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FERNANDO DE VILLENA

     Dos importantes títulos nos ha ofrecido Fernando de Villena en lo que va de año: el primero de ellos constituye la tercera entrega de sus memorias, titulada La primavera de los difuntos, en la que su estilo adquiere un aire de confidencia cordialísima, por ese desgranar moroso de las últimas etapas de su vida, tras el matrimonio con María Teresa. La familia, los hijos, los viajes, la vida literaria, la experiencia de la España profunda de los pueblos, se dan cita en estas páginas en un alarde más de atrevimiento y de conquista, ciertamente insólitos en el panorama actual de nuestra literatura. He leído con placer sus capítulos jugosos en anécdotas y en recuerdos, sensitivos no menos en estilo cuanto en citas y referencias a los clásicos y a los modernos; verdaderos, en fin, porque toda inventiva se dispone en ellos para apuntalar la realidad más honda de su trayectoria humana y vital. La reflexión y el relato novelado de lo vivido se alternan, ofreciéndonos el paisaje esencial de la vida de este creador, en su etapa de plenitud. Inolvidables capítulos y ejemplares, porque también del homenaje a lo leído y a lo experimentado sabe extraer su rara quintaesencia el autor; un fruto, digo, extraño y portentoso para estos tiempos que riñen con el pasado y lo niegan, en la ingente apostasía de la hora actual.
      El segundo es otro texto mayor, pero esta vez, poético: El Mediterráneo, recientemente publicado en la colección "Ibn Gabirol", que mima el pintor y poeta Pepe Bornoy. El Mediterráneo es un nuevo texto provocador. Yo siempre veo en las

propuestas de Fernando de Villena esa vertiente retadora, que ofrece un ritmo nuevo y distintos perfiles y contenidos revolucionarios para cuanto hoy supone el gusto standarizado de lo literario. Dudo mucho de que la crítica al uso se percate de este elemento generador de su discurso, siempre a contracorriente de lo establecido, siempre desdecidor del mensaje obvio, ese que se proyecta tan a la medida del gusto filisteo.
     No tiene que desviarse demasiado Fernando de Villena de los límites de la propia biografía para crear su obra. De hecho, vida y literatura se funden, se confunden, se complementan, adquiriendo incluso lo anecdótico un simbolismo siempre sorprendente al que sabe extraer partido literario, tanto en lo estilístico, cuanto en lo que al plano de las ideas se refiere. En otros lugares me he detenido con más amplitud sobre estas circunstancias que hacen de su obra una propuesta, al par que coherente con unos principios básicos inspiradores, siempre desconcertante y renovadora en cada uno de los tramos que la componen. El propio autor lo indica en sus memorias y nos remite una vez y otra vez a estas inclinaciones que le hacen tan singular. En La primavera de los difuntos dice, por ejemplo: "En mi obra, cada poemario o cada novela quiere ser una aventura distinta. Y lo que a todos los une es mi culto a la palabra, mi confianza en la existencia de un lenguaje literario al margen del que se utiliza en la calle, mi inclinación hacia las imágenes capaces de sorprender, mi búsqueda incesante de lo bello y de lo misterioso más allá de las simples apariencias, así como mi emoción o mi dolor en cada paso de esa búsqueda."


    El Mediterráneo es un viaje. Un doble viaje: el que recorre las ciudades reales y míticas de su entorno y el que discurre hacia ese otro mundo interior del poeta, que también camina hacia sí mismo. Concebido, pues, como un itinerario, el primero parte desde la "ingrata" cuna del autor, la ciudad de Granada, para fijar el rumbo hacia oriente. Desde el Levante hispánico las escalas recorren ese arco esencial que pespuntean, entre otros, los nombres de Barcelona, Colliure, Niza, Mónaco, las ciudades de la Toscana, Roma, el sur de Italia (Nápoles, Brindisi), hasta Grecia, las islas, Turquía y Chipre. Casi todos los enclaves de este circuito son lugares conocidos por el poeta, aunque otros lo sean soñados o entrevistos a través de la otra mirada que propicia la Literatura. No se trata de eso que llaman poesía urbana. Aquí el recuento de las ciudades persigue otra trascendencia. El sujeto poético es peregrino a Tierra Santa y se detiene en las ciudades para ofrecernos perfiles o detalles impresionistas de las mismas. Sus poemas son acuarelas espirituales, que se enriquecen con la potente magia de las metáforas o de las comparaciones vivificadoras del paisaje (Es de noche y la luna/ riela y riela en el mar/ como si desangrado por completo/ hubiéramos al toro/ que a Europa raptase/ sobre una gran bandeja"; o con la trama mitológica (Pomona, Ceres, Baco, Jasón...); o el vocablo arcaico y turbador (argivos carros, blancos alquiceles, terrazas de sol y lambrequines, etc). Pero, al margen de todo esto, logra convocar, de igual modo y sin expresarlo, todo un universo de referencias, que desde lo topográfico a la historia, al arte o a la tradición literaria, concurren en la lectura. Es el poder de la sugerencia, la invitación, desde un presente, a considerar el devenir de los pueblos como totalidad, que abarca la memoria. Piezas bellísimas concebidas y escritas desde un presente, en un aquí que se supone pisa el propio poeta, aunque un poema clave de este primer apartado, el que se titula "La casa", nos advierta de que el viaje se gesta desde ese pueblo silencioso / olvidado en mitad de Andalucía, y que no es otro que la Archidona en la que vive y trabaja el creador desde hace años.
     El segundo viaje es el viaje interior, la búsqueda de una renovación espiritual, para la que ya nos prepara la "Invocación" inicial del libro. La plenitud se alcanza en el segundo apartado, que lleva por título "Tierra Santa". Nombres de enorme resonancia para nuestra cultura, desde el de Akka, en donde desembarcaban los cruzados, pasando por Nazaret, Cafarnaúm, el Río Jordán, Jericó hasta llegar a la ciudad santa de Jerusalén, cuyos enclaves se recorren con fervor desde los versos. El poema "Adiós a Tierra Santa" supone la culminación de esta parte central y anuncia el cambio, la transformación espiritual del poeta: Adiós a Tierra Santa./ He cruzado los pórticos del Tempo, / penetré incluso al Santo de los Santos; tal quien roba el dorado vellocino,/ regresar puedo ahora victorioso". Aventura espiritual pero ejemplificada en clave paganizante y mitológica.


