Volver a Artículos


BRIAN DIXON


        El pasado viernes 25 de noviembre se inauguró en la Sala de Exposiciones de la Casa de la Palma una importante serie del escultor canadiense Brian Dixon. La muestra, que permanecerá abierta al público interesado hasta mediados de diciembre coincidió en su apertura con una velada literaria que organizaba el Aula de Expresión Dramática, en la que poetas y actrices leyeron versos acompaña-dos al piano por el músico alemán Manfred Pees. Muchos de los visitantes pudieron disfrutarla, pues, y detenerse ante las piezas con las notas de fondo que la inspirada sensibilidad de Pees iba dejando libres en la otra sala próxima y con los ecos de las voces líricas que rimaban con este otro universo de formas propuestas por Dixon.
        Curioso maridaje -pensé- en aquella noche: la música, la poesía, la escultura: el arte, en suma, como un prisma con lados siempre sorprendentes.


¿DONDE FUE EL PRESO? (100 x 40 x 20 cms)

Curiosa coincidencia de culturas: el Chile esbelto y longuilíneo, la Alemania precisa, el Canadá ignoto y el sur de España: éstos eran los países de origen de aquellos oficiantes. Para mayor paralelismo hasta unas palabras que podían leerse en el Programa de mano del Recital invitaban a la necesidad de regresar a la cultura del mestizaje en otra nueva coincidencia feliz… No en balde el Mediterráneo fue desde antiguo un lugar para el encuentro de los pueblos y de las ideas.
        Con esta atmósfera nos llegaban las invenciones escultóricas de Brian Dixon. De entrada el color imponía su imperio: colores de la naturaleza sí, pero encendidos, intensos, delirantes: colores atrapados por formas enhiestas; colores en la órbita del pop art; colores también de diseño, provocadores, incitantes, imprevisibles con los que el artista nos invitaba a recorrer ese bosque de tótems que él ha edificado para una nueva era: la verticalidad de las formas impulsando un mensaje que apunta al lado misterioso de la existencia; un mensaje que es interrogación y ofrenda y memoria cautiva.
        Las esculturas de Dixon apuestan por incardinar modernidad y naturaleza, para crear un más allá de las formas que resuelve en su laboratorio creador a


EL MEDITERRÁNEO
(105 x 40 x 20 cms.)

base de resina de poliéster, azar, disciplina e intuición muy viva. De sus manos surgen esas inmensas gamas con brillos y texturas, con ritmos y oquedades insólitas que componen su tesoro de símbolos. En ellas sabe expresar su sensibilidad tan contemporánea. En el corazón de las mismas se adivinan conflictos entre tecnología y pasión, o entre lo fortuito y el formalismo geométrico, o entre funcionalidad y trascendencia. A este respecto el propio autor argumenta en un Informe complementario su posición y hace manifiestas sus intenciones: "Como seres humanos, nuestro éxito más logrado será identificarnos íntimamente con la naturaleza y el espíritu del universo, sin desdeñar la tecnología, sino manteniéndola a nuestro lado, como un silencioso sirviente, no como un Dios. Sólo aceptando y actuando en base a nuestros sentimientos naturales e intuitivos, más que intentando racionalmente sistematizar nuestro mundo, podremos tener esperanza en llevar a cabo lo que podríamos ser. He de hacer referencia aquí a Arp y Brancussi cuando consideran que en un principio estamos unidos a la naturaleza, y al final a Dios".
        Qué duda cabe que late en su mundo un temblor espiritual y una tensión de contrarios o un diálogo, pero casi siempre un contraste. El cromatismo, las calidades, las estructuras, los elementos que integran sus esculturas tienden, digo, a consolidar fuerzas que se oponen o que se complementan, como en Hielo y fuego, por ejemplo, en donde las llamas se han convertido en rubíes que navegan por un mar de cristales blandos; o en Terremoto, en donde el relieve del monolito recuerda las tomas aéreas de mar y tierra.


AMANECER PARA UN FÉNIX (48 x 105 x 57 cms.)

        Otra constante que sorprende en las composiciones de Dixon es el lenguaje sensual con el que están expresadas sus esculturas: con ritmos marcados como en El Mediterráneo, en donde un fragmento de animal marino -cola o aleta de pez azul-describe un movimiento que apresa otro mar de ámbar de luces insólitas. Aunque pudiera parecer paradójico por los materiales que sirven de soporte y alimento de sus piezas se aprecia en el artista un tratamiento pasional de sus temas, y así tenemos ejemplos en Drácula o El vicioso y, sobre todo, en La noche del tigre: esos amarillos fundidos con un rojo que viene de candentes entrañas y que es ascua de veras.
        Sin duda alguna Dixon frecuenta el lado misterioso de las cosas y no ya por el posible panteísmo de su universo, sino porque con sus trabajos y sus atrevidos materiales conquista formas que contienen espíritu, el espíritu de los viejos enigmas que se nos invita a redescubrir si nos enfrentamos al propio mundo de donde han surgido y del que son referente. Así, como metáforas cromáticas, como gemas que saben, como instrumentos para la meditación o como muestras del rapto vitalista en medio del azar sus obras, ya nos lleven a la inmensa geoda negra de la Caverna de las almas perdidas o señalen a los indescifrables Secretos de la pirámide, confirman a un creador que con alquimia de futuro nos sabe transmitir un presente heredero de un legado sin límites.

JOSÉ LUPIÁÑEZ
Semanario EL FARO
Motril, 3 diciembre 1994



   (subir)