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ENCARNA LARA

     En estos tiempos de zozobra alivia el consuelo de la poesía sentida. De tarde en tarde nos llegan versos emotivos y hermosos, escritos por hombres o mujeres de nuestro entorno. No resuenan sus nombres en las páginas de los grandes rotativos, ni vemos sus rostros en las pantallas, ni sabemos de sus intimidades por ninguna portada de revista, pero ahí sigue, por otras sendas, esa corriente de verdad y de esplendor creativo, esa voz amplia y oculta, latiendo en el hondón de la ingente provincia. Vivimos el espejismo de las grandes urbes y olvidamos el tiempo de los pueblos, de las aldeas perdidas; vivimos el efímero engaño de las capitales, que se inmolan permanentemente en el ritual del consumo y perdemos de vista la inquietante realidad de las tierras de adentro, la rotunda lección de cuantos permanecen más atentos a los ciclos de la naturaleza, más en contacto con la tierra y la lluvia, junto al mar o en las cumbres. Por ello cuando uno tiene en sus manos un libro que recrea, con sabiduría, estos mundos, siente con fuerza esa otra razón que asiste a cuantos han renunciado al efímero estrellato de las pasarelas.
     He leído con sumo interés Perfil de silencio (1), de Encarna Lara, un libro que bien pudiera ser ejemplo de cuanto afirmo. Nada sé de la autora, apenas unos pocos datos: su dedicación a la enseñanza y el haber publicado en algunas revistas y textos colectivos. Ahora vive en la provincia de Málaga, en su pueblo natal de Cuevas de San Marcos, desde donde nos ofrece éste su primer poemario. Sin embargo, todas esas referencias pasan a ocupar un segundo lugar cuando, gracias a su discurso, puede uno acercarse a la más íntima realidad de su ser. Esa es quizás la apreciación primera que surge tras la lectura de su libro: el delicado intimismo, el tono mantenido de confidencia y de sensible captación de las cosas. Ese intimismo viene a través del recuerdo, de la memoria. Todo el libro (dieciséis poemas en total) gira en torno al tiempo de la infancia perdida, que se recupera mediante la palabra, una palabra transida de nostalgia. El tiempo es, pues, otro de sus ejes esenciales; el pasado que a veces se proyecta en un presente en el que se echan de menos los brillos, la libertad, la intensidad de otros días.


VASILYEV

     Da la impresión de que el texto haya nacido gracias a un reencuentro espiritual con los orígenes. Parece que sus versos surgen de la contemplación física del lugar de la infancia. Más tarde esa contemplación se transforma en elegíaca rememoración, pues Todo tiene sabor de pasado. Se trata de una muestra más de esa poética que hace causa de la alabanza de aldea, en la que veo inscritas muchas voces de nuestra mejor lírica contemporánea. La columna vertebral de los textos es siempre ese ir y venir del ayer al hoy, del pasado al presente: En esta tierra fresca de los campos de entonces,/ van madurando las espigas./ Un perfil de silencio vaga por los tejados,/ y se extiende largamente a todas las ventanas./ Con las manos cruzadas sobre mi pecho,/ te espero en el jardín de otros días./ No hay pasado ni presente,/ sólo un mismo horizonte funde nuestra existencia. (Pág., 13).
     Tristeza, melancolía, sensorialidad, trinos de pájaros, techumbres, silencio en la hora contemplativa. O niños que podían volar como pájaros y hombres que cantaban al volver del trabajo,o juegos en la tarde de la amistad primera.Con pocos trazos va cobrando entidad el viejo universo de la infancia, al que miran los ojos de hoy. El pueblo vivo en el ayer extinto. El pregón del calero, los campos de entonces, las calles blancas, forman parte de aquella realidad particular del lugar de origen, pero se convierte, por extensión, en metáfora más amplia. En ella resuenan los ecos de Fray Luis y la intrahistoria unamuniana; se intuye el nido blanco de Juan Ramón o persiste un sentir próximo al del Machado de Estos días azules y este sol de la infancia, el último verso hallado en su chaqueta, no en balde citado por Encarna Lara, como lema, al frente de su Perfil. Versos para los pueblos blancos del sur, con sus minutos lentos. Y para aquel lugar corpereizado, convertido en divinidad íntima, ante cuyo altar se deja la ofrenda sensible. Hermoso libro, unitario, intimista, sensitivo y sincero. Tras su aparente sencillez late, sin duda, una profunda grandeza.

JOSÉ LUPIÁÑEZ
Semanario EL FARO
Motril, 7 mayo 1996


(1) Encarna Lara, Perfil de silencio, Poesía Corona del Sur, Málaga, 1996


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