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CONCHA GALDÓN


        Cada vez necesito de una manera más viva conocer las obras, las aventuras, los lenguajes, los sueños de nuestros jóvenes artistas. Cada vez siento más curiosidad por saber qué nos proponen y qué nos prometen. Por eso acudo a las muestras que de sus creaciones nos ofrecen y lo hago con ese sentimiento de búsqueda, con ese afán de diálogo, con esa intención de encontrar en ellas el nuevo mensaje que las últimas generaciones nos transmiten, una vez asumido el conflicto entre tradición y modernidad, que me parece es uno de los primeros retos que debe afrontar un creador para establecer su estilo propio.
        Recientemente ha mantenido expuesta en la sala de La General una muestra de su obra la artista Concha Galdón, que ha reunido sus piezas bajo el lema Labores del agua. Se trata de un total de veinticuatro cuadros, de entre los cuales: nueve son de un formato intermedio, mientras que los restantes constituyen un conjunto de tablas o de lienzos de pequeñas proporciones, de unos treinta por veinticinco centímetros, aproximadamente. La técnica es mixta y recurre en esencia al óleo o al acrílico sobre tela o madera. Sin duda es en el grupo de cuadros de mayor tamaño donde descansa el eje temático que articula esta serie y que ha permitido a la pintora ofrecernos sus variantes en torno a motivos de estanques y fuentes. Las demás piezas, con ser pequeños mundos autosuficientes, apoyan la suite central y establecen acordes y arpegios cromáticos que acompañan o se apartan de las obras mayores. Muchas de ellas podrían ser apuntes o proyectos de cuadros de dimensiones más amplias y más idóneas, por consiguiente, para la búsqueda ambiciosa de calidades o texturas que completen el esquema compositivo ya avanzado y resuelto en ellas.
        Concha Galdón bien puede ser ejemplo, por esta obra que nos ha enseñado y por su trayectoria desde finales de los ochenta hasta hoy, de esos jóvenes artistas que tienen un recado que contarnos y que ofrecen un universo personal en el que se aprecian, al propio tiempo, la inquietud y el horizonte al que apuntan las nuevas promociones. Es el suyo un lenguaje que parte del informalismo abstracto y que incluye elementos figurativos en sus composiciones, pero siempre supeditados a la hegemonía del color y de las formas más libres, a las pinceladas bien marcadas o a una cierta intención gestual que ha hecho quesos creaciones hayan ido evolucionando desde un lirismo casi sonoro, de fondos suaves y armónicos, a esta otra confluencia de planos contrastados, en los que concurre un mayor número de tonos, gamas, pigmentos, trazos, etc.
        En efecto, desde sus acrílicos de principios de los noventa hasta estas obras de ahora se ha visto una cierta transformación en la artista. Si en aquellos se imponían las tonalidades delicadas y los fondos armónicos y poéticos (ocres, blancos, amarillos) sobre los que destacaban tenues arquitecturas muy elementales, a modo de castillos con almenas triangulares o de edificios esquemáticos de trazos insinuados y de una enorme fuerza plástica, ahora parecen adelantarse otras preferencias que tienden a un mayor subrayado de las formas, en las que entra decididamente el negro; una mayor riqueza cromática, que amplía su paleta habitual; un aumento en la temperatura emotiva de los cuadros que pasan del espiritualismo hasta estas otras emociones intensas… Y es que el giro que observo va justamente en esa dirección, hacia la intensidad, hacia una pintura más definitivamente sensorial, hacia una búsqueda de espacios de mayores contrastes, donde quede constancia de pinceladas amplias y vigorosas y que pretenden, en último extremo, ofrecer otra vertiente de su arte y provocar una impresión distinta en el espectador. De aquel lirismo con apoyos geometrizantes y casi metafísicos a este decir más pasional, más carnal, más matérico, más expresivo: he ahí las claves de su evolución.
        Me ha encantado esta suite acuática central que reúne obras ambiciosas y de un alto valor compositivo y formal. Son lujuriantes y atrevidas y giran en torno al simbolismo del jardín, los estanques, las fuentes. Son mundos ideales que guardan esculturas perdidas en medio de la vegetación, esculturas acribilladas de luces, de reflejos de agua, conformadas por ese cromatismo plural de los estanques. Se trata de espacios muy definidos por la sinfonía de ocres, amarillos, verdes o por la violencia de otros azules, rojos o negros. Pero mundos que no nos dejan indiferentes, sino que nos invitan a esa atmósfera de sensitividad que saben desprender para cuantos se asoman a ellos.
        En otras telas o maderas las manchas de color inundan grandes superficies, y sobre ellas nuevas manchas o veladuras suaves dialogan con los ritmos del negro que contornea por momentos dichos espacios, en una suerte de definición de planos que no busca referente inmediato. Aquí las calidades texturales adquieren una importancia fundamental y se anticipan a cualquier otro elemento figurativo que pueda aproximar las composiciones a otros motivos tomados de la realidad. Estamos ante la obra de una pintora con nervio, y con la suficiente inquietud como para tratar de emprender en cada cuadro una aventura diferente, bien entendido que no habrá de faltar nunca en ese proceso el contenido pasional, el trazo gestual y más dinámico de sus últimas aportaciones.
        Por lo demás hay que destacar la proximidad de su trabajo al mundo de la poesía. ¿Qué son sus composiciones de pequeño formato sino breves e intensos haikús, es decir, ráfagas, destellos, presentimientos apresados como miniaturas? Por esa razón no es de extrañar que la artista haya nombrado sus piezas con versos extraídos de uno de los últimos libros de Pedro Salinas, El Contemplado (1946), compuesto de un tema y de catorce variaciones sobre el mismo. La proximidad del lenguaje poético al mundo de la plástica, en sentido amplio, hacen especialmente atractivo este homenaje al poeta del veintisiete, aparte de otras coincidencias. Además Salinas compuso, a su vez, su particular homenaje al mar en aquella entrega, y lo contempló con morosidad y lo supo una entidad mágica, enigmática, que nos enseña la invención y la reinvención incesantes.
        El artista pretende llegar al corazón de la experiencia sensible en un afán por nombrar de forma pura estas emociones que nos produce. La realidad y la imaginación confunden sus fronteras en ese acto de interpretar el mundo mientras se crea o se recrea. El Contemplado, escrito frente al mar de Puerto Rico a principios de los cuarenta encierra un mar. El mar: un símbolo o un imposible ante los ojos del que mira y ve en él a un ser cambiante que a cada embate nos toca el alma de diferente modo… De ahí que Concha Galdón haya elegido de manera tan oportuna esta obra de Salinas para sus variantes, para sus versátiles Labores del agua, que nos devuelven la labor de su alma, encantada en esos otros universos en los que la belleza puede ser como un rapto o una pincelada o un mar intemporales.

JOSÉ LUPIÁÑEZ
Semanario EL FARO
Motril, 22 julio 1995


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