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CATÁLOGO DE LA EXPOSICIÓN BIBLIOGRÁFICA


        En septiembre de 1974 llegué a Granada para iniciar estudios de Filología en la Facultad de Letras. Acababa de cumplir diecinueve años y me reencontraba con una de las ciudades más mágicas del mundo, cuna de mis mayores. Estaba lleno de sueños, en aquella plenitud, y de proyectos literarios. Ya tenía escritos un buen número de poemas que leía a los amigos más cercanos. Algunos habían visto la luz en revistas de la época y otros, la mayoría, permanecían inéditos, como es de suponer. Acariciaba por entonces la idea de reunirlos en un primer libro, pero de esa forma imprecisa y lejana en que lo hace todo principiante, así que para nada imaginé que mi primera visita, un tanto al azar, al Hospital Real propiciaría, más adelante, el cumplimiento de uno de mis mayores mayores deseos. Conmovido por la grandeza del edificio, en el que se impartían las clases de los primeros cursos de letras, descubrí en uno de sus patios el Servicio de Publicaciones de la Universidad, que me llamó poderosamente la atención. En él podían adquirirse los títulos de algunos poetas jóvenes granadinos, ligados a las colecciones universitarias. Algunos de los que recuerdo: el Penar Ocono de José Heredia Maya, Doce poemas de caza mayor y una elegía, de Carmelo Sánchez Muros, Y..., de Álvaro Salvador, Irse tiene sus fronteras, de Fernando Adam, Aria, de Vicente Sabido, entre otros...
        Con esa intención ascendí por los peldaños iniciáticos que conducían a aquel departamento y me vi en una amplia sala, con mesas parpadeantes, en la que no más de diez personas se afanaban en diversas tareas. Fue así como


EL POETA NARZEO ANTINO (JOSÉ ORTEGA) RETRATO DE M. KAISER

conocí al poeta José Ortega, en aquel entorno de libros, documentos, planos, dibujos...; fue él quien me atendió y me facilitó los textos del fondo que le requería y tuvo además la paciencia de mostrarme el proceso de edición que se llevaba a cabo, arduo y casi artesanal, puesto que las máquinas para el picado eran electromecánicas y su memoria muy reducida. Fue fascinante para mí aquel mundo, de cajas luminosas, sobre las que se preparaban, una a una, las páginas de los textos. Para ello había que cortarlos de las galeradas y pegarlos sobre plantillas. Era preciso tener buen ojo y tiento y disciplina... 
        La cálida recepción del poeta, a quien confesé muy pronto mi gusto por la escritura, me animó a volver para confiarle algunos de mis versos. Regresé, pues, para ofrecerle aquellos textos primerizos, en los que ya alentaba, bien que incipientísima, la conciencia de un creador. Y lo significativo para mí era el privilegio de ofrecerlos a un autor con obra en marcha, con libros en su haber... En ese interin ya me había preocupado yo de leer con cuidadosa atención los versos de un José Ortega que firmaba Aldo Fresno en su Cauce vivo (1971) y Narzeo Antino en Ceremonia salvaje (1973). Algo más tarde llegaría a mis manos su deslumbrante Carmen de Aynadamar, primero de sus hitos más incontestables. Como es su costumbre, consideró diligentemente mis primeros escritos y anotó a lápiz algunas sugerencias que me comentaría más tarde. Él también, por su parte, me iría confiando con el tiempo sus libros inéditos que yo leía con verdadera fruición. Pronto me percaté de su universo apolíneo, de su sentido de la perfección, de su gusto por las simetrías, del simbolismo de sus arquitecturas, de sus tentadores ocultamientos, y de otras agudezas de su ingenio, de las que tomaría buena nota, puesto que, a partir de ese instante, siempre presté especial atención a la construcción de un libro de versos. Y traté de mantener un equilibrio entre geometría y organismo a la hora de concebirlos, gracias a su ejemplo.
        Lo importante fue que la poesía dio pie a una fuerte amistad que iba creciendo a medida que conocía, a su través, tantos secretos de la ciudad, de sus rincones más sabrosos, de sus escritores, de sus gentes, y me reencontraba con tradiciones y costumbres, con palabras y sabores o paisajes ligados a la infancia y a la memoria... Inolvidables paseos por el Albaicín, inolvidables encuentros con los poetas de todas las promociones, a la mayoría de los cuales conocí por su mediación. Granada era entonces ejemplo de capital poética, de ciudad abierta. Sus escritores militaban en el frente común de la escritura y la amistad unía lazos y estrechaba a personas. Nunca vi mejor camaradería que la que compartimos con Elena Martín Vivaldi, Rafael Guillén, José García Ladrón de Guevara, Juan de Loxa, Enrique Morón, Juan J. León, Emilio de Santiago, José Heredia Maya, Julio Alfredo Egea, Gutiérrez Padial, Quisquete, Fidel Villar, Antonio Enrique, Fernando de Villena, Rafael Rodríguez, Claudio y Carmelo Sánchez Muros y tantos nombres más que sería larguísimo referir, porque a los poetas se sumaban los pintores: Villegas Forero, Brazam, Francisco Izquierdo, Hernández Quero, Rodríguez de la Torre, Iván Piñerúa, Kaiser, Olivares, Cayetano Aníbal... y los grabadores, y los profesores de la Facultad y los libreros y hasta los músicos. Y lo mejor de todo era que los más jóvenes teníamos las puertas abiertas y nos relacionábamos libérrimamente, con la amistad y la consideración de los más avezados. Lamentablemente aquella unidad se hizo añicos y hoy aparece fragmentada en cofradías de toda laya.


