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MARIO BARAHONA


     Desde hace varios años vive entre nosotros, entregado fieramente a su obra, el pintor Mario Barahona. Por elección propia ha escogido el recoleto enclave de Gualchos para su retiro espiritual. Allí persiste en su búsqueda personal y artística, alejado de los círculos comerciales que tanto mediatizan hoy la labor de un creador. Este exilio asumido ha podido entorpecer, sin duda, el conocimiento de su producción plástica, a la que tienen acceso, al margen de cuantos le visitan para adquirir sus cuadros en el propio estudio, un reducido grupo de intelectuales, pintores y amigos. La decisión es suya por entero y anticipa ya rasgos muy marcados de su carácter: la rebeldía, el inconformismo, la resistencia a someterse a las veleidades del mercado, que tantas veces ha distorsionado la auténtica trayectoria de muchos artistas.
     Mi primer encuentro con su pintura tuvo lugar el año pasado, con motivo de una muestra colectiva expuesta en la Casa de la Palma. Pude admirar entonces, en la vieja casona, siete piezas de principios de los noventa pertenecientes a una serie que había ideado el artista sobre el quinto centenario del descubrimiento de América. Los cuadros me llamaron poderosamente la atención por su cromatismo intenso, por su valentía, por la desinhibición de los trazos y la gestualidad manifiesta que hacían pensar en un autor con sobrado conocimiento de las vanguardias y unas poderosas dotes para la crítica; un autor que dejaba bien a las claras su asunción profunda del hecho estético pero que transmitía a la vez una inefable impresión de juventud, de vitalidad, de potencia creadora. Las técnicas mixtas (pastel, acuarela, óleo, collage, cera, tintas, etc.) empleadas con absoluta libertad; el sentido del ritmo y de la composición, la visceralidad de los trazos y la jugosidad de los contrastes, lograron cautivarme...

     Más tarde hemos coincidido en algunos otros actos o exposiciones y hace pocas fechas he podido, por fin, ver con más calma buena parte de su obra: la de su periodo madrileño, la de sus etapas en Berlín, en Cuenca y también lo más reciente de su producción, llevada a cabo en esta tierra. La pluralidad temática y técnica, la diversidad de asuntos, de atmósferas y motivos, no impide concluir que una característica dominante a lo largo de los diferentes momentos creativos es su lectura pesimista del mundo. En efecto, tras ese entendimiento, poco espacio queda para la euforia, la alegría o la exaltación positiva: su genio se pronuncia, desde los comienzos (figurativos o informalis-tas) hacia el

testimonio desencantado, la crítica corrosiva, la mirada irónica, que a veces se convierte en sarcasmo y otras en dramática constatación de las contradicciones y limitaciones humanas. El vector, la mano, el lápiz, el pincel, señalan hacia la doble moral, la mentira, y la falta de valores trascendentes que permitan grandes esperanzas, sin embargo nunca se llega al nihilismo, y es más la voluntad de búsqueda (ese vigoroso tantear entre sombras) lo que permanece.
     En sus lienzos de los setenta se observa un cierto simbolismo que apunta hacia la denuncia de una realidad minada por las injusticias, la soledad, la angustia, la impotencia, que hacen de la existencia una pesadilla y alejan cualquier viso de redención. Este pesimismo puede verse en esas rosas mustias que proyectan su sombra contra la pared, y que son una gran metáfora de la verdad última de lo vivo: su caducidad, su finitud... En estos lienzos cobran especial valor las atmósferas y el contraste de técnicas o la disposición desplazada de los sujetos pictóricos. Así ocurre con esa muñeca siniestra que se yergue en medio del vertedero, esa muñeca de larga cabellera que observa con mirada diabólica desde los escombros. Tanto valor, pictórico y simbólico, tienen éstos como el juguete inquietante. Los volúmenes son un laberinto de planos de alto poder expresivo y sobre ese reino de detritus asoma el juguete rabioso...   En otros casos queda

más patente el sarcasmo, sobre todo en esa galería de personajes que podrían ser paradigmas de roles humanos: así el potentado, o el marchante, de gordura preboteriana y teléfono próximo; el homenaje al profesor contratado, ese ser indefenso, perdido en la inmensa soledad blanca o la alegoría de los poderes fácticos encarnada por esos tipos cuyos rostros y manos encubre una cinta de niebla: seriación, simetría y estupor. A veces vale más la ironía y entonces se pinta la indefensión de la dama que posa junto a la ofrenda frutal del amor standar. Coronada de flores es la vestal que oficia en el pequeño altar de la mesa el rito cotidiano, cerca de la imagen enmarcada del hombre ideal (músculos y fuerza). Sin embargo contra el negro del fondo se recortan dos óvalos que penden y que añaden un componente onírico desestabilizador. La frutal coyuntura parece amenazada por dos huevos en los que tal vez anidan serpientes. Esos presentimientos, esas sospechas tortuosas son la añadidura que dejan su ponzoña enigmática. ¿Qué decir de aquel niño envuelto en el pañal anuncio de sudario, aquella larva sobre la que ondea una sábana, una bandera de tregua, o un telón de boca que deja al descubierto la alegoría del abandono?

