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ANTONIO HERNÁNDEZ


          Poeta de larga trayectoria, escritor y ensayista, Antonio Hernández (Arcos de la Frontera, 1943) ha entregado a la imprenta en los últimos años seis importantes novelas, a las que el autor ha considerado en alguna ocasión como obras de su ciclo andaluz, puesto que todas ellas están inspiradas o conectadas espiritualmente con el sur -leit-motiv de su escritura- tanto por su nacimiento en él, cuanto por vocación y decisión personal y reivindicativa. Me refiero a títulos como: Goleada (1988), Nana para dormir francesas (1988), Volverá a reír la primavera (1989), El nombre de las cosas (1992), Sangrefría (1994) y La leyenda de Géminis (1994). A dichos títulos hay que añadir este último: Raigosa ha muerto.¡Viva el Rey!, recientemente publicado por la Editorial Centro de Estudios Ramón Areces (Madrid, 1998), que ha sido reconocido con el Premio Valencia de Literatura "Alfonso el Magnánimo". La diferencia de esta última entrega con respecto a la producción anterior estriba en el hecho de que por primera vez los personajes que adquieren mayor protagonismo no son andaluces, aparte de esa otra manera de contar que persigue, en lo estilístico, una mayor eficacia narrativa, gracias a la contención en el decir que evita el lujo barroco de historias precedentes.

          En efecto, nos encontramos en el arranque de un nuevo ciclo que se inaugura con este otro texto, en el que el autor explora nuevas posibilidades de contar y en el que se centra en la historia de un personaje singular, contradictorio y rebelde: el poeta Carlos Raigosa, trasunto del poeta gallego Carlos Oroza, a quien conoció y trató en los años de la transición, en el Madrid de finales de los sesenta y comienzos de los setenta. No es la primera vez que aparece Oroza en la obra del escritor gaditano. Ya en su segundo libro de versos Oveja negra (Madrid, 1969) figura un poema titulado "Oda al poeta Carlos Oroza en el Café Gijón", que puede considerarse antecedente de esta novela. Hay que puntualizar, no obstante, que aunque se dan coincidencias entre ambos, no son estas coincidencias las que persigue el novelista, sino más bien la recreación de un arquetipo, la construcción de un personaje paradigmático de aquellos años difíciles y llenos de esperanza. Quiero decir que no se trata de una biografía encubierta, puesto que no todo lo que se cuenta se refiere al personaje real, que queda como motivo de inspiración, como elemento que da pie a un proyecto más ambicioso: la conformación de un modelo, de una figura, emblema de aquellos tiempos de incertidumbre, de lucha y de tránsito. Raigosa es así el rey de los poetas, el monarca disidente y bohemio, del que se dibuja, a lo largo de toda la obra, su retrato espiritual, un retrato en el que impera más la etopeya que la prosopografía.


MADRID, 1964 (RICHTER)

