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        La última etapa de Jesús Rodríguez de la Torre, ha sido una búsqueda incesante en pos de un modo pictórico de decir, que ya se intuía en obras muy anteriores, de casi una década atrás, y que ha venido haciéndose más palpable con la suma de sus muchas experiencias, hasta llegar a los logros indiscutibles de los últimos años. Esa inquietud permanente que le caracteriza le ha llevado por distintos caminos en estos tiempos, hasta dar con las admirables soluciones de sus creaciones más recientes, cuyo poder de persuasión se evidencia, tanto por la manera de resolver los lienzos, cuanto por la consolidación de ese mundo propio, tan lleno de claves personales y de presentimientos inquietantes. 
        Un mundo y un lenguaje, que interpretan la hora presente y anticipan visiones y revelaciones, en las que también se filtra un pasado poco definido, apuntado por signos como el recurso a determinadas atmósferas o la vestimenta de algunos de los personajes. Es decir: asistimos a la muestra de un autor que se ha caracterizado por un cierto inconformismo ante sus propias conquistas y por una reiterada voluntad de cambio, de renovación, de transformación continua, dado su alto nivel de exigencia. Ya he ponderado estos extremos en otros trabajos sobre Jesús de la Torre, pero el caso es que su curiosidad no se aplaca, ni su búsqueda cesa, de ahí que sea imparable el proceso de depuración que vive su pintura.
        El camino recorrido hasta aquí ha sido diverso pero fiel a unos planteamientos que ya preocupaban al artista años atrás. Esto es: un camino nada errático y mucho más coherente de lo que su diversidad de temas y motivos pudiera hacernos creer. Cuando trataba de definir las características de su obra hace dos lustros, experimentaba un sentimiento similar al que observo ahora, y como entonces hoy también soy consciente del nuevo lenguaje y de las nuevas conquistas, pero si me permito traer a colación las palabras de antaño es, no tanto para ubicarnos y saber desde dónde partimos, en relación a las anteriores fases de esta pintura, cuanto por lo que, a mi modo de ver, tienen de anticipatorio, de prólogo a estas otras realidades que ahora nos ocupan y que entonces eran sólo premoniciones.


LECTURAS PROVECHOSAS  

        Aquellas reflexiones trataban de marcar el territorio mágico que su mundo nos ofrecía a comienzos de los noventa. Por eso yo hablaba de "una tendencia orientada hacia el desprendimiento y la liberación de las formas que, sin abandonar el referente figurativo, inaugura un lenguaje inédito y nos adelanta modos distintos de concebir un cuadro; y subrayaba cómo sus personajes de entonces no se nos ofrecían "perfilados y acabados hasta el detalle, como antes fuera norma, sino que se esbozan de una manera muy suelta, con pinceladas rápidas y manchas llenas de ritmo, en una rica gama de matices delirantes y frescos que contrastan con el contenido trágico y crítico de sus telas".
        Estamos en aquel punto de partida que se parece tanto a esta otra visión de ahora, al que falta añadir la vieja obsesión que ha venido a trazar el rumbo fundamental de la nueva búsqueda, me refiero a "la de la luz, como elemento constitutivo y motriz de las figuras y como responsable de una atmósfera en la que

CATÁLOGO DE LA EXPOSICIÓN ITINERANTE  
no se persigue definir los límites de la realidad, puesto que éstos aparecen más bien en una sabia y endiablada mezcla de contornos y trazos, de gamas y de sombras, sin permitirnos del todo saber si son luz los hombros o los rostros de los modelos, o si es un milagro que, en medio de esos ritmos, cobren sustancia y sentido"… Al paso de todo este tiempo, me parece que lo que decía en 1994, sigue hoy del todo vigente; es más, aquellas constantes que entonces se referían vuelven a ser hoy los elementos conformadores de su nuevo lenguaje. Porque hay nuevo lenguaje, hay evolución, hay una propuesta distinta a aquella otra; se ha producido una reorientación que ha cargado de simbolismo sus lienzos y que los ha llenado de profundidad, de atmósfera, de hondura. El aire irrumpe esta vez para ser un protagonista más que evidente, como podrá apreciarse, junto a las figuras, junto a la luz. Porque son el aire y la luz los que establecen el nuevo orden y ambos componen las escenografías que nos interpretan, que retratan sí este abandono espiritual, este desistimiento, a veces, pero que también nos revelan el anhelo de belleza y la infatigable búsqueda espiritual del artista.


