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No hay nada más hermoso que abrir un libro, pulsar la música de sus primeros párrafos y comprobar que nos gusta, que nos encanta, que resulta delicioso leerlo y paladear sus palabras con golosina. Inmediatamente nos percatamos de que aquello ya no va a ser sólo un libro, aquello se va a convertir en un festín, en un banquete literario, y se nos agolpa entonces un aluvión de vida y de belleza, y una curiosidad picante nos empuja. Sí, esa inquietud, esas ganas enormes, casi incontroladas de saber, de conocer, de descubrir los rincones más inesperados de ese libro, porque estamos persuadidos de que existen y de que esconden para nosotros ese raro tesoro que tanto placer intelectual
y estético nos depara.
Algo así experimenté tras asomarme y calar la obra que hoy nos convoca, estos
Retratos y semblanzas con la Alhambra al fondo, del escritor granadino Francisco Gil Craviotto... Esa convicción de que con el curso de sus historias me esperaba una aventura inaplazable; que estaba ante uno de esos textos que prenden desde sus primeros compases... Hoy estoy aquí con vosotros para compartir algunas de mis impresiones de lectura y para saludar la oportunidad de esta obra, que rescata a dieciséis personajes de la vida granadina para la memoria colectiva, y ello con un estilo, un gracejo y un ritmo que nos muestran a un escritor de ley, curtido en las lides del periodismo heroico
y amante de la mejor literatura.

CON GIL CRAVIOTTO Y UNA ASISTENTE AL ACTO |
Porque aquellas impresiones iniciales, aquellos presentimientos, fueron del todo corroborados, y con creces, tras la lectura global... Son muchas las virtudes de este libro, de las que hablaré pronto, pero antes quiero anticipar algunos detalles sobre su autor. Empezaré diciendo que yo no conozco a Gil Craviotto, más que como, justamente esto, autor. No he cruzado con él más de diez palabras. Dos encuentros fugacísimos nos dieron apenas oportunidad para estrechar las manos y saludarnos brevísimamente. Ambos encuentros lo fueron en la Sala de Caballeros Veinticuatro, del Palacio de la Madraza, con motivo de la presentación de su libro primero, y poco después en otro acto literario. Sí tenía de él muchas referencias de escritores amigos, que me ponderaban muy alto su valía, y que me transmitían su entusiasmo por una obra para mí todavía secreta. No era, claro está, un desconocido, porque su nombre fue un referente de primer orden en el mundo del periodismo granadino de los sesenta y los setenta. Nacido en Turón en 1933, su pluma se curtió en el periódico
Patria, justo en aquella época en la que, paradójicamente, el periódico era una isla de libertad crítica, a pesar de que el medio perteneciera a la cadena de prensa del Movimiento. En ese aperturismo y en esa apuesta tuvieron mucho que ver su director, José María Bugella, a quien se dedica uno de los capítulos del libro y, sobre todo, el propio Gil Craviotto, quien se volcó con toda su energía en conquistar esta parcela de libertad para la cultura granadina. Posteriormente colaboró en otros periódicos: el
Diario de Granada y La Crónica, aparte de ejercer la crítica en revistas tan prestigiosas como
Anthropos, o colaborar, como lo viene haciendo aún, con El Faro de Motril o la granadina
Extramuros.
Gran parte de su vida ha transcurrido en Francia, en donde se ha dedicado a la docencia y a labores de traducción. De hecho todavía reparte su tiempo entre Francia y Granada, y no es extraño verlo por estas costas de vez en cuando. Es autor de varias obras inéditas y ha publicado, aparte de algunos textos pedagógicos, la novela
Los cuernos del difunto en 1996. Apuntes de su retrato nos ofrece el poeta Fernando de Villena cuando escribe de él: "... es un hombre menudo, con cierto aire de fragilidad, un hombre educadísimo y amable que parece andar de puntillas por el mundo para no molestar a nadie, pero a la vez su mirada es honda, una de esas miradas que todo lo aprehenden, que a todos los rincones llegan, que todo lo taladran, todo lo recogen y todo lo archivan. ¡Con qué intensidad de novelista grande ha observado y recogido a lo largo de su vida y con qué lucidez y precisión nos entrega ahora el fruto de sus observaciones!"
