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ANTONIO ENRIQUE


     Leyendo recientemente una de las últimas opiniones expuestas sobre la poesía de Antonio Enrique (Granada, 1953) me percataba, una vez más, del carácter rompedor y novedoso que aporta su obra. Incluso en las palabras que algunos reseñistas le dedican, con entrevelado reparo, no deja de percibirse el reconocimiento de que su propuesta hace añicos las fronteras que en este tiempo impone la moda literaria. Decía Luna Borge en el comentario al que me refiero: «Su poesía es voluntariamente incontinente, desbordada en muchos aspectos, amazónica y abundosa en mistéricos esoterismos. El medio del poema es demasiado estrecho para tan vasto creador» (1). Y no anda desencaminado Luna Borge al decir esto, pues reconoce la voluntariedad de su incontinencia, frente a la contención, frente al reglamento que se usa. Desborda, claro, esta poesía en el mejor sentido y se derrama, como se desborda fuera de sus tapias el jardín en el Sur. Lo peor es que muchos lectores de poesía pasan por la vida pisando jardines y a pocos les mueve su misterio... Contrasta así ver esos pequeños mundos líricos de hoy, constreñidos y disciplinados como las semillas de un sonajero y esa otra apuesta orquestal, ese universo en donde hasta «el molde del poema es demasiado estrecho para tan vasto creador». Pues, justamente, romper los moldes de ciertos minimalismos y su costumbre significa esta proclama de la palabra, de la que hace gala Antonio Enrique; esta proclama, sin complejos, del esplendor y del entendimiento visionario y profético del hecho literario. Es la suya una literatura que toca más a las puertas de lo espiritual y apuesta por una vivencia intensa del mundo en la que, por fuerza, participan la pasión, las ideas y los sentidos.
     En esta línea se han sucedido libros importantes, desde su inicial y revelador Poema de la Alhambra (1974) que lo dio a conocer y que anunciaba ya su voz distinta: largos versículos recamados de imágenes sorprendentes, asociaciones


EL GALEÓN ATORMENTADO

delirantes, sensorialidad hermana de la tradición arabigoandaluza, como lo es también la permanente notalgia... «No sé qué perfume de violines enguirnalda la brisa de esta tarde. / Los pájaros. Un pájaro canta en la altacopa ensimismada / de un ciprés. Extrañeza. Tanto canta. Tanto. Y no se consume.» (2)
     Más de quince años de entrega a la creación ofrecen perspectiva sobrada para enjuiciar un corpus, una obra que ha adquirido el grado de consolidación y de suficiencia precisos. El tiempo ha ido pasando, sí, sin desdecirla y el poeta ha volcado en ella su vida desde una autenticidad innegable. Los días, los versos, hasta este hoy de El galeón atormentado, que hace el número ocho de sus entregas líricas (3). En todas ellas se avivan los perfiles inconfundibles de las ciudades, impulsoras del mensaje poético, escenarios del mismo, confidentes de la voz del poeta. Y en cada caso: Granada, Madrid, Úbeda, Córdoba o Durango —por citar unas muestras— logran que su autor instale discurso, una vez seducido por el entorno. Su horror vacui construye entonces núcleos poéticos, frecuentemente unitarios, que son modos de explicarse el mundo y de celebrarlo, formas de rondar lo que llamaba Salinas «la anécdota moral del hombre». En sus libros queda el testimonio de los días que pasan —en esos lugares— y del tirón de los sueños o de la añoranza, pero vividos con veracidad, sin camuflaje ni doblez.
     Otras fórmulas se decantan: la presencia asumida de cierta dimensión mágica, heredada de Valle o de Rubén y del esoterismo finisecular; el diálogo permanente con la tradición literaria, que obliga a cierta complicidad culturalista —en el sentido humanístico— por parte del lector; la voluntad expresa de conformar un estilo propio, en el que la selección léxica adquiere prioridad capital; el gusto por la arquitectura, por las formas, que Ciorán conecta con «una inclinación secreta por la muerte»; la pasión por vivir que no esconde el dolor, el vitalismo al que no empañan ni a renuncia ni el cansancio ocasionales, la recurrencia a un tono general de largo discurso, con paralelismos y escrituras acumulativas que hacen progresar con gravedad y lentitud el poema,


