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PEDRO GARCIARIAS

        Hace ya algunos años compré a un galerista granadino varias serigrafías de artistas jóvenes que me han venido acompañando y aliviando la vida durante todo este tiempo. Son ventanas mágicas abiertas al mundo de los sentidos y son como bocanadas veraniegas y lujuriantes, pero también estanques que relumbran con su propio misterio. Y es cierto que saben de mi vida y desvelos… Entre aquellas serigrafías una, en concreto, representaba un paisaje alpujarreño, trocado en

raro jardín, que ha sido, en parte, como el mío propio: agitado, profundo, rebelde, confuso, rabioso. Una naturaleza, digo, de signos que parecen vibrar desde los límites de su breve constelación indescifrable. Esa fue la primera obra que vi (y que poseo para mi deleite) de Pedro Garciarias. Está firmada en el año 1984.
        Luego he tenido otras muchas referencias del artista por amigos comunes y e contemplado cuadros suyos de los que conforman su prehistoria estética e incluso he podido seguir, aunque de forma parcial, su evolución creativa. Por eso ahora que me encuentro con su muestra en La General no puedo menos que alegrarme y acudir a vivirla lleno de curiosidad y de ganas de arte.
        Ayer lo hice, mientras sonaban de fondo diálogos de un filme francés en la sala contigua al par que los acordes de una música amena que no logré reconocer. Y así me sumergí en la que llama el pintor su Serie Roja y subtitula Son lámparas de fuego. La mayoría de las muestras aparecen firmadas en el 94 y se ofrecen como homenaje a los hispanistas Elsa Dehenin y Marc Galle por su vinculación afectiva a nuestra tierra. Dos lustros, pues, de distancia entre aquel paisaje primero al que aludía antes y estas nuevas piezas que nos ofrecen la realidad gozosa de un presente que sigue girando en torno a las constantes esenciales de su arte, en permanente búsqueda de nuevos matices, de nuevas variantes.

        Yo he aprendido con Pedro Garciarias que el verdadero jardín crece hacia adentro. Y él ha ilustrado para mí, con su lenguaje plástico, la dimensión sensitiva y espiritual que en el jardín se encierra. Veo en sus obras la simbiosis de la pasionalidad mediterránea y el delicado sueño de lo oriental, con todo su quietismo contemplativo, con toda su ceremonia de estados intermedios que persiguen la conquista de la verdad inefable. Esa dimensión misteriosa, esa propensión hacia el alma fugitiva de las realidades que él investiga en su jardín me prenden de manera espontánea y no lo puedo evitar. Por eso entiendo al artista cuando declara: "Quise hallar un trazo que a manera de sonido me permitiese expresar el acorde latente en el seno de las cosas" No los paraísos artificiales de Baudelaire, claro está, pero sí su teoría de las correspondencias puesta en acción, en la que entran en juego sensaciones táctiles, sonoras, olfativas, con las que construir su sabroso paisaje para los ojos, para el corazón, para la conciencia.
        Esta vez el imperio del fuego, el rojo esplendor de las amplias superficies en diálogo sthendaliano con el negro humo que apresan o descubren formas florales, apuntes, esbozos al grafito de corolas o pétalos en sencilla insinuación de ritmos, de cadencias. Así sus lámparas ardientes que no fueron concebidas para ocultarse bajo el lecho, sino al contrario para que luzcan y se enseñoreen portadoras del enigma que animan las llamas de su lumbre. Aquí se incluyen sus últimas composiciones: las suites de las lámparas y las variantes De rojo y negro de las que se nos ofrecen seis muestras. La parquedad expresiva, la sencillez extrema y una decidida y asumida sobriedad presiden estas últimas piezas en las que se quintaesencia o se detiene el paraíso de su monomanía, mostrándonos ahora un detalle, un acorde, una tesela. Como complemento de las mismas y aspectadas en semejante órbita también se exhiben dos obras de mayor formato Flor y abanico I y II, en las que se incorporan abanicos pintados por el autor como elementos inscritos al modo de los collages: impactantes ventanas abrigadas de rojo y remarcadas por trazos sueltos, vivos de negro, que me hicieron pensar en los versos del poeta: "abanico y mirada / clavel y antojo".

        El propio artista nos descubre la razón de ser de esta Serie roja, que forma parte de la exposición Paradiso, ofrecida recientemente en la Capilla del Palacio de Villadompardo de Jaén y que, dados sus orígenes cubanos, se conecta con la obra del gran profeta y gurú del barroquismo hispanoamericano, autor de la Introducción a los vasos órficos. Declara así el pintor que la "idea recibida de la obra del insigne Lezama Lima, se hace epifanía en el jardín; y digo epifanía, en el sentido joyceano, como la revelación de lo trascendente a partir de un humilde hecho cotidiano. Joyce, Lezama, Huxley insisten en el mismo imperativo: ¡recibe! Esta responsabilidad, dicen, se hará acuciante en el caso de los artistas que deben captar, registrar tales manifestaciones con sumo cuidado, para que todos tengamos acceso al incorruptible eón de los dioses".
        Esta serie demuestra la inquietud permanente del creador por aventurarse en las realidades profundas de su universo vegetal, que maneja a modo de gran metáfora del mundo. Y es dentro de los límites de ese cosmos o microcosmos en donde ensaya las más variadas maneras de entrañamiento sensible de lo real: las tintas planas que concentran la atención sobre un apunte, las formas remarcadas con trazos negros o las pinceladas llenas de energía, libérrimas, gestuales, como las que aparecen en sus dos magníficas muestras de los Campos de Órgiva, en las que los colores conllevan un vértigo añadido. Yo me siento muy próximo a la estética que se defiende en esos Campos y en la que triunfa en cuadros como Anthurium, Piélago, Rosa o el místico Homenaje a San Juan de la Cruz, verdadero leitmotiv en toda su trayectoria. Y también comparto esa dimensión trascendente que quiere el pintor para sus lienzos o sus dibujos, en los que emoción, reflexión, presentimiento o adivinación se con funden con formas, con trazos o con armónicas vibraciones de color; del color, digo, de los sueños…
        Todo jardín exige detenerse. Así nos lo recuerda éste, encendido, de Pedro Garciarias. La vida misma es un jardín en el que nos demoramos para contemplar y para interrogarnos. Las horas pasan e imprimen con su luz y sus sombras irisaciones diferentes en esa múltiple realidad floral y simbólica que encierra el jardín infinito. Pero esto, al cabo, no puede comprenderse si dentro de nosotros no crece a la par el jardín verdadero.

JOSÉ LUPIÁÑEZ
Semanario EL FARO
Motril, 2 mayo 1995



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