El propio Fernando de Villena, Gregorio Morales, Antonio Enrique, Enrique Morón, Juan J. León o el editor Ángel Moyano me contaban lo mucho de su estima por este escritor, con el que coincidían, y siguen manteniendo el ritual de la coincidencia, todos los miércoles en la ya célebre tertulia de
El Sota. Allí fueron entrañándolo y conociendo más a fondo al hombre y al creador... Esto despertó mi curiosidad y, al fin, soy yo también uno más de los que admiran su estro y de los que siguen con placer sus reseñas y colaboraciones en El Faro, en donde se prodiga desde un tiempo a esta parte. Su granadinismo militante, su amor por la costa, su participación en uno de nuestros medios y el hecho de haberse impreso el libro aquí, en los Talleres de Manuel Heras, hacen que sea especialmente oportuna esta bienvenida a su obra, aquí en Motril, y a mí me cumple brindarle, en nombre vuestro, todo nuestro calor, seguro como estoy de que su libro recibirá la mejor acogida entre los que aman la literatura y la intrahistoria de
esta Granada de nuestros desvelos.

MANUEL ÁNGELES ORTÍZ ALBAICÍN |
El libro se lo merece, porque está escrito con el temple de quien antepone la voluntad de estilo, de quien cuenta sabiendo cuán importante es, a la par que contar, encantar. Así que precedido por una página preliminar absolutamente impagable, a la que me referiré luego, se nos abre un retablo de personajes, que forman parte de esa historia íntima de Granada: pintores como Manuel Ángeles Ortiz, Nono Carrillo, Soria Aedo, Villar Yebra; periodistas como José María Bugella o Pérez Funes; escritores como Fernández Castro, Ladrón de Guevara, Antonio García Sierra, Ruiz del Castillo
(Miguelón), o el que se esconde tras el
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CON EL EDITOR ÁNGEL MOYANO
Y EL PINTOR NONO CARRILLO |
pseudónimo de Narciso Jara, se dan cita de forma
primordial en esta obra; constituyen, por decirlo así, el primer núcleo del libro, que se alterna con otro segundo grupo de textos, dedicados a personajes más diversos, aunque todos también relacionados, de un modo u otro, con lo que podríamos llamar el mundo de la cultura. Me refiero al historiador Gómez Moreno, al pedagogo Pedro Manjón, al fotógrafo Fernando Roca y al librero Tarifa. Un tanto al margen de ambas series, la única
semblanza de una mujer lo constituye La Sabina,
un texto que se acerca más al relato, y que ofrece una buena muestra de las dotes narrativas de su autor. Todos ellos se dan cita en esta obra, que descubre un anecdotario jugoso, extraído de los protagonistas, a la par que descubre rincones insólitos de sus biografías o datos curiosos sobre sus respectivas trayectorias.
En la cauda memorialista, pero con esa agilidad periodística que aprendió ejerciendo todos sus géneros, próximo a veces al relato literario, como en el caso comentado de La Sabina, son todos estos héroes los que nos traen el paisaje histórico de la alta y media postguerra, y aquella atmósfera de indigencia, de extravío ideológico, de radicalismos o de resistencia según los casos. Todo un friso en el que las figuras y su contexto reproducen los años más conflictivos de una Granada provinciana, obsoleta a veces, pero también más próxima a la medida humana; con sus luces y sus sombras, con sus pequeñas miserias y sus gestas olvidadas, que muchos de estos héroes encarnaron o propiciaron... "Personas, personajes y personajillos", como nos dice su autor, al hilo de los cuales nos llega aquel tiempo conflictivo, en el que el referente de la guerra civil era todavía una constante permanente; sus huellas, sus consecuencias, sus estragos, alcanzan aún hasta colarse en la costumbre y condicionar vidas y comportamientos. Granada es el gran eje vertebrador, el elemento que cohesiona a esta disparidad de nombres. La condición de granadinos de nacimiento o de vocación sirve para traerlos hasta las páginas de este texto y concitarlos para, a través de ellos, dejar testimonio de aquella época dura y dramática.