REINO MAYA

confiriéndole un sentido épico, pero cuajado de intensos momentos de lirismo... Estas y otras fórmulas se decantan y permanecen en su última producción, pero además en sus recientes poemarios se añade otra pasión más: el viaje. El viaje como metáfora, como aventura y como eaploración espiritual. Así se constata en Reino Maya (4) y, sobre todo, en El galeón atormentado.
     El galeón atormentado es, probablemente, uno de los libros más ambiciosos y complejos de los escritos hasta hoy por el autor granadino, y es, sin lugar a dudas, un libro mayor dentro de su producción. El poeta ha logrado con él ofrecernos una parábola, una metáfora de nuestro tiempo: el mundo camina a la deriva por el océano del cosmos, y este planeta es un galeón atormentado que surca así los mares de la soledad, de la melancolía, de la desesperanza, de la enfermedad, del dolor, de la muerte que la vida conlleva. Porque vivir es navegar, iniciar el immrama o el regreso a la patria perdida. Subyace aquí, también, el sentido del viaje iniciático, del viaje interior. Todo hombre sobrelleva su condición fatal de peregrino, de extranjero, de desterrado de su origen celeste y no le queda otra salida que partir para retornar. Nuestro mundo lo hace, y así lo expresa el poeta en este libro, en el que la fábula se construye como disfraz de la hora presente. Esa fábula obedece a una experiencia semiótica singular, puesto que se dispone en dos planos que se entrecruzan. El esquema que rige es, consiguientemente, el que nos depara el quiasmo: se trata de conciliar contrarios al modo en el que lo hace Italo Calvino en El castillo de los destinos cruzados (5), pero llevando mucho más allá el artificio, que en el caso de Antonio Enrique se ofrece como parábola sin tantos cabos sueltos.


ULTRAMAR: EL SUEÑO DEL NAVEGANTE

     Dos planos y dos partes esenciales en el poemario: «Altamar (el sueño del caminante)» y «Ultramar (el sueño del navegante)», he aquí la estructura cruzada. Los títulos de los poemas de la primera aluden al viajero, al caminante, que inicia su andadura como el héroe de Hans Koningsberger en Un paseo por el amor y la muerte, mientras que el desarrollo del poema se corresponde con el mar y la travesía del galeón María Celeste. La trasgresión es indudable, como muy bien señala el profesor Antonio M. Garrido Moraga (6), pero al tiempo que la correspondencia y el paralelismo entre lo que acontece en el camino, en la tierra, y lo que tiene lugar en el mar. De forma inversa sucederá en la segunda parte mientras los títulos aluden a la aventura marina, los contenidos abundan en el itinerario terrestre del caballero. El galeón se trueca en este caso por un corcel, puesto que: «Tan bello como un navío es un caballo. / Un caballo es alto y claro, y noble y poderoso. / Pero un navío es la noble y alta claridad del mar! Al caballo con riendas se le gobierna, / o suelto se le deja a su propio albedrío. / Al navío con aparejos se le tiene /o libre se le deja en el viento de la noche.» (7). Los contrarios abundan en esta simbólica metáfora total que es el libro: el sueño y la vigilia, el mar y la tierra, la felicidad y el dolor, el instinto y la razón, el entendimiento y la voluntad; y estos contrarios se encargan de apuntalar la


PROSIGUE EL SIMBOLISMO

estructura de los poemas que lindan, en una concepción más amplia, con el cuento, con el relato, aquí, embrionarios. Tras de los versos se oculta un hilo narrativo que mantiene el sentido de la totalidad y da coherencia a la alegoría. Se rozan o se mezclan, sí, las fronteras de los géneros.
     Un nuevo hito en el trasfondo argumental lo constituyen el presentimiento, encuentro y deslumbramiento amorosos. En el camino aparece el naipe del amor, arropado de cortesía y de platonismo; en el inmenso mar, la eterna esposa —Ofelia de siempre— se anuncia «inerte en mitad de una bahía, y la peste, la epidemia se ciernen como la maldición de la angustia. Se lleva a cabo la alianza tras el deslumbramiento (poema seis: el número de Venus), y con ella aparece como contrapunto la muerte: maridaje de eros y tanatos en tanto que suponen el haz y el envés de un misterio mayor. La consumación trae consigo el correlato de ese rejón de luz que toca a la Celeste con no disimulada significación erótica. La hipérbole épica magnifica el escenario como de «lámina soñada» y en el discurso los apóstrofes al lector le avisan de metáforas plásticas.