          Ferrolano, dormilón, vanidoso, narcisista, ibero más que celta, proclive a la ensoñación, indolente, niño grande y gran ingenuo, un Werther a la española, Raigosa vive, en libertad condicional, en un sucio apartamento madrileño, ejerciendo de poeta visionario y de periodista ocasional... He aquí algunas de las características que se anticipan en el primer capítulo y que, a lo largo de toda la historia, se irán enriqueciendo con nuevas apreciaciones y matices. El tiempo narrativo se ciñe a los días de noviembre previos a la muerte de Franco. La escenografía nos remite al Madrid de las tertulias y de los artistas, de las gentes del espectáculo, de la política y del periodismo, muchos de los cuales aparecen con nombres próximos a los modelos que se toman de aquella realidad y otros, con los suyos verdaderos. A partir de aquí, traza el novelista la epopeya de un personaje lleno de contradicciones y de sueños, que se convierte en el eje primordial del relato.
          Elige Antonio Hernández la fórmula del narrador omnisciente y presenta a sus personajes en tercera persona. En torno a la figura central de Raigosa giran otros que confluyen e intervienen en la peripecia vital del protagonista, pero que forman parte, también, de ese retablo simbólico de la transición, como elementos que, por sus comportamientos, sus ideologías y sus mezquindades o grandezas, dan pie a una reflexión mayor sobre el papel del artista en aquellos tiempos de cambio. La novela mantiene una técnica progresiva, con predominio del estilo indirecto, que alterna ocasionalmente con los parlamentos y sentencias de los personajes, expresados en estilo directo. Esa progresión constructiva echa mano de la estructura acumulativa que tiende a la enumeración y al paralelismo sintáctico, muchas veces a base de racimos de preguntas retóricas, por ejemplo: "¿Cómo podía creerse algo importante? ¿Y cómo llegaba a veces a fingir un odio tan grande a los poetas que lo sentía como odio en vez de como amor vestido de su contrario? ¿Si la verdad era lo único que no podía hacer daño, por qué no la practicaba? ¿Por qué creaba enemigos? ¿Sólo el pláceme a las ideas de otro lo convierte en nuestro amigo? ¿Se podía permitir la mezquindad del odio si sólo se odia a quienes nos hacen sentirnos inferiores?" (Pág., 212).
          La anticipación del desenlace que ya pregona el título, propicia el despliegue estilístico del autor, que se concentra en la creación de su modelo a lo largo de toda la novela, de forma prioritaria. Para ello se vale de una trama policíaca, que le sirve de apoyo para distintos propósitos: dinamizar la intriga narrativa, huir de la mera crónica, engendrar a un personaje, ente de ficción arraigado en la experiencia, que será también trasunto del propio autor, sobre todo cuando se reflexiona sobre aspectos mayores de la condición humana: la verdad, la belleza, la virtud, la creación, la muerte, el amor, el destino, etc. De ahí que el contenido reflexivo de la obra sea otro componente esencial.


MADRID

          Se ha hablado de novela ensimismada de realismo meditativo, de novela reflexiva, para referirse a este tipo de planteamientos, sin duda próximos al estilo del autor. De hecho es aquí en donde alcanza su discurso cotas de ingenio narrativo de primer orden y de agudeza en el análisis de caracteres y situaciones. Junto al sentimiento de desengaño y de desarraigo espiritual del personaje, brillan: el modo en el que estas emociones se nos transmiten, la lengua utilizada, los recursos que nos sorprenden. Así, por ejemplo, la presencia de un tono sentencioso, que recurre al refranero, al tópico, a la frase hecha, a la cita de autor; el contagio estilístico de los lenguajes de grupo, con ese desparpajo del slang aplicado a la eficacia de la narración; el empleo de feísmos, de la ironía y hasta del sarcasmo, cuando no de un humor inteligente, de un humor de tertulia, de un humor periodístico y provocador, portador a veces de contravalores y de subversiones, y otras de grandezas insólitas e inesperadas, son algunas de las claves que manifiestan la voluntad del escritor por acentuar la dimensión estilística de su historia. Junto a todo ello el indudable acierto en el manejo de símbolos y de metáforas. La inanición, el hambre, que será verdugo de su protagonista va más allá de lo físico, por ejemplo, y subraya más a lo vivo los perfiles esperpénticos de esa muerte anunciada: "El era él y la circunstancia de su hambre, él y sus preocupaciones. Él y Carmiña, y en otra medida menos importante, él y la puta cara, y el matrimonio cuya mujer estaba liada con Reinoso, y Samblás y sus hijas jóvenes, bellas, con lenguaje de patros, tua, sua, mua, con música de estanque, con cisnes en los cuellos esbeltos de tallos florales, él y Margaret y las cejas del periodista Oneto. Y él y su timidez, y su indecisión, incorregible salvo en los momentos en que no había más remedio que echarse para adelante, con dos cojones, carallo. Porque en la vida, o se le echaba cara a la cosa o te la partían sin el menor problema de conciencia" (Pág.,152).
          Pero, el verdadero enredo se complica cuando Raigosa comienza a recibir una serie de anónimos que le fuerzan a permanecer en su habitación, a la espera de acontecimientos. El temor de que su amante tangencial Margaret, la esposa del secretario de embajada Mr. Buchanan, en quien se venga de la ofensa permanente de la pérfida Albión para con España, o de que su hija, Carmiña, fruto del matrimonio, ya roto, con Magdalena, puedan estar en peligro, al haber sido secuestradas, le obligan a ello. Desde aquí parte la trama que irá manteniendo la tensión narrativa hasta el final y que da pie al desarrollo del mundo interior y exterior de su protagonista. Desde esa habitación que comparte con Roque, escudero simbólico de su quijotismo, de quien se malicia ha seducido a su hija, y del que tampoco tiene noticia alguna; desde esa habitación, que es reflejo de su condición espiritual y de su abandono fatalista y maldito, surge la evocación y el contraste de su figura con aquellos otros personajes que aparecen y desaparecen al hilo de sus ensoñaciones y de sus piruetas especulativas, disparatadas e ingeniosas. Surge de este modo el retablo, al que antes me refería, compuesto por esa galería de personajes en la que se dan cita:


