veces, o añade nuevos sabores al discurso. Rojas, Quevedo, San Juan de la Cruz o Fray Luis, entre otros, son evocados directa o indirectamente. Algo del eco del Maestro de León desprenden estos versos del soberbio poema "El siglo de las sombras", que a mi modo de ver resume la poética de Faílde:

          Va apagándose el siglo, con la misma premura
          con que encendió su antorcha la esperanza.
          Su luz duró un minuto, diez años, veinte, treinta...;
          yo no sé: el tiempo justo para desvanecerse,
          dejándonos sumidos no diré en las tinieblas
          sino en el desamparo, perdidos totalmente
          en una noche oscura, interminable. (Pág., 32)

¿No resuenan aquí, digo, los ecos de aquel Fray Luis de "En la Ascensión"? Si bien en Faílde el sentimiento de vacío se impone, por cuanto para él la oscuridad existe en los dos lados, de ahí su profunda desesperanza. El dolor alcanzará, a veces, una dimensión panteísta y visionaria: de los astros, como de un rostro oscuro,/ descienden secas lágrimas sobre esta aurora última (pág., 34).


     Es innegable que nos encontramos ante una poética que ha sabido decantarse y conformarse a base de auto-exigencia. La madurez del estilo es evidente. Un lenguaje, quizás, mucho más directo, se aprecia ahora, un lenguaje que dosifica el efectismo de las imágenes, pero que no se priva de ellas, ni de extraer de las mismas una renta mayor, tal vez por su más poderosa fuerza hipnótica ; un lenguaje que va desde el apunte realista del que observa lo externo y concreto: el mar, la ciudad y sus gentes, la cúpula del cielo en la noche, etc., a un decir más abstracto, a un canto más amplio que reconquista simbólicamente la escena cotidiana o expresa su salmodia melancólica, con ten-dencia a lo ejemplificador. Un lenguaje, en fin, que no renuncia a la belleza. Nunca pierde las formas Faílde, ni le tiembla la mano, ni hace peligrar el poema con el asomo de alguna ironía o alguna cita que pide complicidad a las inteligencias... De cualquier modo es aquí prioritario transmitir esa condición vulnerable del hombre, esa precariedad, ese destino rebelde de luz que quiere perpetuarse en la negrura, a pesar del imposible que lo impide. Este es el sentimiento que subyace en el discurso del poeta. ¿Por qué razón, entonces, bendecir la tiniebla, elogiarla? En el último poema del libro se resuelve esta paradoja. No hay nada de satanismo en ello, ni impostado contagio demoníaco. Sólo en la oscuridad brilla la única luz del ser, en ...esa calígine oscura/ que envuelve con sus alas/ los violines del despertar. (Pág., 41).
     Poco margen le queda a la esperanza. De hecho, son estos versos derivación de un discurso anterior; amplificatio de aquella filosofía desolada que se acuñó en la trilogía formada por Náufrago de la lluvia (1995), Manual de afligidos (1995) y La noche calcinada (1996). Aquí la controversia elemental de luz y sombra, se convierte en eje de un discurso fatalista, en el que se han apagado todas las ilusiones, pero la mordedura existencial persiste, como ocurre en su última entrega. El título es ya anticipo de su lectura desengañada, al pregonar de nuestro universo la imagen de un Conjunto vacío (Colec. "Puerta del Mar", nº 49, Centro de Ediciones de la Diputación de Málaga, 1999). El referente matemático aporta incluso su abstracta frialdad, su plasticidad desoladora, para vestir la terrible oquedad que nos expresa, la carencia esencial, la fragilidad en la que nos confiamos. Nuestra patria existencial es un conjunto vacío. Todo lo más, se acercan despojos de otros tiempos a nuestra orilla del ahora efímero. Ecos, imágenes de quienes fuimos y en las que ya no nos reconocemos. Lastre ,en definitiva, del yo, que no encuentra salida.