LA NIÑA LECTORA  
        Habrá quien alegue que, aparentemente, se han producido pocos cambios en lo que constituye su poética pictórica; es decir: en todos aquellos elementos que definen su mundo artístico; y sin embargo, qué experiencia tan turbadora, tan sorprendentemente nueva, tan agresivamente hermosa, resulta asomarse a los últimos veinte o treinta cuadros de Jesús de la Torre; qué escenarios simbólicos, qué atmósferas de espera, qué angustia sorda, qué risas, qué nostalgia de lo bello, qué tristezas, qué luchas… Y es que el artista vuelve a romper los límites de su propio discurso plástico, en un ejercicio admirable de dominio del color y de las formas para acentuar, más si cabe, lo que ya se ha convertido --y aquí comienzan las diferencias--, en una nueva mutación de su estética.
        En efecto, parece abrirse ahora un horizonte distinto de exploración, que va de lo concreto a lo borroso; las formas comienzan a desprenderse de materia, se han transformado ante el espectador en presencias, casi en hologramas o en seres fantasmales, que se unen a través de tiempos distintos o de escenarios sombríos de edades diferentes. Quiero decir que es esta mixtura, esta hibridación, esta suma de paisajes que divergen, de entornos que pugnan y se funden, la que demandaba una nueva forma de pintar, porque pintar ahora no es ya pintar simplemente, pintar ahora es apresar el aire, el aire enfermo, en el que se diluye la tragedia o el aire constructor que persigue otros parámetros de lo bello.


LA DAMA DE BEIRÚT  
        La ambición de ese propósito conduce al artista a nuevas preferencias y así, frente a la hegemonía clara del color, en personajes bañados por una luz que los envuelve, en personajes distraídos, ausentes, que aparecen con fondos de marcados contrastes, (pienso en La niña lectora (1994), por ejemplo, o en sus muchos otros seres abismados, perdidos entre ruinas como en La dama de Beirut, de 1991…); frente a estos últimos retornos coloristas, digo, el pintor decide ahora un imperio del azul, como parte de la metáfora que su mundo propone. Un azul mineral, un azul de inminencia, de alarma. La experiencia resulta inquietante, porque el espectador ingresa, literalmente, en un clima de irrealidad, que se nutre paradójicamente de fragmentos vivos de realidades. La línea del tiempo se ha roto, ya no es necesaria. Dentro sucede la pintura, dentro lo pintado tiene lugar aunque esté detenido allí, como atrapado en ese pliegue del tiempo por el que transitan otras épocas. Se trata de un quietismo, si nos vale el oxímoron, extrañamente dinámico.