                                                                      …El María Celeste
mirad que es una gigantesca Oca banca meciéndose ahora
en el espejo lustral de una bahía. Y los acantilados
no bastan a borrar su imagen de tenue sueno abandonado.
(8)

     Este último panorama acontece mientras «el caminante mira a su amor, luego que es llegada el alba». La isla está próxima y es ahora referente de la felicidad que deja la mirada amorosa. Pero tras el amor, se deslizan los cantos del poema hacia la muerte, núcleo temático fundamental, también, en la primera parte. Los incendios terrestres remiten a un mar en llamas, anuncio de batallas y de epidemias. La guerra preludia el señorío de la muerte, el campo de batalla que, en el poema doce, avistan el viajero y su compañera (aunque en el texto se filtra como errata el marinero), tiene respuesta gemela en «las embarcaciones dispuestas / en torno al círculo de la muerte». Tras la contienda eros y tanatos dejan paso a una vaga esperanza. ¿Se avista el final del túnel? ¿Se presiente el abandono de las desgracias y de la peste?
     Una atmósfera marinera se consigue imponer en estos versos por la cuidada atención al argot de los mareantes y por la asombrosa fuerza expresiva de las estampas que ilumina el poeta; ambientes que nos remiten al mundo entrañado de la mejor literatura marina: Stevenson, Melville, Coleridge, Byron, Conrad, y también al recuerdo del «Barco ebrio» de Rimbaud. Se observa por parte del autor una deliberada morosidad por hacernos revivir sensorialmente los paisajes de la travesía, y es entonces cuando se logra una fuerza plástica difícil de superar:

Noches hubo de encantamiento
que mirando las estrellas los bucaneros pensaron
en cofres con monedas y diamantes que por el ciclo recogían.
Oh las noches de ron y luna. Las noches
en que relucían los tatuajes y las dagas, los zarcillos
y camafeos con retrato de dama dentro mientras las ampulosas
pipas de mar exhalaban el aroma inquietante del cavendish.
(9)

     El viaje, el amor, la guerra, la enfermedad, la desesperanza, la muerte, emblemas desencadenantes, se mezclan con evocaciones similares a la citada en donde el escritor nos deja una de las demostraciones de dominio verbal mejor resueltas de la última poesía española.


LA VIDA COMO PASIÓN INÚTIL

     La primera parte se cerrará con el rayo y la tormenta que hieren al galeón y en la historia paralela cuando los caminantes alcanzan la ciudad en donde viven para separarse finalmente. Queda así la fábula como en suspenso, con el galeón —la Torre del naipe— abatido por el rayo. El rayo que, consecuentemente, despierta al peregrino de su sueño. Se impone el cambio y, sin embargo, prosigue la alegoría, pero prosigue con un poema brutal por su descarnamiento que lleva como título «De por qué a este galeón se le llama atormentado». A modo de interludio nos saca el autor de la complicidad de la metáfora para hacernos ver la crudeza de la existencia y el estrago del paso del tiempo, en una pieza clásica y barroca que el tono de confidencia con el lector autentifica. La vanidad del mundo no tiene otro destino que la muerte, a la que llega a invocarse desde los propios versos: «Pasan las civilizaciones, nada de cierto / existe sino la muerte. Ven ya entonces, / que invocarte sea mi último error.» (10). Se trata de un poema que adquiere una magnificencia trágica sorprendente y que se eleva por encima de las partes del texto, a modo de confesión y de advertencia. El mensaje se expresa con una profunda convicción, como si proviniera de una certidumbre que lo convierte en verdadero. Luego la fábula proseguirá como su enxiemplo. No cabe duda de que estamos ante una de las piezas más brillantes y conseguidas del conjunto, la que cierra y abre los dos actos del libro, y representa el territorio del ahora, del presente del autor y el lector; el territorio, en suma, de la verdad: la vida como pasión inútil, frente al supuesto artificio de la parábola literaria.
     En la segunda parte se inicia y se lleva a cabo el consiguiente entrecruzamiento de planos. Ahora el real es el camino y el imaginario el mar, que se evoca en los títulos de los poemas. Pero la presencia del mar es tan