CONJUNTO VACÍO

     A muy poca distancia se sitúa este Conjunto vacío del texto anterior. De hecho, persisten en él las mismas obsesiones, e incluso el contraste simbólico de luz y sombra se mantiene a lo largo de todo el poemario, gracias a un haz de variantes que se van sucediendo. Ya en el segundo poema del libro, titulado "Umbral", concluye el poeta, por ejemplo: Porque sólo el temor y la oscuridad/ ofrecen al intrépido refugio/ o el báculo inefable de la revelación. (Pág., 12). Esas variantes parten desde la noche oscura y alcanzan el amago ascético de "Vía iluminativa", en donde la condena es seguir subiendo siempre,/perdida la esperanza/ de toda recompensa (pág., 13). Una especie de huida hacia adelante. Pocas certidumbres permanecen, que no recalquen la preca-riedad de lo humano: el paso irreversible del tiempo, que todo lo muda; el fraude de los sentidos, el olvido fatal de lo que fuimos que sella la muerte... Así el poeta no encuentra más opción que ser contemplador de esos fracasos, de esas otras vidas que discurren junto a la suya, camino del fin; contemplador de sus muertes particulares, de sus destinos; fedatario de un mundo sin propósito, que discurre hacia la nada, hacia el vacío que nos define y nos aguarda.
     También es este libro trasunto de una decepción mayor. No caben ideologías, credos, ni confesiones que restañen la herida. Como no existe fe reparadora de tanta carencia, ni religión posible que dé confianza. El escepticismo se abre paso ante el orden desplomándose y las lágrimas/ recamando la gloria del universo (pág., 21). Así el poeta, con un punto de ironía se burla de los iluminados que se adormecen en la creencia, en la esperanza ilusa que anestesia las conciencias. Frente a esas actitutes, la del poeta, exhibe la lucidez de quien no tiene más asidero que la amarga certeza de sus límites. De ahí sus reticencias:

          Que es dádiva la vida, perseveran,
          y el atrio de lo oscuro se enciende con sus dogmas,
          presagiando la larga noche de las hogueras.

          Con una sonrisa me despido
          de los predicadores,
          y sigo deambulando por el Apocalipsis. (Pág., 21).

Así termina el primer tramo del libro, con estos versos del poema "Iluminados", en donde sigue viva la cobertura simbólica (oscuro-noche-enciende-hogueras) y se hace gala de cierto resabio, un punto provocador, que la experiencia empuja hasta casi el sarcasmo. Así concluyen esos "Signos internos", puesto que el segundo momento del libro se detiene, fundamentalmente, en acotar ese Conjunto vacío, ese territorio mezcla de lo real y lo espiritual, que aquí se nombra con metáfora reveladora: "Desolada intemperie". En ella quedamos todos, al pairo de la nada... Y para transmitirnos ese ideal, elige el poeta una cierta vía ilustrativa, por la que sus textos se acercan más a lo ejemplificador. No en balde el tema de las ruinas ahonda en el barroco sentir y preside esta segunda sala. El creador extrae conclusiones de cuanto observa, y lo que observa sirve de ejemplo, a través de la parábola o la alegoría: Así -pensé- el paisaje disuelve sus volutas:/ ciudades, mirtos, besos; y tórnase desnudo,/ como el mar o el silencio/ o el halo que precede a la destrucción (Pág., 25).
     La obsesión del poeta girará después en torno al tema de la muerte, sobre el que también se reflexiona por extenso en la segunda parte del texto. Acotada simbólicamente esa intemperie en donde tiene lugar el drama de la vida, la otra evidencia que se adelanta, es la de la muerte; la muerte como estigma del hombre, porque acaso vivimos ensayando / nuestro papel de muertos (Pág., 28), como se nos dirá en "Alba del desconsuelo". Muerte y soledad, muerte y desamparo, como se proclama en "Pecios" con descarnada intensidad: Desnudo, pues, y solo,/ porque solo se es y se está,/ como un árbol o un náufrago,/entre la multitud (Pág., 29). Y un sentimiento más desesperante: la terrible futilidad de la existencia, su


sinsentido, su inutilidad, su condición de ser para la nada. Todo esto se expresa de forma admirable en el poema "Marina", en el que el faro solitario, cíclope inevitable, alumbra para nadie en la noche: los haces encendidos sólo testificaron/ la ausencia, la noche, la nada (Pág., 36).
     En "Marcas en la frontera", tercer apartado del poemario, la incredulidad, forjada tras tanto desencanto, no espera milagro alguno, de ahí que siga la muerte, prioritaria, su ronda; la muerte prosaica tal vez, o la que campea por las ciudades deshumanizadas, o la de rostro azul que desde el mar asoma... No hay redención, ni escapatoria posibles. Con una nueva serenidad se da repaso a tanto desaliento. No es factible zafarse de la maldición que nos apremia. Ni la fama o el galardón endulzan brevemente en el camino -¡nada de oásis!-, pues que la conclusión fatal arroja un balance aterrador: el único crimen consistió en estar vivos y la vida no es otra cosa que expiación de esa extraña culpa. La oscuridad nos vence y la luz -esos mínimos destellos de sueños o deseos-, se apaga en un mundo de sombras, junto a los otros fuegos fatuos de tantas existencias.
     Dos libros desolados, en fin, muy en la línea del pensamiento que nutre la poética de las voces más disidentes; voces que contrastan con ese otro salmo de aceptación de quienes se sienten confortablemente a salvo, en un mundo bien hecho, de cuyo espejismo se alimentan. Libros, pues, para el desasosiego y la duda, sentimientos muy en la línea de la corriente de desencanto que despide a este siglo injusto y culpable.

JOSÉ LUPIÁÑEZ
Revista TIERRA DE NADIE, nº 4
Jerez de la Frontera, junio 2001



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