PÓRTICO  
        Los diferentes cuadros de esta serie componen, a su vez, lo que podría entenderse como una ambiciosa alegoría del presente, de un presente amenazado, mordido por la incertidumbre y la sospecha, de un presente en el que se respira una sensación de vencimiento y de culpa. Esto nos transmiten la mayoría de sus figuras, siempre cabizbajas, con los rostros velados, ocultos o poco explícitos. Algo aciago se cierne sobre estos hombres y mujeres que no dialogan entre sí sino con silencios, con largos silencios; que viven en un presentimiento de fatalidad, de desasosiego que los paraliza. No se remansa mucho por aquí la alegría. El azul es un azul amargo. Y en ese azul se inscriben elementos tan diversos como escenas urbanas y oscuros gabinetes; combates exóticos y desencuentros de seres que se acompasan en la misma tiniebla de la misma hora indefinida. Pero a pesar de todas estas adversidades siempre queda la esperanza del arte, que nos redime; la esperanza del ideal, que viene dado por la captura de lo bello y sus formas, como resulta evidente en piezas fundamentales tales como Viaje interior o La cabeza de Amorgos, por ejemplo, que se nos ofrecen a modo de tabla de salvación, en medio de la vorágine.
        Estas escenas piden también, aparte de otro lenguaje, formatos mayores. Eso se observa en este tramo de su obra: la expansión del espacio y una tendencia hacia un sentido más coral de las composiciones, lo que acentúa, sin duda, la percepción de indefensión o de soledad fatal de muchas de sus figuras centrales. Y es que éstas no se miran, ni nos miran; no se atienden, sino que se nos muestran más bien como prisioneras de una congoja que las aísla y las torna rehenes de una extraña luz; de una luz que las volviera espectros, en su anuncio de pesadilla. Algo ha sucedido ya, y por eso nos advierten con su estatismo, con su mudez, de la magnitud de esa catástrofe; o algo está a punto de suceder y la tensión, el drama interior que las construye, deja entrever la inminencia de algo devastador. Lo que resulta evidente es la conexión de este universo con otros planos de la realidad, con otros dominios de la conciencia, quizá con los sueños, quizá con las visiones que anticipan, por lo que no deja de aparecérsenos toda esta propuesta como algo a medio camino entre la profecía y la denuncia, como algo que quiere ser aviso de alarma o manifiesto del estupor de estar vivo.


SIGNOS  
        Si recorremos la galería de las últimas obras de Jesús de la Torre reconocemos muy pronto el protagonismo preferente de determinadas figuras. Lo femenino, el mundo de la mujer, aparece fundamentalmente representado por la imagen repetida de una misma modelo. Se trata de un juego de variantes sobre una figura sumida en su propio ensueño; una figura que no es otra que la propia mujer del pintor, Susana, su compañera y musa imprescindible en medio de esta desasosegante cascada de inquietud y misterio. La delicadeza en el tratamiento, el lirismo que se desprende de sus gestos, la elegancia, la belleza expresiva de su ensimismamiento, es quizá el único camino, la única excepción que atempera la crudeza de esos otros mundos que asoman. Toda pintura tiene siempre algo de biográfico, y la de Jesús de la Torre no se aparta de esa norma. La esposa del pintor y el pintor mismo son también actores en medio de este mar de azules recluido en espacios cerrados, en habitaciones clausuradas, en alcobas de penumbra. Esto intensifica aún más el clima de tensión interna de los cuadros, la tormenta emotiva de las criaturas, sistemáticamente ubicadas en interiores, puesto que todo el paisaje que se persigue está acotado ahí, y se ciñe exclusivamente a los modelos y a las brumas que los envuelven.
        La larga experiencia en el empleo del óleo y del temple, como técnicas prioritarias de expresión en Rodríguez de la Torre, ha facilitado al artista el lenguaje expresivo y jugoso de estos momentos. La mayoría de sus lienzos y tablas están resueltos al temple. Y así, desde una base de azul ultramar, más o menos oscurecida, asoman los contornos de estas realidades, las escenas oníricas de estos cuadros que apremian. La elección del azul, la concepción casi monocromática de las composiciones no resta intensidad a la irrupción de otras muchas gamas y tonalidades, especialmente de carmines y violetas, que los negros y los grises amarran en armónico equilibrio; antes al contrario acentúa la fuerza del chispazo imprevisto o la sorpresa gestual de un malva, de un verde, de algún amarillo que irrumpen, junto a las llamaradas de los blancos en el aire de esos entornos. Porque ahora las formas no se perfilan --ya lo decía antes--, sino que pareciera se construyen con ese mismo aire salpicado de pigmentos y trazos vivos. Sí, las figuras surgen o se esconden desdibujadas en medio de tramas y de pinceladas que las envuelven como halos, o que cruzan con sus destellos, en medio de sombras violentas. Se establecen así marcados contrastes gracias a esas cataratas de luz que caen sobre los hombros, sobre los sombreros, sobre los pliegues de las ropas o sobre los rostros.
        Esta técnica, que instala el misterio de lo difuso, conforma el nuevo estilo de Jesús de la Torre. Un estilo nutrido de contrastes, que nos ofrece escenas difícilmente olvidables, escenas que no dejan indiferente al que las mira. Los mismos contrastes que se aprecian en la pintura, como materia, los vemos en los contenidos, y así se comprueban en numerosas muestras de su obra. Hablo de dualidad, de oposición, de pugna de fuerzas y conceptos: la oscuridad y la luz; el pasado y el presente; la quietud y el movimiento, etc., son elementos de ese contraste, responsable, en parte, de la tensión interna, del drama secreto de espacios y figuras. Piezas como El gabinete, Danza y espera, Dos mujeres o Luchadores I y Luchadores II , son clara muestra de esa preferencia por la contraposición y la concepción dual de los cuadros.