EL REFERENTE DEL MAR

fuerte que persiste su oleaje de manera bien visible en las primeras com-posiciones. Ya el galeón se ha trocado en caballo sensible, tras la comparación del poema inicial. Y aún sigue el mar batiendo en el envío diecinueve —y en otros posteriores— donde casi se besan los hilos narrativos de ambas historias. La comparación con el referente marino persiste como recurso estilístico e impone su servidumbre al territorio por el que deambula el peregrino, el viajero, ahora definitivamente decantado como caballero a lomos de su corcel veloz. El dinamismo, consiguientemente, se potencia. El siglo XIX y la Edad Media se me figuran las épocas predilectas del autor, por ello marcha tan a sus anchas el discurso lírico — ¿el discurso épico?— utilizando, también de forma trasgresora, ambas fuentes de relación.


LA BONANZA

     Prosigue la correspondencia: el grito del bosque y el náufrago que se ase al cabo que le ofrece el marinero; la bonanza y el encuentro con la dama disfrazada de caballero, a la que se le da el nombre de María Celeste en una nueva apuesta significativa. La atmósfera medieval se enriquece. A veces, por el lírico doble plano con el que juega el creador para esconder sorpresas de una correlación significativa indefinible. Los topoi medievales se barajan con una malvada agilidad de narrador. Así, por ejemplo, las aves que ve pasar el marinero desde la borda de su galeón son las doncellas que admira el caballero y luego abandona, tras pasar el río de la flor y de la muerte. Otras veces, nos llegan nítidos esos paisajes simbólicos de la Edad Media, emparentados con la baraja del Tarot y con los libros de caballería: el caballero, «tan garrido de banda y alazán»; el encuentro al modo de los viejos romances del caballero con su dama que, herida, viene disfrazada de varón; el bosque, el lugar del misterio, el laberinto; el mar, el ciclo y la tierra, tres enigmas constantes; el castillo asediado por la «turba de indigentes» y «la pez hirviente y el zumbido atroz de las catapultas»; los ahorcados «negros de lengua, blancos los ojos, / blandos de manos, picudos de pies»; el anciano, «bulto patriarcal con báculo»; las criaturas invisibles de la fraga: elfos, sílfides, duendes; La muerte, «con la hoz y la clepsidra bajo el manto»; los claustros y los monjes, «los frailes rapados y negros y las monjas que parecen / salidas de las tumbas»; la nobleza, la caza; «los harapientos y leprosos con sus sórdidos bordones», etc. Así cumple un amplio friso que se remonta al medioevo oscuro, cuando el mundo era medio milenio más joven. Una totalidad de sentimientos y de pensamientos nos conducen a él gracias a las artes del rapsoda que sigue invitándonos desde el texto (continuos apóstrofes con el verbo ver) a la contemplación de sus cuadros, de sus escenas; o convidándonos al delirio cuando concita a los animales más insospechados que también viajan a bordo de este arca-galeón: cobras, manatíes, orcas, jaguares, peces-gallo, ballenas, crustáceos, cucos, galápagos gigantes, nutrias, armadillos, coloreadas comadrejas, carpas voladoras..., un bestiario insólito que está muy lejos de ser simple incremento exótico, antes al contrario, forja atmósfera en el plan del poeta.