VIÑETA DE LA COLECCIÓN

        En aquella atmósfera que digo surgió la idea de crear Silene. Y el verdadero inspirador y artífice de la misma fue José Ortega. Él quiso crearla y llevarnos a José Gutiérrez, un poco más tarde, y a mí, en sus comienzos, como compañeros de esa aventura. Pensamos en un formato grande, que contravenía la tendencia dominante del libro de bolsillo, a cuyas medidas se iban ciñendo las series poéticas. Creo que nos inspiramos en el tamaño de la colección de textos de la revista Ínsula, que por su sobriedad casi juanramoniana gustaba mucho a José Ortega. El nombre era importante y, entre varios que recuerdo, nos decidimos por el de una florecilla que se da en Sierra Nevada y que venía a convertirse en vago símbolo de afirmación de un territorio: silene. Además se sumaba el añadido de sabor clásico con la proximidad de Selene y no venía mal la referencia nocturnal de su imperio. Sí, cierto esteticismo que nos sabía a elegía y a mediterráneo y a mundo clásico. José Ortega dibujó la viñeta, esa especie de Ceres que porta esta vez un ramillete de florecillas y un par de ellas en su mano derecha. Creo que una pintura pompeyana le sirvió el motivo.
        Apostamos por la sobriedad. Sólo el nombre del autor, el título, la viñeta y el pie de imprenta. Seguíamos en ello la mejor tradición impresora andaluza. José compuso una copiosa colección de figuras insertas en óvalos, de fuerte contraste entre blanco y negro. Había en algunas cierto aire modernista y en otras un raro exotismo de reminiscencias egipcias. La apuesta por la belleza era nuestra manera de protestar en aquel ambiente de tránsito; el cambio se respiraba en la atmósfera cargada de tensión y de ansia de futuro. Nuestra militancia incluía no sólo el reclamo de la democracia, sino otra demanda de belleza y de gusto por la obra bien hecha. Eso perseguíamos. Yo pienso que en todo aquel proceso de conquista de las libertades, y dentro de los círculos universitarios y en otros más amplios de la poesía joven, Silene se convertiría en un referente inexcusable de la lírica andaluza.
        José Ortega me propuso publicar aquel primer libro mío y me sugirió nombrarlo con el título de uno de sus poemas. Así, con guiño prometeico y rimbaudeano, se abriría la colección. El número dos iba a ser el poema de Antonio Carvajal Casi una fantasía, que acabado en el 1963, permanecía inédito desde entonces. El tercero el título de Ortega Ritos y cenizas. Habíamos hablado sobre la conveniencia de incluir libros de los directores de la colección como primeras entregas. ¿Debíamos esperar a que existiera una cierta trayectoria para que aparecieran nuestros versos?, o ¿no sería mejor mostrar sin pudor la poética, los criterios estéticos de quienes estaban al frente de ese proyecto? Optamos por lo segundo y así se puso en marcha esta colección, bajo la cobertura editorial de la Universidad de Granada, pues fue en su Servicio de Publicaciones en donde confeccionábamos los libros. Las galeradas nos las picaba en la mítica composer electrónica de IBM, José Miguel Ardid. Y nosotros las corregíamos y montábamos sobre las plantillas. Era un proceso complejo pero de lo más estimulante. Estábamos a un punto de la edición cuando observábamos las páginas compuestas en la sombra, por no ver los perfiles de las correcciones superpuestas. Y esa proximidad del libro nos maravillaba. A mí más, porque descubría por vez primera la liturgia del diseño que conduce al objeto fantástico que puede ojearse y entrañarse.


