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SILVIA ABARCA


        Las ciudades que nos tocan el alma nos acompañan siempre. Primero las recorremos, las vivimos, las entrañamos y luego ellas se apoderan de nosotros y pasan a formar parte de nuestras vidas y de nuestra memoria. Todo viaje linda con lo inesperado y lo misterioso y, a través del viaje, se alcanzan las verdades más hondas, mientras caminamos hacia nosotros mismos.
        Ese viaje sensitivo es el que nos propone la pintora Silvia Abarca con el anticipo de esta muestra de sus acuarelas que hoy nos ofrece; una ruta vivida: de Occidente a Oriente, desde Londres a Estambul, a través de una serie de paisajes que prendieron en ella y que nos devuelve ahora tamizados por su sensibilidad y su lirismo. Porque la artista no sólo es fiel a lo real de los enclaves elegidos, sino que añade a ellos esa manera suya de mirarlos, de transformarlos con la luz de sus gamas, de apresarlos con sus trazos dolientes que vuelven musicales las sombras e infunden un hálito nuevo a sus nubes viajeras o a sus aguas melancólicas.
        La verdad y la belleza impulsan sus visiones y acentúan su manera distinta de sentir el mundo y de celebrarlo. Suavidad, música, equilibrio, pureza hacen inolvidables sus geometrías soñadas, sus torres o sus puentes, sus cielos o sus mares. Si Londres tuvo días de plata, puentes soleados o jardines secretos, Estambul se nos aparece con su bruma de siglos, frente a la aguas quietas del Mar de Mármara, a las que se asoman sus mezquitas o sus palacios. Y junto a esos paisajes encendidos de su itinerario, otros rincones que acompañan: castillos o marinas en la hora azul que llama al infinito y nos convoca a estados más contemplativos.

        La vida cosmopolita de Candem Town salpica de color la mañana; Trafalgar Square alza su torbellino de violetas y púrpuras bajo la fina lluvia; a las casas rojas de Milkbank las dora un tibio sol de otro tiempo, y los paseos junto al Támesis son para que el alma sienta la nostalgia de la ciudad que nos tuvo en sus brazos y nos brindó sus puentes para vivir las dos orillas… Desde aquí hasta la Torre Gálata de la vieja Bizancio en la noche de oriente; de Londres a las aguas dormidas del Mármara, con sus barcos varados; o hasta el Palacio de Topkapi que esconde las pasiones prohibidas del sultán. De Londres, sí, hasta un rincón inédito de Eminönü, o hasta Santa Sofía, donde fieles descalzos murmuraron sus rezos, bajo las lámparas prendidas…

        Este es el recorrido que transcribe la artista, y lo hace buscando transparencias, profundidades; persiguiendo la luz que inventa el horizonte, consignando lo efímero de las nubes que pasan. La acuarela es lenguaje de riesgo: o nace verdadera y se impone o se ahoga en el peligro del exceso. Por esta razón son tan necesarios el equilibrio, el tacto, la delicadeza, la pulcritud. Y estas son la virtudes de las muestras que hoy celebramos. Silvia Abarca ha acertado al rescatar para nosotros las escenas que un día la conmovieron y ahora ellas nos conmueven a nosotros porque ha sabido convertirlas, a través de su arte, en instantes para la eternidad, en imágenes que no nos abandonan, una vez contempladas, porque nos piden con su voz convincente y su misterio musical y lírico un sitio en el recuerdo y un lugar en nuestro corazón.


JOSÉ LUPIÁÑEZ
Tríptico de la Exposición
Obra Sociocultural, Caja de Ahorros de Granada
y Escuela Oficial de Idiomas
Motril, marzo 2003



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