C. EDMUNDO DE ORY

Raúl Reinoso, periodista del diario de los sindicatos verticales, o el también escritor Mauro Malo de Molina, el pintor Fraidías, Bueno Cedeño, Mancera, Troitiño, Garciamor, etc., contrafiguras de personajes conocidos, que alternarán con otros de nombre real y de aparición más esporádica, tales como Rafael Montesinos, Ory... o del mundo del espectáculo: Vicente Parra, Sara Montiel, Lucía Bosé, etc., que frecuentan las tertulias del Café de Recoletos o el Oliver, espacios narrativos en los que concurren las vidas variopintas de todos ellos.
          Las tradiciones literarias en las que se inscribe Antonio Hernández se


CERVANTES

manifiestan en distintas direcciones. Así esa proximidad a la picaresca, se observa en la referencia a la genealogía del protagonista, por lo demás antihéroe, pequeño delincuente, envuelto en circunstancias adversas, en las que el hambre asoma y hasta llega a matar. O en ese juego simbólico de concebir el café como un nuevo patio de pícaros, al modo del de Monipodio cervantino. También a Cervantes nos recuerda el paralelismo Raigosa-Quijote y Roque-Sancho, que incluso se llega a sugerir, en un momento de la novela: "-Uno a uno, amigo Roque, que así dice la regla: divide y vencerás -sermoneó como si fuera Don Quijote y Roque su escudero." (Pág., 171). Y a Quevedo lo acerca el juego conceptista, el gusto por la cosificación en la descripción de personajes, la insistencia satírica, el uso efectista de la hipérbole, el empleo de la germanía, y esa atomización de


VALLE INCLÁN

metáforas y de sentencias, que ilustran situaciones o condensan la experiencia existencial: "el signo inequívoco de la aristocracia no era otra cosa que llevar en las manos un frescor de paraíso" (Pág., 14); "La ruina del hombre es el más triste espectáculo" (Pág., 23), "El dar es el verdadero tener, pero es tener más si se le da a un genio" (Pág., 61), etc.
          Entre los referentes de nuestro siglo: Valle Inclán, a quien le acerca su tendencia a la deformación esperpéntica y el indudable paralelismo de Raigosa con el Max Estrella de Luces de bohemia, pero también Cansinos Aséns, por la proximidad con su novela El movimiento V.P., y la coincidencia fraterna, aunque de distinto signo, entre Raigosa y El Poeta de los Mil Años. Y Gómez de la Serna, por el juego de las gregerías que salpican el texto: "La muerte es la taxidermización del tiempo" (Pág., 56), "los viudos solían tener por sombra la calavera de su esposa" (Pág., 164) y el propio Cela, por el modo de presentar a los personajes y la preferencia por el café, como rompeolas de vidas y destinos. Algo de Cela tienen algunas de las estampas que trazan el perfil de sus personajes: "Margaret le sonrió con su piano. Aparte de tocarlo y llenar el aire común de una vaga elegía perfumada que remitía al otoño y a los tiempos de las desdichas deliciosas, daba la impresión de llevarlo puesto en unos dientes jurásicos que desmerecían en un rostro de ojos glaucos y boca apaisada, con corrección, sin alarde, trufado de pecas y con unas cornisas rubias por cejas que no acababan de convencer a Raigosa. En realidad Margaret, o Mrs. Buchanan, no le gustaba mucho, pero daba prestigio poder decir que se era el amante de la señora del secretario de embajada de su Graciosa Majestad, la Reina" (Pág., 12).