JOAQUÍN VILLEGAS FORERO

        Fue un tiempo aquél inolvidable. Nuestro reclamo de belleza ya anticipaba el ideal que habría de venir, en aquellos momentos de transición, y contrarrestaba cierto desaliño de urgencia que la coyuntura política favorecía. La sensación que dimos puede medirse por los comentarios y cartas y reseñas que fueron haciéndose eco de aquella aventura. Muchos asociaban la experiencia a la de Cántico. Otros a las colecciones malagueñas. Pero, en general, gustó el resultado y esa línea poética entre la tradición y la modernidad que venía a proponerse. Porque a pesar del homenaje evidente a los modelos clásicos los libros desprendían para casi todos un aire de novedad refrigerante.
        Yo viví los inicios de aquella colección nuestra, que habría de nutrirse con títulos esenciales para la poesía contemporánea en sucesivas etapas. Pero sólo me tocó asistir a su despegue. Afortunadamente para todos el alma de Silene siguió siendo José Ortega y con un Consejo Asesor o con el poeta José Gutiérrez, consiguió trazar esa trayectoria editorial más ambiciosa, en la que los más reconocen la rigurosa selección, la exigencia, el gusto por la armonía y, sobre todo, esa voluntad de estilo que aporta siempre su rara grandeza a todo propósito y a todo mensaje. Gracias a ello quedan esas obras y a los desvelos de José Ortega, su inspirador. Él ha sabido mantener la alianza de arte y poesía. La conexión de esos mundos explica mucho del espíritu inicial de Silene. Las ilustraciones han sido el reflejo final de esa conexión permanente, que impregna el espíritu de cada libro.


JUAN VIDA
        Tuve, en fin, que despedirme de aquellas tertulias en el Carmen de Aynadamar, que manteníamos encendidas hasta el atardecer. Allí, frente al escenario hipnótico de una Alhambra que casi nos asaltaba, discutíamos los pequeños detalles, los lejanos propósitos. Leíamos , a veces, textos de alguno de los presentes o charlábamos sin más, ante la danza puntual de los vencejos. Tuve, sí, que despedirme de la emoción de caminar con un manuscrito importante bajo el brazo, por las calles de aquella ciudad que el recuerdo me devuelve más íntima. De los paseos en todas las direcciones posibles; de las tabernas en el camino y de aquel mester de editar libros, que propiciaba en parte aquellas perspectivas. Mi colaboración con la colección llegó hasta el año 1977, aproximadamente, si bien en los últimos tiempos no fue todo lo intensa que yo hubiera querido. No obstante, tengo en el recuerdo aquel periodo como una de las etapas más importantes de mi vida, puesto que supuso mi verdadera iniciación a la Literatura, a la que yo quería acceder tan sólo desde la ingenuidad y la ilusión de un joven de veinte años.

JOSÉ LUPIÁÑEZ


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