JERUSALEN

      Se respira en toda esta sección el temblor estilístico del Miró embelesado por los sacros lugares, del Miró de la Figuras de Bethlem, por ejemplo, pero también se recrean otras claves ya anticipadas en libros precedentes, por las que se implica al lector a participar en la ceremonia del poema y sus paisajes o se vuelven a usar esas otras fórmulas de barroco sabor expresivo que se alternan con las imágenes, aliteraciones, planteamientos alegóricos, estructuras acumulativas, adjetivaciones inéditas, etc. En casi todas las composiciones el contenido se suele emplear como ilustración de la situación emocional o espiritual del propio sujeto poético. Así, por ejemplo, en el "Mar Muerto" el poeta, a través del paisaje, establece un paralelismo revelador de su propia circunstancia biográfica: mar que sueña el abrazo de otros mares:/ como a mí, te negaron travesías;/ como yo peregrinas sin moverte.
     La tercera parte del conjunto supone el regreso, el retorno "Hacia Poniente", desde "El desierto", pasando por El Cairo, Alejandría, Trípoli, Argel, Orán, etc., hasta llegar a tierra española: Melilla, Ceuta, Algeciras, Málaga, la ciudad cordial en la que se cumple su recorrido. Málaga se apunta como posible destino para él y los suyos. Málaga se reconoce como patria adoptada en un renuncio de la "trágica" e "ingrata" Granada, la ciudad que niega a sus poetas... Salpican aquí y allá los nombres reales de poetas amigos (Jacinto López Gorgé, Miguel Fernández, Pedro José Vizoso, Francisco Ruiz Noguera, Antonio Enrique, etc.), que con el mismo desparpajo del memorialista sabe concitar en los poemas y alternar con otros clásicos (Jehudá Ha Leví, Luis de Góngora, Cavafis, etc.). Desprende este retorno un aire de melancolía y de aceptación que se ampara en la felicidad posible que el futuro depare...
     Ni que decir tiene que este libro es una valiente reivindicación de una cultura, la mediterránea, y de un territorio y de una forma de entender la vida, al par que barroca alegoría del hombre como viajero existencial, que recorre unas etapas, unas ciudades, justo aquellas que marcaron con la huella de la belleza, de la tristeza o del misterio su alma hambrienta de infinito. A todo ello hay que añadir el componente religioso, su defensa de la concepción cristiana, anunciada en la "Invocación" referida, pero presente en otros títulos de la última etapa del creador. El Mediterráneo, ya lo decía antes, es un doble viaje. Al ir recorriendo las estampas que jalonan el libro, uno no puede evitar el recuerdo de aquella maravillosa selección de ensayos que, con el mismo nombre, coordinó y publicó Fernand Braudel. Decía éste que "El Mediterráneo es un conjunto de rutas de mar y de tierra, ligadas entre sí; de rutas, que equivale a decir de ciudades; y lo mismo las modestas que las medianas y las mayores, todas se agarran de la mano. Rutas y más rutas, es decir, todo un sistema de circulación." Sin duda que ese dinamismo, esa visión del hombre en movimiento por un territorio, que alcanza su significación plena en tanto se completa su marco espacial, es otra novedad más que añadir a este texto. Consuela comprobar, de nuevo, que la mejor poesía española, la secreta, es una realidad que desborda cualquier otro proyecto amparado desde el poder. La que hoy se ofrece como paradigma ya sabemos que es una poética que se siente conforme e instalada en el sistema que tanto defienden y del que no quieren salirse sus deudos militantes. Esta otra es una poesía que denuncia ese sistema, que se pronuncia disidente de él, y la manifestación más contundente de esa disconformidad es este aluvión de belleza, este dinamismo, esta renovación permanente, que podemos disfrutar en obras como la presente, verdadero espejo para las próximas generaciones en las que ya palpitará otro sentir y otro entender del hecho literario, libre al fin del tosco realismo que hoy nos asfixia con el hedor de esa enorme montaña de letra muerta.

JOSÉ LUPIÁÑEZ
Revista CALAS nº 3
Málaga, junio 1998



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