REVUELTAS DE LOS 60

          La novela de Raigosa es un discurso unitario, una etopeya mantenida, que se contrasta con las viñetas de esos otros personajes entre los que se enreda su peripecia vital, pero es historia sin saltos, a pesar de la subdivisión en diez capítulos que la estructura. Éstos se concatenan y todos se disponen progresivamente hacia el desenlace final, anticipado en el título. Y es también, en cierto modo, un evangelio, un credo; el credo de un hombre vitalista, barroco, genial y grotesco. De ahí que la reflexión ética o la exhibición provocadora que arremete contra la moral establecida, en un acto de transgresión permanente, ocupen muchas de sus páginas. Porque Raigosa es un disidente que protesta contra la zafiedad del entorno social por recortar sus alas. Y es un maldito de provincias, que vive la noche crápula del Madrid de aquel tiempo y que muere de hambre, de forma sórdida y sin heroísmo. Recurrirá antes a una psicóloga argentina para que le desvele las causas de sus complejos, baza de la que se sirve el autor para transmitirnos, desde la ironía, las claves de su psicología tortuosa.
          Pero, ante todo, Raigosa es un poeta, un creador y como tal se expresa y lanza sus opiniones inmisericordes contra unos y otros. Románticos, simbolistas, malditos, heterodoxos y beats, fueron su pasto espiritual. Con él como bagaje y con su atrevimiento de gran tímido no necesita más bríos para enfrentarse a esa juventud hastiada a la que arenga, en una lectura en la Facultad de Derecho, como el profeta que amenaza, como un mesías que difunde su orden nuevo, su evangelio imposible de sueños y de versos. De hecho, con motivo de tal lectura, conocerá a Roque, a quien piensa reclutar porque "aquel muchacho podía ser el discípulo que estaba necesitando" (Pág., 158). Son muchos, pues, los momentos en los que la Literatura es motivo de referencia, no sólo porque en cierto modo es parte del destino del protagonista y se vive como pasión, sino porque con la ira santa que caracteriza a este profeta incómodo denuncia los vicios y las bajezas del mundo que se genera en torno a ella. Eso explica la caricaturización de muchos autores, reconocibles por sus hechos y sus obras y por los tics que los identifican y eso explica también los desahogos de Raigosa sobre la condición del escritor. Esta presencia va desde la cita como argumento de autoridad, hasta la expresión de un código personal, de su poética que, en forma de migajas, de máximas, de sentencias, van dispersándose a lo largo de todo el relato:"Pero, ¿qué era la poesía sino una forma de maquillaje aplicada sobre el fracaso? ¿Lo iba a asistir en la muerte como en la vida fue su manantial de sueños contra los ahogos cotidianos?" (Pág., 248).


MUERTE DE FRANCO

          Y al cabo el paralelismo final de las muertes, de las dos muertes: la de Franco y la suya. Un sarcasmo último: las páginas de los periódicos se inundan con la noticia de la muerte del caudillo, pero albergan también la necrológica de este otro ferrolano, caudillo a su manera, que con el mismo título de la novela escribe su enemigo íntimo Reinoso, el primero en encontrar su cadáver... Novela mayor, bien concebida, bien construida, escrita con la pasión de quien, desde la realidad conocida, vuela hacia el arquetipo, con la sagacidad del buen estilista; novela corrosiva, despiadada, cáustica, pero llena de lirismo, de un lirismo que nos hace reconciliarnos con ese Raigosa indefenso, deicida, lenguaraz y neurótico, y sin embargo profundamente humano gracias a sus contradicciones de personaje total, difícilmente olvidable. Y a través de su mundo con aquel umbral de este último cuarto de siglo de nuestra historia, aquel tiempo, digo, de esperanzas ya un tanto marchitas.

JOSÉ LUPIÁÑEZ
Revista REPÚBLICA DE LAS LETRAS, nº 58
Madrid, septiembre 1998




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