EL FIN DE LA PARÁBOLA

     Dama y caballero pasan por los escenarios de la desolación y de la muerte. «El miedo es el eje del mundo», se nos dice, y en el mismo verso: «el mundo tiene cruzadas dos tibias abajo». El amor y la muerte siguen corroborándose como las dos fuerzas mayores que se imponen en el devenir del libro. Luego aparecerá, dentro de esta misma visión trágica, el contrapunto de la vida, de la nueva vida que alumbra la dama, mientras la nave del título «pasa por un inmenso precipicio». La parábola toca a su fin: el María Celeste se acerca al puerto y dama, caballero y vástago, también hacia el puerto se encaminan, porque el tiempo en que viven es un tiempo maldito y la única esperanza la sueñan en el mar. Pero al igual que acontece con el romance trunco del Infante Arnaldos, cuando llega el María Celeste a puerto, tras terminar su travesía, y tiene lugar el encuentro entre el marinero y el caballero, la historia vuelve a quedar abierta: «las sirenas de los buques ocultan la respuesta». No es tanto el remate final —literariamente válido— lo que interesa, cuanto el desarrollo de la parábola. Las consecuencias se extraen del viaje y no de su resolución, no obstante es significativo observar cómo el fragor del presente, un mundo sin pasión y sin ideales, oscurece o dificulta la recepción del mensaje del marinero. Como ahoga el materialismo de nuestra época el ideal eterno de la literatura.
     En el último poema, escrito en Torrevieja, sobre un espejo, una noche de San Silvestre de 1984, se nos indica a modo de coda:

La vida era al fin un arco
tras el que pasar
con alegría.
Embarcados todos íbamos en un galeón
que tierra firme se llamaba.
El peregrino sonríe más allá de la muerte.
El mundo sigue, y el mar, bramando, queda.
(11)

     Y todos, lector y escritor, incluidos —viajero y marinero de otra posible extrapolación— vamos a bordo ya de ese galeón y la convicción nos asiste de que, en efecto, ha habido aventura y ha existido creación. Y junto con la creación, denuncia de un tiempo adverso que es el nuestro por todas las señas.


LA LITERATURA: OTRO MAR…

Sin embargo, no es el sabor amargo de la condena lo que permanece, todavía queda un apunte más entre irónico y gentil que nos pide compli-cidad. Me refiero a ese lema de Ulrico de Hutten que culmina rezando en su cima: o literae! juvat vivire —oh literatura, qué dicha vivir—; y esta cita final también supone un reconocimiento expreso del medio que ha propiciado el viaje: la literatura —otro mar— que es siempre un binomio, el de vida y literatura. Sea, pues, bienvenido este galeón que nos define, porque se trata, a nuestro juicio, de una de las obras fundamentales de este fin de siglo. Sea bienvenida esta parábola de la vida y de nuestras vidas tan amplia que a todos nos acoge y a todos nos implica.

JOSÉ LUPIÁÑEZ
Revista ÍNSULA, nº 535
Madrid, julio 1991

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1.- Cfr. Luna Borge, «Los jóvenes poetas de Granada», Diario Sur, Málaga, 16 febrero 1991.
2.- Cfr. Antonio Enrique, Poema de la Alhambra, Colección Zumaya, núm. 1, Universidad de Granada, 1974. Pág., 13.
3.- Con posterioridad a Poema de la Alhambra, han visto la luz sucesivamente: Retablo de luna (1980), La blanca emoción (1980), La ciudad de las cúpulas (1981), Los cuerpos gloriosos (1982), Las lóbregas alturas (1984) y Órphica (1984).
4.- A muy poca distancia de El galeón atormentado (Colección “Paralelo 38”, núm. 5, Cultura y Progreso, Córdoba, 1990), acaba de ver la luz su novena entrega: Reino Maya, Colección “Cuadernos de Al-Ándalus”, núm. 6. Librería El Libro Técnico, Algeciras, 1990.
5.- Cfr. Italo Calvino, El castillo de los destinos cruzados, Colección “Libros del Tiempo”, núm. 10, Ediciones Siruela, Madrid, 1989.
6.- Cfr. Garrido Moraga, Antonio M., «El galeón atormentado», Diario Córdoba, 3 enero 1991.
7.- Cfr. El galeón atormentado, op. cit., Pág., 49.
8.- Íbidem, Pág., 31.
9.- Íbidem, Pág., 37.
10.- Íbidem, Pág., 43.
11.- Íbidem, Pág., 70.



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