Fernando de Villena habla de viñetas. Yo creo que se ajusta más a la realidad de los textos el título del libro, es decir,
Retratos y semblanzas. Diría también que más semblanzas que retratos, en sentido estricto. Porque si el retrato es, como todos sabemos, mezcla de prosopografía y etopeya; es decir la descripción de una persona en su aspecto físico combinada con la alusión a los rasgos morales y psicológicos, en este caso se da el añadido de un breve bosquejo biográfico, que contempla la trayectoria vital del personaje, con lo cual los retratos se convierten, más propiamente, en semblanzas. Desde el siglo XVII el retrato ha sido cultivado en nuestra literatura en la doble vertiente relativa a personajes de ficción y aquella otra relacionada con personajes históricos y reales. En este último aspecto nos podemos remontar incluso a las
Crónicas del Canciller Pero López de Ayala, como antecedente ya sólido de lo que luego sería una tradición fecunda en épocas posteriores, que llega hasta nuestros días.
En el siglo XX, que ahora despedimos, se ha cultivado mucho el retrato, desde el memorialismo de un Cansinos Asens, en
La novela de un literato, o La arboleda perdida de Alberti, o desde la especificidad más puntual de textos monográficos dedicados a esta modalidad descriptiva, como se comprueba en los casos de Juan Ramón Jiménez y sus
Españoles de tres mundos, en los Retratos contemporáneos y Nuevos retratos contemporáneos de Gómez de la Serna, o en el inolvidable
Los encuentros de Vicente Aleixandre... A este respecto Gil Craviotto, actualiza con su obra una tradición plena de logros en nuestras letras. Pero decía más arriba que, a mi modo de ver, más que retratos son semblanzas las que nos ofrece el escritor granadino, por cuanto el añadido de la trayectoria biográfica de sus protagonistas, aunque abocetada, se convierte en elemento sustancial de sus textos. Por ello habría que evocar también esa otra tradición que arranca de
Generaciones y semblanzas de Pérez de Guzmán y que más cerca de nosotros cuenta con muestras señeras como las
Semblanzas literarias, de Armando Palacio Valdés, las Semblanzas de Rubén Darío, dedicadas a escritores españoles, hispanoamericanos y extranjeros o las
Semblanzas ideales de Julio Caro Baroja, por recordar algunos ejemplos. Con todo hay que convenir con Demetrio Estébanez Calderón, que "el término
semblanza se ha utilizado poco en la historia literaria, posiblemente porque, dada su afinidad y posible confusión con el retrato, ha sido suplantado por éste, de forma que bastantes retratos que figuran en libros de memorias, pueden considerarse realmente, cuando están enmarcados en un contexto biográfico abreviado, como verdaderas semblanzas".