LA HORA AZUL  
        Se han logrado ya piezas de un altísimo significado plástico, como es el caso de La hora azul; un lienzo de gran formato, que nos invita a la hora ambigua y nocturna, a una hora con tintes de novela negra, en la que un coro de individuos aparece en medio del humo y de la luz, de una luz que es aire también y que llega de forma cenital y envolvente. Cada uno va a su afán, se diría una yuxtaposición de vidas que convergen en sus disidencias. Cada uno de ellos atiende a un reclamo distinto y es así cómo se alza este torbellino de trazos y veladuras, de planos y de luces, en los que el blanco y el rosa pálido de sendas camisas escoltan la misteriosa aparición del personaje central, el que trae la respuesta, o la esconde. Vertiginoso y pasional contrasta con la expresiva y jovial complicidad de Dos mujeres, de aquellas que sobre un fondo de celestes y de grises intercambian confidencias. Marta y María de hoy que pasean por una avenida de niebla, en la gran ciudad. La camiseta listada se constituye aquí en el elemento hipnótico del cuadro, junto con la llamarada de malvas. Los golpes de blanco acentúan el contraluz, y nos muestran un perfilado de las figuras, menos frecuente en otras piezas.
        En esa línea de gusto por las dualidades los Luchadores ponen la nota exótica junto con los Tuaregs. En ambos casos la tentación abstracta está más próxima. En las dos variantes de esos colosales luchadores de sumo, alienta el simbolismo de la lucha interior, de las fuerzas contrarias fundiéndose en la pugna, como nuestras pasiones y contradicciones en la mente o en el corazón. Tuareg I, por su parte, despliega un universo de matices y de calidades vibrantes en violetas y celestes, en azules y grises que se convierten en un vendaval de partículas de colores y texturas. Algo de épico tiene este Tuareg, que es muestra al mismo tiempo del gusto por las soluciones abstractas, muy presentes a lo largo de esta última etapa en gran número de composiciones. Y es que si prescindimos de determinados referentes figurativos, rostros, sombreros, tocados, las piezas se tornan abstracciones las más de las veces.


VIAJE INTERIOR  
        Entre los cuadros que nos presentan la figura femenina aislada y sedente, Adagio y La cabeza de Amorgos nos ofrecen dos variantes de Susana, bajo la luz cenital y transformadora. A pesar de la sensación de soledad, la belleza de los fuertes contrastes, con golpes de luminosidad a lo Bacon, nos brinda la expresiva e intensa visión del ideal. Un ensueño de azules nos lo acerca desde la sombra, con resoluciones verdaderamente líricas, como se aprecia en el tratamiento de la zona de la mesa sobre la que descansa la escultura, envuelta en unas nieblas de cromáticas veladuras. Sin embargo es quizá el cuadro titulado Viaje interior, el que nos conmueve más hondamente por el aire de clasicidad y la delicadísima interpretación de la cabeza, que luce un pañuelo, a modo de tocado, bajo el que se recoge el cabello. El fuerte contrapunto de luces y sombras, con nuevos toques de blancos, transforman esta composición en una especie de vía láctea que inunda la sala, en la que, también sedente, descansa la modelo --nuevamente Susana-- vuelto el rostro, y entregada en la serena quietud de la estancia a sus ensoñaciones. Sueño de la beldad con aires del Renacimiento; quietud y misterio en la cámara azul e intemporal, ajena a toda amenaza del exterior; quietud y misterio en esta atmósfera de recogimiento donde se ovilla la madonna.
        Otras obras dejan traslucir la preocupación por el tiempo, a la que ya he aludido más arriba. Un tiempo ido, que forma parte del tiempo existencial y emotivo del artista, a veces para transmitir la inquietud y el secretismo que se respira en El gabinete, en esa oficina oscura y siniestra, en la que no sabemos qué dramáticas decisiones están teniendo lugar. O en esa otra muestra mayor de esta hora que es Danza y espera, en donde el pintor y la modelo se dan cita en medio de un nuevo juego de contrastes. Quietud y movimiento, que se resuelven con agilísimos trazos y sutiles pinceladas sobre zonas frotadas y veladuras de un incuestionable poderío expresivo. El tiempo acucia, y su protagonismo salta al título de otra pieza clave: A la orilla del tiempo, nueva composición coral en la que varios personajes, se abren paso entre una maleza de pinceladas resueltas con la brocha casi seca…