     La figuración en Mario Barahona no se pierde del todo, convive en sus etapas sucesivas con otras experiencias geometrizantes o reaparece en series neocubistas, pero ya no será la misma figuración de tintes simbólicos. A mí me parece que deriva hacia otras fórmulas expresivas en las que alienta el rescoldo de su intensa búsqueda constructivista, próxima por un lado a la nueva abstracción americana y por otro a una suerte de cubocinetismo de raíz picassiana. Al tratarse de una trayectoria multívoca, como indicaba más arriba, y de enorme versatilidad es difícil condensar sus diferentes momentos evolutivos, porque siempre quedan algunas experiencias que no se pliegan del todo a las constantes generales caracteriza-doras de una fase determinada. De los ochenta, por ejemplo, son buena muestra series en las que aparece primordialmente la pareja como protagonista de lienzos o dibujos. En ellas vibra un tratamiento que hace de los cuerpos entidades que se intercomunican de forma conflictiva o que se disponen en planos diferentes. Los rostros portan el mensaje violento y a veces expresionista. Son abrazos de seres que se aman o se traicionan. Se trata de escenas corales en las que vuelve a reaparecer el desasosiego, pues flota en muchas de ellas un sentimiento amargo que destierra cualquier posibilidad de lectura festiva. Conviven éstas con otras líneas más decididamente abstractas en las que los elementos dialogan en un plano, frecuentemente escindido en dos mitades por un eje central. Y así ese fósforo que prende el incendio o tantos otros dibujos y obra sobre papel o cartón en los que predomina la monocromía, la síntesis de formas enfrentadas de un modo simétrico o las superficies sin atmósfera ni efectos texturales: pura geometría próxima al boceto escultural.

     Más recientemente el pintor se ha entregado a la búsqueda de una nueva armonía a partir de una deconstrucción de lo real; una búsqueda, digo, cercana a planteamientos cubistas. El resultado es un conjunto de obras en las que el lenguaje cubista incorpora cierto cinetismo de formas y de planos. Los lienzos no se reducen a una superposición de éstos, sino que van más allá y alcanzan profundidad y volumen. Los objetos pictóricos, sin dejar de ser lo que son, van más lejos y añaden posibilidades inéditas, en un juego de grises y tierras. La figura del músico callejero que toca una guitarra o la del flautista, podrían servir de ejemplo. Mayor sentido del movimiento se da en las múltiples evoluciones de la silla o en la multiplicación de triángulos que forman un tapiz de filos cortantes. A veces vuelven los motivos de la pareja en el abrazo, que es desencuentro, o las lecturas irónicas como la entrevista en aquella mujer desnuda y sentada, en la que no desaparece la sensación de adversidades inminentes. En estas obras últimas va penetrando otra luz: la luz de estos paisajes del sur. Hay una oleada de mediterraneidad de la que podría ser emblema la explosión de ramas de la palmera, ese penacho fastuoso de ritmos que brota en medio de los huertos y campos de labor. El paisaje en sí se abre hueco en el repertorio temático del artista y cobra un protagonismo violento, como en esa tela del pueblo vigilado por cumbres azules o como en esas otras con pitas y chumberas que pinchan con sus dardos agudos, visibles o secretos, en el corazón. Son signos de una tierra fustigada por el sol, por un sol que derrama su oro épico sobre las formas carnosas, y esas formas, todos lo sabemos, esconden un jugo amargo...
     La racionalización, la disciplina de los planos, las aventuras mentales y geometrizantes, no consiguen congelar la emoción de Mario Barahona. Por encima de todo, el pintor deja constancia de su visceralidad, de su temblor sensitivo, e incluso de su mirada tormentosa del mundo. Alguno podría pensar que estamos ante un artista que intelectualiza en exceso su propuesta, pero yo creo que prima más el zarpazo, la pasión eminente, el trazo encendido, la energía trágica, la huella exasperada del mejor vitalismo... Su voz plural sigue invitándonos a la reflexión sí, pero también a la ceremonia que ahonda en las regiones más tortuosas del sentir. Su sensibilidad logra desencadenar en nosotros, cuantos nos acercamos a su oferta de ayer o de hoy, una sucesión de interrogantes poco tranquilizadoras. Es la suya una obra que deja un rastro oscuro, de intenso dramatismo, en quienes la contemplan. Esa evidencia colma de verdad su propuesta, al tiempo que la hace tan acorde con esta edad llena de adversidades, en la que parece cada vez más lejana la utopía solidaria. Sí, es obra para el desasosiego, pues que en ella persisten el sueño inquieto y los presentimientos turbadores, como también se agitan, con vigor misterioso, esas dudas que muerden con rabia en la conciencia.

JOSÉ LUPIÁÑEZ
En Obra 1975-1995
Catálogo de la Exposición
Casa de la Palma
Ayuntamiento de Motril, febrero 1996




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