Aparte del granadinismo referido; de esa voluntad de estilo que le permite moverse con la mejor agilidad entre el memorialismo, el periodismo o la narrativa; aparte de esa vertiente testimonial, con el telón de fondo de la guerra civil, que le permite la crítica de las injusticias y aberraciones fruto del conflicto, la obra ofrece otras virtudes que la hacer especialmente recomendable. Destacaré ahora algunas de ellas... En primer lugar el talante solidario de su autor, su antifranquismo declarado a lo largo y ancho de toda la obra. La reticencia permanente hacia los excesos de la dictadura y de aquellos gobernadores civiles que la representaban en las provincias; aquellos individuos que, en nombre de esperpénticas razones podían impedir el natural desarrollo de la cultura, salpica aquí y allá en muchos de sus párrafos. Porque, indeológicamente, Gil Craviotto no esconde sus claras simpatías republicanas y, desde esa órbita progresista, sus textos suponen también, de alguna manera, un ajuste de cuentas con un pasado aciago y moralmente reprobable. Por eso destaco como valor esa toma de postura ética, esa constante cívica y política. Los ejemplos los encontrará el lector, apenas se interne en estas trayectorias humanas, pero podría ilustrar esta faceta política y cívica del escritor, con este fragmento extraído de la semblanza del novelista José Fernández Castro, en la que Craviotto se refiere a "las características de los gobernadores de Franco que, como es sabido, salvo algunas excepciones, fueron hombres que, por lo general, no brillaron por su perspicacia ni por su amor a la cultura, de la cual más de uno hubiera hecho suya la famosa frase de Himmler:
Cuando oigo la palabra cultura, saco la pistola. Granada en esto no estuvo mejor ni peor servida que cualquiera de las otras provincias españolas. En la mayoría de los casos, sobre todo en los primeros años, se trataba de militares africanistas, hombres que se habían jugado el tipo en la guerra de Marruecos y posteriormente en la de España, y llegaban a la provincia a donde los mandaba Camilo Alonso Vega dispuestos a gobernarla como si fuera una colonia del Rif o del Sahara. Después de una estancia de varios años, se iban de la ciudad sin apenas conocer nada de ella. Su desprecio por la cultura era tal que jamás se vio a ninguno de ellos en una exposición
o cualquier otro acto cultural." (Pág., 50).
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MANUEL ÁNGELES ORTÍZ ALBAICÍN |
Otra de las virtudes de este libro es la habilidad de su autor en la transmisión de las atmósferas de la época. Hay en su modo de recrearlas ráfagas de un costumbrismo que retrata la liturgia provinciana de aquellos ambientes intelectuales. A lo que debe añadirse un importante caudal de anécdotas, que al par que ilustrar divierten en el proceso de lectura. Porque -y esta es otra característica que destaco- la amenidad es
uno de sus mejores logros. A ello contribuye el diálogo como técnica, propio de la entrevista. Las que aquí se incluyen pueden considerarse verdaderos modelos de ejercicio del género. También el anecdotario jugosísimo que comentaba aporta su pincelada jocosa, crítica o trágica, y todo ello referido con una expresión limpia, fluyente, cromática, sensitiva, alejada de todo exceso, llena de equilibrio y de una peculiar finura.
Capítulo aparte merecen la ironía y el humor, rasgos permanentes en muchas de estas semblanzas. El desparpajo en el tratamiento de temas como el del erotismo en aquella España pacata y retrógrada alcanza cotas verdaderamente hilarantes. No puede obviarse, a este respecto, la iniciación carnal del poeta García Ladrón de Guevara en las proximidades del Salón, junto a la Biblioteca Municipal, en donde se apostaban busconas callejeras que ofrecían sus servicios "en dos versiones: una normal y otra económica", que a mí me parece uno de los momentos más desternillantes del libro.
Y en fin, los acordes líricos, que suenan principalmente en los inicios y clausuras de los textos, pero también en algunos momentos internos. Breves chispazos aliados del recuerdo, que muestran una sensibilidad verdadera, en su convocatoria de emociones, en su recuento de nostalgias. Así termina, por ejemplo, el último de sus textos, dedicado al pintor Gómez Yebra: "El día que yo pasé por allí, había además una pareja de mirlos que cantaba en la espesura de un avellano y los jazmines y madreselvas, que caían de los jardines próximos, llenaban de perfumes el aire" (Pág., 184). Y así quiero terminar yo, celebrando la edición de esta obra y volviendo a la página preliminar que ponderaba antes, que no me resisto a compartir con vosotros, porque en ella se anticipan y se resumen muchas de las características, del sentido y del alcance de la propuesta de Gil
Craviotto; dice así: (Lectura de la página preliminar).
JOSÉ LUPIÁÑEZ
Centro cultural La General
Motril 29 junio 2000
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