A veces pienso que Silvia Abarca es una acuarela toda ella: menuda, frágil, sensitiva, y con un encanto personal que le sale por los ojos. Así su voz, así el pincel donde de sí misma moja esos colores delicuescentes, abiertos a la sutil gama de esos sonidos que constituyen el espectáculo vivo de la naturaleza. De manera que, cuando visitó y estuvo en el castillo de La Calahorra, nos dio una lección de magia. Silvia traduce a ensoñación y delicadeza cuanto toca con sus párpados; porque es así, de pronto queda inmóvil y sus ojos retienen prodigiosamente el hálito de la luz, en un gozo espléndido por sentir y contagiarnos de esa comunión con lo que se nos pasa desapercibido: la ingravidez del aire y esos sacudimientos de la brisa en los geráneos y las viejas hiedras del palacio. Queda como ausente, pero la verdad es que está transida, transida de plenitud. Y es esto cuanto nos participa en sus dulces acuarelas. Son estampas sabrosas, limpias y serenas, visiones líricas de una naturaleza efervescente. La piedra, en sus manos, es un helecho. Están los muros y torreones adustos, pero trasladados a una vibración casi vegetal —se diría—, con la que anima lo inerte y secunda el misterio de lo olvidado en aquel confín de la tierra: los llanos de La Calahorra, inextinguibles de fervor, inacabables de estremecimiento. Y están esas columnas y arquitrabes, por donde juegan las ninfas, y esas enredaderas al sol de la mañana, que parecen un claro de bosque en donde las hadas, salidas del baño, escurren el agua de sus trenzas. Y están, en fin, entre tantas delicias inesperadas, esas teselas del mismo suelo, en un arranque de escalera, para comunicarnos que a veces lo humildísimo y desapercibido acoge toda esa carga inefable de los sentimientos.

     Silvia estuvo allí, y nos dejó este cuaderno con una decena de viñetas que ahora comparte con nosotros y a las que acompañan otras visiones de ciudades o paisajes que tocaron su corazón. En el castillo de La Calahorra, ese palacio de taracea y de marfil por dentro. No pesa el mundo en sus ojos. Ella misma es lo que pinta. Llegó un día de verano, llegaron ambos. Había un silencio amigable en medio del patio suntuoso, y una luz estática y ultraterrena como si al aire le hubieran salido párpados con pestañas rubias de repente. Y desde aquella claridad que brotaba entre el cielo y la tierra, me llegaban las voces tenues de la acuarelista y el poeta, que volvían a ser niños. Toda esa felicidad y ese hechizo, pienso, y siento, están en estas imágenes. No pesa el mundo en sus ojos, ni en sus manos. El color se hace perfume. Y la línea, latido, latido del corazón. Silvia Abarca, que es una acuarela toda ella.



ANTONIO ENRIQUE
Texto del Catálogo de la Exposición
EL PALACIO DE LA CALAHORRA:
ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA

Guadix, Noviembre Diciembre 2002.

 

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