LA ORILLA DEL TIEMPO  
        De nuevo el ritmo, los ritmos que sacuden a las figuras y los que éstas mismas marcan con los haces de luz que salen de sus manos, señalan la orilla imaginaria. ¿A quiénes quieren socorrer estos personajes que se van confundiendo con las sombras del fondo? ¿Por qué tanta premura en rescatar a qué náufragos en peligro? El misterio alienta escondido en la zona externa al cuadro, hacia la que convergen todos estos trazos. Se establece así una cómplice relación entre pintura y espectador, por la que éste último se siente extrañamente implicado en la escena. Pareciera que éstos que aquí acuden quisieran invitarnos a salir de este lado de lo real, para acceder a la otra orilla; a la orilla en donde los seres se descarnan, y son presencias, como ocurre con la figura de la izquierda que queda reducida, de forma efectista, a un sombrero que la acota y a unas cintas sueltas de color que insinúan su silueta. Aquí una luz fantasmal azota a los personajes del primer plano y torna especialmente enigmática a la figura central; o nos regala con el hallazgo plástico del chal moteado; o nos vuelve a confirmar ese proceso de transformación de los rostros, por el que los más alejados se van conviertiendo en máscaras casi goyescas, tal y como puede comprobarse en otras piezas del artista.
        Sí, al igual que estos hombres y mujeres de otra edad nos reclaman, así también Jesús de la Torre nos convoca a este universo de incertidumbre y de belleza. La tensión espectacular de muchas de sus composiciones, la multiplicidad de lecturas que se desprende de las mismas, el mágico aluvión de sugerencias cromáticas, los marcados contrastes, el simbolismo mantenido, todo se torna invitación para que recibamos este bautismo de luz, para que dancemos en el aire como El giróvago, envueltos en esta indescriptible felicidad frágilísima, entreverada de sombras. Porque quizá la luz de la que están hechos estos cuerpos ingraves es la esperanza que junto al ideal y la belleza puede redimirnos en esta encrucijada de fugas y regresos, en esta hora azul de nostalgias y premoniciones.
        Un nuevo camino de posibilidades plásticas se abre con estos logros recientes en la pintura de Jesús de la Torre. Sus pinceladas esculpen y rescatan a esos seres escondidos en la densa tiniebla, y así nos llegan hoy, emisarios de lo desconocido, emisarios del sueño de nuestra propia razón, a veces monstruos y a veces ángeles o danzantes que nos conducen hacia ese lado secreto en el que quizá alcancen respuesta nuestras viejas preguntas. En estas pinceladas, en esta búsqueda de texturas insinuadas, bajo livianas veladuras, alientan los signos de esta escritura plástica que nos traduce la lucha interior del artista y su visión conflictiva del mundo. Y esa interpretación dinámica, hecha de fuerzas que se oponen o se complementan es, en fin, la que se recoge en estas alegorías del azul; en estos perfiles del aire que nos adormila como un narcótico para inducirnos al ensimismamiento, o nos despierta vertiginosamente del sopor de la pesadilla contemporánea.

JOSÉ LUPIÁÑEZ
En Perfiles del aire
Catálogo de la Exposición
Fundación Caja de Granada
Granada, septiembre 2004




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